Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



domingo, 22 de abril de 2018

Café Polinesia

por Marta


A María le incomoda entrar sola en un bar. No le gusta consumir algo solitariamente mientras se siente observada por ojos inquisidores: ¿qué haces aquí sola? ¿esperas a alguien? Pero hoy no le queda otra opción. Después de la sequía de los últimos días tiene que volver a hacerlo.

-Un cortado, por favor - El camarero de la cafetería Polinesia se remanga la camisa dejando ver el abundante vello de sus brazos. En su dedo meñique un sello de oro. María anota en su cuaderno, “duerme desnudo, se quita todo salvo el anillo”.

Un hombre anciano entra en el bar y se sitúa en la barra a su lado. Huele a casa cerrada.” La casa no volvió a ventilarse desde que ella murió, él solo sabía respirar el aire de su ausencia…”. El hombre pide un café. Disimuladamente mete la mano en el bolsillo de su gabardina y se oye un chasquido sordo. A continuación se lleva la mano a la boca y mastica con discreción. María intuye un trozo de galleta, quizás un bizcocho. Repite la operación mientras María garabatea sin parar. Cuando el anciano termina deja un euro en la barra y se va.

Entra una mujer y se sienta en la banqueta que acaba de dejar libre el hombre. “Aún estaba caliente el asiento cuando ella lo ocupó, esa sensación de sentir calor ajeno y anónimo le causaba repulsión…”

La mujer pide una cerveza. Saca un pequeño espejo de su bolso y se pinta los labios de rojo carmín repasándolos varias veces. A María le parece más joven de lo que es. “…Fue el regreso del amor lo que tersó su piel y devolvió ese brillo en los ojos que solo los demás perciben”. Saca el móvil y la letra de gran tamaño permite que María pueda leer la conversación con facilidad. Una gran cantidad de corazones e iconos con besos inundan la pantalla. María sonríe, no se equivocaba.

La última frase de su contacto aún parpadea en la pantalla: - No veo que peligro puede haber- . La mujer, con el pulso firme, teclea – Lo lamento, de veras, aún tendrás que esperar una o dos semanas más-. María escribe la frase tal cual en su cuaderno. Mira a la mujer y ésta le sonríe. Observa en su rostro la expresión del que se siente poderoso.  Cierra el cuaderno. Saca el monedero y deja un euro encima de la barra. Vuelve a abrir el monedero y deja otro euro de propina. Las musas de la cafetería Polinesia también tienen su tarifa.

martes, 20 de marzo de 2018

biopic


por María


No es que mi vida sea más interesante que la tuya, simplemente es que he vivido más que tú. Eso fue lo que me dijiste y después bebiste un trago largo del vaso de cerveza. Ya estaba casi anocheciendo, aunque la luz mortecina del bar donde nos encontrábamos hacía tiempo que nos había rodeado de nocturnidad.

En ningún momento creí tus palabras, aunque me hubiera gustado. ¿Realmente pensabas que la edad influía algo? Sí, está bien, los años, la experiencia, todo eso. Pero no. ¿Acaso podría yo, dentro de veinte años, entretener a alguien con los entresijos de mi vida anodina?

Entiéndeme, yo era feliz, o al menos lo bastante feliz como para no quejarme por ello, aunque en cierto modo echaba en falta algo. Ese algo que a ti te sobraba y al que tú no dabas la más mínima importancia. Es más, ni siquiera te hacía feliz.

¿Qué nos llevábamos? ¿Quince? ¿Veinte años? Nunca lo supe.  Pero tú a mi edad ya habías vivido más de lo que yo lo haría nunca. Yo pasaba despacio por la vida, sin hacer ruido, limitándome a seguir el camino fácil de la rutina cómoda. De esa rutina que puedes amar y odiar a partes iguales.

