Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



sábado, 17 de enero de 2026

Dos microrrelatos de ajo


Por Marta

 

LA RÉPLICA

Una de mis pasiones inconfesables es pasarme horas leyendo las reseñas de Google. Gracias a las generosas opiniones de la gente sobre lugares, establecimientos o monumentos yo alimento mi adicción. A veces me centro en una persona. Por ejemplo: Carlo, 235 reseñas. Me leo todas y al terminar sé perfectamente cómo es Carlo, dónde le gusta comer, a qué lugares ha viajado en los últimos años.

Anoche me fui con una sonrisa a la cama. Estaba leyendo enfrascado los comentarios de la réplica de la Puerta de Ishtar construida en Irak donde un día estuvo la puerta original. Allí me topé con el comentario desesperado de John el 5 de julio de 2018: “Sara, no apareces, llevo más de dos horas esperándote. Mis ilusiones se desvanecen”. Entonces, gracias a mi destreza y experiencia, rápidamente viajé con mi teclado hacia las reseñas de la original Puerta de Ishtar reconstruida en el Museo de Pérgamo en Berlín y allí encontré lo que esperaba. Sara, 5 de Julio de 2018: “Comprenderás que no puedo seguir esperándote, John. Siento tanto que no hayas venido…”.

Quién le hubiera dicho al rey Nabucodonosor II que en el umbral de la puerta erigida en las murallas de su bella Babilonia se iba a vivir este auténtico drama.



PECADO CAPITAL

Siete amigas del instituto. Veinte años después. Elegimos el restaurante “Pecado capital”. Un sitio íntimo, acogedor. Lucía, alta, tan delgada y jodidamente guapa como siempre pide el plato denominado “Soberbia”. Crepes de foie con cebolla. Le encanta. Afirma que no hay en la carta otro plato mejor que el suyo. Marta, en el instituto la llamaban la “tabla del uno” por lo fácil. Se pide el plato “Lujuria”, el único dulce. Saborea el helado de chocolate pasando la lengua por sus labios. La muy puta. Eva, la única inteligente que se casó con un rico; pide el plato “Avaricia”. Solomillo a la pimienta. Al acabar la cena divide la cuenta escrupulosamente. Patricia, pide el plato “Ira”; el vino no está a su gusto y vemos su famosa vena del cuello en acción. Laura, llega tarde a la cena, la siesta se le fue de las manos. Eso sí, viene monísima. Pide el plato “Pereza”, una extensa fondue de quesos para tomárselo con calma. Sonia, tan chistosilla como siempre, se pide el plato “Gula” una especie de menú degustación con un poquito de cada uno de los platos de la carta. Aun así, se queda con hambre. Y yo, Elena Gómez Puertas, pido el plato “Envidia”. No recuerdo qué llevaba, solo sé que me gustaron más los de mis compañeras.


jueves, 25 de diciembre de 2025

PELUQUERIAS DE TODO PELAJE

 

Para todos aquellos que se identifiquen conmigo, sé que existen.

por María

Hoy quiero hablaros de peluquerías, porque es un tema que realmente me conmueve. El tipo de persona que uno es puede deducirse de la relación que ha mantenido con las peluquerías a lo largo de su vida, de ahí que esto que voy a escribir, aunque va de pelos, va también de la vida: esa que se nos escapa mientras pasamos tres horas en estos salones de belleza. ¡Ay! La belleza, otro gran tema de la humanidad.

Yo nací con el pelo rizado y, pese a ser un hecho palpable y evidente —así lo demuestran las fotos de mi más tierna infancia—, nadie debió saberlo, o cuando menos asimilar o aceptar tal condición. Y así fui creciendo, con una densa cabellera sobre mi cabeza, claramente incomprendida. Ya con unos ocho o nueve años, las imágenes gráficas de la época dan cuenta de los intentos de domar aquella melena, del empeño por convertirla en un pelo largo y liso, sobre todo liso. Por supuesto, ella se rebelaba: no estaba en su naturaleza y, cuando las cosas se fuerzan de ese modo, lo más normal es fracasar estrepitosamente.

Los recuerdos que guardo de las peluquerías de mi infancia no son los de caros salones de belleza a pie de calle, sino los de pisos sin letrero, casas humildes con un par de lavabos y secadores de pie; lugares donde el sofá del salón hacía las veces de sala de espera.

Mi abuela Lola y su vecina Carmen eran fijas en una de estas peluquerías de barrio. Dos hermanas, cuyo recuerdo nítido ha venido hoy a mí mientras escribo esto —María y Paquita—, regentaban una de aquellas peluquerías modestas en un piso.

Mi abuela tenía peluquera, o al menos la tuvo durante muchos años, hasta que el negocio cerró. Y esto no es fácil de conseguir: tener peluquera. ¡Ay! Se me antoja casi inalcanzable

Me acuerdo de ir a esa peluquería en bastantes ocasiones, a veces acompañando a mi abuela o a mi madre, y otras como joven clienta. Mi hermana también solía estar presente en estos recuerdos y no pocas veces nos hemos reído al traer a la memoria aquella vez en que esperábamos aburridas en el sofá del salón de esa casa cuando, de golpe, se abrió la puerta mientras cantábamos y coreografiábamos una vieja copla que decía “debajo de la capa de Luis Candelas, mi corazón amante vuela que vuela”.

No sé si las sorprendidas fuimos nosotras o la persona que abrió la puerta al encontrarse con dos niñas de seis y nueve años cantando una canción que, a finales de la década de los ochenta, tampoco creo que estuviera entre el top ten de lo más escuchado.

Tanto en esta peluquería como en las que visité a lo largo de los años, hasta aproximadamente mi mayoría de edad, hubo una cosa en común: ninguna de ellas —ni ninguno de sus peluqueros— descubrió la verdadera naturaleza de mi pelo. Se empeñaban en alisarlo y en obligarlo a vivir fuera de su personalidad.

Fruto de ese desconocimiento, tuve que someter a mi cabello —y con él, a mi persona— a momentos duros, como aquel en el que se decidió que lo mejor era cortar el pelo cortito a la niña. El corte no resultó especialmente favorecedor y, con él, la niña pasó a ser vista por mucha gente como el niño, ya que en varias ocasiones me llamaron chaval.

Después de aquel corte vinieron distintas etapas. Cabe destacar la época de la seta, o aquella otra en la que una peluquera diabólica pensó que lo más adecuado para una adolescente de dieciséis años era rapar gran parte de su cabellera —casi al cero— con la excusa de quitarle volumen, dejando que el resto del pelo tapara esa zona rapada, que solo asomaba por los laterales o cuando me hacía cualquier tipo de coleta o recogido. Creo que, si la hubiéramos denunciado, esa teórica profesional del cabello podría haber acabado entre rejas. Pero no solo no la denunciamos, sino que el corte no debió de parecernos mal, ni a mi familia ni a mí, que incluso compramos una maquinita para “esquilarme” —así lo llamábamos en casa—.

Sin embargo, alrededor de mis dieciocho años tuvo lugar un acontecimiento que cambiaría mi relación con mi pelo, que no con las peluquerías. En una de esas peluquerías nuevas que probé —en este caso, una que frecuentaba la madre de una amiga, afortunada ella, que tenía sitio fijo— le dije a la peluquera que quería hacerme la permanente rizada. La mujer, tocando mi cabello —tan informe, encrespado y voluminoso como siempre—, me preguntó cuándo había sido la última vez que me había hecho la permanente. Yo le respondí que nunca. Me dijo entonces que para qué quería hacerme la permanente rizada si ya tenía el pelo rizado.

Sé que al lector este hecho puede parecerle difícil de creer, pero lo cierto es que, aunque había visto fotos de mi infancia con el pelo rizado, tuvieron que pasar dieciocho años de mi vida para que una completa desconocida me descubriera algo que debería haber sido evidente y no lo fue: ni para mi familia, ni para mí, ni para el resto de los peluqueros a los que había ido.

Aquella mujer mojó mi cabello, moldeó mis rizos con un poco de espuma, lo secó con difusor y, voilà, se hizo la magia. Salí de aquella peluquería convertida en una mujer de pelo rizado y sin haber pagado dinero por ninguna permanente. Recuerdo incluso la ropa que llevaba ese día, que pasaría a la historia para mí.

Uno podría pensar que esa mujer, ese pedazo de profesional que había hecho un descubrimiento que nadie antes había sido capaz de hacer, debería —con todo merecimiento— haberse convertido en mi peluquera de cabecera. Nunca mejor dicho. Pues no. Lo cierto es que la peluquería me pillaba bastante alejada de casa, a casi una hora en transporte público y, en honor a la verdad, en asuntos de peluquería soy bastante infiel. A diferencia de otros aspectos de mi vida, donde valoro especialmente la fidelidad y la lealtad, en cuestiones capilares soy claramente promiscua.

Cuando pudiera parecer que visito varias veces un mismo sitio, incluso que podría forjar cierta relación personal con la peluquera de turno, otra peluquería se cruza en mi camino. Algo, de repente, me lleva por la senda de la perdición y ahí está: dejo de tener peluquera. Sin embargo, no he dejado de intentarlo. Y en estos intentos, a veces arrastro a mi hermana, a mi madre o a mi suegra. O son ellas las que me arrastran a mí.

Fruto de estas idas y venidas acabamos en una ocasión en una peluquería del centro de Madrid que frecuentaba una amiga de mi madre. Aquella amiga no tenía ya peluquera de referencia, sino peluquero, algo que por entonces no era tan frecuente, y una podía llegar a creer que, por ser hombre, tendría las manos del mismísimo Llongueras. Con esperanza acudimos a que el tal Benito —así se llamaba— pudiera acogernos entre sus manos y rescatarnos de ese vagar por la vida.

Pero no. Benito tampoco consiguió ser nuestro peluquero más que aquel día. Lo que sí pasó a la posteridad aquel día fueron dos hechos ocurridos en aquel local. El primero fue que, al ver mi pelo, pusieron el grito en el cielo preguntando quién me lo había cortado. Yo mentí diciendo que había sido una amiga en prácticas, que estaba estudiando un módulo de peluquería. No me atreví a decir la verdad: la peluquera en prácticas había sido mi hermana, que estaba sentada allí a mi lado y que algún día debió de hacer algún experimento con mi pelo.

¿Podríamos considerar a mi hermana como una más de las peluqueras a las que desprecié?

El otro hecho mítico —de los mejores que se han visto en nuestros lugares— ocurrió cuando la peluquera que me estaba lavando el pelo me preguntó, así de sopetón, si quería “hidratarme”. Yo, desde mi posición de inferioridad, ahí sometida, con el cuello apoyado en el lavabo y la mirada fija en el techo, conseguí vencer la vergüenza para preguntar: ¿eso qué es y cuánto cuesta?

El caso es que el dichoso tratamiento costaba lo mismo que la oferta de lavar, cortar y peinar a la que yo había acudido, así que decliné hidratarme. Y fue entonces, en ese preciso instante, cuando una voz de ultratumba procedente de mi compañera de lavabo —con un par de toallas empapándole la cabeza y que había oído toda nuestra conversación— preguntó si eso era lo que le habían hecho a ella.

Efectivamente, aquella mujer había sido víctima de un tratamiento de hidratación no deseado y, en aquel momento estaba siendo consciente de lo que iba a suponer para su cartera. Aún me da la risa recordar la indignación y los vituperios que dedicó a la peluquera que se la había colado.

