por Marta
17 de enero de 2062.
11:42 a.m. Sanatorio San Andrés del Pino. Habitación de la envidia número 264.
Paciente: Amelia Castillo.
La
habían encerrado allí hacía casi veinte años, ella era joven y tenía una niña recién parida. Desde
hacía unos años el gobierno había reacondicionado antiguos sanatorios
psiquiátricos para estos fines. Todos los estudios científicos y sociológicos
avalaban las técnicas de aislamiento de estos individuos, era lo más seguro
para ellos y para el resto de la población. Estaba demostrado que la envidia
era el germen de la mayor parte de los problemas del mundo. Desde que los
individuos con altas dosis de envidia estaban encerrados el mundo había ido a
mejor. Los datos eran irrebatibles.
Su
hija entró a verla a su habitación, como cada trimestre. La madre estaba
sentada en un sillón, de su cabeza emergían un par de cables que conectaban con
una pequeña máquina en una mesa.
—Fue
mi cumpleaños, mamá. Lo celebré el viernes.
—Sí,
me acordé y pedí un postre especial a tu salud. Me trajeron natillas. ¿Y qué
tal fue la fiesta?
—Muy
bien. Vinieron mis amigos de siempre. ¿Te acuerdas que te hablé de Paula, mi
mejor amiga? Volvió antes de tiempo de su viaje solo para llegar a mi fiesta.
—¿Dónde
ha estado?
La
joven dudó por unos segundos, pero siguió hablando.
—En
Australia, su tío trabaja allí y le invitó a pasar el verano…
La
máquina de la mesa emitió un par de pitidos. La madre chasqueó la lengua, miró
hacia otro lado y cambió de tema.
—¿Y
ya tienes pensado qué quieres estudiar el año que viene?
—Primero
me quiero sacar el carnet de conducir. Dentro de unos días me vuelvo a examinar
porque suspendí el primer examen. Mi prima Leticia ya ha aprobado y mis tíos le
han comprado un coche nuevo para que lo estrene.
La
máquina emitió cuatro pitidos seguidos. La madre fijó la mirada detrás de la
cristalera donde el paciente de la habitación de al lado recibía a sus nietos
con un largo abrazo. La máquina emitió varios pitidos seguidos que se fundieron
en uno solo continuo.
Una
mujer con bata blanca entró en la habitación.
—Natalia,
despídete de tu madre por hoy.
La
chica dio un beso en la mejilla a su madre y salió de la habitación. Fuera
esperaba su padre detrás de la cristalera. Ambos acompañaron a la mujer de la
bata a un despacho.
—No
puedo daros otras noticias. Los últimos días hemos intentado hacer algunas
pruebas y hoy…ya lo han visto ustedes mismos. Ha sido tocarle un par de temas y
en todos han saltado las alarmas. Los niveles de envidia están por las nubes.
—Sí,
doctora, lo entendemos. Solo había que verle hoy la cara…
—En
su estado sigue siendo muy peligrosa para la sociedad.
Natalia
miró el reloj. Había quedado a las doce.
—Me
tengo que marchar. Papá, ya recoges tú el informe. ¿Cuándo tengo que volver?
—En
tres meses, Natalia. Ya sabes que contigo es con quien las pruebas son más
ágiles, si no no te haríamos venir.
Natalia
se fue y la doctora cerró la puerta a su espalda.
—Señor
Arenas, a usted le seré honesta, se acabaron las pruebas, hemos decidido sacar
a su mujer del banco de ensayos. Es una paciente con muchos años de antigüedad
y su condición ya está muy asentada. Sinceramente no tenemos ninguna esperanza
en ella. Ni siquiera para experimentación nos es útil.
—Pero,
a casa no tendrá que venir, ¿no?
La
doctora rio mientras se balanceaba en el sillón.
—No,
hombre, sería una imprudencia, además de ilegal. Su hija es ya mayor de edad,
pero aun así todavía tiene un cerebro muy plástico a los estímulos y convivir
con una madre envidiosa podría, digámoslo así, “intoxicarla”. Para el tiempo
que le queda, no merece la pena. Ahora mi secretaria le entregará el volante de
ingreso en la planta de desahucio.
—Y
¿cuánto tiempo…ya me entiende, doctora…?
—Por
casos anteriores y si te soy sincera… no creo que llegue al verano.
30 de junio de 2062.
9:30 a.m. Sanatorio San Andrés del Pino. Sala de autopsias.
El
Dr. Martínez se enfundó los guantes de látex y los roció con una disolución de
etanol. Leyó por encima la ficha que colgaba del dedo del pie. Amelia Castillo,
Fecha de nacimiento: 15/04/2010, 52 años. Cogió el bisturí y realizó la primera
incisión en el esternón. Había hecho cientos como esa anteriormente. Los
pacientes de la planta de desahucio terminaban en sus manos en el cien por cien
de los casos.
Realizó
un corte perfecto en forma de “Y” a lo largo del tronco del cadáver de la
mujer. Lo que vio por dentro era lo que esperaba. No le sorprendió ni un ápice
ver todos los órganos internos corrompidos. La envidia había ido consumiendo todo
cuanto había encontrado por el camino. El estómago completamente ulcerado, los
intestinos apenas ya eran visibles, y el corazón era una canica dura que
bailaba en el interior de las costillas.
Había
hecho cientos de autopsias como esa y hoy en día todavía le seguía
maravillando. “Pobre diabla”, dijo en alto. Al Dr. Martínez le gustaba comentar
la jugada consigo mismo mientras hacía su trabajo. “Por lo menos no has hecho
mal a nadie con tu veneno”. Era raro que alguno de los pacientes del sanatorio
tuviera un enterramiento ni cualquier tipo de ceremonia. De la sala de
autopsias pasaban directamente al crematorio. Lo más parecido a un ritual lo
efectuaba el Dr. Martínez cuando terminaba y les cerraba los ojos. Se ponía muy
solemne y efectuando la señal de la cruz en su frente decía con voz grave:
“Tanta paz lleves como paz nos dejas”.