Salimos del bar y me ofreciste un cigarrillo. Lo acepté. Yo era una fumadora social que lo llaman. ¿Una fumadora social? Si, aquellos que fuman poco y ocasionalmente, en fiestas, reuniones. Hasta para eso era poco original. ¿Sería mi vida más interesante si fumara a diario? No, lo que debería hacer sería fumarme un buen porro. Pensaba esta clase de cosas mientras torcíamos por Tirso de Molina.
Al rato te paraste en aquel bloque antiguo de pisos donde habías vivido de alquiler hacía ya muchos años. ¿Cómo podías haber vivido en tantos sitios? Cuando alguien como tú piensa en el referente “mi casa”, ¿dónde lo sitúa? ¿En su casa actual, en la que habitó por más tiempo, en la que fue más dichoso…? Yo había vivido en cuatro casas diferentes a lo largo de mis treinta años, contando las de mi infancia ¿y tú? ¿Habrías perdido la cuenta? Si no la habías perdido tendrías que hacer un buen ejercicio de memoria para acordarte en orden cronológico de todas y cada una de ellas. 

Supongo que eran tus largos viajes lo que más me impresionó de ti, o quizá más que eso, haber vivido en diferentes países. O tal vez fuera lo exóticos que eran algunos de esos países.

Viajar es algo más que coger un avión, algo más que pasar unos días en una ciudad y hacer fotos a sus monumentos. Viajar es una experiencia más interior. Uno puede viajar realmente sin haber salido de las cuatro paredes de su casa. Decías este tipo de cosas, esas frases tan certeras que yo recordaría años después sin esfuerzo al pensar en ti. La verdad es que para mí siempre fuiste alguien especial, diferente. Intentabas ponerte el traje de persona normal, pero no te quedaba bien. El tuyo era el de personaje de novela. O de película. Siempre lo supe.  

Nos despedimos en la boca del metro. Ambas madrugábamos al día siguiente. Ahora tu trabajo era el mismo que el mío, un trabajo vulgar que a ninguna nos gustaba. Ya no te codeabas con famosos, ya no viajabas en business. Eso te quitaba algo de glamour, ciertamente. Aunque llegarían las vacaciones de verano y yo me iría a Torremolinos mientras que tú te irías a Uzbekistán y al volver me hablarías de la ruta de la seda y me regalarías esa cajita nacarada.  Creo que era un joyero, pero no sé si te llegué a decir que la usé para guardar condones.

También me contarías el romance con el holandés aquel, o quizá fuera belga o alemán. Lo cierto es que esas aventuras con hombres extranjeros también ayudaban a mitificar la imagen que yo tenía de ti. Jamás presumiste por ello. Yo en cambio sólo había probado el producto patrio. De hecho sólo me había acostado con Pedro, mi marido.

Después fue cuando te hiciste famosa y te empezaron a rodear un montón de buitres. A veces pienso si no habré sido yo uno de ellos, el peor de los buitres carroñeros. Sin embargo a ti la fama no te cambió un ápice. Seguías igual, igual de diferente, de especial, de humilde. 

Y luego te fuiste. Te fuiste para todos.  

Y ahora pienso en  esos años y me resultan tan lejanos, tan ajenos a mí. ¿Qué sería de mi vida si no te hubiera conocido? Supongo que seguiría siendo invisible en aquella empresa, trabajando para que llegaran las vacaciones, follando una vez por semana. Habría tenido algún hijo con Pedro.

Pero entonces tuve la idea. Aproveché tus contactos y los conocimientos adquiridos en aquellos cursos a distancia sobre escritura de guiones. Tú ya no estabas, así que pensé  ¿qué más da? Vendí tu vida, nuestra amistad, tus secretos más íntimos.

Tras la película sobre tu biografía me llovieron las ofertas y hoy en día soy una de las guionistas más cotizadas de Hollywood. Escribo las películas con las que hace años sólo podía soñar. Me alojo en los mejores hoteles del mundo, viajo a los destinos más paradisíacos. Anoche me acosté con una mujer. Me gustó.