Podría eternizarme en este relato si os contase todas las peluquerías que he visitado a lo largo de mi vida, o todas las anécdotas que he vivido en ellas, como aquella vez en la que compré un cupón con una oferta por lavar, cortar y teñirme el pelo. Cuando llegué y la peluquera vio entre sus manos la cantidad de material con la que iba a trabajar, me dijo que esta vez aceptaban el cupón, pero que en otra ocasión me tendrían que cobrar un suplemento de casi el doble ya que conmigo gastaban mucho producto. Me hubiera gustado responderle que si acaso a las que tenían poco pelo les cobraban la mitad, pero este tipo de respuestas no se me ocurren en el momento adecuado. Tampoco hubo siguiente vez, aceptar una penalización por mi cantidad de pelo ya hubiera sido el colmo.

En algunas ocasiones he sido esa señora que da propina a la peluquera que la atendía, sintiéndose parte de una ceremonia reservada solo para quienes gozan de cierto grado de intimidad. También hubo peluqueras con las que simpaticé algo más, conociendo un poco de sus vidas y compartiendo algo de la mía, pero la verdad es que nunca llegué a sentirme cómoda con ese nivel de confianza. Prefiero mantener cierta distancia profesional y, sobre todo, seguir leyendo mi libro. O quizá mi subconsciente sepa que no debo encariñarme con ninguna porque, tarde o temprano,  las pondré los cuernos.

El sábado pasado visité una peluquería nueva. A mitad de la mañana se les acabó el termo de agua caliente, y el segundo lavado me lo tuvieron que hacer con agua más bien fría. Se disculparon y me explicaron que estaban pendientes de que lo cambiaran, pero que el técnico no había podido ir ese día. Lejos de desagradarme me pareció un hecho real, un ejemplo de cotidianidad en un lugar donde no debiera permitirse. Bromeé con el chico que me lavaba diciéndole que hoy en día estaba de moda las inmersiones en agua fría por sus beneficios para la salud.

Después de mí entró una chica que debía conocer mucho a las dueñas: la saludó con un beso, se levantaba y se movía a sus anchas por la peluquería y después se despidió hasta la semana siguiente. Esa mujer era un auténtico ejemplo de clienta perfecta de una peluquería fija. Si las peluquerías fuesen campos de fútbol y las clientas jugadores yo estaría jugando un partido de tercera regional y esa chica era Lionel Messi. Después entró Faustina que tenía gran carácter pese a su ya avanzada edad y no quería cortarse, aunque su hija y la peluquería insistían en que debía hacerlo. Otra mujer a mi lado también era llamada por su nombre. Formaban toda una gran familia en donde la única intrusa era yo. No sé si volveré.

Tras escribir estas líneas me he dado cuenta de que el hecho de no tener una peluquería fija me ha dado bastantes más satisfacciones de las que creo que hubiera tenido si llevase treinta años en el mismo sitio. Sí, es verdad que cada vez que pruebo una nueva es como empezar de cero, pero al menos ahora ya conozco mi pelo: un pelo rizado —o, como se dice ahora, curly— que usa productos sin sulfatos, un pelo al que se le hace co-wash o se le echa leave-in, un pelo al que se le hace scrunch para “definir” los rizos, en definitiva, un pelo con el que ya estoy reconciliada.

El tema de si dejarse o no las canas ya lo dejamos para otro día.

 

 

 

 

 

lunes, 20 de octubre de 2025

Karma

 

Por Marta


Somos la hostia los ácaros. Pero la hostia de verdad. No podría hablaros de cifras porque son abrumadoras y tampoco hemos venido aquí para eso. Pero para que os hagáis una idea: casi cincuenta mil especies descritas, uno de los grupos más antiguos de animales terrestres, también hemos colonizado el medio marino y dulceacuícola. ¡Échale guindas al pavo!

Y luego estamos los que tenemos la super capacidad, como digo yo. Esa que los humanos no tienen porque ellos qué saben… si son unos mediocres que encima se creen los más listos. Y hablo de buena tinta porque yo antes era uno de ellos, que me creía el rey del mambo. Hablo de la super capacidad de recordar quienes fuimos en una vida pasada. Sí, quiénes fuimos antes de reencarnarnos en lo que somos ahora, en mi caso de humano a ácaro. Y me acuerdo de todo con pelos y señales. No creas que nos pasa a todos, que algunos les preguntas y nada: “yo, ácaro, ácaro de toda la vida”. Pues nada chico, ahí te quedas, yo me piro con los que tengan algo más interesante que contar.

Tampoco pienses que es fácil encontrar ácaros de la hostia como yo, porque de los que recuerdan algo de la vida anterior luego están los que fueron antes medusa, o babosa, o los que fueron alga… ¿alga? Vamos, no me jodas. Yo por lo menos tengo mis batallitas, mis historias que contar… anda que no las liaba yo con el Chini y el Rulas. De todos los colores. La verdad que ahora de ácaro se está de la leche, viviendo con lo justo, pero no creas que me las apaño mal, que hace poquito he tenido mi primera puesta y… unos veinte o treinta huevos que han salido. Y luego, el resto del tiempo, a comer y tranquilo en el sofá. Como en los viejos tiempos en nuestro pisito de solteros, “los Tres Mosqueteros”, nos hacíamos llamar. Me alimento de escamas de piel humana y en la mantita del salón me pongo morado. Antes era todo el día a birras y a pizzas, pues ahora parecido. Me falta coger el puntito, un pelín de alegría, eso sí… aquí todos los ácaros van bastante a su bola y ninguno se enrolla como hacíamos antes los tres cuando nos liábamos nuestros porritos de tranquis en el sofá. Ahora es, básicamente, pillar la escama de piel y a darle. Con los quelíceros y pedipalpos. Me ha costado aprenderme los nombrecitos, no creas. Pero ¡menudas herramientas! la mía es quelado-dentada y corta que no veas. No como aquel cortapizzas que compró el Rulas. Menudo cutre el tío, siempre tan miserable con el dinero. Siempre dejándonos a deber al Chini y a mí. Menos mal que éramos como hermanos porque había que estar siempre detrás de él. Págame la compra, páganos el recibo de la luz, nos debes tu parte del alquiler. Hasta las narices me tenía. Así que claro, él tampoco se podía quejar mucho, porque su parte de la apuesta de aquel Euromillón nunca me la pagó. Todas las semanas teníamos que estar persiguiéndole. Que sí, que es verdad que cada semana lo echábamos uno y había veces que se nos pasaba poner a cada uno sus céntimos…pero joder, cuando no toca lo dejas pasar, pero cuando te toca esa cantidad…ahí te tienes que poner estricto porque ya son cosas serias. Y él ese viernes no había dejado su parte en el mueble de la entrada y se lo puse yo de mi bolsillo. Las cosas como son.

