- Venga, pichoncito mío, ¿no vas a hacer feliz a tu mujercita con algo tan insignificante?
- Caramelito, ya te he dicho que ahora no estamos en el mejor momento para excesos; esta semana no se nos ha dado bien la feria de ganado…quizás a primeros del próximo mes, si la lana vuelve subir…
- ¡Me aburres, pichoncín! Creo que me voy a retirar a mis aposentos, estoy demasiado triste y decepcionada…
- Venga, Caramelito, no te pongas así de seria, que te pones muy fea…Además, yo no me fio mucho de esos sacamuelas y sus nuevos inventos. ¿Cómo van a poner hierros en la boca?
- Y….¿cómo quieres que sonría si tengo los dientes torcidos? Es la novedad que viene del extranjero y yo…..en fín, yo quería ser la primera en probarlo. Es la ilusión de mi vida, pichoncito… dime que sí.
- Está bien, caramelito, haremos el esfuerzo; todo será por que seas la mujer más guapa y feliz del mundo a mi lado…
- ¡Gracias, pichoncín!
- Caramelito, creo que hay un problema. Se trata de tu retrato al óleo sobre tabla de álamo que me hiciste encargar. Tienes concertada la cita para el próximo mes, ¿podrá el maestro pintar para la posteridad esta cara tan preciosa con unos hierros en la boca?
- Tú por eso no te preocupes, intentaré disimular. Además, han comentado hoy en el puesto de frutas que lo de los retratos está pasado de moda. Ya no los hacen de tan buena calidad y no duran tanto como creíamos….porque ya lo pagamos por adelantado que si no…
* * *
“Pues
anda que… no para la tía quieta ni un segundo; mira que le digo que por favor
mantenga la postura…Y ese gesto tan raro con la boca. Me está quedando
espantoso, de lo peorcito que he hecho…pero, en fin, yo ya he cobrado por
adelantado así que en cuanto lo remate me voy para casa. Otra vez con los
meneos…de buena gana le diría, -Anda mona, la próxima vez que te pinte tu
maridito que por lo visto es el único que te aguanta.- “
Y
en aquella época de hace cientos de años las gentes eran exactamente como las
de hoy, había algunas mujeres caprichosas, había algunos hombres perdidamente
enamorados…y los pintores, como los de ahora,
no se comían la cabeza a la hora de poner títulos a sus cuadros. Retrato de
Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo.