Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



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sábado, 7 de marzo de 2026

La envidia

 por Marta

 

17 de enero de 2062. 11:42 a.m. Sanatorio San Andrés del Pino. Habitación de la envidia número 264. Paciente: Amelia Castillo.

La habían encerrado allí hacía casi veinte años, ella era joven y tenía una niña recién parida. Desde hacía unos años el gobierno había reacondicionado antiguos sanatorios psiquiátricos para estos fines. Todos los estudios científicos y sociológicos avalaban las técnicas de aislamiento de estos individuos, era lo más seguro para ellos y para el resto de la población. Estaba demostrado que la envidia era el germen de la mayor parte de los problemas del mundo. Desde que los individuos con altas dosis de envidia estaban encerrados el mundo había ido a mejor. Los datos eran irrebatibles.

Su hija entró a verla a su habitación, como cada trimestre. La madre estaba sentada en un sillón, de su cabeza emergían un par de cables que conectaban con una pequeña máquina en una mesa.

—Fue mi cumpleaños, mamá. Lo celebré el viernes.

—Sí, me acordé y pedí un postre especial a tu salud. Me trajeron natillas. ¿Y qué tal fue la fiesta?

—Muy bien. Vinieron mis amigos de siempre. ¿Te acuerdas que te hablé de Paula, mi mejor amiga? Volvió antes de tiempo de su viaje solo para llegar a mi fiesta.

—¿Dónde ha estado?

La joven dudó por unos segundos, pero siguió hablando.

—En Australia, su tío trabaja allí y le invitó a pasar el verano…

La máquina de la mesa emitió un par de pitidos. La madre chasqueó la lengua, miró hacia otro lado y cambió de tema.

—¿Y ya tienes pensado qué quieres estudiar el año que viene?

—Primero me quiero sacar el carnet de conducir. Dentro de unos días me vuelvo a examinar porque suspendí el primer examen. Mi prima Leticia ya ha aprobado y mis tíos le han comprado un coche nuevo para que lo estrene.

La máquina emitió cuatro pitidos seguidos. La madre fijó la mirada detrás de la cristalera donde el paciente de la habitación de al lado recibía a sus nietos con un largo abrazo. La máquina emitió varios pitidos seguidos que se fundieron en uno solo continuo.

Una mujer con bata blanca entró en la habitación.

—Natalia, despídete de tu madre por hoy.

La chica dio un beso en la mejilla a su madre y salió de la habitación. Fuera esperaba su padre detrás de la cristalera. Ambos acompañaron a la mujer de la bata a un despacho.

—No puedo daros otras noticias. Los últimos días hemos intentado hacer algunas pruebas y hoy…ya lo han visto ustedes mismos. Ha sido tocarle un par de temas y en todos han saltado las alarmas. Los niveles de envidia están por las nubes.

—Sí, doctora, lo entendemos. Solo había que verle hoy la cara…

—En su estado sigue siendo muy peligrosa para la sociedad.

Natalia miró el reloj. Había quedado a las doce.

—Me tengo que marchar. Papá, ya recoges tú el informe. ¿Cuándo tengo que volver?

—En tres meses, Natalia. Ya sabes que contigo es con quien las pruebas son más ágiles, si no no te haríamos venir.

Natalia se fue y la doctora cerró la puerta a su espalda.

—Señor Arenas, a usted le seré honesta, se acabaron las pruebas, hemos decidido sacar a su mujer del banco de ensayos. Es una paciente con muchos años de antigüedad y su condición ya está muy asentada. Sinceramente no tenemos ninguna esperanza en ella. Ni siquiera para experimentación nos es útil.

—Pero, a casa no tendrá que venir, ¿no?

La doctora rio mientras se balanceaba en el sillón.

—No, hombre, sería una imprudencia, además de ilegal. Su hija es ya mayor de edad, pero aun así todavía tiene un cerebro muy plástico a los estímulos y convivir con una madre envidiosa podría, digámoslo así, “intoxicarla”. Para el tiempo que le queda, no merece la pena. Ahora mi secretaria le entregará el volante de ingreso en la planta de desahucio.

—Y ¿cuánto tiempo…ya me entiende, doctora…?

—Por casos anteriores y si te soy sincera… no creo que llegue al verano.

 

30 de junio de 2062. 9:30 a.m. Sanatorio San Andrés del Pino. Sala de autopsias.

El Dr. Martínez se enfundó los guantes de látex y los roció con una disolución de etanol. Leyó por encima la ficha que colgaba del dedo del pie. Amelia Castillo, Fecha de nacimiento: 15/04/2010, 52 años. Cogió el bisturí y realizó la primera incisión en el esternón. Había hecho cientos como esa anteriormente. Los pacientes de la planta de desahucio terminaban en sus manos en el cien por cien de los casos.

Realizó un corte perfecto en forma de “Y” a lo largo del tronco del cadáver de la mujer. Lo que vio por dentro era lo que esperaba. No le sorprendió ni un ápice ver todos los órganos internos corrompidos. La envidia había ido consumiendo todo cuanto había encontrado por el camino. El estómago completamente ulcerado, los intestinos apenas ya eran visibles, y el corazón era una canica dura que bailaba en el interior de las costillas.

Había hecho cientos de autopsias como esa y hoy en día todavía le seguía maravillando. “Pobre diabla”, dijo en alto. Al Dr. Martínez le gustaba comentar la jugada consigo mismo mientras hacía su trabajo. “Por lo menos no has hecho mal a nadie con tu veneno”. Era raro que alguno de los pacientes del sanatorio tuviera un enterramiento ni cualquier tipo de ceremonia. De la sala de autopsias pasaban directamente al crematorio. Lo más parecido a un ritual lo efectuaba el Dr. Martínez cuando terminaba y les cerraba los ojos. Se ponía muy solemne y efectuando la señal de la cruz en su frente decía con voz grave: “Tanta paz lleves como paz nos dejas”.

sábado, 17 de enero de 2026

Dos microrrelatos de ajo


Por Marta

 

LA RÉPLICA

Una de mis pasiones inconfesables es pasarme horas leyendo las reseñas de Google. Gracias a las generosas opiniones de la gente sobre lugares, establecimientos o monumentos yo alimento mi adicción. A veces me centro en una persona. Por ejemplo: Carlo, 235 reseñas. Me leo todas y al terminar sé perfectamente cómo es Carlo, dónde le gusta comer, a qué lugares ha viajado en los últimos años.

Anoche me fui con una sonrisa a la cama. Estaba leyendo enfrascado los comentarios de la réplica de la Puerta de Ishtar construida en Irak donde un día estuvo la puerta original. Allí me topé con el comentario desesperado de John el 5 de julio de 2018: “Sara, no apareces, llevo más de dos horas esperándote. Mis ilusiones se desvanecen”. Entonces, gracias a mi destreza y experiencia, rápidamente viajé con mi teclado hacia las reseñas de la original Puerta de Ishtar reconstruida en el Museo de Pérgamo en Berlín y allí encontré lo que esperaba. Sara, 5 de Julio de 2018: “Comprenderás que no puedo seguir esperándote, John. Siento tanto que no hayas venido…”.

Quién le hubiera dicho al rey Nabucodonosor II que en el umbral de la puerta erigida en las murallas de su bella Babilonia se iba a vivir este auténtico drama.



PECADO CAPITAL

Siete amigas del instituto. Veinte años después. Elegimos el restaurante “Pecado capital”. Un sitio íntimo, acogedor. Lucía, alta, tan delgada y jodidamente guapa como siempre pide el plato denominado “Soberbia”. Crepes de foie con cebolla. Le encanta. Afirma que no hay en la carta otro plato mejor que el suyo. Marta, en el instituto la llamaban la “tabla del uno” por lo fácil. Se pide el plato “Lujuria”, el único dulce. Saborea el helado de chocolate pasando la lengua por sus labios. La muy puta. Eva, la única inteligente que se casó con un rico; pide el plato “Avaricia”. Solomillo a la pimienta. Al acabar la cena divide la cuenta escrupulosamente. Patricia, pide el plato “Ira”; el vino no está a su gusto y vemos su famosa vena del cuello en acción. Laura, llega tarde a la cena, la siesta se le fue de las manos. Eso sí, viene monísima. Pide el plato “Pereza”, una extensa fondue de quesos para tomárselo con calma. Sonia, tan chistosilla como siempre, se pide el plato “Gula” una especie de menú degustación con un poquito de cada uno de los platos de la carta. Aun así, se queda con hambre. Y yo, Elena Gómez Puertas, pido el plato “Envidia”. No recuerdo qué llevaba, solo sé que me gustaron más los de mis compañeras.


lunes, 20 de octubre de 2025

Karma

 

Por Marta


Somos la hostia los ácaros. Pero la hostia de verdad. No podría hablaros de cifras porque son abrumadoras y tampoco hemos venido aquí para eso. Pero para que os hagáis una idea: casi cincuenta mil especies descritas, uno de los grupos más antiguos de animales terrestres, también hemos colonizado el medio marino y dulceacuícola. ¡Échale guindas al pavo!

Y luego estamos los que tenemos la super capacidad, como digo yo. Esa que los humanos no tienen porque ellos qué saben… si son unos mediocres que encima se creen los más listos. Y hablo de buena tinta porque yo antes era uno de ellos, que me creía el rey del mambo. Hablo de la super capacidad de recordar quienes fuimos en una vida pasada. Sí, quiénes fuimos antes de reencarnarnos en lo que somos ahora, en mi caso de humano a ácaro. Y me acuerdo de todo con pelos y señales. No creas que nos pasa a todos, que algunos les preguntas y nada: “yo, ácaro, ácaro de toda la vida”. Pues nada chico, ahí te quedas, yo me piro con los que tengan algo más interesante que contar.