Lo del Chini es otra cosa, él siempre pagaba todo al día. Pero la realidad es que a él nunca le ha faltado de nada, ni en su casa con sus papás ni después. Por mucho que se emancipara y quisiera hacerse el “hippie” los padres han estado siempre detrás…anda que no tienen pisos, inversiones y cosas de las que ir tirando. Naces en esas familias y ya es como si te hubiera tocado la lotería, así que bueno…él debió cabrearse un huevo también, pero hay que ser realistas: a él no le hacía tanta falta como a mí.

La peor parte de lo de ser un ácaro es que tampoco creas que sé cuánto voy a vivir…he preguntado y algunos dicen que un par de meses, otros que quizás tres…me parece poco sobre todo porque tampoco sé si esto de la reencarnación es sólo una vez o son infinitas, y, quieras que no, acojona un poco pensar en qué será lo siguiente. Se oye que dependiendo un poco de lo que hayas hecho en esta vida así será la siguiente …pero tampoco te puedes fiar. Yo de humano creo que fui un tío de puta madre, y ahora de ácaro igual. Así que no tiene porqué tocarme planta, o alga, o alguna movida de esas que, sinceramente, la veo un pelmazo. Siendo ácaro, desde mi mantita del sofá he visto un documental en el que dicen que algunos árboles viven miles de años. El Pino Matusalén casi cinco mil años y el Alerce milenario más de tres mil. Así que prefiero quedarme como estoy… espero que el dueño de la manta no tenga la feliz idea de lavarla porque lo del agua y el jabón para nosotros es una de las muertes más crueles.

Lo que fue una canallada fue lo que me pasó después del Euromillón. Después de cobrar la pasta y huir del país fui directo a Módena a probar el Maserati MC20, un superdeportivo con motor V6 biturbo de tres litros. Seiscientos y pico caballos. Menudo bicho. Se puso de cero a cien en 2,9 segundos. Así que imagínate cuando le pisé a fondo…yo no estaba acostumbrado a semejante proyectil. Debí salir volando por la tangente, quizás me estrellé contra un árbol… fueron milésimas de segundo y en seguida ya estaba en mi mantita, saliendo de mi huevo convertido en una preciosa larva de ácaro. Un ácaro de la hostia.

domingo, 23 de marzo de 2025

GÉNESIS

                                                                                                                                                 Por Marta


En el comienzo de todo se creó un patio de colegio. Un lunes. El patio tenía forma rectangular y un portón de entrada azul marino del mismo color que el uniforme del colegio. El patio estaba en calma pero un director vino y dijo: Abramos el colegio. Y se abrió el colegio. Y al ver que los niños jugaban juntos no los separaron. Y hubo día y hubo noche.

El segundo día, un martes, dijo la maestra: Mirad arriba, que caen judías. Y se hizo el cielo y también el suelo. Y éste era de cemento rojo y todas las suelas de todos los zapatos de todos los niños del colegio fueron rojas para siempre. A veces también las barbillas, a veces también las rodillas. Fue así como se separó el cielo de la tierra.

El miércoles un niño tuvo sed y pusieron una fuente de piedra en mitad del patio. De aquella fuente manó el agua fresca sólo durante un día y luego se bebía siempre agua en el baño, pero la fuente nunca dejó de llamarse fuente, y la piedra nunca dejó de ser piedra para desgracia de las cabezas de los niños.

El cuarto día, cuando el director vio que todo estaba bien dijo: que haya un recreo por la mañana y un recreo del comedor. Y el primero fue una jungla verde con árboles, frutos y animales salvajes. Y el segundo fue un desierto, con sol, alacranes y sin oasis.  Así se separó la mañana de la tarde.

El quinto día viendo que había cielo, tierra, jungla y desierto se crearon los monstruos marinos, las criaturas abisales del fondo del patio, las alimañas solitarias y las bestias en rebaño. Nadie dijo a éstos fructificad y multiplicaos, pero así lo hicieron. Y desde entonces juzgaron sin motivo a animales y plantas, señorearon por las canchas de baloncesto, plantaron semillas de odio que florecieron en un vergel de adelfas venenosas.

El sexto día matricularon en el colegio a la niña. Y esa niña, con cuerpo humano y alma de pez, desembarcó en el patio. Por las mañanas le temblaban las piernas y se le caían los mocos mientras su padre le desabrochaba los botones del abrigo con una sola mano. Cantaba canciones en las esquinas del patio en el recreo de las mañanas y la única vez que jugó al “rescate” nadie la rescató. No dio un beso, no dijo una verdad y no tuvo un solo atrevimiento. Trepaba a un columpio que los niños llamaban “el castillo” y en lo alto chupaba los barrotes de hierro hasta que el sabor metálico le dejaba dormido el paladar.

A la hora de comer solo comía pan y se guardaba los macarrones con tomate en los bolsillos del babi. En el recreo del comedor metía la cabeza entre los barrotes de la verja del patio buscando la salida y como no la podía sacar se quedaba encajada durante horas llorando y mirando a la gente que pasaba por la calle.

Otras veces, cuando la niña pez se cansaba de meter la cabeza en los barrotes, se iba al “cubo” El cubo tenía cuatro paredes de cemento y en lo alto una tapa de chapa metálica cerrada con un candado. Estaba en mitad del patio y nadie sabía qué contenía ni qué hacía allí. Se subía en él y apoyaba la mejilla en la chapa caliente y pensaba que dentro había un pozo o un tobogán que comunicaba con otro patio de colegio, al otro lado del mundo, donde había un niño con su oreja apoyada en la fría chapa. Un tobogán por el que escapar que atravesaba la Tierra por su núcleo y llegaba a otro desierto donde había un niño con cuerpo de humano y alma de reptil.

