Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



martes, 12 de noviembre de 2019

¿A qué estás esperando?


por Marta

USA. Detroit. Lincoln Street. Pasillo de su casa. 23 de septiembre. 15:37 pm

Mrs. Scott en cuclillas besa la cabeza del pequeño Andy que le da la espalda. Andy se suelta y coge impulso cuando separa sus manitas de las de su madre. Al otro lado del pasillo Mr. Scott espera, también agachado, con sonrisa amplia y brazos extendidos la llegada de su niño despúes de dar sus primeros pasos. Hacia la mitad del pasillo, cuando parecía que el intento iba a ser un éxito, se percibe un movimiento brusco en toda la casa y el pequeño Andy cae de rodillas al suelo, iniciándose así un llanto desconsolado.

Argentina. Rosario. Bulevar Avellaneda. Pasillo de la Residencia la Luz. 23 de septiembre. 17:37 pm.

Andrés, residente de noventa y dos años, operado de cadera accede a dar sus primeros pasos con andador tal y como le recomienda Amanda, su rehabilitadora. Se calza las pantuflas de cuadros bien sujetas por detrás de los talones, no como acostumbra, y se levanta. Se sujeta al andador y empieza a caminar. Tras varios pasos lentos y seguros se dispone a recorrer el largo pasillo. De repente, un movimiento de sacudida se percibe en la residencia y Andrés, con inercia, recorre todo el pasillo en unos segundos ante la mirada horrorizada de Amanda.

Grecia. Santorini. Budha Bar. 23 de septiembre. 23:00pm

Las cosas no están saliendo tal y como Daniel las ha planeado. Se daban todos los ingredientes para que la pedida de mano fuera un éxito: atardecer en las islas griegas, mesa reservada en  chill out,  cena con champán…Sin embargo al poco de llegar un movimiento violento y repentino ha tirado toda la vajilla de las mesas y a María se le ha manchado el vestido con el champán. Pero eso no es lo peor, el sol ya tenía que haberse metido hace rato, según Google, y en consecuencia él tenía que haber sacado ya el anillo. Sin embargo, a pesar de que pasan los minutos y la gente se impacienta, el sol  sigue burlón en el horizonte sin moverse.

España. Ciudad Real. San Carlos del Valle. 28 de septiembre. 13:10 pm.

Hace cinco días que no anochece. El sol se ha detenido en el cielo de San Carlos y ningún vecino se lo explica. Los noticiarios dan informaciones inexactas, las comparecencias de los miembros del gobierno no aclaran nada. Se oyen pasar a lo lejos sirenas de ambulancias o coches de bomberos que no tienen muy claro a dónde van. Clemente desde el banco de piedra de la puerta de casa mira el horizonte con la barbilla apoyada en el cayado, como lo ha hecho siempre, mirando la tierra recién arada. Piensa que en algunos sitios de la Tierra llevarán cinco días de noche continua.  Su mujer Maripaz se acerca al banco de piedra. Huele, toda ella, a sofrito de cebolla. Tiene puesto el babi de cuadros que le tapa hasta las rodillas, como siempre. Por debajo asoman sus piernas, recias y sin un solo pelo, por naturaleza, cubiertas con medias color visón. Se sienta a su lado y pone su mano en la rodilla de Clemente. Pasan más de cinco minutos en esta posición. Después Clemente le agarra la mano con fuerza y  Maripaz rompe el silencio: ¿A qué estás esperando?