¿Qué por qué te cuento esto ahora que no estás? Supongo que te escribo para expiar mis culpas. Aunque no puede haber peor castigo que el de la voz de mi conciencia, aquella que me repite que haga lo que haga y esté donde esté siempre tendré una existencia prosaica. O simplemente te escribo porque te echo de menos.  
Tu vida no te hizo feliz y a mí, cuando me puse a hablar de ella me quitó la felicidad que ahora sé seguro que tenía. La que me proporcionaba esa cómoda rutina. Es curioso, ¿no crees?  

viernes, 22 de diciembre de 2017

S.O.S

por Marta


La terrible sequía evaporó la última gota del mar. Saúl pisó con su pie desnudo la orilla del inmenso océano que rodeaba la isla. Su isla. Siguió caminando, ahora ya no había agua, sólo el barro agrietado que antes era fondo del mar. Hacía tantos años que Saúl sobrevivió a aquel naufragio que ya casi no lo recordaba. Avanzó sin saber hacia dónde, en aquel desierto de arena parecía imposible orientarse. Pasaron los días y las noches. Comía algas aún húmedas, restos de peces; los cadáveres de miles de criaturas marinas salpicaban la inmensa llanura. Continuó caminando. Encontró pecios, quién sabe si alguno no sería su propio buque; cofres con monedas de oro que no le servían para nada. Lo dejó todo atrás. Anduvo en línea recta sin descanso. Un atardecer, con el cielo incendiado en colores rojizos, divisó la orilla de una playa, al fondo algunos árboles y lo que parecía una población. Frenó en seco. Dudó si darse la vuelta, pero algo le impulsó hacia adelante con paso firme. A escasos metros de allí, la deslucida y polvorienta botella albergaba intacto el mensaje que él mismo había escrito.

miércoles, 11 de octubre de 2017

ESCENAS VERANIEGAS


por María

Escena veraniega nº1: Interior de un chiringuito de playa de la Manga del Mar Menor. El matrimonio Carretilla- Gómez graba su vigésimo tercer verano juntos. ¡Acción!

Amparo es la encargada de elegir la paella, decantándose,   como casi siempre, por la de marisco. Es de ideas fijas.

Según la toma va dejando las cáscaras de los moluscos y crustáceos en el borde del plato, una tras otra hasta formar un círculo que rodea la parte central del mismo. A su marido le asqueaba esa costumbre. Cuando ella acaba el arroz su plato se le asemeja a una corona de difuntos.

Al terminar Amparo eructa ostensiblemente, inundando el espacio de aire respirado por Augusto Carretilla y profiere su ya consabido “perdón, majestad”, tal y como ha venido haciendo en los últimos veinte años.

Si las circunstancias vitales no hubiesen variado para el matrimonio Carretilla-Gómez, Augusto le hubiera recriminado dicho gesto y ambos se habrían enzarzado en una discusión acerca de los efluvios personales, como en tantas otras ocasiones. Sin embargo, como digo, las circunstancias habían cambiado, por lo que Augusto no le reprocha absolutamente nada. Se limita a levantarse despacio, y con una sonrisa desconocida para su mujer dice:

- Me voy a por tabaco

Augusto Carretilla no fuma, pero llevaba mucho tiempo deseando pronunciar aquella frase. Amparo nunca más le volvió a ver.

Escena veraniega nº2: Campamento de verano “La Frontera” en el Parque Nacional de Ordesa (Huesca). Elena Álvarez graba las primeras vacaciones separada de sus padres. ¡Acción!

Elena se sienta en su toalla y vuelve a sentir el nudo en el estómago, esa especie de náusea que la acompaña desde el primer día de campamento. Las ganas de llorar también han sido constantes durante los diez días que ya lleva allí. Primer campamento, primera vez que se separa de sus padres durante tanto tiempo. Demasiadas primeras veces juntas para los recién cumplidos once años de Elena.
Aquella mañana, después del desayuno, una de las monitoras anunció que el grupo de las Ardillas, al que pertenecía Elena, haría el vivac esa noche. Dormirían a la intemperie, el manto de estrellas como único techo.

