Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



viernes, 4 de marzo de 2016

por Marta


Los retos personales son importantes en esta vida. Eso dicen. No tengo muy claro si lo importante es ganarlos, perderlos o simplemente intentar llevarlos a cabo. Yo es que de retos se muy poco, más bien nada. Con ocho años mis padres me compraron una maqueta de “Mi gran templo egipcio” y no pasé de los cimientos. Años más tarde mi primer novio me regaló unas zapatillas de correr y el dorsal para una futura carrera de 10km; no conseguí hacer más de quinientos metros sin tener flato. Hace unos meses mi mejor amiga se empeñó en que tenía que acompañarla en su enésima dieta y que ambas perdiéramos tres o cuatro kilos; compró libros para contar puntos calóricos, dvd’s para hacer gimnasia… y no hace falta que diga que la aguja de mi báscula no se movió ni un gramo (por suerte tampoco en modo ascendente).
Así podría relataros innumerables eventos en los que he ido fracasando una y otra vez. Guerras cotidianas en las que suelo desertar. No he conseguido la gloria en ninguna de ellas. Y es que me he dado cuenta que en ninguna de estas ocasiones los retos me los he puesto yo, siempre me los ha puesto otro.
Así que este año nuevo en enero (que es oficialmente cuando uno debe plantearse desafíos) decidí que iba a estudiar unas oposiciones. Y pensaréis que teniendo trabajo (como lo tengo) y sin embargo siendo una chica soltera y viviendo en casa de mis padres el reto más coherente era echarse novio y emanciparse. Pues os doy la razón. Pero no. Esos son los retos que me ponéis vosotros y que probablemente intente pero no consiga, como el templo egipcio o la carrera de 10km.
Yo me he propuesto otro reto.

Así que me fui a una academia, me apunté, me compré temarios, archivadores, libros, rotuladores… me espera el año más gris de mi vida, encerrada en mi poco tiempo libre en bibliotecas, rodeada de apuntes, bajo el flexo… El jueves pasado, por fin, tuve mi primera clase en la academia. Y hoy, que es jueves de nuevo, he tenido la segunda.
El caso es que todo esto os lo cuento porque en el trayecto de metro que va desde mi trabajo hasta la academia, tanto el jueves pasado como éste, he observado dos hechos que han llamado mi atención. Nada del otro mundo, sucesos cotidianos que, sin embargo, han detenido el trasiego de mi mente unos segundos. Y he pensado que era una señal: esto merece ser escrito. Por bello, por extraño, por auténtico. Como os digo, lo he considerado una señal porque… qué casualidad, justo me pongo a estudiar, decido aparcar durante una temporada la creatividad que requiere la escritura y curiosamente las historias vienen a mí. Puntualmente, el mismo día y en el mismo trayecto. 

Así que, si no me falla la intuición, todos los jueves de este año en ese mismo camino estoy destinada a encontrar algo diferente, algo que me conmueva. Y este es mi reto. Lo de aprobar las oposiciones sería un puntazo, sí, pero mi verdadero reto es transmitiros estos pequeños detalles, como píldoras semanales, para que os hagan este mundo un poco más llevadero. Para no dejar que se pierdan en la inmensidad del universo.

 

Píldora 1- Amor de padre

Entro corriendo en el vagón antes de que se cierren las puertas. Mierda. El primer día y ya voy a llegar tarde. Llevo toda la mañana sentada en el trabajo pero al entrar en el metro hay un asiento vacío y si en el metro hay un asiento vacío todo el mundo sabe que es de obligado cumplimiento sentarse en él: pase lo que pase. Así que me desplomo en él. Abrigo, paraguas, carpeta, bolso; acumulo todas mis pertenencias encima de mis piernas en un montón que casi me impide ver al de enfrente. Se abren las puertas y en la parada de Nuñez de Balboa entra un chico joven. Se sienta al lado del señor que tengo delante y empiezan a hablar. Observo sus caras, sus gestos. Se parecen mucho, demasiado. Por su conversación deduzco que son padre e hijo. Intento disimular y no centrar mi atención en ellos aunque verdaderamente me gusta mirarlos. Tienen una conversación pausada, prolongan los silencios, se miran a los ojos. Desvío mis ojos de sus caras y me topo con algo sorprendente. El chico lleva dos objetos en sus manos que me son muy familiares. En primer lugar una carpeta azul de la misma academia a la que  me dirijo, ¡idéntica a la que tengo yo en mis manos! Y en segundo lugar, encima de sus rodillas, una vieja mochila con el siguiente bordado: “Ganadores IV Premio Conoce la U.E”. En realidad mi vieja mochila no tenía ese mismo bordado si no el de “Finalistas IV Premio Conoce la U.E”. Hace por lo menos catorce o quince años del concurso que nos llevó a la final a los dos institutos que más sabían de la Unión Europea de toda la Comunidad de Madrid. Y yo estaba entre los tres alumnos que representaban a mi instituto. Aún recuerdo cómo me sudaban las manos. Fallé en la fecha de la firma del Tratado de la CECA, me equivoqué por un día. Por un solo día. Y eso nos hizo perder el viaje a Bruselas. A nosotros sólo nos dieron la mochila y una camiseta. Así que supongo que el chico que ahora mismo tengo enfrente tuvo la suerte de conocer la sede de la Comisión Europea y de pasearse debajo del Atomium. Siguen hablando. Me entran ganas de interrumpir su conversación y contarles todo esto, ¡menuda casualidad! Reprimo la ilusión momentánea que a mí me hace esta coincidencia y sigo observándoles. Hablan de cosas normales pero su conversación es en algo diferente a las del resto del vagón: se escuchan. Mientras uno habla, el otro calla. Respetan los tiempos, se miran a los ojos y ambos parecen apreciar lo que dice el otro. Están ajenos al ajetreo de alrededor, como si una burbuja de serenidad los rodease. Llega nuestra parada. Supongo que se bajará en la misma que yo, a juzgar por su carpeta. Me apresuro a ponerme el abrigo, el paraguas, el bolso. El chico se levanta y se echa a la espalda la vieja mochila. Se inclina hacia su padre y, después de darle un beso en la mejilla, se despide  - Te quiero, papá.
 

2 comentarios:

Fede dijo...

Me gusta la pildora desértora de la escritura.
Espero con ilusión la segunda.vaya tela con el ganador del premio seguro que le llovió todo el tiempo que estuvo en Bruselas.

Cabezas de Ajo dijo...

Gracias, Fede!!No se puede desertar de cualquier manera...Lo de la lluvia, fijo!!