Se hizo la noche y, por fin, llegó el domingo. El suelo del patio seguía rojo, el portón azul y la fuente seguía siendo de piedra. El director del colegio recibió un nuevo destino, la maestra unas merecidas vacaciones, los monstruos abisales malas calificaciones.  Pensando en el niño lagarto la niña pez chupó durante largas horas sin descanso el candado de la tapa del cubo. Chupó y chupó hasta que su lengua se volvió de lija y el candado por fin cedió. Abrió la tapa y, cuando nadie la miraba, o cuando nadie la quiso ver, la niña se coló dentro del cubo de cemento y, por fin, al séptimo día, descansó.

domingo, 29 de septiembre de 2024

Hambre

 

Por Marta

Julia miró a su padre. Se había vuelto a quedar dormido. Apoyadas las manos en el bastón y guardando un equilibrio imposible en el estrecho banco de la cocina. Cocina, salita de estar, habitación. Aquella estancia ejercía todas las funciones. No había mucha diferencia entre que estuviera dormido o despierto, pero Julia prefería verle dormido porque así podía imaginar que al abrirse los párpados sus ojos volverían a ser los de su padre y no los de un extraño que mira sin mirar.

Julia abrió el cajón de la alacena y sacó las tres cartillas. Aprovechó que su padre dormitaba como una niña traviesa que comete una travesura a escondidas. Aunque su padre hubiera estado despierto no la hubiera recriminado nada, ya no. Además, él lo hubiera hecho igual por mí, pensaba Julia.

Sacó de la bolsa de tela un mendrugo de pan y le sacó la miga haciendo con ella una bola. Si no resultaba efectivo lamentaría haber echado a perder un pedazo de pan blanco tan apetecible y tan escaso. Abrió la cartilla de racionamiento de su padre y en el último cupón sellado restregó con fuerza la miga de pan. La bola soltaba pequeñas miguitas pero poco a poco la tinta del sello fue tiñendo la bola blanca de pan. En la radio Conchita Piquer entonaba Ojos verdes pero ella hacía ya meses que no tenía ganas de cantar.

 Emilín entró corriendo y su alegría inundó la única estancia de la casa. Sus ojos cada vez estaban más hundidos.

—Emilio, hijo, ¿cómo traes las piernas?

—Ha sido el gato de los señores. Que se me lanza cada vez que paso por el patio.

Julia empapó un paño de agua fría para curar los arañazos. La piel de su hijo era aceitunada y suave. El gato había hundido sus zarpas y las cicatrices se formarían sobre otras anteriores. Julia acarició sus rodillas cada vez más huesudas.

—Quédate con el abuelo, ¿me oyes? Cuídale. Voy a por comida. Y vete separando las piedras de ese puño de lentejas.

Atravesó el patio y el gato de los señores se acercó a ella con mirada altiva. Julia se cercioró mirando a ambos lados y con un puntapié lo espantó.

En la calle la cola llegaba hasta la esquina. Era primavera pero ya hacía calor y a Julia le sudaban las manos más de lo habitual. Llegó su turno y sonrió al funcionario. Por suerte le había tocado Manuel, conocido desde la infancia. Entrego las tres cartillas, la última la de su padre. El funcionario selló las dos primeras y al llegar a la última levantó la mirada.

—¿Cómo está el don Aurelio?

—Bueno, ya sabes, con la demencia ya no conoce…

—Pero sigue comiendo bien… por lo que veo. Mientras se tenga apetito todo va bien. Mira mi madre, dejó de comer y se murió a los dos días —continuó—. De todas maneras, tráetelo algún día para que le veamos, reina, que ya sabes cómo son estas cosas. Se empieza trucando un sello y se termina escondiendo al fiambre en el armario.

Manuel rio su propio chascarrillo y selló los cupones como si no hubiera visto nada. Le dio la ración correspondiente menos la parte de su padre. Tienes suerte que estoy yo solo, le dijo como despedida susurrando antes de llamar al siguiente.

Julia sollozaba sin lágrimas de camino a casa. En el patio de entrada se cruzó con el señor.

—Muy buenas, Julita, ¿cómo está hoy el suministro? ¿Tenéis suficiente para los tres?

—Si, señor, nos apañamos. – Julia emprendió el paso y el señor bloqueó su camino.

—Si necesitas algo sólo tienes que decírmelo. No soy Jesucristo, pero ya sabes que algunas noches puedo multiplicar los panes y los peces. -  El señor miró a ambos lados para cerciorarse y luego acarició la barbilla de la mujer.

El gato se acercó a los pies de Julia con un bufido amenazante y ésta se apresuró para terminar de cruzar el patio y meterse en su casa.

Cuando Julia entró en la cocina solamente vio al abuelo, despierto ahora, y no ver a Emilín le sobrecogió. Iba a preguntar a su padre, aunque sabía que sería en vano, cuando descubrió al pequeño hecho un ovillo en el estrecho banco dormido al lado de su abuelo.

—Emilio, hijo, qué susto. No sabía donde estabas.

—Estaba esperándote, pero cuando tengo mucha hambre y me duermo el tiempo pasa más rápido.

Julia tragó saliva y acarició la cabeza de su hijo.

—No te preocupes, mi amor, ya no vas a tener más hambre. Pon un plato para el abuelo y otro para ti que he cocido unos boniatos.

