Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



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martes, 17 de mayo de 2016

PRIMER PREMIO DE MICRORRELATO 2016 RIBEIRASACRA-CONCELLO DE PARADA DE SIL

Cabezas de Ajo vuelve a estar de celebración. No hace mucho festejábamos un segundo premio de relato corto y aquí estamos de nuevo para comunicaros nuestra alegría por la obtención de un primer premio de microrrelato. 

http://www.farodevigo.es/portada-ourense/2016/04/01/maria-cabezas-ruiz-madrid-ganadora/1433046.html

Máximo 200 palabras. Tema libre. María presenta "Amor en las antípodas" y ¡tachán! El 14 de mayo (a pesar de la niebla, las seis horas de viaje y la familia de jabalíes que se nos cruza por la carretera) Cabezas de Ajo consigue llegar al municipio de Parada de Sil para recoger su "primer primer premio".

Aquí os dejamos una composición fotográfica del día tan especial que vivimos y el microrrelato ganador. Y para el que no conozca los Cañones del Sil y alrededores os animamos a visitarlo, merece la pena. 



AMOR EN LAS ANTÍPODAS

A pesar de que todas las letras del alfabeto se interponían entre ellas, la a y la zeta se vieron envueltas, sin quererlo ni buscarlo, en el baile acompasado del amor. La a, alma de líder, se quedó hechizada por la timidez innata de la zeta. La buscó incesante por los ríos de palabras, por las sílabas cadenciosas. Se supieron cerca en los campos de arroz, en la zozobra de los navíos o en el fuerte olor del almizcle, pero deseaban tocarse, sentirse cerca. Y por fin se juntaron en el azul del cielo, en el vuelo del azor. Se amaron furtivamente entre las zarzas, en el agua cristalina de las pozasGozaron del momento fugaz, de la danza de seducción hasta darse caza extenuadas. A tanto llegó su pasión que quisieron saltarse las reglas, buscándose inútilmente en las azequias, en el correr de las gazelas o en el sabor de las azeitunas; pero una tal RAE las castigó severamente.
Todavía hoy los censores las sancionan cuando dan rienda suelta a su exaltación, cuando traspasan muros infranqueables. Pero ellas sonríen, saben que su amor perdurará en el más eterno de los abrazos, en lo más hondo del corazón.




Agradecer desde aquí a los miembros del jurado y al Concello por elegir mi microrrelato, por dejarme leerlo y dedicarlo a toda la gente que me quiere. Ellos saben quién son. María 

      

sábado, 28 de noviembre de 2015

Segundo Premio de Relato Corto AEINAPE 2015

Queridos lectores, 
Es una alegría para nosotras comunicaros que nuestra estantería de trofeos se amplía con el "Segundo Premio de Relato Corto 2015" de la Asociación Española de Antiguos Alumnos del INAP que ha conseguido María con su relato titulado "Discurso". 
Anoche, 27 de noviembre de 2015, Cabezas de Ajo asistió a la cena en la cual se realizó la entrega de premios. El restaurante, en un enclave privilegiado, con vistas al Palacio Real de Madrid, fue un escenario mágico. 
Desde aquí dar la enhorabuena a los premiados, y en especial a Miguel Ángel Gayo que con "La Rebusca de un poema inacabado" se alzó merecidamente con el primer premio de relato corto y a Antonio Flórez que obtuvo el meritorio segundo puesto en la categoría de novela con "Como el que tiene un huerto de tomates". Con ellos y sus acompañantes compartimos una muy agradable velada. Asimismo agradecer a la Asociación de Antiguos Alumnos del INAP que entre sus numerosas actividades hagan un hueco a este tipo de iniciativas.

Os dejamos unas fotos de la noche y a continuación el relato que, como veréis, no precisa dedicatoria alguna. 