Tampoco pienses que es fácil encontrar ácaros de la hostia como yo, porque de los que recuerdan algo de la vida anterior luego están los que fueron antes medusa, o babosa, o los que fueron alga… ¿alga? Vamos, no me jodas. Yo por lo menos tengo mis batallitas, mis historias que contar… anda que no las liaba yo con el Chini y el Rulas. De todos los colores. La verdad que ahora de ácaro se está de la leche, viviendo con lo justo, pero no creas que me las apaño mal, que hace poquito he tenido mi primera puesta y… unos veinte o treinta huevos que han salido. Y luego, el resto del tiempo, a comer y tranquilo en el sofá. Como en los viejos tiempos en nuestro pisito de solteros, “los Tres Mosqueteros”, nos hacíamos llamar. Me alimento de escamas de piel humana y en la mantita del salón me pongo morado. Antes era todo el día a birras y a pizzas, pues ahora parecido. Me falta coger el puntito, un pelín de alegría, eso sí… aquí todos los ácaros van bastante a su bola y ninguno se enrolla como hacíamos antes los tres cuando nos liábamos nuestros porritos de tranquis en el sofá. Ahora es, básicamente, pillar la escama de piel y a darle. Con los quelíceros y pedipalpos. Me ha costado aprenderme los nombrecitos, no creas. Pero ¡menudas herramientas! la mía es quelado-dentada y corta que no veas. No como aquel cortapizzas que compró el Rulas. Menudo cutre el tío, siempre tan miserable con el dinero. Siempre dejándonos a deber al Chini y a mí. Menos mal que éramos como hermanos porque había que estar siempre detrás de él. Págame la compra, páganos el recibo de la luz, nos debes tu parte del alquiler. Hasta las narices me tenía. Así que claro, él tampoco se podía quejar mucho, porque su parte de la apuesta de aquel Euromillón nunca me la pagó. Todas las semanas teníamos que estar persiguiéndole. Que sí, que es verdad que cada semana lo echábamos uno y había veces que se nos pasaba poner a cada uno sus céntimos…pero joder, cuando no toca lo dejas pasar, pero cuando te toca esa cantidad…ahí te tienes que poner estricto porque ya son cosas serias. Y él ese viernes no había dejado su parte en el mueble de la entrada y se lo puse yo de mi bolsillo. Las cosas como son.

Lo del Chini es otra cosa, él siempre pagaba todo al día. Pero la realidad es que a él nunca le ha faltado de nada, ni en su casa con sus papás ni después. Por mucho que se emancipara y quisiera hacerse el “hippie” los padres han estado siempre detrás…anda que no tienen pisos, inversiones y cosas de las que ir tirando. Naces en esas familias y ya es como si te hubiera tocado la lotería, así que bueno…él debió cabrearse un huevo también, pero hay que ser realistas: a él no le hacía tanta falta como a mí.

La peor parte de lo de ser un ácaro es que tampoco creas que sé cuánto voy a vivir…he preguntado y algunos dicen que un par de meses, otros que quizás tres…me parece poco sobre todo porque tampoco sé si esto de la reencarnación es sólo una vez o son infinitas, y, quieras que no, acojona un poco pensar en qué será lo siguiente. Se oye que dependiendo un poco de lo que hayas hecho en esta vida así será la siguiente …pero tampoco te puedes fiar. Yo de humano creo que fui un tío de puta madre, y ahora de ácaro igual. Así que no tiene porqué tocarme planta, o alga, o alguna movida de esas que, sinceramente, la veo un pelmazo. Siendo ácaro, desde mi mantita del sofá he visto un documental en el que dicen que algunos árboles viven miles de años. El Pino Matusalén casi cinco mil años y el Alerce milenario más de tres mil. Así que prefiero quedarme como estoy… espero que el dueño de la manta no tenga la feliz idea de lavarla porque lo del agua y el jabón para nosotros es una de las muertes más crueles.

Lo que fue una canallada fue lo que me pasó después del Euromillón. Después de cobrar la pasta y huir del país fui directo a Módena a probar el Maserati MC20, un superdeportivo con motor V6 biturbo de tres litros. Seiscientos y pico caballos. Menudo bicho. Se puso de cero a cien en 2,9 segundos. Así que imagínate cuando le pisé a fondo…yo no estaba acostumbrado a semejante proyectil. Debí salir volando por la tangente, quizás me estrellé contra un árbol… fueron milésimas de segundo y en seguida ya estaba en mi mantita, saliendo de mi huevo convertido en una preciosa larva de ácaro. Un ácaro de la hostia.

domingo, 23 de marzo de 2025

GÉNESIS

                                                                                                                                                 Por Marta


En el comienzo de todo se creó un patio de colegio. Un lunes. El patio tenía forma rectangular y un portón de entrada azul marino del mismo color que el uniforme del colegio. El patio estaba en calma pero un director vino y dijo: Abramos el colegio. Y se abrió el colegio. Y al ver que los niños jugaban juntos no los separaron. Y hubo día y hubo noche.

El segundo día, un martes, dijo la maestra: Mirad arriba, que caen judías. Y se hizo el cielo y también el suelo. Y éste era de cemento rojo y todas las suelas de todos los zapatos de todos los niños del colegio fueron rojas para siempre. A veces también las barbillas, a veces también las rodillas. Fue así como se separó el cielo de la tierra.

El miércoles un niño tuvo sed y pusieron una fuente de piedra en mitad del patio. De aquella fuente manó el agua fresca sólo durante un día y luego se bebía siempre agua en el baño, pero la fuente nunca dejó de llamarse fuente, y la piedra nunca dejó de ser piedra para desgracia de las cabezas de los niños.

El cuarto día, cuando el director vio que todo estaba bien dijo: que haya un recreo por la mañana y un recreo del comedor. Y el primero fue una jungla verde con árboles, frutos y animales salvajes. Y el segundo fue un desierto, con sol, alacranes y sin oasis.  Así se separó la mañana de la tarde.

El quinto día viendo que había cielo, tierra, jungla y desierto se crearon los monstruos marinos, las criaturas abisales del fondo del patio, las alimañas solitarias y las bestias en rebaño. Nadie dijo a éstos fructificad y multiplicaos, pero así lo hicieron. Y desde entonces juzgaron sin motivo a animales y plantas, señorearon por las canchas de baloncesto, plantaron semillas de odio que florecieron en un vergel de adelfas venenosas.

El sexto día matricularon en el colegio a la niña. Y esa niña, con cuerpo humano y alma de pez, desembarcó en el patio. Por las mañanas le temblaban las piernas y se le caían los mocos mientras su padre le desabrochaba los botones del abrigo con una sola mano. Cantaba canciones en las esquinas del patio en el recreo de las mañanas y la única vez que jugó al “rescate” nadie la rescató. No dio un beso, no dijo una verdad y no tuvo un solo atrevimiento. Trepaba a un columpio que los niños llamaban “el castillo” y en lo alto chupaba los barrotes de hierro hasta que el sabor metálico le dejaba dormido el paladar.

A la hora de comer solo comía pan y se guardaba los macarrones con tomate en los bolsillos del babi. En el recreo del comedor metía la cabeza entre los barrotes de la verja del patio buscando la salida y como no la podía sacar se quedaba encajada durante horas llorando y mirando a la gente que pasaba por la calle.

Otras veces, cuando la niña pez se cansaba de meter la cabeza en los barrotes, se iba al “cubo” El cubo tenía cuatro paredes de cemento y en lo alto una tapa de chapa metálica cerrada con un candado. Estaba en mitad del patio y nadie sabía qué contenía ni qué hacía allí. Se subía en él y apoyaba la mejilla en la chapa caliente y pensaba que dentro había un pozo o un tobogán que comunicaba con otro patio de colegio, al otro lado del mundo, donde había un niño con su oreja apoyada en la fría chapa. Un tobogán por el que escapar que atravesaba la Tierra por su núcleo y llegaba a otro desierto donde había un niño con cuerpo de humano y alma de reptil.

Se hizo la noche y, por fin, llegó el domingo. El suelo del patio seguía rojo, el portón azul y la fuente seguía siendo de piedra. El director del colegio recibió un nuevo destino, la maestra unas merecidas vacaciones, los monstruos abisales malas calificaciones.  Pensando en el niño lagarto la niña pez chupó durante largas horas sin descanso el candado de la tapa del cubo. Chupó y chupó hasta que su lengua se volvió de lija y el candado por fin cedió. Abrió la tapa y, cuando nadie la miraba, o cuando nadie la quiso ver, la niña se coló dentro del cubo de cemento y, por fin, al séptimo día, descansó.

domingo, 29 de septiembre de 2024

Hambre

 

Por Marta

Julia miró a su padre. Se había vuelto a quedar dormido. Apoyadas las manos en el bastón y guardando un equilibrio imposible en el estrecho banco de la cocina. Cocina, salita de estar, habitación. Aquella estancia ejercía todas las funciones. No había mucha diferencia entre que estuviera dormido o despierto, pero Julia prefería verle dormido porque así podía imaginar que al abrirse los párpados sus ojos volverían a ser los de su padre y no los de un extraño que mira sin mirar.