Era medianoche y Julia daba vueltas en su jergón. El estómago le rugía, pero lo peor eran los pensamientos angustiosos que se agolpaban en su cabeza. La luz de la luna llena se colaba por la ventana de la cocina. Julia se levantó y bebió un vaso de agua. La casa estaba tranquila.  Se asomó a la única habitación ocupada por su padre y su hijo. Ambos dormían profundamente. Cerró su puerta. Julia se asomó de nuevo por la ventana de la cocina sin dejarse ver tras los visillos y en la oscuridad distinguió el movimiento que ya era rutinario los lunes por la noche. La luna llena iluminaba el patio como una farola. Lo que solía ser un acto clandestino se mostraba nítido ante sus ojos. El señor abrió el portón del patio y un coche negro se introdujo en él. El conductor se bajó y saludó al señor con un apretón de manos.  El conductor abrió el maletero y antes de continuar miró a ambos lados para cerciorarse. Desencajó la cubierta de la rueda de repuesto y extrajo seis o siete paquetes de su interior. La vista de Julia no alcanzó a ver si se trataba de azúcar, pescado o aceite. Su mirada se quedó clavada en la sonrisa del señor. En esa cara de tez aceitunada, piel suave y en esos dientes tan blancos y brillantes bajo la luz de la luna.

El coche arrancó y se fue después del trueque. Julia sabía que sólo tenía que dar un par de golpes suaves al cristal. El señor era astuto como un zorro. El señor era rápido como una gacela. El señor era silencioso como una serpiente. En menos de una hora parte de esa mercancía estaría en su alacena y al día siguiente la sonrisa de Emilín sería inmensa.

Pero Julia dio un paso atrás. Se dejó caer en el jergón y lloró hasta quedarse dormida.

En el silencio de la noche algo despertó el frágil sueño de Julia. Era el gato de los señores maullando en su puerta. A Julia le recordó a los llantos de Emilín cuando era bebé, cuando por más que mamara no conseguía sacar más alimento de su pecho. Entonces no supo por qué lo hizo, los maullidos la iban a volver loca; fue un arrebato o una idea que llevaba tiempo engendrándose en su cabeza, pero se levantó con decisión y abrió la puerta de la calle dejando que el gato se colara en casa. Sabía que era un remedio transitorio, pan para hoy, pero ahora mismo Julia vivía al día. No dudó. La sangre ardiendo corría por sus venas cuando sus manos apretaban con fuerza el cuello del animal. Sabía que si la descubrían podía costarle la vida, pero ahora mismo solo le importaba ver frente al plato, aunque fuera una única vez más, la sonrisa blanca y radiante de su hijo.

jueves, 9 de mayo de 2024

Cosas que pasan

 

Por Marta

No sé cuánto tiempo va a pasar hasta que alguien lea esto. Tampoco sé muy bien para quién o para qué lo escribo. Quizás lo escriba solo porque uno escribe cuando no se puede hacer nada, cuando todo está perdido. Esa es la impresión que tengo desde hace unos días, los peores de mi vida. No lo sé, el tiempo lo dirá. Quizás se trate solo de adaptarme, de dejar que las cosas fluyan. Todo comenzó hace un par de semanas, el lunes ocho de abril de 2024. A las siete de la mañana. Fue en ese momento exacto en el que comenzó esta pesadilla. La noche anterior había puesto la alarma del móvil para ir a la universidad, como siempre. Entonces no sonó la alarma, sonó la radio. En concreto el radio-reloj-despertador de la mesilla. Ese con los números gigantes rojos que yo no había usado jamás en su función de despertador. De hecho, no supe apagarlo. Aporreé todos los botones y, desesperado, arranqué el enchufe de la pared. Palpé la mesilla para coger el móvil y no encontré nada. Salí del letargo encendiendo bruscamente la luz de la habitación. Cegado por la luz vi como pude que, en efecto, el móvil no estaba en la mesilla. Tampoco en el suelo, ni en la cama, ni debajo de ella…por ningún lado. Salí de mi habitación y le pregunté a mi hermano que si había visto el móvil. A mi madre. A mi padre. La respuesta de todos fue la misma: ¿Qué móvil? Yo pensaba que me estaban vacilando, pero no se trataba de eso, es que literalmente no sabían de que les estaba hablando. Empecé a ponerme nervioso, mis padres estaban también cada vez más alterados. ¿Qué es un móvil? Me decían constantemente. Y yo…yo simplemente no sabía cómo explicarme, qué hacer. Un “puto-teléfono-móvil”. No sabían de qué les estaba hablando. Pasado un tiempo prudencial me di cuenta de que mi familia no me estaba engañando ni fingiendo. Hasta mi perro me miraba con ojos desconcertados. Salí de mi casa en pijama al portal, desesperado. Vi al portero y le pregunté si me podía dejar su móvil. Misma respuesta. Salí a la calle en pijama y pantuflas. ¿Qué es un móvil?, me decían los transeúntes. Volví a casa y encendí el ordenador. Busqué “teléfono móvil”. Las imágenes de respuesta me horrorizaron, eran teléfonos de sobremesa con asas o con ruedas a modo de chiste. Fue ahí, justo ahí. En ese preciso momento fue cuando supe que estaba solo en el mundo. Me eché a llorar desconsoladamente. Mi madre a mi lado lloraba también, ¿hijo, qué te ocurre? ¿qué te está pasando? Los días siguientes me negaba ante la evidencia, busqué resquicios, complicidad en alguien. Nadie, absolutamente nadie sabía de lo que hablaba. La gente va por las calles conversando, en el metro van leyendo o mirando al infinito, los chavales en los bancos comen pipas. Sé que lo que he vivido toda mi vida no es fruto de mi imaginación. El primer móvil que tuve tenía un juego con una serpiente que se hacía cada vez más larga y el último tenía… tenía todo. Dice mi psiquiatra que probablemente ese artilugio no sea necesario porque en cada lugar ya hay un teléfono y es muy raro que justo necesites hablar con una persona cuando va de camino de un sitio a otro… Hasta ayer pensaba que nunca podrían callarme. Que si hacía falta estudiaría ingeniería para volver a inventar un maldito teléfono móvil. Hasta ayer. Hoy me he levantado y he desayunado viendo a mi padre leer el periódico como todos los domingos. Después de vestirme me he acercado a la puerta de la calle con la correa en la mano y he hecho el silbido clásico para llamar a Toby. Pero Toby no ha venido. —Mamáaa, ¿dónde está el perro?