Clemente se levanta con dificultad apoyando las dos manos en el cayado. Con la artrosis los primeros pasos son los que más le cuestan, una vez se calientan las articulaciones anda con más facilidad. Recorre los diez o quince metros que hay hasta su casa y entra. Escucha el sonido de la televisión de la cocina de fondo. Asesinatos, corrupción, guerras, más de lo mismo. Y ahora lo de la Tierra detenida que parece haber acentuado todo. Atraviesa el salón y sale por la puerta de detrás hacia el corral. Deja a la derecha el trozo de tierra de huerta y sigue de frente hacia el habitáculo de las gallinas. Lo construyó el mismo hace años, le pareció la mejor manera. Entra y con la puerta abierta espanta a todas las gallinas  con un par de palmadas. Se levanta un pequeño vendaval de polvo y plumas. Se dirige hacia el fondo y ayudándose del cayado se pone de rodillas con mucha dificultad, éstas le crujen y le duelen. Con sus manos robustas retira toda la paja del suelo y deja ver un pequeño cuadrado similar a una baldosa que tiene una cerradura. Introduce la llave que saca de su bolsillo y la puertecita se abre como con un resorte. Dentro un cajetín de aluminio con una pequeña pantalla y un teclado se activan. Clemente mete una combinación secreta de diez números y automáticamente la tapa del cajetín se desliza dejando a la vista tres botones. El botón de la izquierda es de color blanco y pone la palabra ON; el botón central tiene la palabra OFF y es el que aparece pulsado en esos momentos. A la derecha del todo un botón rojo se deja ver por debajo de una tapa transparente de seguridad que impide que pueda ser pulsado sin intención. Clemente levanta la tapa, cierra los ojos, aprieta la mandíbula y pulsa el botón rojo con decisión.

domingo, 27 de octubre de 2019

Un gran aplauso


por Marta

Con nueve años Jacobo había visto ya morir a cuatro personas: su padre, su abuela, un transeúnte y su vecina Maribel. Este número, muy abultado para su corta edad, fue, quizás, uno de los primeros detonantes para lo que en un futuro sería su vocación y su verdadera pasión: la muerte. Jacobo estaba especializado en ella. Tanto es así que tenía un ritual para morir. La muerte tiene sus detalles, pequeñas pinceladas que hacen único a este trance. No es lo mismo fallecer tras una larga enfermedad que encontrarse con la muerte en un oscuro callejón. Y todo eso lo sabía Jacobo. Y también los sabían directores, productores y directores de casting, que no son tontos.

Jacobo comenzó a actuar en la escuela de teatro de su instituto, obras clásicas sobre todo. Después recorrió todo Madrid, de casting en casting, buscando su oportunidad. En su madurez todos los papeles que llegaban a sus manos eran cortos e intrascendentes para la trama. Casi siempre personajes secundarios cuyo fallecimiento justificaba algún giro de guión: un viejo exánime que desata la guerra entre herederos, un cabeza de turco o el primer rehén que no sobrevive al asalto. Lejos de disgustarle esto a Jacobo le apasionaba. Para él la muerte era algo digno. Representarla cada vez era una gran responsabilidad.

 

Las mañanas en que iba a morir se levantaba algo más pronto de lo habitual. Le gustaba llegar con tiempo al set de rodaje. La alteración y las prisas no son recomendables ya que el pulso se acelera, se enrojece la piel y puede provocarse una sudoración excesiva impropia de un cadáver. Esas mañanas gustaba de prepararse un té bien caliente para desayunar. Té chai con una nube de leche.  No le gustaba esta bebida especialmente pero para él los olores especiados de la canela, el jengibre y el clavo estaban asociados a aquella merienda infantil de cumpleaños en la que su vecina Maribel comenzó a encontrarse indispuesta poco antes de su trágico final.

A continuación se vestía solemnemente con traje de chaqueta y corbata. La azul marino de rayas o la de tartán que le trajo su primo de Edimburgo eran sus favoritas, pero no era especialmente quisquilloso con esto. Lo que nunca fallaban eran los calcetines negros de hilo de nylon. Si el atuendo del personaje se lo permitía pedía que no se los cambiaran. Cuando amortajaron a su padre fue él quien escogió unos calcetines de ese tipo y desde entonces el tacto tan peculiar le conectaba con aquel momento.

Una vez vestido se situaba frente al espejo del baño para realizar sus ejercicios faciales. Ceño fruncido, boca en círculo, sonrisa amplia. Y vuelta a empezar. Hay algunos rictus propios del rigor mortis muy difíciles de interpretar si los músculos no han calentado previamente.

Antes de salir a la calle se engominaba el pelo y se rociaba con un perfume caro y espeso finalizando con un toque en la cara interna de las muñecas.