Julia abrió el cajón de la alacena y sacó las tres cartillas. Aprovechó que su padre dormitaba como una niña traviesa que comete una travesura a escondidas. Aunque su padre hubiera estado despierto no la hubiera recriminado nada, ya no. Además, él lo hubiera hecho igual por mí, pensaba Julia.

Sacó de la bolsa de tela un mendrugo de pan y le sacó la miga haciendo con ella una bola. Si no resultaba efectivo lamentaría haber echado a perder un pedazo de pan blanco tan apetecible y tan escaso. Abrió la cartilla de racionamiento de su padre y en el último cupón sellado restregó con fuerza la miga de pan. La bola soltaba pequeñas miguitas pero poco a poco la tinta del sello fue tiñendo la bola blanca de pan. En la radio Conchita Piquer entonaba Ojos verdes pero ella hacía ya meses que no tenía ganas de cantar.

 Emilín entró corriendo y su alegría inundó la única estancia de la casa. Sus ojos cada vez estaban más hundidos.

—Emilio, hijo, ¿cómo traes las piernas?

—Ha sido el gato de los señores. Que se me lanza cada vez que paso por el patio.

Julia empapó un paño de agua fría para curar los arañazos. La piel de su hijo era aceitunada y suave. El gato había hundido sus zarpas y las cicatrices se formarían sobre otras anteriores. Julia acarició sus rodillas cada vez más huesudas.

—Quédate con el abuelo, ¿me oyes? Cuídale. Voy a por comida. Y vete separando las piedras de ese puño de lentejas.

Atravesó el patio y el gato de los señores se acercó a ella con mirada altiva. Julia se cercioró mirando a ambos lados y con un puntapié lo espantó.

En la calle la cola llegaba hasta la esquina. Era primavera pero ya hacía calor y a Julia le sudaban las manos más de lo habitual. Llegó su turno y sonrió al funcionario. Por suerte le había tocado Manuel, conocido desde la infancia. Entrego las tres cartillas, la última la de su padre. El funcionario selló las dos primeras y al llegar a la última levantó la mirada.

—¿Cómo está el don Aurelio?

—Bueno, ya sabes, con la demencia ya no conoce…

—Pero sigue comiendo bien… por lo que veo. Mientras se tenga apetito todo va bien. Mira mi madre, dejó de comer y se murió a los dos días —continuó—. De todas maneras, tráetelo algún día para que le veamos, reina, que ya sabes cómo son estas cosas. Se empieza trucando un sello y se termina escondiendo al fiambre en el armario.

Manuel rio su propio chascarrillo y selló los cupones como si no hubiera visto nada. Le dio la ración correspondiente menos la parte de su padre. Tienes suerte que estoy yo solo, le dijo como despedida susurrando antes de llamar al siguiente.

Julia sollozaba sin lágrimas de camino a casa. En el patio de entrada se cruzó con el señor.

—Muy buenas, Julita, ¿cómo está hoy el suministro? ¿Tenéis suficiente para los tres?

—Si, señor, nos apañamos. – Julia emprendió el paso y el señor bloqueó su camino.

—Si necesitas algo sólo tienes que decírmelo. No soy Jesucristo, pero ya sabes que algunas noches puedo multiplicar los panes y los peces. -  El señor miró a ambos lados para cerciorarse y luego acarició la barbilla de la mujer.

El gato se acercó a los pies de Julia con un bufido amenazante y ésta se apresuró para terminar de cruzar el patio y meterse en su casa.

Cuando Julia entró en la cocina solamente vio al abuelo, despierto ahora, y no ver a Emilín le sobrecogió. Iba a preguntar a su padre, aunque sabía que sería en vano, cuando descubrió al pequeño hecho un ovillo en el estrecho banco dormido al lado de su abuelo.

—Emilio, hijo, qué susto. No sabía donde estabas.

—Estaba esperándote, pero cuando tengo mucha hambre y me duermo el tiempo pasa más rápido.

Julia tragó saliva y acarició la cabeza de su hijo.

—No te preocupes, mi amor, ya no vas a tener más hambre. Pon un plato para el abuelo y otro para ti que he cocido unos boniatos.

Era medianoche y Julia daba vueltas en su jergón. El estómago le rugía, pero lo peor eran los pensamientos angustiosos que se agolpaban en su cabeza. La luz de la luna llena se colaba por la ventana de la cocina. Julia se levantó y bebió un vaso de agua. La casa estaba tranquila.  Se asomó a la única habitación ocupada por su padre y su hijo. Ambos dormían profundamente. Cerró su puerta. Julia se asomó de nuevo por la ventana de la cocina sin dejarse ver tras los visillos y en la oscuridad distinguió el movimiento que ya era rutinario los lunes por la noche. La luna llena iluminaba el patio como una farola. Lo que solía ser un acto clandestino se mostraba nítido ante sus ojos. El señor abrió el portón del patio y un coche negro se introdujo en él. El conductor se bajó y saludó al señor con un apretón de manos.  El conductor abrió el maletero y antes de continuar miró a ambos lados para cerciorarse. Desencajó la cubierta de la rueda de repuesto y extrajo seis o siete paquetes de su interior. La vista de Julia no alcanzó a ver si se trataba de azúcar, pescado o aceite. Su mirada se quedó clavada en la sonrisa del señor. En esa cara de tez aceitunada, piel suave y en esos dientes tan blancos y brillantes bajo la luz de la luna.

El coche arrancó y se fue después del trueque. Julia sabía que sólo tenía que dar un par de golpes suaves al cristal. El señor era astuto como un zorro. El señor era rápido como una gacela. El señor era silencioso como una serpiente. En menos de una hora parte de esa mercancía estaría en su alacena y al día siguiente la sonrisa de Emilín sería inmensa.

Pero Julia dio un paso atrás. Se dejó caer en el jergón y lloró hasta quedarse dormida.

En el silencio de la noche algo despertó el frágil sueño de Julia. Era el gato de los señores maullando en su puerta. A Julia le recordó a los llantos de Emilín cuando era bebé, cuando por más que mamara no conseguía sacar más alimento de su pecho. Entonces no supo por qué lo hizo, los maullidos la iban a volver loca; fue un arrebato o una idea que llevaba tiempo engendrándose en su cabeza, pero se levantó con decisión y abrió la puerta de la calle dejando que el gato se colara en casa. Sabía que era un remedio transitorio, pan para hoy, pero ahora mismo Julia vivía al día. No dudó. La sangre ardiendo corría por sus venas cuando sus manos apretaban con fuerza el cuello del animal. Sabía que si la descubrían podía costarle la vida, pero ahora mismo solo le importaba ver frente al plato, aunque fuera una única vez más, la sonrisa blanca y radiante de su hijo.

jueves, 9 de mayo de 2024

Cosas que pasan

 

Por Marta

No sé cuánto tiempo va a pasar hasta que alguien lea esto. Tampoco sé muy bien para quién o para qué lo escribo. Quizás lo escriba solo porque uno escribe cuando no se puede hacer nada, cuando todo está perdido. Esa es la impresión que tengo desde hace unos días, los peores de mi vida. No lo sé, el tiempo lo dirá. Quizás se trate solo de adaptarme, de dejar que las cosas fluyan. Todo comenzó hace un par de semanas, el lunes ocho de abril de 2024. A las siete de la mañana. Fue en ese momento exacto en el que comenzó esta pesadilla. La noche anterior había puesto la alarma del móvil para ir a la universidad, como siempre. Entonces no sonó la alarma, sonó la radio. En concreto el radio-reloj-despertador de la mesilla. Ese con los números gigantes rojos que yo no había usado jamás en su función de despertador. De hecho, no supe apagarlo. Aporreé todos los botones y, desesperado, arranqué el enchufe de la pared. Palpé la mesilla para coger el móvil y no encontré nada. Salí del letargo encendiendo bruscamente la luz de la habitación. Cegado por la luz vi como pude que, en efecto, el móvil no estaba en la mesilla. Tampoco en el suelo, ni en la cama, ni debajo de ella…por ningún lado. Salí de mi habitación y le pregunté a mi hermano que si había visto el móvil. A mi madre. A mi padre. La respuesta de todos fue la misma: ¿Qué móvil? Yo pensaba que me estaban vacilando, pero no se trataba de eso, es que literalmente no sabían de que les estaba hablando. Empecé a ponerme nervioso, mis padres estaban también cada vez más alterados. ¿Qué es un móvil? Me decían constantemente. Y yo…yo simplemente no sabía cómo explicarme, qué hacer. Un “puto-teléfono-móvil”. No sabían de qué les estaba hablando. Pasado un tiempo prudencial me di cuenta de que mi familia no me estaba engañando ni fingiendo. Hasta mi perro me miraba con ojos desconcertados. Salí de mi casa en pijama al portal, desesperado. Vi al portero y le pregunté si me podía dejar su móvil. Misma respuesta. Salí a la calle en pijama y pantuflas. ¿Qué es un móvil?, me decían los transeúntes. Volví a casa y encendí el ordenador. Busqué “teléfono móvil”. Las imágenes de respuesta me horrorizaron, eran teléfonos de sobremesa con asas o con ruedas a modo de chiste. Fue ahí, justo ahí. En ese preciso momento fue cuando supe que estaba solo en el mundo. Me eché a llorar desconsoladamente. Mi madre a mi lado lloraba también, ¿hijo, qué te ocurre? ¿qué te está pasando? Los días siguientes me negaba ante la evidencia, busqué resquicios, complicidad en alguien. Nadie, absolutamente nadie sabía de lo que hablaba. La gente va por las calles conversando, en el metro van leyendo o mirando al infinito, los chavales en los bancos comen pipas. Sé que lo que he vivido toda mi vida no es fruto de mi imaginación. El primer móvil que tuve tenía un juego con una serpiente que se hacía cada vez más larga y el último tenía… tenía todo. Dice mi psiquiatra que probablemente ese artilugio no sea necesario porque en cada lugar ya hay un teléfono y es muy raro que justo necesites hablar con una persona cuando va de camino de un sitio a otro… Hasta ayer pensaba que nunca podrían callarme. Que si hacía falta estudiaría ingeniería para volver a inventar un maldito teléfono móvil. Hasta ayer. Hoy me he levantado y he desayunado viendo a mi padre leer el periódico como todos los domingos. Después de vestirme me he acercado a la puerta de la calle con la correa en la mano y he hecho el silbido clásico para llamar a Toby. Pero Toby no ha venido. —Mamáaa, ¿dónde está el perro?