Si haces caca te tienes que limpiar con una piedra- dice Virginia, los ojos como platos de Elena. Virginia es una de las veteranas, es su tercer año en las Ardillas. Sus palabras no se ponen en duda.
Elena se acerca al bordillo de la piscina, pero no osa meter el pie. Ella no puede bañarse casi ningún día. Si lo hiciera podría morir por un corte de digestión, así que espera religiosamente las dos horas que su familia le dijo que debían pasar desde la última vez que comiera. El tiempo pasa lento mientras mira su reloj de pulsera. Se siente diferente al resto de niños, le encantaría bañarse como ellos, pero no llega a comprender por qué no respetan ese tiempo poniendo en juego sus vidas por un chapuzón. Aunque todos sobreviven día tras día.

Esa noche, ya tumbada en su saco de dormir respira hondo mientras las palabras que su padre le dijo por teléfono aquella tarde resuenan en su interior:
Elena, mamá y yo te queremos mucho. Tienes que ser fuerte, esta experiencia te hará una mujer.
Y como ella no pudo decirle que no deseaba ser fuerte ni ser una mujer, que sólo quería volver a casa y estar con ellos, que estaba cansada de caminar, de lavar su ropa en el rio, de sentirse sola a pesar de estar rodeada de gente.

De repente la náusea vuelve de forma mucho más violenta y Elena se levanta. Corre con la linterna en la mano hacia el bosque sorteando los sacos de sus compañeros y en el primer árbol que encuentra algo apartado se agacha y vomita.
Pasados unos minutos se encuentra más relajada, como si hubiera arrojado todos sus miedos. Pasea durante un rato por el bosque y justo antes de regresar busca un sitio para hacer pis.

Y entonces sucede. Incrédula enfoca sus bragas con la linterna una y otra vez, aunque ya no tiene ninguna duda, es una gran mancha roja lo que hay en ellas.
Las lágrimas que había retenido durante tantos días empapan generosamente sus mejillas.

Escena veraniega nº 3: Mireia y Mercé, compañeras de colegio de la infancia, graban su encuentro inesperado en el paseo marítimo de Platja d’Aro. ¡Acción! 

Mercé sale a las 19:35 horas del Hotel Planamar. La acompañan su hijo de once meses y un marido alto y guapo objeto de muchas miradas. Se siente el centro del universo y contempla a los turistas con cierta superioridad.
Mireia sale a las 19:38 horas del Hotel Aromar. La acompaña su cachorro de pinscher miniatura. Cuando Mireia se gira y lo ve detrás de la extensión de su correa tiene la impresión de estar paseando a un ratón. En ese momento piensa que su vida es un cúmulo de decisiones mal tomadas.
A las 19:40 h Mercé y Mireia se topan de bruces en el paseo marítimo siendo inevitable saludarse. Mercé insiste en sentarse a charlar tranquilamente en una heladería y Mireia no sabe cómo declinar la invitación.
La conversación transcurre por el cauce imaginado por Mireia. Mercé lleva la batuta y hace un recorrido por su maravillosa vida mientras su marido asiente y sonríe sin abrir la boca. Un marido de cartón piedra, piensa Mireia. Cuando le toca el turno a Mireia se siente juzgada. Esa comparación de ambas vidas la hace sentirse más pequeñita que su pinscher miniatura. No tiene pareja ni trabajo fijo y eso provoca las palabras compasivas de Mercé que casi la hacen vomitar.
-¿Y cómo se llama vuestro niño?- pregunta Mireia para cambiar de tema.
-Lucas- contesta el padre de la criatura.
-Lucas, un nombre precioso- susurra Mireia algo turbada pues su pinscher miniatura también se llama así.
Lucas, como mi perro, hubiera querido decir aunque un pudor intrínseco a ella la hizo frenarse muy a su pesar.   
Acto seguido irrumpe la voz hiriente de Mercé:
-¿Y tu chiquitín cómo se llama?
-Zar-, responde Mireia, acordándose de aquel perro que siempre andaba suelto por el pueblo de su abuela.

Mireia ha terminado hace rato su leche merengada y no sabe cómo despedirse sin resultar grosera. Ni siquiera el odio que siente en ese momento hacia Mercé la permite renunciar a las reglas de la buena educación. Así que continúan el repaso de las vidas de todas las compañeras de promoción mientras el perro de Mireia da saltitos y pequeños ladridos cada vez que Mercé nombra a su hijo.

