Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



sábado, 7 de marzo de 2026

La envidia

 por Marta

 

17 de enero de 2062. 11:42 a.m. Sanatorio San Andrés del Pino. Habitación de la envidia número 264. Paciente: Amelia Castillo.

La habían encerrado allí hacía casi veinte años, ella era joven y tenía una niña recién parida. Desde hacía unos años el gobierno había reacondicionado antiguos sanatorios psiquiátricos para estos fines. Todos los estudios científicos y sociológicos avalaban las técnicas de aislamiento de estos individuos, era lo más seguro para ellos y para el resto de la población. Estaba demostrado que la envidia era el germen de la mayor parte de los problemas del mundo. Desde que los individuos con altas dosis de envidia estaban encerrados el mundo había ido a mejor. Los datos eran irrebatibles.

Su hija entró a verla a su habitación, como cada trimestre. La madre estaba sentada en un sillón, de su cabeza emergían un par de cables que conectaban con una pequeña máquina en una mesa.

—Fue mi cumpleaños, mamá. Lo celebré el viernes.

—Sí, me acordé y pedí un postre especial a tu salud. Me trajeron natillas. ¿Y qué tal fue la fiesta?

—Muy bien. Vinieron mis amigos de siempre. ¿Te acuerdas que te hablé de Paula, mi mejor amiga? Volvió antes de tiempo de su viaje solo para llegar a mi fiesta.

—¿Dónde ha estado?

La joven dudó por unos segundos, pero siguió hablando.

—En Australia, su tío trabaja allí y le invitó a pasar el verano…

La máquina de la mesa emitió un par de pitidos. La madre chasqueó la lengua, miró hacia otro lado y cambió de tema.

—¿Y ya tienes pensado qué quieres estudiar el año que viene?

—Primero me quiero sacar el carnet de conducir. Dentro de unos días me vuelvo a examinar porque suspendí el primer examen. Mi prima Leticia ya ha aprobado y mis tíos le han comprado un coche nuevo para que lo estrene.

La máquina emitió cuatro pitidos seguidos. La madre fijó la mirada detrás de la cristalera donde el paciente de la habitación de al lado recibía a sus nietos con un largo abrazo. La máquina emitió varios pitidos seguidos que se fundieron en uno solo continuo.

Una mujer con bata blanca entró en la habitación.

—Natalia, despídete de tu madre por hoy.

La chica dio un beso en la mejilla a su madre y salió de la habitación. Fuera esperaba su padre detrás de la cristalera. Ambos acompañaron a la mujer de la bata a un despacho.

—No puedo daros otras noticias. Los últimos días hemos intentado hacer algunas pruebas y hoy…ya lo han visto ustedes mismos. Ha sido tocarle un par de temas y en todos han saltado las alarmas. Los niveles de envidia están por las nubes.

—Sí, doctora, lo entendemos. Solo había que verle hoy la cara…

—En su estado sigue siendo muy peligrosa para la sociedad.

Natalia miró el reloj. Había quedado a las doce.

—Me tengo que marchar. Papá, ya recoges tú el informe. ¿Cuándo tengo que volver?

—En tres meses, Natalia. Ya sabes que contigo es con quien las pruebas son más ágiles, si no no te haríamos venir.

Natalia se fue y la doctora cerró la puerta a su espalda.

—Señor Arenas, a usted le seré honesta, se acabaron las pruebas, hemos decidido sacar a su mujer del banco de ensayos. Es una paciente con muchos años de antigüedad y su condición ya está muy asentada. Sinceramente no tenemos ninguna esperanza en ella. Ni siquiera para experimentación nos es útil.

—Pero, a casa no tendrá que venir, ¿no?

La doctora rio mientras se balanceaba en el sillón.

—No, hombre, sería una imprudencia, además de ilegal. Su hija es ya mayor de edad, pero aun así todavía tiene un cerebro muy plástico a los estímulos y convivir con una madre envidiosa podría, digámoslo así, “intoxicarla”. Para el tiempo que le queda, no merece la pena. Ahora mi secretaria le entregará el volante de ingreso en la planta de desahucio.

—Y ¿cuánto tiempo…ya me entiende, doctora…?

—Por casos anteriores y si te soy sincera… no creo que llegue al verano.

 

30 de junio de 2062. 9:30 a.m. Sanatorio San Andrés del Pino. Sala de autopsias.

El Dr. Martínez se enfundó los guantes de látex y los roció con una disolución de etanol. Leyó por encima la ficha que colgaba del dedo del pie. Amelia Castillo, Fecha de nacimiento: 15/04/2010, 52 años. Cogió el bisturí y realizó la primera incisión en el esternón. Había hecho cientos como esa anteriormente. Los pacientes de la planta de desahucio terminaban en sus manos en el cien por cien de los casos.

Realizó un corte perfecto en forma de “Y” a lo largo del tronco del cadáver de la mujer. Lo que vio por dentro era lo que esperaba. No le sorprendió ni un ápice ver todos los órganos internos corrompidos. La envidia había ido consumiendo todo cuanto había encontrado por el camino. El estómago completamente ulcerado, los intestinos apenas ya eran visibles, y el corazón era una canica dura que bailaba en el interior de las costillas.

Había hecho cientos de autopsias como esa y hoy en día todavía le seguía maravillando. “Pobre diabla”, dijo en alto. Al Dr. Martínez le gustaba comentar la jugada consigo mismo mientras hacía su trabajo. “Por lo menos no has hecho mal a nadie con tu veneno”. Era raro que alguno de los pacientes del sanatorio tuviera un enterramiento ni cualquier tipo de ceremonia. De la sala de autopsias pasaban directamente al crematorio. Lo más parecido a un ritual lo efectuaba el Dr. Martínez cuando terminaba y les cerraba los ojos. Se ponía muy solemne y efectuando la señal de la cruz en su frente decía con voz grave: “Tanta paz lleves como paz nos dejas”.