Llevaba años realizando minuciosamente la misma ceremonia y cada vez sus muertes resultaban más creíbles, más verdaderas. Una vez que expiraba y dejaba salir el último hálito de vida el movimiento de su respiración era absolutamente imperceptible incluso para las cámaras de última generación. Si en esos momentos el espectador hubiera podido tocar al actor seguramente hubiese sentido el tacto frío característico de un finado.

Justo el día que Jacobo cumplió sesenta años, casualidades de la vida, recibió el regalo más importante de su carrera. El regalo llegó en forma de carta y en ella le notificaban lo que sin duda sería el colofón perfecto a su trayectoria. El papel con el que llevaba años soñando. La Compañía Nacional le fichaba para interpretar el papel masculino en la obra “Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes. Con una compañera de categoría, nada menos que Lola Herrera. Toda la pieza confinado en un ataúd interpretando a un muerto, por fin había llegado la hora de lucirse.

La noche anterior al estreno no pudo pegar ojo, nunca le había pasado algo parecido. Tenía seguridad en sí mismo pero a la vez del estómago le nacía una inquietud desconocida. Por la mañana se levantó con tremendas ojeras y pensó que este detalle tonto resaltaría aún más su actuación. Té chai con su nube de leche, traje de chaqueta, corbata de tartán y calcetines de hilo nuevos a estrenar. Ceño fruncido, boca en círculo, sonrisa amplia. Flus, flus, fragancia espesa y a la calle a triunfar.

El patio de butacas estaba a reventar. Entradas agotadas hasta en el gallinero. Sabía que Lola Herrera tenía mucho tirón pero él era el otro cincuenta por ciento de la obra. No podía defraudar. Un hormigueo inusual le recorrió los brazos y las manos no le dejaban extrañamente de sudar. Pensó que quizás hoy tanta teína hubiera sido innecesaria, se notaba el corazón a mil.

Cuando se abrió el telón se hizo el silencio total. Dos largas horas sin mover una pestaña. El traje le picaba, los zapatos le apretaban y la corbata oprimía su cuello asfixiándole. Lola continuaba con su soliloquio y Jacobo apenas la podía escuchar. Sólo escuchaba los latidos de su corazón en sus oídos a todo volumen. La cabeza estaba a punto de explotarle y entonces recordó a aquel hombre. Nunca supo su nombre, era una fría mañana de invierno, Jacobo iba solo de camino al colegio. Lo encontró tendido en mitad de la acera. Su cara había permanecido desdibujada durante toda su vida, era sólo un niño, sin embargo, ahora, de repente, se le aparecía nítida. Ya no escuchaba a Lola por detrás, ahora era otra vez ese niño feliz. Ese niño que jugaba con su abuela a las cartas y que siempre tenía los bolsillos llenos de canicas y de emociones. Ahora ya no sentía nada, sólo paz, y a lo lejos, quizás, un gran aplauso.


sábado, 26 de enero de 2019

INSTANCIA



por Marta




Yo, Don Segismundo Vega López, madrileño y jubilado,

EXPONE

Con motivo del vaciado del Estanque del Retiro para su limpieza, fui testigo, desde un banco del parque, del hallazgo en su fondo de los siguientes enseres que a continuación paso a enumerar:

- Ochenta y dos sillas
- Doce barcas y treinta y siete remos.
- Veinte mitades de fotografías de enamorados que algún día se quisieron.
- Cinco zapatos (ninguno emparejado).
- Doscientos diez móviles (con miles de llamadas perdidas).
- Una caja fuerte que no se pudo abrir.
- Cuarenta miradas clavadas en el fondo preguntándose: “¿qué hago?”.
- Quince llaves (ninguna de la caja fuerte).
- Noventa y ocho libros (destacando varias ediciones interesantes de “La vida es sueño”, “Poeta en Nueva York” y “La montaña mágica”).
- Tres alianzas que no esperaron a que la muerte los separase.