Cuando Mercé empieza a hablar sobre un adosado en forma de segunda vivienda que están a punto de adquirir, Mireia piensa que ya ha tenido suficiente. Le encantaría coger la copa de banana Split que está apurando el marido de Mercé  y estampársela en la cara. Sin embargo se conforma con levantarse bruscamente y decir:

-Disculpad pero creo que la leche merengada no me ha sentado bien. Además Lucas tiene ganas de hacer caca. Me alegro de veros.

Mireia se aleja. Es la primera vez en su vida que se va de un sitio sin pagar.   

Escena veraniega nº 4: Interior de un bar de carretera cercano a Borja (Zaragoza). Un matrimonio y su hijo graban el viaje de vuelta de sus vacaciones. ¡Acción!

Son las cuatro y media de la tarde y el calor es asfixiante en la carretera que une Zaragoza con Soria. Una familia de tres integrantes detiene su coche en uno de esos bares cualquiera que pueblan las carreteras del país. Quieren merendar antes de proseguir su viaje. Piden un par de cafés y unos bollos. La madre lleva una bolsa con la merienda del niño de unos cuatro años.

El bar está vacío a excepción de una mesa donde cuatro hombres echan la partida. El camarero sale muy a menudo de detrás de la barra y, de pie, al lado de la mesa de los parroquianos, observa sus cartas.

-Parece que el tiempo no ha pasado por este sitio- dice el padre de familia. Este bar es exacto a los de hace treinta años, ¿no crees? Si hubiéramos venido aquí siendo niños estaría todo igual decorado. Podrías escribir algo sobre ello.  

La tele encendida, aunque nadie la mira. Los taburetes altos de madera detrás de la barra, los calendarios de publicidad colgados en la pared, la vitrina de cristal con la tortilla de patata y los boquerones, las magdalenas en bolsitas de plástico individual.

-Si, es verdad, lo único que no hubiera habido es ese cartel colgado que dice “No hay wifi”- contesta ella.  

Al cabo de un rato los hombres de la partida elevan sus voces con el característico acento maño:

-Ahhh, eso yo lo sé, porque he cantao el veinte, lleva tres triunfos, yo dos.
- Ay la puta, te quejarás, en seis partidas una boda real y no sé cuántas veintes has cantao.  

El matrimonio se mira cómplice. Ella dice que cree que están jugando a la brisca o al guiñote.

Después entra una mujer de unos sesenta años y pide una infusión.

La partida continua y los gritos cada vez son mayores al igual que las palabras malsonantes.
- Caguenlaputa ahí van dos dedos sabes...
- Veintidós, veintidós buenas, los dos patitos.
-¡Meca! Lahostiaputa con esas cartas.
- ¡Ay LaVirgen!, no me jodas.

La madre de familia mira a su marido y le dice que por primera vez se alegra de que su hijo le haya cogido el móvil y esté absorto en él sin oír nada de su alrededor.

La mujer de la infusión se acerca al camarero y mantienen una conversación casi en susurros. Después del último sorbo se dispone a pagar y el camarero rechaza cobrarla. Al salir del bar se para en la puerta para decir:
-Le das recuerdos a laAsun.

El padre de familia insiste a su mujer en que podría escribir algún relato basándose en ese bar.
-¿No estabas buscando inspiración para tu cuarta escena veraniega? La señora que acaba de salir podría ser, por ejemplo, la Sra. Margarita. Viene todos los días a tomar su manzanilla de las cinco de la tarde- le propone emocionado.
- Así será- contesta ella tomando un par de fotos con el móvil y copiando en la aplicación de notas algo de lo que dicen los jugadores de cartas.

Lo que nunca llegará a saber dicho matrimonio es que Margarita se llamaba efectivamente Margarita y que aquella calurosa tarde del 29 de julio de 2017 mantuvo una conversación con el camarero que cambiaría el resto de su vida.  