—¿Qué es un perro?

 

sábado, 11 de noviembre de 2023

La confesión de Pedro Herrera

 

Por Marta

Fue la suerte la que quiso que yo entrara a trabajar como vigilante del Museo del Prado después de varios trabajos precarios. Fue, sin embargo, el destino el que quiso que en la sala en la que yo desempeñaba mi labor hubiera un cuadro de Álvaro Melquiza. Llegué a casa emocionado, pero no pude compartir mi entusiasmo con mi padre. Bueno, lo compartí y quizás sonreía con los ojos. Hacía tiempo que había dejado de fingir y restar importancia a sus olvidos como las primeras veces. Hacía tiempo que su expresión era la de un extraño. Un extraño al que yo ponía el plato en la mesa y acercaba a la boca la cuchara de puré. Cada mañana me lamentaba por su penoso estado. Todo el día encerrado en casa mientras yo trabajaba, con la televisión puesta pero con la mente en el vacío. Un vacío injusto para la persona que me había dado todo, que me había proporcionado una infancia feliz y que me había sacado adelante supliendo las veces de una madre que nos abandonó cuando yo era un bebé y a la que no recuerdo. Si por lo menos pudiera darle ahora un digno final, pensaba yo, pasar horas con él aunque fueran en silencio, o contándole historias del pueblo, las que él tantas veces me había contado. Pero si quería que comiéramos y vivir tenía que trabajar y los trabajos a los que podía acceder ocupaban la mayor parte del día.

Nos vinimos a vivir a Madrid cuando yo tenía trece años. El trabajo en el pueblo escaseaba y por medio de un conocido mi padre consiguió trabajo de ayudante en un taller. No debió de ser fácil para él aguantar mis llantos en el asiento trasero del coche. Valdemonte era mi vida, y lo cierto es que para él también. Probablemente aquella decisión fue la más dura que jamás tomó, alejarse de su pueblo, de su gente. Pero él solo deseaba un futuro para mi sin demasiadas estrecheces, el futuro que él no había tenido. Y el que, a la postre, y a pesar de dejarse la piel, yo tampoco estaba teniendo.

Don Álvaro Melquiza era el rico del pueblo. Dicho de otra manera el descendiente de un linaje noble que habitaba en la mansión más impresionante que nadie en un pueblo como Valdemonte podía imaginar. Mi padre, Damián Herrera había trabajado durante años de jardinero para los Melquiza. Es posible que todas las riquezas de los habitantes de Valdemonte sumadas no fueran más que una pequeña parte de todos los bienes de los Melquiza. Sin embargo, según mi padre, el señor Melquiza era una persona excelente. Siempre me contaba que todo el pueblo los odiaba por pura envidia y que por eso nunca oiría jamás hablar bien de ellos. Ellos eran dos, Álvaro y su mujer Mariana. La historia de los Melquiza era una historia dramática, de esas que te hace pensar que efectivamente el dinero no hace la felicidad. Al parecer el matrimonio nunca salía de su mansión y de su finca. Eran despreciados en cualquier lugar del pueblo así que poco a poco cada vez más se fueron recluyendo. Dicen las historias que Álvaro se refugió en la pintura, al parecer tenía muy buena mano y talento para los pinceles. Mariana, sin embargo, enloqueció después de años en soledad y de múltiples intentos en vano para tener hijos. Vagaba por la casa y dicen las malas lenguas que no la sostenía ni un ápice de razón. El destino fue cruel con los dos. Mariana se lanzó al abismo desde la ventana del último piso y un par de años más tarde, cuando estalló la guerra, Álvaro murió acuchillado al intentar defenderse de un par de ladronzuelos que entraron en su casa para robar alguna pieza de valor. Murieron sin descendencia, tan solo Álvaro tenía una hermana que fue quién heredó todas sus posesiones. La hermana, casada y con un par de retoños vivía a cientos de kilómetros de allí y acudió al funeral de su hermano. Acto seguido organizó un mercadillo en el que malvendió todas las posesiones y enseres y colocó el cartel de “Se vende” en la verja de la finca de Valdemonte. Era el año 1936, más valía pájaro en mano.

Todas estas historias me las había contado mi padre durante años. Yo de pequeño me había colado con mi pandilla en el interior de los límites de la mansión que por aquella época, a falta de un comprador empezaba a parecer un palacio en ruinas. Para mí era un lugar cargado de misterio y de secretos. Por eso cuando vi de lejos el cartel del cuadro en el museo tuve que acercarme para comprobar y leer dos veces que efectivamente se trataba de lo que la leyenda rezaba “Retrato de Mariana, señora de Melquiza” por Álvaro Melquiza, óleo sobre tabla, Valdemonte, Mayo de 1933. Por lo visto aquel cuadro, vendido al peor postor en aquel rastrillo precipitado había llegado a parar hasta allí. Era una auténtica obra de arte. Y, como tal, yo me deleitaba observándolo todos los días. Quizás no sea objetivo, pero los sutiles trazos componían un rostro bello pero con una expresión de infinita tristeza. En los ojos de Mariana se podía leer su vida, incluso su desdichado final. Cuando lo veía pensaba en mi madre. En esa madre a la que nunca conocí. Pensaba si estaría viva o muerta, si se parecerían sus ojos a los de Mariana, y mirando esos ojos acuosos, que reflejaban la luz de la estancia, también pensaba si Mariana hubiera sido una buena madre para mí, una madre que ansiaba un hijo para un niño huérfano de ella. Mi corazón estaba ya duro como una piedra y estos pensamientos no me conmovían, el tiempo me había curtido. Día tras día regresaba a casa. Preparaba el puré para mi padre y le contaba mis novedades como el que se las cuenta a una pared. El médico me decía que mantuviera estas rutinas, que no dejara de hablarle, que mi padre seguía ahí, y yo, al fin y al cabo, quería creerle.

El veinte de diciembre de 1980 mi vida cambió para siempre. Ya llevaba unos meses trabajando en el museo. Terminé a mediodía apresurado para llegar a casa con el tiempo justo de comer algo, dar de comer a mi padre y volver al trabajo. A la salida del museo de repente un extraño se me acercó, parecía ido, borracho, y tenía un discurso ininteligible. Olía mal. Aceleré el paso pero él se aproximó a mi y me zarandeó. En el caótico discurso distinguí dos palabras que me pusieron en alerta: “Melquiza” y “reverso”. Me paré pero todo el discurso era un completo desvarío. Insistía hablando del “reverso del cuadro”. Yo me quedé sin saber qué decir y lo que sucedió de ahí en adelante lo recuerdo como en una nebulosa por los nervios del momento. El hombre se desplomó y quedó inconsciente a mi lado. Las sirenas de las ambulancias que se lo llevaban son el siguiente recuerdo que tengo.

Pasaron los días y el mal sabor de boca por aquel acontecimiento teñía mi rutina diaria. Además el caso salió en la prensa, fotografías incluidas conmigo presente, ya que al parecer el hombre, que finalmente falleció al poco de llegar al hospital, era el ex marido de una adinerada empresaria.  Cambié de puerta de salida del museo para no recordar la escena pero bien es verdad que el discurso de aquel hombre no dejaba de rondar en mi cabeza. No parecía pura casualidad que alguien viniera a intentar transmitirme algo sobre un cuadro que formaba parte de alguna manera de la historia de mi vida. Mi padre seguía habitando otros mundos pero cuando le hablé de los Melquiza de nuevo su expresión pareció tornarse en un interés súbito que tampoco supe interpretar. Días después decidí pedir una cita con el personal del museo. Necesitaba que algún conservador del museo examinase el reverso del cuadro. Quizás no fuera nada, quizás sí, pero yo no podía vivir con el peso de esa incertidumbre de ahí en adelante.

La noche del día que pedí la cita con la conservadora recibí una llamada de teléfono a casa. Era una voz dulce de mujer, y quizás por ello, seguí sus indicaciones y en menos de media hora estábamos sentados frente a frente en un antro de mi barrio. No sé por qué lo hice, fue puro instinto y quizás, porque no decirlo, atrevimiento e inconsciencia. La mujer me dijo por teléfono que me daría las respuestas que estaba buscando. Y efectivamente fue así.

Era alta, elegante, vestida con un traje de chaqueta y unas gafas oscuras. Fumaba un cigarrillo detrás de otro. Me dijo que era Alicia Uclés. Reconocí el nombre del recorte de prensa, era la empresaria ex mujer del tipo que me abordó. Después carraspeó y añadió, Uclés Melquiza. Debí de quedarme blanco, pero ella no esperó a que hablara, ni siquiera a que me recobrase para continuar. Su ex marido, trató de vengarse de ella transmitiéndome una información crucial. Sé que no eres tonto, no supe exactamente por qué lo sabía, pero acepté su afirmación. Sé que tirando del hilo llegarás a encontrar todo lo que hay que saber. Pero voy a ahorrarte tiempo. Yo misma te lo contaré, me dijo. La primera parte de la historia no distaba mucho de los que mi padre tantas veces me había contado. Cuando llegó a la parte de la muerte de Álvaro Melquiza confesó ser su sobrina, hija de aquella única hermana heredera. No lograba entender qué tenía eso que ver con el reverso del cuadro, pero ella misma me lo aclaró. Mariana Melquiza sí había conseguido quedarse embarazada y tener un bebé. Álvaro transmitió a su hermana las buenas noticias por carta, pero al parecer a los pocos meses el estado de Mariana era tan lamentable que no se podía hacer cargo del bebé, de hecho en ocasiones puso en serio peligro su vida. Con todo el dolor de su corazón Álvaro Melquiza se deshizo del niño, de su propio hijo, una fría mañana lo abandonó en la puerta de un convento. De ahí en adelante la historia es la que yo ya sabía; Mariana perdió la poca cordura que le quedaba y Álvaro se refugió en la pintura. En ese tiempo, antes de sus trágicas muertes, Álvaro pintó un cuadro en el reverso de uno de los que ya había pintado. Era el retrato de Mariana con su recién nacido en brazos. Dio la vuelta a la tabla y pintó a su mujer en la misma postura, pero sin el bebé, con la mirada perdida, con la tristeza encerrada en sus ojos. La tabla quedó olvidada en un rincón hasta los días en que la hermana de Álvaro acudió al funeral y organizó el mercadillo. Fue entonces cuando ella misma, conocedora de la historia, pintó a brochazos negros el reverso del cuadro con el retrato inicial, tapando el retrato de Mariana y su bebé. La historia se escribe de manera muy simple, si alguien se enteraba de que había un heredero toda la fortuna iría parar a ese niño desconocido en lugar de a ella. Así que cubrió de negro la única prueba de que en esa casa algún día hubo un bebé. Te soy sincera, me dijo Alicia, no he venido para llorarte ni para pedirte que nos comprendas. He venido para comprar tu silencio. Tú pones el precio. Entonces me extendió una libreta en blanco y un bolígrafo. No lo dudé, supe que el destino había puesto esta oportunidad en mi camino por algo. Escribí un número muy alto. El más alto que en aquel momento mi raciocinio estimó que aquella mujer sería capaz de darme. Ella se guardó el papel y se encendió un cigarrillo.

 

 

Ahora estoy muriéndome, sé que me quedan días, tal vez horas. Quizás seas tú, lector, el que lea esta confesión, el que saque a la luz la historia de los Melquiza, el que busque a su verdadero heredero, si es que aún vive. Me parecerá lo correcto. Yo no fui capaz, lo sé, mi corazón era ya una piedra. Cuando aquella mujer me pasó la libreta en blanco, de alguna manera, pensé que era yo el que podía adoptar a Mariana Melquiza como madre. Yo podía disfrutar desde ese momento de parte de su herencia. Por qué no. Mi padre y yo merecíamos una vida mejor.