—¿Qué es un perro?

 

sábado, 11 de noviembre de 2023

La confesión de Pedro Herrera

 

Por Marta

Fue la suerte la que quiso que yo entrara a trabajar como vigilante del Museo del Prado después de varios trabajos precarios. Fue, sin embargo, el destino el que quiso que en la sala en la que yo desempeñaba mi labor hubiera un cuadro de Álvaro Melquiza. Llegué a casa emocionado, pero no pude compartir mi entusiasmo con mi padre. Bueno, lo compartí y quizás sonreía con los ojos. Hacía tiempo que había dejado de fingir y restar importancia a sus olvidos como las primeras veces. Hacía tiempo que su expresión era la de un extraño. Un extraño al que yo ponía el plato en la mesa y acercaba a la boca la cuchara de puré. Cada mañana me lamentaba por su penoso estado. Todo el día encerrado en casa mientras yo trabajaba, con la televisión puesta pero con la mente en el vacío. Un vacío injusto para la persona que me había dado todo, que me había proporcionado una infancia feliz y que me había sacado adelante supliendo las veces de una madre que nos abandonó cuando yo era un bebé y a la que no recuerdo. Si por lo menos pudiera darle ahora un digno final, pensaba yo, pasar horas con él aunque fueran en silencio, o contándole historias del pueblo, las que él tantas veces me había contado. Pero si quería que comiéramos y vivir tenía que trabajar y los trabajos a los que podía acceder ocupaban la mayor parte del día.

Nos vinimos a vivir a Madrid cuando yo tenía trece años. El trabajo en el pueblo escaseaba y por medio de un conocido mi padre consiguió trabajo de ayudante en un taller. No debió de ser fácil para él aguantar mis llantos en el asiento trasero del coche. Valdemonte era mi vida, y lo cierto es que para él también. Probablemente aquella decisión fue la más dura que jamás tomó, alejarse de su pueblo, de su gente. Pero él solo deseaba un futuro para mi sin demasiadas estrecheces, el futuro que él no había tenido. Y el que, a la postre, y a pesar de dejarse la piel, yo tampoco estaba teniendo.

Don Álvaro Melquiza era el rico del pueblo. Dicho de otra manera el descendiente de un linaje noble que habitaba en la mansión más impresionante que nadie en un pueblo como Valdemonte podía imaginar. Mi padre, Damián Herrera había trabajado durante años de jardinero para los Melquiza. Es posible que todas las riquezas de los habitantes de Valdemonte sumadas no fueran más que una pequeña parte de todos los bienes de los Melquiza. Sin embargo, según mi padre, el señor Melquiza era una persona excelente. Siempre me contaba que todo el pueblo los odiaba por pura envidia y que por eso nunca oiría jamás hablar bien de ellos. Ellos eran dos, Álvaro y su mujer Mariana. La historia de los Melquiza era una historia dramática, de esas que te hace pensar que efectivamente el dinero no hace la felicidad. Al parecer el matrimonio nunca salía de su mansión y de su finca. Eran despreciados en cualquier lugar del pueblo así que poco a poco cada vez más se fueron recluyendo. Dicen las historias que Álvaro se refugió en la pintura, al parecer tenía muy buena mano y talento para los pinceles. Mariana, sin embargo, enloqueció después de años en soledad y de múltiples intentos en vano para tener hijos. Vagaba por la casa y dicen las malas lenguas que no la sostenía ni un ápice de razón. El destino fue cruel con los dos. Mariana se lanzó al abismo desde la ventana del último piso y un par de años más tarde, cuando estalló la guerra, Álvaro murió acuchillado al intentar defenderse de un par de ladronzuelos que entraron en su casa para robar alguna pieza de valor. Murieron sin descendencia, tan solo Álvaro tenía una hermana que fue quién heredó todas sus posesiones. La hermana, casada y con un par de retoños vivía a cientos de kilómetros de allí y acudió al funeral de su hermano. Acto seguido organizó un mercadillo en el que malvendió todas las posesiones y enseres y colocó el cartel de “Se vende” en la verja de la finca de Valdemonte. Era el año 1936, más valía pájaro en mano.

Todas estas historias me las había contado mi padre durante años. Yo de pequeño me había colado con mi pandilla en el interior de los límites de la mansión que por aquella época, a falta de un comprador empezaba a parecer un palacio en ruinas. Para mí era un lugar cargado de misterio y de secretos. Por eso cuando vi de lejos el cartel del cuadro en el museo tuve que acercarme para comprobar y leer dos veces que efectivamente se trataba de lo que la leyenda rezaba “Retrato de Mariana, señora de Melquiza” por Álvaro Melquiza, óleo sobre tabla, Valdemonte, Mayo de 1933. Por lo visto aquel cuadro, vendido al peor postor en aquel rastrillo precipitado había llegado a parar hasta allí. Era una auténtica obra de arte. Y, como tal, yo me deleitaba observándolo todos los días. Quizás no sea objetivo, pero los sutiles trazos componían un rostro bello pero con una expresión de infinita tristeza. En los ojos de Mariana se podía leer su vida, incluso su desdichado final. Cuando lo veía pensaba en mi madre. En esa madre a la que nunca conocí. Pensaba si estaría viva o muerta, si se parecerían sus ojos a los de Mariana, y mirando esos ojos acuosos, que reflejaban la luz de la estancia, también pensaba si Mariana hubiera sido una buena madre para mí, una madre que ansiaba un hijo para un niño huérfano de ella. Mi corazón estaba ya duro como una piedra y estos pensamientos no me conmovían, el tiempo me había curtido. Día tras día regresaba a casa. Preparaba el puré para mi padre y le contaba mis novedades como el que se las cuenta a una pared. El médico me decía que mantuviera estas rutinas, que no dejara de hablarle, que mi padre seguía ahí, y yo, al fin y al cabo, quería creerle.

El veinte de diciembre de 1980 mi vida cambió para siempre. Ya llevaba unos meses trabajando en el museo. Terminé a mediodía apresurado para llegar a casa con el tiempo justo de comer algo, dar de comer a mi padre y volver al trabajo. A la salida del museo de repente un extraño se me acercó, parecía ido, borracho, y tenía un discurso ininteligible. Olía mal. Aceleré el paso pero él se aproximó a mi y me zarandeó. En el caótico discurso distinguí dos palabras que me pusieron en alerta: “Melquiza” y “reverso”. Me paré pero todo el discurso era un completo desvarío. Insistía hablando del “reverso del cuadro”. Yo me quedé sin saber qué decir y lo que sucedió de ahí en adelante lo recuerdo como en una nebulosa por los nervios del momento. El hombre se desplomó y quedó inconsciente a mi lado. Las sirenas de las ambulancias que se lo llevaban son el siguiente recuerdo que tengo.

Pasaron los días y el mal sabor de boca por aquel acontecimiento teñía mi rutina diaria. Además el caso salió en la prensa, fotografías incluidas conmigo presente, ya que al parecer el hombre, que finalmente falleció al poco de llegar al hospital, era el ex marido de una adinerada empresaria.  Cambié de puerta de salida del museo para no recordar la escena pero bien es verdad que el discurso de aquel hombre no dejaba de rondar en mi cabeza. No parecía pura casualidad que alguien viniera a intentar transmitirme algo sobre un cuadro que formaba parte de alguna manera de la historia de mi vida. Mi padre seguía habitando otros mundos pero cuando le hablé de los Melquiza de nuevo su expresión pareció tornarse en un interés súbito que tampoco supe interpretar. Días después decidí pedir una cita con el personal del museo. Necesitaba que algún conservador del museo examinase el reverso del cuadro. Quizás no fuera nada, quizás sí, pero yo no podía vivir con el peso de esa incertidumbre de ahí en adelante.

La noche del día que pedí la cita con la conservadora recibí una llamada de teléfono a casa. Era una voz dulce de mujer, y quizás por ello, seguí sus indicaciones y en menos de media hora estábamos sentados frente a frente en un antro de mi barrio. No sé por qué lo hice, fue puro instinto y quizás, porque no decirlo, atrevimiento e inconsciencia. La mujer me dijo por teléfono que me daría las respuestas que estaba buscando. Y efectivamente fue así.