   
  


   

lunes, 12 de junio de 2017

Primer premio del I Concurso de Relatos Breves Biblioteca Municipal de Castronuño

La provincia de Valladolid trae suerte a estos dos ajos literarios. Hace varios años que gané allí mi primer premio literario: un segundo premio, por aquel relato del coche que recordarán mis lectores más fieles. Esta vez es Marta la que se estrena allí, aunque ella lo hace por la puerta grande; con un primer premio y..¡nada menos que de Castronuño!! No puede inaugurar mejor su estantería de trofeos particular. 

Los ojos de Blanca Pérez Soler, protagonista del relato premiado, no pueden ser otros que los de Marta, que ya hace más de quince años que visitó Castronuño por primera vez. Recuerdo perfectamente cómo nos contó, aún emocionada, cómo vivió la tradición de los quintos que "echaban el verso" a caballo. Hoy, ese acontecimiento, junto con las vivencias que ha ido acumulando a lo largo de los años, le han servido para tejer una historia que además de llevar su sello personal, tiene como telón de fondo a Castronuño, sus paisajes y localizaciones, sus expresiones y costumbres.





Desde aquí os invito a disfrutar del relato y si queréis que la experiencia sea completa os animo a visitar Castronuño, y a deleitarse con la vista del Duero, con sus bodegas, sus gentes y, ¡cómo no! con sus molletes. Antes de terminar agradecer al Ayuntamiento de Castronuño por promover este tipo de iniciativas tan imprescindibles. ¡He dicho, señores!