SOLICITA

Me sea concedido con carácter temporal, durante lo que me reste de vida, la propiedad de dichos bienes con el único objeto de devolverlos a sus legítimos dueños.

domingo, 22 de abril de 2018

Café Polinesia

por Marta


A María le incomoda entrar sola en un bar. No le gusta consumir algo solitariamente mientras se siente observada por ojos inquisidores: ¿qué haces aquí sola? ¿esperas a alguien? Pero hoy no le queda otra opción. Después de la sequía de los últimos días tiene que volver a hacerlo.

-Un cortado, por favor - El camarero de la cafetería Polinesia se remanga la camisa dejando ver el abundante vello de sus brazos. En su dedo meñique un sello de oro. María anota en su cuaderno, “duerme desnudo, se quita todo salvo el anillo”.

Un hombre anciano entra en el bar y se sitúa en la barra a su lado. Huele a casa cerrada.” La casa no volvió a ventilarse desde que ella murió, él solo sabía respirar el aire de su ausencia…”. El hombre pide un café. Disimuladamente mete la mano en el bolsillo de su gabardina y se oye un chasquido sordo. A continuación se lleva la mano a la boca y mastica con discreción. María intuye un trozo de galleta, quizás un bizcocho. Repite la operación mientras María garabatea sin parar. Cuando el anciano termina deja un euro en la barra y se va.

Entra una mujer y se sienta en la banqueta que acaba de dejar libre el hombre. “Aún estaba caliente el asiento cuando ella lo ocupó, esa sensación de sentir calor ajeno y anónimo le causaba repulsión…”

La mujer pide una cerveza. Saca un pequeño espejo de su bolso y se pinta los labios de rojo carmín repasándolos varias veces. A María le parece más joven de lo que es. “…Fue el regreso del amor lo que tersó su piel y devolvió ese brillo en los ojos que solo los demás perciben”. Saca el móvil y la letra de gran tamaño permite que María pueda leer la conversación con facilidad. Una gran cantidad de corazones e iconos con besos inundan la pantalla. María sonríe, no se equivocaba.

La última frase de su contacto aún parpadea en la pantalla: - No veo que peligro puede haber- . La mujer, con el pulso firme, teclea – Lo lamento, de veras, aún tendrás que esperar una o dos semanas más-. María escribe la frase tal cual en su cuaderno. Mira a la mujer y ésta le sonríe. Observa en su rostro la expresión del que se siente poderoso.  Cierra el cuaderno. Saca el monedero y deja un euro encima de la barra. Vuelve a abrir el monedero y deja otro euro de propina. Las musas de la cafetería Polinesia también tienen su tarifa.

martes, 20 de marzo de 2018

biopic


por María


No es que mi vida sea más interesante que la tuya, simplemente es que he vivido más que tú. Eso fue lo que me dijiste y después bebiste un trago largo del vaso de cerveza. Ya estaba casi anocheciendo, aunque la luz mortecina del bar donde nos encontrábamos hacía tiempo que nos había rodeado de nocturnidad.

En ningún momento creí tus palabras, aunque me hubiera gustado. ¿Realmente pensabas que la edad influía algo? Sí, está bien, los años, la experiencia, todo eso. Pero no. ¿Acaso podría yo, dentro de veinte años, entretener a alguien con los entresijos de mi vida anodina?

Entiéndeme, yo era feliz, o al menos lo bastante feliz como para no quejarme por ello, aunque en cierto modo echaba en falta algo. Ese algo que a ti te sobraba y al que tú no dabas la más mínima importancia. Es más, ni siquiera te hacía feliz.

¿Qué nos llevábamos? ¿Quince? ¿Veinte años? Nunca lo supe.  Pero tú a mi edad ya habías vivido más de lo que yo lo haría nunca. Yo pasaba despacio por la vida, sin hacer ruido, limitándome a seguir el camino fácil de la rutina cómoda. De esa rutina que puedes amar y odiar a partes iguales.

Salimos del bar y me ofreciste un cigarrillo. Lo acepté. Yo era una fumadora social que lo llaman. ¿Una fumadora social? Si, aquellos que fuman poco y ocasionalmente, en fiestas, reuniones. Hasta para eso era poco original. ¿Sería mi vida más interesante si fumara a diario? No, lo que debería hacer sería fumarme un buen porro. Pensaba esta clase de cosas mientras torcíamos por Tirso de Molina.
Al rato te paraste en aquel bloque antiguo de pisos donde habías vivido de alquiler hacía ya muchos años. ¿Cómo podías haber vivido en tantos sitios? Cuando alguien como tú piensa en el referente “mi casa”, ¿dónde lo sitúa? ¿En su casa actual, en la que habitó por más tiempo, en la que fue más dichoso…? Yo había vivido en cuatro casas diferentes a lo largo de mis treinta años, contando las de mi infancia ¿y tú? ¿Habrías perdido la cuenta? Si no la habías perdido tendrías que hacer un buen ejercicio de memoria para acordarte en orden cronológico de todas y cada una de ellas. 

Supongo que eran tus largos viajes lo que más me impresionó de ti, o quizá más que eso, haber vivido en diferentes países. O tal vez fuera lo exóticos que eran algunos de esos países.

Viajar es algo más que coger un avión, algo más que pasar unos días en una ciudad y hacer fotos a sus monumentos. Viajar es una experiencia más interior. Uno puede viajar realmente sin haber salido de las cuatro paredes de su casa. Decías este tipo de cosas, esas frases tan certeras que yo recordaría años después sin esfuerzo al pensar en ti. La verdad es que para mí siempre fuiste alguien especial, diferente. Intentabas ponerte el traje de persona normal, pero no te quedaba bien. El tuyo era el de personaje de novela. O de película. Siempre lo supe.  

Nos despedimos en la boca del metro. Ambas madrugábamos al día siguiente. Ahora tu trabajo era el mismo que el mío, un trabajo vulgar que a ninguna nos gustaba. Ya no te codeabas con famosos, ya no viajabas en business. Eso te quitaba algo de glamour, ciertamente. Aunque llegarían las vacaciones de verano y yo me iría a Torremolinos mientras que tú te irías a Uzbekistán y al volver me hablarías de la ruta de la seda y me regalarías esa cajita nacarada.  Creo que era un joyero, pero no sé si te llegué a decir que la usé para guardar condones.

También me contarías el romance con el holandés aquel, o quizá fuera belga o alemán. Lo cierto es que esas aventuras con hombres extranjeros también ayudaban a mitificar la imagen que yo tenía de ti. Jamás presumiste por ello. Yo en cambio sólo había probado el producto patrio. De hecho sólo me había acostado con Pedro, mi marido.

Después fue cuando te hiciste famosa y te empezaron a rodear un montón de buitres. A veces pienso si no habré sido yo uno de ellos, el peor de los buitres carroñeros. Sin embargo a ti la fama no te cambió un ápice. Seguías igual, igual de diferente, de especial, de humilde. 

Y luego te fuiste. Te fuiste para todos.  

Y ahora pienso en  esos años y me resultan tan lejanos, tan ajenos a mí. ¿Qué sería de mi vida si no te hubiera conocido? Supongo que seguiría siendo invisible en aquella empresa, trabajando para que llegaran las vacaciones, follando una vez por semana. Habría tenido algún hijo con Pedro.

Pero entonces tuve la idea. Aproveché tus contactos y los conocimientos adquiridos en aquellos cursos a distancia sobre escritura de guiones. Tú ya no estabas, así que pensé  ¿qué más da? Vendí tu vida, nuestra amistad, tus secretos más íntimos.

Tras la película sobre tu biografía me llovieron las ofertas y hoy en día soy una de las guionistas más cotizadas de Hollywood. Escribo las películas con las que hace años sólo podía soñar. Me alojo en los mejores hoteles del mundo, viajo a los destinos más paradisíacos. Anoche me acosté con una mujer. Me gustó.

¿Qué por qué te cuento esto ahora que no estás? Supongo que te escribo para expiar mis culpas. Aunque no puede haber peor castigo que el de la voz de mi conciencia, aquella que me repite que haga lo que haga y esté donde esté siempre tendré una existencia prosaica. O simplemente te escribo porque te echo de menos.  
Tu vida no te hizo feliz y a mí, cuando me puse a hablar de ella me quitó la felicidad que ahora sé seguro que tenía. La que me proporcionaba esa cómoda rutina. Es curioso, ¿no crees?  

viernes, 22 de diciembre de 2017

S.O.S

por Marta


La terrible sequía evaporó la última gota del mar. Saúl pisó con su pie desnudo la orilla del inmenso océano que rodeaba la isla. Su isla. Siguió caminando, ahora ya no había agua, sólo el barro agrietado que antes era fondo del mar. Hacía tantos años que Saúl sobrevivió a aquel naufragio que ya casi no lo recordaba. Avanzó sin saber hacia dónde, en aquel desierto de arena parecía imposible orientarse. Pasaron los días y las noches. Comía algas aún húmedas, restos de peces; los cadáveres de miles de criaturas marinas salpicaban la inmensa llanura. Continuó caminando. Encontró pecios, quién sabe si alguno no sería su propio buque; cofres con monedas de oro que no le servían para nada. Lo dejó todo atrás. Anduvo en línea recta sin descanso. Un atardecer, con el cielo incendiado en colores rojizos, divisó la orilla de una playa, al fondo algunos árboles y lo que parecía una población. Frenó en seco. Dudó si darse la vuelta, pero algo le impulsó hacia adelante con paso firme. A escasos metros de allí, la deslucida y polvorienta botella albergaba intacto el mensaje que él mismo había escrito.

miércoles, 11 de octubre de 2017

ESCENAS VERANIEGAS


por María

Escena veraniega nº1: Interior de un chiringuito de playa de la Manga del Mar Menor. El matrimonio Carretilla- Gómez graba su vigésimo tercer verano juntos. ¡Acción!

Amparo es la encargada de elegir la paella, decantándose,   como casi siempre, por la de marisco. Es de ideas fijas.

Según la toma va dejando las cáscaras de los moluscos y crustáceos en el borde del plato, una tras otra hasta formar un círculo que rodea la parte central del mismo. A su marido le asqueaba esa costumbre. Cuando ella acaba el arroz su plato se le asemeja a una corona de difuntos.

Al terminar Amparo eructa ostensiblemente, inundando el espacio de aire respirado por Augusto Carretilla y profiere su ya consabido “perdón, majestad”, tal y como ha venido haciendo en los últimos veinte años.

Si las circunstancias vitales no hubiesen variado para el matrimonio Carretilla-Gómez, Augusto le hubiera recriminado dicho gesto y ambos se habrían enzarzado en una discusión acerca de los efluvios personales, como en tantas otras ocasiones. Sin embargo, como digo, las circunstancias habían cambiado, por lo que Augusto no le reprocha absolutamente nada. Se limita a levantarse despacio, y con una sonrisa desconocida para su mujer dice:

- Me voy a por tabaco

Augusto Carretilla no fuma, pero llevaba mucho tiempo deseando pronunciar aquella frase. Amparo nunca más le volvió a ver.

Escena veraniega nº2: Campamento de verano “La Frontera” en el Parque Nacional de Ordesa (Huesca). Elena Álvarez graba las primeras vacaciones separada de sus padres. ¡Acción!

Elena se sienta en su toalla y vuelve a sentir el nudo en el estómago, esa especie de náusea que la acompaña desde el primer día de campamento. Las ganas de llorar también han sido constantes durante los diez días que ya lleva allí. Primer campamento, primera vez que se separa de sus padres durante tanto tiempo. Demasiadas primeras veces juntas para los recién cumplidos once años de Elena.
Aquella mañana, después del desayuno, una de las monitoras anunció que el grupo de las Ardillas, al que pertenecía Elena, haría el vivac esa noche. Dormirían a la intemperie, el manto de estrellas como único techo.

Si haces caca te tienes que limpiar con una piedra- dice Virginia, los ojos como platos de Elena. Virginia es una de las veteranas, es su tercer año en las Ardillas. Sus palabras no se ponen en duda.
Elena se acerca al bordillo de la piscina, pero no osa meter el pie. Ella no puede bañarse casi ningún día. Si lo hiciera podría morir por un corte de digestión, así que espera religiosamente las dos horas que su familia le dijo que debían pasar desde la última vez que comiera. El tiempo pasa lento mientras mira su reloj de pulsera. Se siente diferente al resto de niños, le encantaría bañarse como ellos, pero no llega a comprender por qué no respetan ese tiempo poniendo en juego sus vidas por un chapuzón. Aunque todos sobreviven día tras día.

Esa noche, ya tumbada en su saco de dormir respira hondo mientras las palabras que su padre le dijo por teléfono aquella tarde resuenan en su interior:
Elena, mamá y yo te queremos mucho. Tienes que ser fuerte, esta experiencia te hará una mujer.
Y como ella no pudo decirle que no deseaba ser fuerte ni ser una mujer, que sólo quería volver a casa y estar con ellos, que estaba cansada de caminar, de lavar su ropa en el rio, de sentirse sola a pesar de estar rodeada de gente.

De repente la náusea vuelve de forma mucho más violenta y Elena se levanta. Corre con la linterna en la mano hacia el bosque sorteando los sacos de sus compañeros y en el primer árbol que encuentra algo apartado se agacha y vomita.
Pasados unos minutos se encuentra más relajada, como si hubiera arrojado todos sus miedos. Pasea durante un rato por el bosque y justo antes de regresar busca un sitio para hacer pis.

Y entonces sucede. Incrédula enfoca sus bragas con la linterna una y otra vez, aunque ya no tiene ninguna duda, es una gran mancha roja lo que hay en ellas.
Las lágrimas que había retenido durante tantos días empapan generosamente sus mejillas.

Escena veraniega nº 3: Mireia y Mercé, compañeras de colegio de la infancia, graban su encuentro inesperado en el paseo marítimo de Platja d’Aro. ¡Acción! 

Mercé sale a las 19:35 horas del Hotel Planamar. La acompañan su hijo de once meses y un marido alto y guapo objeto de muchas miradas. Se siente el centro del universo y contempla a los turistas con cierta superioridad.
Mireia sale a las 19:38 horas del Hotel Aromar. La acompaña su cachorro de pinscher miniatura. Cuando Mireia se gira y lo ve detrás de la extensión de su correa tiene la impresión de estar paseando a un ratón. En ese momento piensa que su vida es un cúmulo de decisiones mal tomadas.
A las 19:40 h Mercé y Mireia se topan de bruces en el paseo marítimo siendo inevitable saludarse. Mercé insiste en sentarse a charlar tranquilamente en una heladería y Mireia no sabe cómo declinar la invitación.
La conversación transcurre por el cauce imaginado por Mireia. Mercé lleva la batuta y hace un recorrido por su maravillosa vida mientras su marido asiente y sonríe sin abrir la boca. Un marido de cartón piedra, piensa Mireia. Cuando le toca el turno a Mireia se siente juzgada. Esa comparación de ambas vidas la hace sentirse más pequeñita que su pinscher miniatura. No tiene pareja ni trabajo fijo y eso provoca las palabras compasivas de Mercé que casi la hacen vomitar.
-¿Y cómo se llama vuestro niño?- pregunta Mireia para cambiar de tema.
-Lucas- contesta el padre de la criatura.
-Lucas, un nombre precioso- susurra Mireia algo turbada pues su pinscher miniatura también se llama así.
Lucas, como mi perro, hubiera querido decir aunque un pudor intrínseco a ella la hizo frenarse muy a su pesar.   
Acto seguido irrumpe la voz hiriente de Mercé:
-¿Y tu chiquitín cómo se llama?
-Zar-, responde Mireia, acordándose de aquel perro que siempre andaba suelto por el pueblo de su abuela.

Mireia ha terminado hace rato su leche merengada y no sabe cómo despedirse sin resultar grosera. Ni siquiera el odio que siente en ese momento hacia Mercé la permite renunciar a las reglas de la buena educación. Así que continúan el repaso de las vidas de todas las compañeras de promoción mientras el perro de Mireia da saltitos y pequeños ladridos cada vez que Mercé nombra a su hijo.

Cuando Mercé empieza a hablar sobre un adosado en forma de segunda vivienda que están a punto de adquirir, Mireia piensa que ya ha tenido suficiente. Le encantaría coger la copa de banana Split que está apurando el marido de Mercé  y estampársela en la cara. Sin embargo se conforma con levantarse bruscamente y decir:

-Disculpad pero creo que la leche merengada no me ha sentado bien. Además Lucas tiene ganas de hacer caca. Me alegro de veros.

Mireia se aleja. Es la primera vez en su vida que se va de un sitio sin pagar.   

Escena veraniega nº 4: Interior de un bar de carretera cercano a Borja (Zaragoza). Un matrimonio y su hijo graban el viaje de vuelta de sus vacaciones. ¡Acción!

Son las cuatro y media de la tarde y el calor es asfixiante en la carretera que une Zaragoza con Soria. Una familia de tres integrantes detiene su coche en uno de esos bares cualquiera que pueblan las carreteras del país. Quieren merendar antes de proseguir su viaje. Piden un par de cafés y unos bollos. La madre lleva una bolsa con la merienda del niño de unos cuatro años.

El bar está vacío a excepción de una mesa donde cuatro hombres echan la partida. El camarero sale muy a menudo de detrás de la barra y, de pie, al lado de la mesa de los parroquianos, observa sus cartas.

-Parece que el tiempo no ha pasado por este sitio- dice el padre de familia. Este bar es exacto a los de hace treinta años, ¿no crees? Si hubiéramos venido aquí siendo niños estaría todo igual decorado. Podrías escribir algo sobre ello.  

La tele encendida, aunque nadie la mira. Los taburetes altos de madera detrás de la barra, los calendarios de publicidad colgados en la pared, la vitrina de cristal con la tortilla de patata y los boquerones, las magdalenas en bolsitas de plástico individual.

-Si, es verdad, lo único que no hubiera habido es ese cartel colgado que dice “No hay wifi”- contesta ella.  

Al cabo de un rato los hombres de la partida elevan sus voces con el característico acento maño:

-Ahhh, eso yo lo sé, porque he cantao el veinte, lleva tres triunfos, yo dos.
- Ay la puta, te quejarás, en seis partidas una boda real y no sé cuántas veintes has cantao.  

El matrimonio se mira cómplice. Ella dice que cree que están jugando a la brisca o al guiñote.

Después entra una mujer de unos sesenta años y pide una infusión.

La partida continua y los gritos cada vez son mayores al igual que las palabras malsonantes.
- Caguenlaputa ahí van dos dedos sabes...
- Veintidós, veintidós buenas, los dos patitos.
-¡Meca! Lahostiaputa con esas cartas.
- ¡Ay LaVirgen!, no me jodas.

La madre de familia mira a su marido y le dice que por primera vez se alegra de que su hijo le haya cogido el móvil y esté absorto en él sin oír nada de su alrededor.

La mujer de la infusión se acerca al camarero y mantienen una conversación casi en susurros. Después del último sorbo se dispone a pagar y el camarero rechaza cobrarla. Al salir del bar se para en la puerta para decir:
-Le das recuerdos a laAsun.

El padre de familia insiste a su mujer en que podría escribir algún relato basándose en ese bar.
-¿No estabas buscando inspiración para tu cuarta escena veraniega? La señora que acaba de salir podría ser, por ejemplo, la Sra. Margarita. Viene todos los días a tomar su manzanilla de las cinco de la tarde- le propone emocionado.
- Así será- contesta ella tomando un par de fotos con el móvil y copiando en la aplicación de notas algo de lo que dicen los jugadores de cartas.

Lo que nunca llegará a saber dicho matrimonio es que Margarita se llamaba efectivamente Margarita y que aquella calurosa tarde del 29 de julio de 2017 mantuvo una conversación con el camarero que cambiaría el resto de su vida.