Era alta, elegante, vestida con un traje de chaqueta y unas gafas oscuras. Fumaba un cigarrillo detrás de otro. Me dijo que era Alicia Uclés. Reconocí el nombre del recorte de prensa, era la empresaria ex mujer del tipo que me abordó. Después carraspeó y añadió, Uclés Melquiza. Debí de quedarme blanco, pero ella no esperó a que hablara, ni siquiera a que me recobrase para continuar. Su ex marido, trató de vengarse de ella transmitiéndome una información crucial. Sé que no eres tonto, no supe exactamente por qué lo sabía, pero acepté su afirmación. Sé que tirando del hilo llegarás a encontrar todo lo que hay que saber. Pero voy a ahorrarte tiempo. Yo misma te lo contaré, me dijo. La primera parte de la historia no distaba mucho de los que mi padre tantas veces me había contado. Cuando llegó a la parte de la muerte de Álvaro Melquiza confesó ser su sobrina, hija de aquella única hermana heredera. No lograba entender qué tenía eso que ver con el reverso del cuadro, pero ella misma me lo aclaró. Mariana Melquiza sí había conseguido quedarse embarazada y tener un bebé. Álvaro transmitió a su hermana las buenas noticias por carta, pero al parecer a los pocos meses el estado de Mariana era tan lamentable que no se podía hacer cargo del bebé, de hecho en ocasiones puso en serio peligro su vida. Con todo el dolor de su corazón Álvaro Melquiza se deshizo del niño, de su propio hijo, una fría mañana lo abandonó en la puerta de un convento. De ahí en adelante la historia es la que yo ya sabía; Mariana perdió la poca cordura que le quedaba y Álvaro se refugió en la pintura. En ese tiempo, antes de sus trágicas muertes, Álvaro pintó un cuadro en el reverso de uno de los que ya había pintado. Era el retrato de Mariana con su recién nacido en brazos. Dio la vuelta a la tabla y pintó a su mujer en la misma postura, pero sin el bebé, con la mirada perdida, con la tristeza encerrada en sus ojos. La tabla quedó olvidada en un rincón hasta los días en que la hermana de Álvaro acudió al funeral y organizó el mercadillo. Fue entonces cuando ella misma, conocedora de la historia, pintó a brochazos negros el reverso del cuadro con el retrato inicial, tapando el retrato de Mariana y su bebé. La historia se escribe de manera muy simple, si alguien se enteraba de que había un heredero toda la fortuna iría parar a ese niño desconocido en lugar de a ella. Así que cubrió de negro la única prueba de que en esa casa algún día hubo un bebé. Te soy sincera, me dijo Alicia, no he venido para llorarte ni para pedirte que nos comprendas. He venido para comprar tu silencio. Tú pones el precio. Entonces me extendió una libreta en blanco y un bolígrafo. No lo dudé, supe que el destino había puesto esta oportunidad en mi camino por algo. Escribí un número muy alto. El más alto que en aquel momento mi raciocinio estimó que aquella mujer sería capaz de darme. Ella se guardó el papel y se encendió un cigarrillo.

 

 

Ahora estoy muriéndome, sé que me quedan días, tal vez horas. Quizás seas tú, lector, el que lea esta confesión, el que saque a la luz la historia de los Melquiza, el que busque a su verdadero heredero, si es que aún vive. Me parecerá lo correcto. Yo no fui capaz, lo sé, mi corazón era ya una piedra. Cuando aquella mujer me pasó la libreta en blanco, de alguna manera, pensé que era yo el que podía adoptar a Mariana Melquiza como madre. Yo podía disfrutar desde ese momento de parte de su herencia. Por qué no. Mi padre y yo merecíamos una vida mejor.

 


lunes, 1 de mayo de 2023

Apuntes de etología básica

Por Marta


Esta historia tiene cuatro protagonistas. Martina, Jorge, el pájaro pergolero y la pájara pergolera. Bueno y yo, que sería el quinto, que soy el narrador, un bicho raro de narra­dor, políticamente incorrecto como nunca debiera serlo un narrador y nada imparcial, lo que me convierte algo así como en otro personaje más, según dirían los manuales de escritura creativa.

El pájaro pergolero vive en un luminoso bosque de Papúa Nueva Guinea. La pá­jara pergolera tres árboles más allá. Martina vive en Aluche en la zona de Campamento. Jorge tres barrios más allá, en Pozuelo. Bastante cerca pero bastante lejos, como apos­tillaría mi cuñado en la sobremesa de cualquier domingo porque él, como todos los cuñados del mundo, todo lo sabe y todo lo apostilla.

Martina es jodidamente perfecta. No voy a detenerme en describir a alguien así porque la perfección es relativa, para unos alta, para otros, morena, para unos misteriosa, para otros, extrovertida… imagináosla como os plazca, da igual, si os gustan las rubias pues rubia, con un pelo perfecto, que hasta el moño más cutre le queda bien. Pero sobre todo es perfecta por dentro y eso ya, me diréis, es más subjetivo aún. Y tenéis razón, pero es que yo ya os dije que no soy nada imparcial. Martina es mundialmente perfecta porque para una persona en el mundo, al menos, lo es.

Jorge, que vive en Pozuelo, no es pijo, y digo esto porque nos conocemos. Y quiero dejar claro que Jorge es un tío cojonudo que podría vivir en Pozuelo, en Cincinnati o en Río de Janeiro. A Jorge lo que le pasa es que es un ser humano y hace cosas de ser humano. Respirar, comer tres veces al día, equivocarse, cagar. Todo eso hace Jorge casi a diario. Hay una cosa, sobre todas las cosas que tiene Jorge que le hacen un poco dife­rente a los seres humanos y es que jamás, pase lo que pase, se engaña a sí mismo ni a los demás. Sincero de cojones. No quiere decir que no tenga tacto o que suelte cualquier cosa impropia que se le pase por la cabeza. No. Las mentiras piadosas las trabaja como el resto. A él lo que le pasa es que la sangre le corre por las venas como el agua por las calles cuando hay una inundación. Esas imágenes que salen en la tele del agua marrón que se lleva piedras, contenedores, coches. Así es Jorge por dentro. Y eso es jodido, no nos engañemos, eso es una puta cruz con la que carga y cargará toda su vida.

Y los pájaros pergoleros, qué decir de ellos. Son la hostia.

Y qué tendrá que ver Martina, con Jorge y con los pájaros pergoleros de Nueva Guinea, te estarás preguntando. Podría hablarte metafóricamente y decirte que sus caminos discurren paralelos bla, bla. Pues no. Lo que pasa es que Jorge es biólogo y estudió en la Complutense y Martina es su compañera de universidad y son amigos inseparables desde primero. Los dos hicieron la especialidad de Ornitología y ambos están haciendo la tesis en el departamento de Etología o comportamiento animal, para los no entendidos. Y resulta que sus tesis tratan de la vida, obra y milagros del pájaro pergolero.

Además, y para centrar aún más el asunto, Martina y Jorge disfrutan de una beca del Ministerio que incluye una estancia en un centro de investigación del extranjero y, como estudian el pájaro pergolero, el sueño de todo predoctoral en su situación es viajar a Papúa Nueva Guinea para ver al pajarraco en su hábitat. Y así lo hacen. Van en el avión, rumbo Papúa Nueva Guinea y hacen escala en Doha. Martina enciende el móvil y tiene un mensaje de su novio que le pregunta si ya han llegado y justo en ese momento Jorge también enciende el móvil y también tiene un mensaje de su chica, preguntando algo similar y ambos contestan que sí, que todo bien, que un poco cansados pero que cuando cojan el siguiente vuelo en unas horas dormirán en el avión.

Después cogen el avión y, efectivamente, duermen. Pero también hablan, hablan mucho. Y ven el final de una serie que llevaban viendo semanas y que habían quedado para ver el final en el viaje. Y se ríen cuando se acuerdan de la salida de campo de Edafología de tercero que les diluvió y que el profesor no dejaba de dictar apuntes. Y ven una y otra vez los vídeos de las cámaras instaladas en el bosque de Papúa y que mañana verán en persona. El equipo del profesor Wang con el que colaboran se ha encargado de ponerlas y de avisarles cuando fuera a comenzar la época del cortejo. Y ya están allí. Nerviosos, felices. Por fin va a conocer a “Pedrito” como han llamado a su pájaro pergolero, al suyo, a ese que llevan semanas observando. Ese que comenzó tímidamente colocando un palito y después otro en un claro cualquiera del bosque y que ahora mismo tiene en sus manos (¿alas?) el futuro de dos estudiantes madrileños.

Cuando llegan al centro de control en mitad del bosque se quedan impresionados. Por fuera no es más que una choza camuflada entre las ramas de los árboles. Por dentro hay más de veinte pantallas y una decena de estudiantes de todas las partes del mundo se agolpan alrededor de ellas. Su “Pedrito” ha resultado ser para otros su “Tom”, su “Mike” o su “Freddy”; y ellos… que se creían originales bautizando a su pájaro como el bueno de Pedro Picapiedra. Pero eso es lo de menos, la emoción de Martina y Jorge es una emoción compartida por otros tantos frikis de los pájaros como ellos. Y eso mola, mola mucho, porque igual que a unos les une cantar un gol, llevar una banderita o cargar con una virgen a cuestas, a Martina y a Jorge les toca la fibra estar allí. Hablar de plumajes, de fenotipos o de selección natural con cualquiera que se ponga por delante durante una semana.

Todas las pantallas reflejan imágenes de cada una de las más de veinte cámaras que hay puestas en árboles, suelo y raíles invisibles que colocó el profesor Wang cuando tuvo, hace semanas, la intuición de que ese pájaro y ese lugar eran los correctos. Y no se equivocó. El espectáculo que se despliega ante ellos es impresionante. Hasta para mí, que los pájaros ni fu ni fa. El jodido pájaro pergolero ha construido una atalaya en mitad del bosque para caerse de culo. Una especie de cenador a base de ramitas y palos que alcanza una altura sorprendente para estar hecho solo con un pico del tamaño de mi uña. Pero esto no es lo mejor, cada pantalla en la pared desvela los detalles de la maravilla de su creación. La entrada a la pérgola es una alfombra acolchada de pétalos de flores naranjas, cientos de ellos. A la derecha y a la izquierda de lo que sería la puerta principal del cenador se levantan dos pilares, a modo de torres defensivas, hechas de escarabajos, insectos y algo así como luciérnagas. Otra cámara apunta hacia el interior del cobertizo y en ella se aprecia un círculo hecho con setas color crema, a su lado una fila de semillas o bellotas perfectamente dispuestas. En la parte superior, colgando del techo pequeñas lombrices embadurnadas en la pulpa de alguna fruta exótica. Pedrito se afana estos últimos días en la construcción, pronto vendrá ella a verlo, a evaluarlo, a examinarlo. Si le gusta, si elige los genes de Pedrito, se dirigirá a la parte de detrás del cenador para esperarle…y no me extrañaría que hasta se pusiera un picardías de satén. Si se queda allí o se va a la pérgola del vecino sólo depende de él. Si el viento desplaza una hoja o un palito, revolotea histérico enseguida para colocarlo en su sitio exacto. Estos días está terminando de construir los detalles más minuciosos de la pérgola. Está utilizando guijarros, caracolas, vidrios rotos y tapones de botellas de plástico que los cerdos de los humanos le hemos regalado. Y sí, en el centro de la pérgola y a modo de altar hay un objeto, como una ofrenda, que acapara todas las miradas. Un objeto que Pedrito luchó por conseguir y que quizás incline la balanza a su favor en la elección de la hembra: una lata de Coca-Cola. Una puta lata de Coca- Cola.

Han pasado cinco días desde que Martina y Jorge están allí. En ese paraíso sin conexión. Sin dobles sentidos, el wifi llega con el viento, como las nubes, una vez al día si hay suerte. Cinco días intensos que parecen diez; tomando notas, observando detalles, intercambiando opiniones con el profesor Wang. Llegan a sus cabañas por las tardes reventados después de andar diez kilómetros desde el centro de control. Las cabañas están al pie de la playa y por las noches Jorge prepara una infusión y se la toman viendo el mar. Bueno, imaginan que es el mar porque la luna no está de su parte y solo ven un enorme vacío negro. Pero huele a mar. Y los días lluviosos están a punto de llegar y con ellos el día grande del cortejo.

En una mala época, cuando algo malo sucede, uno piensa “todo pasará”, sin embargo, qué poco pensamos en que esa frase se aplicará con la misma rotundidad cuando los vientos son favorables. Y el viento, precisamente, trajo el olor a humedad casi al mismo tiempo que la llamada del profesor Wang rompía el silencio de la noche. Se ponen en camino de inmediato, parece ser que hoy va ser el día señalado. Amanecer y fina lluvia, el momento adecuado. Pedrito lleva unas horas posado en una rama alta. Divisando su obra, cantando su reclamo.

Martina y Jorge apresuran sus pasos y cuando llegan al centro de control les actualizan la situación. Pedrito ha acelerado su canto y a la vez se oyen en la lejanía los cantos de otros machos pergoleros. Al parecer hay una hembra por la zona y está yendo de chiringuito en chiringuito a ver cuál cumple con las características idóneas para comprometer su descendencia, vamos, que está buscando al que más le pone.

La lluvia ha cesado y Pedrito baja hacia la pérgola con un piar frenético. De repente asoma la cabeza emplumada una hembra que se acaba de posar en lo alto de una rama. Allí está. Sin quitar ojo, sin que se le escape un detalle. El pergolero ahora se hace un poco el distraído y empieza a entonar unos silbidos que dejan la boca abierta a los becarios detrás de las pantallas. El profesor Wang sonríe, no es la primera vez que escucha la maravilla que viene a continuación, Pedrito imita el sonido de una especie de serpientes de cascabel, de las ramas agitadas por el viento e incluso el sonido de taladoras de árboles (aquí otra vez los humanos dando lo mejor). Después con un canto rítmico y suave atrae a la hembra que se decide a bajar y a inspeccionar la zona.

Pedrito se desplaza a su alrededor con un baile que ya me hubiera gustado a mi con dieciocho años. La hembra investiga los pétalos, las semillas, las nueces dispuestas simétricamente en el suelo. Y finalmente, cuando los pulmones de Pedrito deben estar a punto de estallar, se hace el silencio. La pájara atraviesa la pérgola y pica tímidamente una lombriz de la fruta que Pedrito había colgado estratégicamente. No parece tonta, es de agradecer que una maratón de sexo no te pille con el estómago vacío. Y aquí es cuando las cámaras se deberían haber fundido en negro para dejar cierta intimidad a la nueva parejita. Pero no. La ciencia no entiende de discreción. Los chavales aplauden, silban, detrás de las pantallas en el centro de control, el éxito es de Pedrito y un poco de todos ellos. Martina y Jorge se abrazan, están emocionados, sudando, tienen material más que suficiente para terminar sus tesis. El abrazo se alarga en mitad del jolgorio y se miran a los ojos y ven lo de siempre, o quizás algo diferente, ahora mismo no lo saben.

Jorge se despide de la gente y emprende el rumbo a la cabaña. Martina se queda más atrás porque tiene que terminar de concretar datos con el profesor Wang. Mañana se van de Nueva Guinea. Jorge camina con rapidez, está nervioso. En su interior nota algo que conoce bien, algo que no puede acallar. Llega a la cabaña y comienza a hacer la maleta. Podría estar haciendo la maleta o cualquier otra cosa porque no puede pensar en nada. Al cabo de un rato llega Martina, abre la puerta de la cabaña y no ve a Jorge. Sale por la puerta trasera hacia la zona que da a la playa. Lo ve a lejos, sentado en la orilla, con una cerveza en la mano. Se acerca lentamente, porque Martina, no solo no es tonta sino que además es perfecta. Algo ha pasado en Jorge y, quizás, algo pasa en ella. Y se acerca despacio, observando, examinando, no hay pétalos en el suelo, no hay torres de insectos, ni lombrices colgando, pero Martina sigue caminando lentamente por la pérgola que ha sido su amistad todos estos años. Y entonces llega a donde está Jorge, que como ya lo conocemos, sabemos que es sincero de cojones. Y un torrente de agua, como en las inundaciones, comienza a brotar de su boca arrastrando piedras, coches y contenedores. Arrastrándolo todo. 

miércoles, 1 de marzo de 2023

Dos microrrelatos de ajo

 

Melodía de puntos suspensivos

Por María


Miro el vello de tus dedos remover la cucharilla en el café ¿Alguna vez me gustaron tus dedos? ¿Qué tipo de información genética hace que pueda crecer en ese punto exacto de tus falanges un conjunto de pelo salvaje y no en el milímetro de piel contiguo? El mundo me resulta incomprensible, como nuestro matrimonio ¿Qué hiciste con la varita? ¿Dónde dejaste el conejo y la chistera? Es lo que tiene la magia, las cosas desaparecen dejándonos cara de tontos. En el pasillo las niñas se pelean, otra vez. Lees algo en el móvil y tu risa me perfora. Vives ajeno, conduciendo tu diligencia, pacífico, ignorante de las autopistas que me desbordan. Me preguntas si comemos el sábado con tus padres. Yo sigo boqueando en el salón. Vaciaría una a una por el sumidero tu colección de ginebras. Me arrastro como un gusano hacia el sofá y, de repente, lo vuelves a hacer. Inexplicablemente te has lanzado hacía mí para hacerme el boca a boca, otorgándome el ansiado oxígeno.

A lo lejos la lavadora centrifuga al son de nuestra melodía de puntos suspensivos.

 

 

 

Perdida

Por Marta


¿Por qué nuestros glóbulos rojos no tienen núcleo? Te has despertado en mitad de la noche con esa pregunta en tu cabeza. A Google no le importa que le preguntes a las tres de la madrugada, pero prefieres hacerte un ovillo en la cama. Lo habrán perdido, te dices. Como tú de pequeña, que te perdiste en el mercadillo. Te paraste a mirar un puesto y cuando volviste te cogiste por error de la mano de una mujer que no era tu madre. Ahora, desde tu ovillo, recuerdas perfectamente los ojos de la mujer que te encontraste cuando miraste hacia arriba. Te miraban con una esperanza contenida cuando ella te dijo ¿quieres ser mi hija? No supiste qué responder. Temías defraudarla. Te quedaste unos segundos paralizada, agarrada fuerte a su mano, y luego saliste corriendo. Una de tantas veces.

No habías vuelto a acordarte de aquella mujer, ¿se acordará ella de ti? ¿habrá tenido hijos o fuiste tú la única hija a la que de verdad deseó? Tu madre, la que aparece en tu libro de familia, seguro que no lo recordaría si viviese. Para ella fue una simple anécdota entre fruta, camisetas y verduras una mañana de mercadillo. ¿Y si la vas a buscar? Te acuerdas de sus ojos, podrías encontrarla. Démonos una segunda oportunidad, le dirías.


domingo, 19 de febrero de 2023

Mudanza

 

Por Marta

Mis abuelos han pagado la mudanza. Siempre que mis abuelos nos pagan algo mi abuelo saca una pluma dorada que lleva en el bolsillo de la camisa. Como casi siempre mi abuelo lleva jersey tiene que hacer contorsiones raras con los brazos para sacar la pluma porque una vez que metió la mano por el cuello del jersey la abuela le dijo que no hiciera eso, que el cuello se daba de sí. Luego coge una especie de bloc de notas que tiene guardado en la mesilla y escribe cosas. Pone el nombre de mi madre y debajo el dinero que mi madre le dice que necesita. Es la tercera vez en este año que hemos ido a por una hoja del bloc de notas del abuelo, que me ha dicho mi madre que es como dinero. Las tres veces hemos ido a casa de los abuelos solamente a eso. No nos hemos quedado a merendar, ni a jugar con un perro que tienen. Y eso que estábamos cansados porque por lo menos hay una hora en coche.

Cuando hemos vuelto hemos dejado el coche en la plaza de garaje de Ana, que es la amiga de mamá que nos deja el coche a veces, cuando lo necesitamos. Hemos sacado la bolsa de viaje del maletero y, como Ana no estaba en casa, mi madre ha echado las llaves de su coche en el buzón en el que ponía su nombre. También le ha dejado una notita en el que ha puesto GRACIAS y me ha dicho que dibujara algo y yo he dibujado un sol sonriente. Hemos salido a la calle y mi madre me ha dicho que, a partir de ahora éste, el barrio de Ana, va a ser nuestro barrio. A mí me gusta.

Como mañana es la mudanza de momento no tenemos nada en nuestra casa así que mi madre me ha dicho que podíamos pasear o ir al parque. Pero yo le he dicho que prefería ir a conocer nuestra nueva casa. Así que hemos caminado bastante rápido, aunque mi madre cargaba con la bolsa de viaje. Hemos recorrido una calle larga y principal que tenía muchas tiendas. Mi madre se ha parado delante de una floristería y me ha dicho que eligiera una planta. Que la íbamos a poner en nuestra nueva casa para inaugurarla. Yo he elegido una con unas flores rosas grandes. También me ha gustado mucho la maceta verde pero mi madre le ha dicho a la de la tienda que la maceta no la queríamos, sólo la planta; y la ha sacado y nos la hemos llevado con su maceta de plástico marrón.

Hemos callejeado por unas cuantas bocacalles, mi madre cargando la bolsa y yo la planta, y hemos llegado por fin a nuestro portal. Es el número ocho, mi número favorito. Justo enfrente del portal había un señor tirado en el suelo encima de una manta. Estaba descalzo, con los pies muy negros. Hemos subido por unas escaleras estrechitas. Es un piso quinto y no tiene ascensor. Las escaleras crujen y a mi me gusta ese sonido. Según subíamos yo iba mirando por el hueco de las escaleras y los cubos de basura en la planta baja se iban haciendo cada vez más pequeños. Cuando hemos llegado a la puerta, antes de abrir, mi madre me ha dicho que la casa era muy pequeña, que no era como la casa en la que vivíamos antes ni como la de los abuelos. Yo le he dicho que a mi no me importaba.

Es una casa diminuta. La cocina y el salón están juntos y solamente hay una habitación con una cama grande en la que, de momento, vamos a dormir los dos. Hasta ahora solo hemos dormido juntos si estaba malito, o si mi mamá venía a mi cama en mitad de la noche porque tenía miedo. Pero ahora me encanta la idea de dormir con ella siempre, sin que haya ningún motivo.

Mañana viene el camión de la mudanza a las 7 así que mi madre ha dicho que teníamos que cenar y acostarnos muy temprano porque mañana va a ser un día duro. Hemos colocado la planta de flores rosas en la mesita que hay en el salón. Es lo único que hay, además de dos sillas y un sofá que tiene la piel muy gastada en la zona de los brazos. No hay nada más en toda la habitación de momento. Hemos cenado un par de bocadillos que mi madre ha sacado de la bolsa de viaje, de tortilla francesa, que son mis favoritos. Luego ha sacado nuestros pijamas, los cepillos de dientes y unas sábanas que hemos puesto en la cama. En el fondo de la bolsa de viaje había un pequeño aparato, parecido a un móvil con un piloto rojo intermitente, que mi madre ha sacado y ha dejado en la mesilla. Me ha dicho que no lo toque jamás, pase lo que pase. Pero que si suena y ella no lo escucha porque está en la ducha, por ejemplo, que la avise de inmediato.

Después mamá ha abierto la ventana porque hace mucho calor. Yo me he asomado y abajo en la calle he visto al señor de los pies negros. Ahora estaba de pie, hablando solo y gesticulando de un lado a otro de la calle. Nos hemos metido en la cama, pero sin taparnos. Por la ventana entran muchos ruidos de la calle. Se oyen voces, coches, sonidos de ambulancias lejanas. El señor de la calle ha empezado a gritar hasta que alguien desde una ventana le ha dicho: cállate, borracho.  Mamá me ha contado un cuento inventado que son los que más me gustan. Aunque hacía muchísimo calor, y yo estaba asfixiado, mi madre me ha abrazado muy fuerte y yo no he dicho nada. Luego ha pasado algo que nunca antes había pasado, mi madre se ha quedado dormida antes de terminar el cuento y antes de que yo me durmiera. No la he despertado porque parecía muy cansada y porque mañana va a ser un día duro. Me he quedado mirando al techo, contento en nuestra nueva casa. En la oscuridad de la noche sólo se reflejaba el resplandor rojo de la luz intermitente.

viernes, 25 de febrero de 2022

La preferida

Por Marta

Para una amiga, casi hermana.


Mi brazo rodea por detrás a mi prima Natalia. Y no porque quiera abrazarla a ella en especial, ni porque necesite asirme a nadie…sencillamente porque es la persona que tengo al lado y porque en los entierros familiares conviene notar cerca a quien comparte tu sangre, aunque al día siguiente ya no los veas, aunque no los llames, aunque odies a su marido o a sus insoportables retoños. Noto su hombro huesudo por debajo de la camisa…clavículas, hombros, muñecas…de pequeña los envidiaba. Sus rodillas pétreas, tan bien perfiladas, tan bonitas. Qué huesuda, Nati, qué pequeña y delicada criatura. Me asomo al hueco de la sepultura como el que se asoma a un abismo. Me mareo. Bajan el ataúd otro tramo más y se desequilibra. Bajan con mayor rapidez la parte de los pies de modo que imagino a mi abuelita dentro encogida, como arrodillada, pegando con las rodillas en la tapa y me agobia que ya se quede así para toda la eternidad. Me gustaría parar todo. Abrir la tapa, estirar a mi abuelita. Darle un beso en la frente. El último. Y continuar con la inexorable bajada. Evito sentir ternura hacia mi prima Natalia y su osamenta, pero no lo consigo. Jugábamos en el patio de mi abuela, metidas en un barreño las dos. Los barreños eran grandes y espaciosos, eran lugares lúdicos. Pero luego no ha cuidado de la abuelita, no la ha llamado, no la ha visitado. Y yo la he cuidado, la he llamado, la he visitado. La abuelita lo sabe, yo sé que lo sabe, aunque no me lo diga, aunque le estén cayendo paladas de tierra encima. A Natalia hay que quererla por sus huesos, no por sus comportamientos, me digo, me repito. Nos tomamos un café rápido y nos vamos, que los niños tienen que hacer deberes, que los domingos se nos acumula todo a última hora. Todos los domingos parece asistir, esta familia feliz, a entierros que roban tiempo para las tareas. Asiento y nos tomamos un café. Los niños un refresco y unas patatas fritas. Una bolsa para cada niño, no son de compartir. Y su marido, su insufrible marido, un café y un bollo, porque así ya voy cenado. Pago yo, nadie se me adelanta. Me da una tarjeta con su número de móvil. Es que el teléfono fijo no lo cogemos nunca, tuviste suerte cuando me llamaste para decirme lo de la abuela. Tuviste suerte tú, pienso. Se van y apuro el café, y miro la tarjeta, es de papel reciclado, diseño elegante: Natalia Martín, abogada laboralista. Me he dado cuenta del detalle de que para repartir la herencia no quiere que la llames al incierto teléfono fijo. La abuelita tiene testamento. Sois las dos herederas y así, como hubiera querido la abuelita, se repartirán sus pertenencias. A partes iguales, entre su nieta huesuda y su nieta rolliza. La abuelita se ha cansado de decirlo estos días en el hospital. La casa entre las dos, la cuenta del banco entre las dos, en casa no tengo nada de valor, puedes tirarlo todo…bueno, menos las plantas, llévate las plantas a tu casa y riégalas, que no se te olvide. La abuelita está desvariando, solo me suenan un par de pequeñas macetas con unos cactus. No son cactus. Son crasas, me corrige la abuela. Llamo a los diez días. La abogada laboralista me cuelga. Pero luego me devuelve la llamada, ahora ya siendo mi prima Natalia. Pues me pilla mal lo de ir a recoger la casa de la abuela. No te preocupes. No me preocupo. Vete yendo tú a tirar cosas, a desechar la ropa, esas cosas. Voy yendo yo a tirar cosas, a desechar ropa, a esas cosas de muertos. Y se me hace un nudo en la garganta cuando entro y me embriaga el olor de la casa de la abuelita. Parece que huele todavía a bizcocho. Intento hacer un cálculo mental de cuantos bizcochos se habrán horneado en esa casa. Mil, diez mil…¿un millón? No hay más bizcochos. Se acabaron los bizcochos. Ropa. Bolsas de basura. Revistas. Bolsas de basura. Qué debo quedarme, qué debo tirar. Recetas de cocina. La pelota antiestrés. Las gafas de cerca. Las gafas de lejos. El listín telefónico. El perfume de violetas. Llevo más de tres horas en la casa de la abuela, estoy agotada, me pican los ojos. Me voy a casa. Cojo las bolsas seleccionadas, son cuatro bolsas enormes. Y los cactus. Me acuesto sin cenar. Tantos recuerdos me han removido el estómago. Estoy en un duermevela pensando en mañana…el notario, la partida de defunción, la visita al banco. Mañana sí que estará Natalia, mañana sí. Tengo sed. Mucha sed. Me levanto y voy a la cocina a beber agua. Y pienso en los cactus que llevan sin beber muchos días, desde que la abuela ingresó en el hospital. Pobrecitos. Me siento en el comedor frente a la mesa. Los riego. No son cactus, son crasas. Hay algo raro.  La tierra no chupa. Las hojas carnosas brillan relucientes. Hay algo que no debe ser como debería. No soy botánica pero sí tengo ojos. Las crasas. Plástico, PVC. Muerte. No hay vida. Me sale una carcajada nerviosa. Tiro del racimo de crasas hacia arriba y la planta y la supuesta tierra se desencajan en bloque de la maceta cuadrada. Me asomo al doble fondo de la maceta como el que se asoma a un abismo. Me mareo. Dobladitos, con esmero, un colchón de billetes de quinientos euros. Uno, dos, cinco, diez, veinte… Desencajo la otra maceta… uno, dos, cinco, diez, veinte… Me voy a la cama flotando, riendo, escuchando las risotadas de la abuela cuando me gastaba alguna broma. Yo, la nieta rolliza. La preferida. La abuelita lo sabe, yo sé que lo sabe, aunque no me lo diga.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Un coche después de un incendio

                                                                                                    por Marta


Había vuelto a quedar con ella. Se había jurado no hacerlo más justo la noche anterior, olvidarse de ella, pero, de nuevo, al recibir su mensaje, había olvidado su promesa. Una vez más.

(si es que estás en el mismo puto bucle de siempre)

­-Pero cómo voy a dejar de hablar con ella así, de la noche a la mañana, si me considera su mejor amigo de la carrera…

(ya, el problema es cómo la consideras tú a ELLA)

-Además, también viene Xavier, no voy a perder a mis amigos después de tantos años sólo por no verla a ella…- Manuel golpeó la cuchilla de afeitar contra el lavabo y se embadurnó la cara de loción aftershave.

El bar estaba abarrotado. El aire contenía una mezcla de conversaciones cruzadas y fritanga. Manuel agradeció esta atmósfera insana al entrar en el local. En las calles de Barcelona las temperaturas eran gélidas. Había llegado el primero, como ya suponía. Pidió un botellín. Su móvil vibró y leyó el mensaje de Xavier en el grupo: “Se me complica, chicos, marrón en el curro. Si puedo me paso a última hora, pero no aseguro nada”.

(bueno, pues ya estáis solos)

Sin saber cómo, Manuel se había bebido el botellín de un trago. Pidió otro. Al fondo del bar apareció Lucía.

-Joder con Xavi, ¡anda que avisa con tiempo! Bueno, ya que estamos nos tomamos unas cañas y picamos algo, ¿no? – Manuel sonrió y no tuvo tiempo de contestar; se vio envuelto en un abrazo de abrigo, bufanda, pelo y perfume.

 

 

- ¿Qué será que ya no hace frío en la calle? – preguntó Manuel quitándose la bufanda que se acababa de poner al salir.

- ¿Será una jaula de botellines Mahou entre dos? – preguntó Lucía que no podía evitar la risa tonta.

Bajaron por Carrer d´Aribau en dirección al metro Universitat. Un piti y me cojo el último metro, dijo Lucía.

(joder, ¿y si se lo sueltas ahora?)

- Va, ¿y si nos tomamos la última? Mañana es viernes.

-Joder, Manu, mañana no habrá quien me levante. Venga, dale.

El garito había vivido mejores épocas. Lucía se sentó en un taburete de la barra. Sonaba Fito a todo volumen para disimular la ausencia de clientela. Hacía frío y ni siquiera se quitaron el abrigo. Manuel se quedó de pie y la miró fijamente.

- Pues, ¿sabes qué, Manu? que deberíamos hacer esto más veces…

- ¿Hacer qué? - preguntó Manuel.

-Pues salir a diario, tomarse una caña con la gente a la que quieres…esto es lo que uno recuerda cuando pasan los años, no los guasap, los posts, los tuits…

- ¿Tú me quieres?

(¡BOOM!)

- ¿Qué? Jodeeer… no oigo nada con la música. - dijo Lucía.

- ¿Que tú qué quieres?

(¿Te ha oído y se ha hecho la loca o no te ha oído? ¡Joder! Puto Fito)

-Ah, otro botellín. - contestó Lucía

-Pues que sean dos.

El camarero recibió la petición con desgana y se tomó su tiempo en servirles. Después bajó el volumen de la música viendo que los nuevos, y casi únicos, clientes eran más de hablar que de pegar botes en mitad de la pista.

- Tengo que contarte una cosa, Manu. No pensaba decírtelo, pero el alcohol es lo que tiene…

(Dispara)

-Hace tres semanas me enrollé con Xavi. – sentenció Lucía.

- ¿No jodas?

(Sí jode, claro que jode)

- Y, ¿sabes qué? Creo que me mola de verdad. Ni una palabra de esto a Xavi, por favor… ni a Paula, ni a Joan…

- Que no, que no, que yo sé guardar un secreto. – dijo Manuel.

(Y tanto que lo sabes guardar…)

Lucía continuó hablando mientras despegaba la etiqueta del botellín como siempre hacía.

-No hemos dicho nada a nadie porque, no sé, yo no estaba segura…después de lo de Miquel… ya sabéis cómo lo pasé, y no me quiero colgar demasiado pronto de nadie…Pero me estoy dando cuenta de que me gusta de verdad, y tampoco quiero negarme lo que siento, ¿sabes cuando tu mente dice una cosa, pero tu corazón erre que erre?

- Sí, me ha pasado alguna vez. Y creo que, después de todo, es mejor hacerle caso al corazón.

(eres imbécil, no tendrías que haber venido, ya lo sabías…)

Lucía continuó.

-Te lo cuento a ti porque, no sé, siento que contigo… me entiendo muy bien. Desde siempre, desde la carrera. A veces es que con solo mirarnos ya sabes lo que estoy pensando. Joder, perdona si me estoy poniendo cursi…pero es que te quiero un montón.

Manuel sonrió y, de nuevo, no tuvo tiempo de contestar; se vio envuelto en un abrazo de abrigo, bufanda, pelo y perfume.

-Yo también te aprecio un montón, Lucía.

(¿te aprecio un montón? ¿te aprecio? ¿Qué puta mierda de verbo es ese? La quieres, la amas, la deseas…darías lo que fuera porque se quedara bloqueada la puerta de este garito de mierda y os quedarais a vivir ahí encerrados para siempre)

-De hecho, Manu, te diré una cosa, ya que la noche va de confesiones…tú me gustaste en su día. Antes de empezar con Miquel, el último año de carrera…estuve pillada por ti tooodo un verano, el del concierto de Bunbury ¿te acuerdas? Si Paula te contara las chapas que le daba…

- Y, ¿por qué no me dijiste nada? - preguntó Manuel.

(y, ¿por qué no se lo dices tú ahora?)

-Bah, yo qué sé. Te liaste después del concierto con una de rizos y me pillé un rebote… no recuerdo ni el nombre, igual tú tampoco… y pasó el verano y ya se me pasó la tontería… ¡qué chorrada!, ¿no? Quiero decir, que ya no tiene importancia, casi se me había olvidado… pero me ha hecho gracia recordarlo ahora. – explicó Lucía.

- Sí, tiene su gracia.

(todo es un verdadero chiste)

- ¿Sabes cuál es la teoría de Paula? – dijo Lucía divertida. -   Otra chorrada como una casa de grande. Dice que un chico y una chica heterosexuales no pueden ser amigos sin más. Dice que hay varias opciones: o él, o ella, o ambos, en el momento presente, o en el pasado o en el futuro sienten alguna vez algo más allá de la amistad. Pero que, nunca, nunca, puede darse una amistad pura sin más sostenida en el tiempo. Qué gilipollez, ¿no? Yo creo que sí es posible. Aunque bueno, mira, en nuestro caso ha acertado... Menos mal que nosotros superamos ese escollo del verano de fin de carrera y podemos tener ya una amistad sin más.

- Paula y sus teorías para todo. – suspiró Manuel.

- Oye, habrá que irse a casa. Que mañana nos vamos a morir. - dijo Lucía

- Sí.

(sí, mañana nos vamos a morir)

-Ah, por cierto, Don Manuel, en las próximas cañas te toca hablar a ti. Que siempre tienes bajo llave lo que se esconde en ese corazoncito…

Lucía puso la mano en el pecho de Manuel y no pudo percibir que, debajo del abrigo, del jersey, de la camisa y de la camiseta interior había un amasijo de hierros humeantes, como un coche después de un incendio.

-Vale- dijo Manuel- ya el próximo día te cuento. O, si se atranca la puerta de esta mierda de garito con nosotros dentro, pues esta misma noche hasta que vengan los bomberos…

 Los ojos de Lucía brillaron divertidos ante la ocurrencia de Manuel y éste se quedó mirándolos fijamente durante unos segundos.

(míralos bien, ahora, grábalos a fuego en tu memoria…para siempre.)