María


LA RECETA DE LA FELICIDAD
1.
El móvil vibró en la mesilla de noche. El movimiento brusco me despertó. Era sábado, nueve de la mañana, mi primer día de vacaciones. Unas ansiadas vacaciones de las que no disfrutaba desde que entré en la compañía. –¿Cómo dices? ¿Castro… qué?­­– Escuché la voz atropellada que hablaba mientras me frotaba los ojos. La mujer colgó antes de que me diera tiempo a salir del letargo. Fausto Villel, primo lejanísimo de mi madre había fallecido. Hasta ahí nada especialmente relevante. El tal Fausto, moría sin descendientes; y por esos caprichos absurdos del destino y de la genealogía yo resultaba ser su única heredera: ¡Yo!¡Que ni siquiera lo conocía! La noticia venía acompañada de un evento aún más insólito; la mujer que me llamó, alcaldesa del pueblo, me comunicó que Fausto regentaba la panadería y que en dicho local se elaboraba un bollo típico del que sólo él conocía la receta originaria. ­– El mollete ­– me dijo – ¡To!..¿que no los conoces? ­– Su voz se quebró de repente. Después dijo algo sobre un testamento y me pidió que fuera allí cuanto antes. Mis vacaciones habían comenzado de la manera más extraña. ¿Cómo era posible? Yo sólo quería calma después de tantos meses de estrés. Cerré los ojos intentando relajarme, pero no pude. Cogí el móvil y metí “Castronuño” en el GPS. Doscientos tres kilómetros. Dos horas y quince minutos. Al fin y al cabo ¿qué otra cosa mejor tenía que hacer esas vacaciones?
2.
Llegué a Castronuño a mediodía. La niebla espesa parecía estar instalada en aquel pueblo. Mis esperadas vacaciones no coincidían con las del resto de los mortales, estábamos en pleno mes de febrero. Hacía frío. Por la calle no había un alma. Entré en el primer bar que encontré para tomar algo y pregunté al camarero. –No es molestia, mujer, tomate el chisme y ahora te llevo a casa de la alcaldesa–.
Me recibió la mujer peculiar con la que había hablado aquella mañana. Entre manos tenía la declaración de últimas voluntades de Fausto. –Aquí lo dice claro. Tú eres la única heredera en quien confía sus escasas posesiones– Me quedé a cuadros. Blanca Pérez Soler. Mi nombre mecanografiado en aquellos papeles amarillentos me dejó perpleja. El testamento terminaba con una curiosa frase de su puño y letra “Mis secretos se quedan en el fondo del río”, firmado Fausto Villel. No podía entender cómo un familiar lejano al que no conocía me había elegido precisamente a mí. La alcaldesa me contó que Fausto era un hombre muy querido; que el cementerio se llenó como nunca de vecinos para darle el último adiós. Su vida había sido muy austera, su única posesión era su casa ya que la panadería la había regentado siempre en alquiler. Llegados a este punto mi interlocutora mirándome a los ojos me dijo:– Confiamos ahora en ti…porque, eres tú la que tiene la receta, ¿verdad? Su rostro se mudó tenso y desolado cuando vio mis ojos abiertos como platos de incredulidad. Las lágrimas humedecieron los suyos y en una especie de sollozo gimió – No sé qué vamos a hacer sin sus molletes.
3.
Virgilio era la persona que me iba a dar las llaves de su casa. De mi casa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. La niebla seguía cubriéndolo todo. Subí por la calle Valborrada hasta llegar a la Muela, un mirador que me recomendó el dueño del bar y desde el que, en esos momentos, no se veía absolutamente nada. –Y luego baja a alguna bodega a comer un cacho­– me insistió. Las bodegas subterráneas respiraban hacia el exterior a través de chimeneas humeantes. Estaba empezando a anochecer.
Virgilio me recibió con una amplia sonrisa. Su piel estaba curtida y arrugada. –Éramos muy buenos amigos. Desde chiquitos. Y ahora que ya estoy jubilado he pasado muchos ratos con él aquí… jugando a la Calva o simplemente echando una parlada Su voz transmitía gran vitalidad pero al recordar a Fausto ésta se volvió solemne y triste.
Me abrió la puerta de la casa no sin antes alabar las extraordinarias vistas al Duero que poseía el inmueble. – Las mejores vistas de tol pueblo. Elegante– me dijo.
La casa de Fausto era un auténtico museo. Los muebles parecían muy antiguos pero estaban encerados y bien cuidados. No había un solo hueco en la pared que no estuviera cubierto de cuadros con fotografías. Virgilio me dijo que al panadero le apasionaba coleccionar fotos antiguas: de antepasados, del pueblo, de las fiestas…En el centro de la pared un cuadro de colores pintado al óleo destacaba entre las decenas de fotos en sepia. Era la vista panorámica del río que se veía por la gran ventana justamente desde el lugar en el que se encontraba colgado. Estaba firmado por Fausto. Con un poco de suerte al día siguiente las nubes podrían dejarme ver ese mismo paisaje. Si decidía hacer noche tendría que ser en la propia casa de Fausto ya que todas las casas rurales del pueblo estaban ocupadas.–Es que son los Quintos, y aquí se celebra mucho. Mañana es Domingo Gordo y los chicos corren las cintas– me dijo Pilar, la mujer de Virgilio. No quería abusar de la confianza y la hospitalidad de ambos así que de primeras decliné su invitación a cenar en su casa. – ¡Anda, bobalaverga! Ven a comer un cacho mollete con chorizo y así por lo menos lo pruebas–. No pude negarme.
