La terrible sequía evaporó la última gota del mar.
Saúl pisó con su pie desnudo la orilla del inmenso océano que rodeaba la isla.
Su isla. Siguió caminando, ahora ya no había agua, sólo el barro agrietado que
antes era fondo del mar. Hacía tantos años que Saúl sobrevivió a aquel
naufragio que ya casi no lo recordaba. Avanzó sin saber hacia dónde, en aquel
desierto de arena parecía imposible orientarse. Pasaron los días y las noches.
Comía algas aún húmedas, restos de peces; los cadáveres de miles de criaturas
marinas salpicaban la inmensa llanura. Continuó caminando. Encontró pecios,
quién sabe si alguno no sería su propio buque; cofres con monedas de oro que no
le servían para nada. Lo dejó todo atrás. Anduvo en línea recta sin descanso.
Un atardecer, con el cielo incendiado en colores rojizos, divisó la orilla de
una playa, al fondo algunos árboles y lo que parecía una población. Frenó en
seco. Dudó si darse la vuelta, pero algo le impulsó hacia adelante con paso
firme. A escasos metros de allí, la deslucida y polvorienta botella albergaba
intacto el mensaje que él mismo había escrito.