4.
La velada fue de lo más agradable. El matrimonio me estuvo contando cosas del pueblo, recuerdos de su juventud, de las fiestas, de su trabajo. Virgilio había sido pescador en el río y me relató alguna de sus proezas – Todavía recuerdo aquel día que lanzamos el trasmallo y salieron más de cien peces– La cara de Pilar, sin embargo, se iluminaba cuando hablaba de los Sanmigueles de antaño –Eso sí que eran fiestas, se disfrutaba con lo poco que se tenía. Sólo eran unos días, el resto del año trabajar…y sufrir...Pero esos días eran inolvidables–. Sin darme cuenta el “medio vino” que había bebido durante la cena hacía su efecto y noté mis mejillas acaloradas. El mollete me sorprendió, era un bollo dulce anisado que combinaba a la perfección con el sabor potente y algo picante del chorizo de la matanza. – Nadie ha logrado nunca hacerlos como él– dijo Pilar–. La gente se está quedando ya sin ellos según he oído en la carnicería. Es una pena – Al ver sus ojos vidriosos me di cuenta de lo mucho que significaba, para ellos y para todo el pueblo, el mollete. Era más que un bollo, era un símbolo de lo que eran. Una especie de legado que se iba trasmitiendo de paladar en paladar y que les conectaba directamente con sus raíces. Y ahora lo iban a perder sin que yo pudiera hacer nada. Me fui hacia la casa de Fausto con una sensación de desazón que nunca había tenido.
La lumbre que puso por la tarde Virgilio en el salón había caldeado el ambiente. Saqué del armario una manta que olía a naftalina y me recosté en el sofá arropándome con ella. Por la gran ventana entraba el reflejo amarillo de una farola e iluminaba en la oscuridad la pared repleta de fotos. La plaza de toros de palos, las mujeres con cántaros camino de la fuente, niños sonrientes estrenando zapatos, jóvenes alegres fotografiados delante de las fachadas encaladas…todas las escenas que hacía unos minutos había escuchado narrar. Y en el centro el río. Ese gran río que, irónicamente, era el que veía transcurrir las vidas de toda aquella gente.  Me quedé dormida en apenas unos segundos.
5.
Amaneció con un cielo azul intenso que se reflejaba en las aguas del Duero. Era difícil no conmoverse ante la belleza de la amplia curva que trazaba el río. “Mis secretos se quedan en el fondo del río”. Pensé en las enigmáticas palabras del testamento.
Paseé toda la mañana, por las callejuelas y por los caminos que rodeaban Castronuño. Envidié la vida apacible de los pueblos, esa tranquilidad que reconforta cuerpo y alma. Me crucé con varios lugareños –¡Bueno…!– Todos me saludaban sin conocerme.
Golpearon a la puerta de casa. Eran Pilar y Virgilio vestidos con sus mejores galas. –Vamos, que ya estarán los quintos en el Ayuntamiento y tienes que oírles echar el verso debajo del avión.– No entendí nada pero de repente me sentí una más en aquel pueblo al que hacía apenas veinticuatro horas acababa de llegar. Me colé entre el bullicio de la gente y escuché con atención cómo aquellos jóvenes relataban las historias de su vidas y las de sus familias. Cómo el público se emocionaba cuando mentaban a algún vecino ausente o cómo rompían en aplausos cuando el quinto en cuestión acababa su verso con un enérgico “¡He dicho, señores!”. Un espectáculo digno de ver.
6.
Abandoné el ambiente festivo y caminé hacia la casa de Fausto. Era ya hora de volver a Madrid. Estos días habían sido una experiencia inolvidable, pero ya no tenía mucho que hacer allí. Por desgracia no podía ayudarles en aquello para lo que me habían llamado. Más adelante volvería, eso seguro, de alguna manera el destino así lo había querido.
Recogí mi pequeña maleta. Fui tocando con mis dedos los muebles recios del salón y me quedé mirando por última vez la pared con fotos y el cuadro. “Mis secretos se quedan en el fondo del río”. Me acerqué al cuadro lo suficiente como para poder reparar en las pinceladas del azul del río. ¿Qué me quisiste decir, Fausto? De repente algo impulsó las yemas de mis dedos hasta tocar el lienzo.”…En el fondo del río”. Sonreí sin saber porqué. No soy muy dada a creer en prodigios que no se puedan explicar científicamente pero en ese instante percibí una conexión difícil de expresar. Sin dudarlo agarré el cuadro con los brazos abiertos y lo descolgué nerviosa. Allí estaba. Una caja fuerte incrustada en la pared. Estaba abierta. Ahora me parecía todo tan evidente…
Aquel descubrimiento era mucho mejor que lo que se debía sentir al encontrar un cofre de monedas de oro. Metí mi mano temblorosa en la caja y saqué un papel. Era una fotografía. La más importante de toda la colección. “Mamá y yo”, ponía. El niño que fue Fausto sonreía felizmente a la cámara. Llevaba un mandil puesto y tenía las manos y la cara llenas de harina. A su lado, agachada y agarrándole por la cintura, estaba su madre; también manchada de harina y sonriendo a su hijo con orgullo.
Miré la oscuridad del interior de la caja fuerte. Un papel más aguardaba en el fondo. Amarillento y doblado cuidadosamente. Un aroma dulce de anís lo envolvió todo.