DISCURSO

Estimados miembros del jurado, compañeros y amigos:
En primer lugar quería aprovechar la oportunidad que se me brinda para agradecer a los miembros del jurado de la Asociación de Antiguos Alumnos del INAP de España que me hayan otorgado este primer premio de relato corto, no sólo por el honor que supone dicho galardón, máxime dada la cantidad de escritos de calidad presentados, sino porque en cierto modo lo considero una recompensa a mi desempeño público durante los últimos nueve años, es decir los tres trienios que se reflejan en mi nómina.
Asimismo, quería utilizar este discurso para agradecer a mis progenitores, ambos empleados públicos, el haberme inculcado con su ejemplo no sólo una forma de ganarse la vida sino, en definitiva, una forma de ver y concebir el mundo. Fue esta vocación por servir al interés público y general observada desde la infancia la que me llevó a decantarme por el camino funcionarial, por encima de otras profesiones que probablemente podrían haberme dado más éxitos en otras parcelas – todo el mundo sabe que hay pocos funcionarios ricos monetariamente hablando-, pero que nunca me habrían dado la satisfacción de saber que dedico mi esfuerzo diario a un fin que coincide con mis principios éticos y morales.
Por último, valga también ese agradecimiento, para todos aquellos trabajadores de la Administración Pública Española, bien fueran funcionarios, laborales, interinos o eventuales, con los cuales me he cruzado en los diferentes destinos de mi aún corta vida laboral y que, por uno u otro motivo, merecen toda mi admiración. Por ofrecerme su ayuda desinteresada, por su dedicación, por su inteligencia, por renunciar a muchos desayunos por terminar un trabajo por el que inacabado le hubieran pagado igual, por sus consejos, por sus risas; este premio es para todos ellos. Sin embargo a esos empleados públicos que, aun siendo los menos, colaboraron con su nefasto ejemplo a dar mala fama al resto de compañeros de profesión, a ellos no les agradezco nada, no les dedico este premio, no les dedico ni una línea más de este discurso.
Dicho esto, considero apropiado hablar a continuación de la historia que me ha proporcionado la ocasión de estar aquí en este momento, frente a un auditorio tan especial, donde puedo reconocer a algunos de esos empleados admirables que no salen ni a desayunar, a pesar de que carguen con la fama de hacerlo dos y hasta tres veces al día.  
Mi amiga Coe, también funcionaria y aquí presente, a la que conocí en la academia en la que preparamos las oposiciones para trabajar en la Administración  Púbica, fue la que me habló de Kima N´Doye. Ella había sido periodista años atrás y podía pasarse horas contando anécdotas y chismes de diverso calado. Fue el propio Kima el que le había relatado a ella su triste historia, antes de saber que ésta era en realidad más triste de lo que él mismo podía intuir por aquel entonces. Mientras Coe me refería los pequeños detalles de la misma, estos se iban almacenando en mi mente y sabía que tarde o temprano acabarían formando parte de mi mundo de ficción. Por ello, en cuanto tuve conocimiento de la existencia de un concurso de relato corto para empleados públicos supe que era el momento adecuado. Sin embargo lo que yo no sabía es que la presentación a este concurso provocaría que el verdadero final de la historia de Kima viniera a mí por sí solo, dejándome boquiabierta, aturdida, sin capacidad de contar aquí hoy otra cosa que no sea lo que realmente ocurrió.   
Comencé a escribir mi relato usando toda la información que el protagonista de la historia le había dado a Coe y que ésta a su vez me había transmitido a mí, si bien aderecé la crónica con algún que otro dato imaginado que, sin desvirtuar el suceso real, lo hiciera más literario. En dicho escrito no me pareció preciso que constara cómo era la vida de Kima en Nigeria, antes de que llegara ilegalmente a  España, con veinticuatro años y tras muchas horas de penoso viaje. Tampoco incluí en el mismo que su padre había abusado sexualmente de su propia hija en repetidas ocasiones, y que tiempo después, para alivio de la hermana de Kima, murió ahogado mientras faenaba a bordo de su canoa en el río Benue. Todos estos datos no consiguieron atravesar la frontera entre el boceto y el texto definitivo y me pareció más apropiado no darlos a conocer, guardándomelos para mí. Lo que sí acabó reflejado en el papel era que Kima se enamoró de una mujer española, bastante mayor que él, y que ésta se enamoró también de él, aunque ninguno de los dos supo que su amor estaba siendo silenciosamente correspondido hasta que fue definitivamente tarde.
No voy a negar, aunque esto me condene a ser tachada de soberbia, que una vez que decidí escribir la historia de Kima y presentarla al concurso, ya no podía contemplar la posibilidad de no ser premiada. Es más, llegué a fantasear con la idea de ganar el primer premio y de escribir un discurso en el que agradecía el galardón tanto al jurado como a otras muchas personas, y en el que posteriormente desgranaba paso a paso cómo se había fraguado la historia premiada. Pero lo cierto es que según iba escribiendo sobre Kima y Ángela  tuve dudas acerca de la conveniencia de elegir una historia de amor como argumento para el concurso. Máxime si añadíamos la traba de que el destino había negado a los amantes el deseado encuentro. El hombre y la mujer que se aman son amantes, a Kima y a Ángela no les hacían falta los besos, las caricias o una cama para adquirir esta condición, pero era obvio que esta ausencia de intimidad física le quitaba algo de chispa a mi relato.
Podría haberme decantado por algún otro de los temas que tenía almacenados en la carpeta “Ideas para relatos” de mi ordenador, que una vez revisados me parecían más apropiados, sin embargo había algo en la historia de Kima que me tenía atrapada.
Mientras daba vueltas a estos pensamientos el tiempo iba corriendo y la fecha del 15 de septiembre cada vez era más próxima, se cernía ante mí el temido “fuera de plazo”.  Me puse nerviosa, la verdad, mi primer premio se estaba esfumando.
Y de repente, una mañana, sin aparente motivo, las dudas desaparecieron. Debía escribir sobre Kima N`Doye,  porque era lo que quería. ¿Acaso dudaba de la sensibilidad del jurado para apreciar una historia de amor? ¿Acaso menospreciaba su capacidad de emocionarse con algo tan sencillo y a la vez tan complejo como este sentimiento? ¿Acaso no podrían identificarse con la sinrazón, el desasosiego o la locura que puede envolver a la pasión amorosa?  Olvidé mis prejuicios y continué mi relato, ahora ya sí, con el firme propósito de que una historia de amor se alzara con el galardón, penetrando en el corazón de sus lectores como la fina lluvia que va cayendo sordamente hasta empapar por completo.
Mi relato comenzaba situando la acción temporalmente. Describía cómo en aquellos años las calles del centro de Madrid se llenaban de copias ilegales de música y películas, tan ilegales como la residencia en España de sus vendedores. Estos eran los llamados “manteros”, siempre en guardia para hacer de su manta un morral y salir huyendo de la policía; Kima era uno de ellos.
Narré como éste se instaló, junto con unos compañeros,  en los alrededores de la estación de Atocha, donde vendían bastante y corrían más. Allí, la enorme afluencia de viandantes era directamente proporcional a la vigilancia de la zona, lo cual aumentaba el riesgo de ser detenido. A más de uno ya le habían mandado de vuelta a su país, y Kima temía esto por encima de todas las cosas.
Posteriormente, tras dar pequeñas pinceladas de cómo transcurría la vida de alguien que estrena la condición de inmigrante, me referí a lo ocurrido meses después de su llegada, cuando Kima y su inseparable amigo Emmanuel, probablemente cansados de sortear a la policía la mayor parte del tiempo, decidieron trasladar su puesto de operaciones a la salida de una parada de metro cercana a Cuatro Caminos; un lugar algo más tranquilo que el anterior,  pero con suficientes transeúntes como para seguir subsistiendo.
Es concretamente en este espacio y en este tiempo donde por fin se va fraguando la relación entre Kima y Ángela, conformando la parte central de mi relato. Aunque Coe no me lo contó, enseguida imaginé cómo debió ser la primera vez que se vieron.  Ella cruzaría la calle por el paso de peatones, con la cara recién lavada y ligeramente despeinada. La forma en que se acuclillaría para mirar las carátulas de las películas, dejando sus dos rodillas pétreas al descubierto, llamaría la atención de Kima. Ángela, abandonaría su timidez innata para mirar directamente a los ojos a Kima durante unos segundos y después volvería la vista al suelo para señalar el título elegido. No habría apenas palabras, se hubieran dicho mucho, pero no se dijeron nada.
Destiné casi dos folios a redactar con tranquilidad estos comienzos de su relación. No escatimé adjetivos para describir la sonrisa de Kima, esa en la que Ángela se había fijado el primer día, probablemente a causa del relucir de sus dientes, que parecían aún más blancos de lo que eran gracias al contraste con el color de su piel. Quizá pudo ocurrirle lo mismo con sus ojos, que resaltaban en el conjunto de su cara, una cara ovalada, de proporcionadas dimensiones. También me ocupé de Ángela, de las pequeñas manos de uñas exquisitamente cuidadas con las que pagaba a Kima y que él rozaba conscientemente con tal de prolongar el único momento de cercanía entre ambos. Me dediqué a descifrar el tic nervioso de sus ojos, a indagar en su menudo y delicado cuerpo. A la vez que les iba dibujando físicamente fui explicando cómo fueron esos primeros encuentros, esos momentos que ambos aguardaban vehementemente y que cada vez se producían con mayor frecuencia. A las sonrisas y miradas prolongadas les siguieron los breves diálogos, brevedad ocasionada tanto por el carácter introvertido de una, como por la falta de fluidez en el castellano del otro.
Una vez que acabé con ese punto llegué a la parte del relato que me había impulsado a sentarme frente al ordenador; tenía la certeza de que únicamente por la satisfacción que me proporcionaría la escritura de ese pedacito de historia me había compensado el esfuerzo de escribir el resto. Todo aquel que se ha acercado al oficio de escritor sabe del trabajo, no siempre grato, que este supone. Hay ocasiones en que merece la pena meterse en el fango, pelear con verbos, burlar adjetivos, encajar conjunciones con tal de encontrar aunque sólo sea una pequeña perla perdida en la inmensidad. Las escenas que escribí a continuación eran mi perla, más bien mi diamante en bruto; yo solamente me consagré a quitarle el barro, a lustrarlo y a mimarlo con tal de entregárselo pulido al lector. Y eso es lo que narré en las siete hojas siguientes, que no leeré aquí para no abusar de esta generosa audiencia.
Baste en su lugar contaros que en ellas fui desmenuzando la estrategia urdida por Ángela para conquistar a Kima, maniobra que desafortunadamente no pudo materializarse en el anhelado encuentro. Ángela, incapaz de soltarle a bocajarro sus sentimientos a Kima, tuvo una ocurrencia para comunicarle sutilmente los mismos, ingenio que además le ahorraría parte de la cuantía,  cada vez más sustanciosa, que destinaba casi diariamente a comprar películas. Con mucha vergüenza se acercó y le propuso a Kima convertir su manta en un videoclub y alquilar la película a la mitad del precio estipulado, con la promesa de devolvérsela al día siguiente. Kima aceptó encantado la oferta, no precisamente por lo ventajosa que era para él – a esas alturas del relato cualquiera sabía que Kima hubiera regalado a Ángela todas sus películas y cualquier otra cosa que hubiera poseído- sino porque cada vez que Ángela hiciera uso de ese particular servicio de alquiler él se aseguraría volverla a ver. Y efectivamente así fue, se vieron un día y al siguiente y al otro, pero lo que Kima no llegó a saber a tiempo es que Ángela utilizaba ese mecanismo de coger y devolver películas para hacerle llegar notitas con mensajes de amor. Normalmente eran poemas que ella misma componía para él, versos de famosos sonetos o estrofas de archiconocidas canciones; en un principio no eran declaraciones de amor directas, pero según pasaba el tiempo Ángela empezó a ser más explícita. Sin embargo Kima vivía ajeno a este trajín comunicativo en que Ángela se había sumido, nunca se le hubiera ocurrido abrir el disco que ella le devolvía, su confianza ciega era tal que comprobar si la película retornada era la correcta no se le había pasado por la cabeza ni por un momento.
Justo al final de ese fragmento introduje otro totalmente inventado. Cuando Coe me contó cómo Ángela metía tarjetas con frases, poesías o canciones y que Kima nunca las vio, mi mente frenó en ese punto, sólo momentáneamente, para crear una historia dentro de la historia porque ¿qué pasaría con esas notas?¿cuál sería la reacción del nuevo comprador de esa película? Había tantas historias como notas de amor escritas por Ángela se hallaban diseminadas por la ciudad y a ningún escritor podía escapársele ese filón.  Describí unas cuantas escenas, como la de una jovencita que adquiría la tercera entrega de Piratas del Caribe y que nada más abrirla se encontraba con una cartulina blanca recortada en forma de corazón en la que con perfecta caligrafía se podía leer Para vivir no quiero de Pedro Salinas, uno de los poemas favoritos de Ángela. ¿Lo leería y se aficionaría a la poesía gracias a esas casualidades del destino?¿Lo tiraría sin pasar del primer verso?¿Qué peregrinas razones se le ocurrirían para justificar que estuviese ese poema dentro de una película comprada en el top manta?
Después de esta interrupción volví a la historia real, que ya estaba muy próxima a finalizar. La situé en un sábado por la mañana, ese sería el último día que se vieron. Kima notó algo raro en la mirada de Ángela mientras le devolvía la película del día anterior. Pero no sólo eran sus ojos, tenuemente humedecidos, sino que al tenderle su mano con el DVD y justo cuando Kima alargaba su brazo para cogerlo, ella dudó, se echó para atrás y segundos después se lo dio, turbada, azorada. Acto seguido se fue calle abajo, precipitadamente, hasta confundirse con la muchedumbre que se metía en la boca del metro. Cuando Kima se quedó sólo enseguida notó que la película que le había devuelto, “No es país para viejos”, contenía algo más que un simple disco. Era una extensa carta en la que Ángela le confesaba sus sentimientos y para cuya lectura Kima necesitó la ayuda de Emmanuel, que llevaba varios años en España. Era en esa carta donde le explicaba, además de muchas otras cosas, que había puesto mensajes en el resto de películas y que, aún sin saber si él los había leído o no, no podía esperar un solo día más para averiguar si su amor era mutuo. Lo cierto es que Coe me contó muchos más detalles de la carta, puesto que ella misma la tuvo entre sus manos, y me aseguraba que nunca había leído nada tan sincero y desgarrador. Eso es lo que intenté reflejar yo cuando escribí sobre ella. También traté de describir cómo Kima se sentía la persona más afortunada del mundo cuando terminaron de leérsela.  
Mi relato terminaba en el mismo momento en que concluía la historia que Kima le había narrado a Coe durante el tiempo que estuvieron juntos. Ella estaba haciendo un reportaje sobre inmigrantes ilegales deportados a su país y pudo entrevistarse con él en el aeropuerto, horas antes de que su vuelo saliera. Lo que más le preocupaba era que Ángela pensara que su ausencia respondía a una negativa a sus sentimientos y no a que la maldita casualidad había querido que justo ese día la policía les hubiera detenido. Coe decía que a pesar de su inquietud y del drama que suponía ese tipo de situaciones Kima estaba totalmente confiado en que pronto regresaría y ya nada podría separarlos, era difícil borrarle la dicha de saberse amado y deseado como nunca lo había sido.
Ahí concluía mi relato, imprimí tres copias, las metí en el sobre y siguiendo el resto de las bases del concurso, lo envié antes de que finalizara el plazo.
Sin embargo, la historia de Kima y Ángela, desgraciadamente, no termina aquí y por eso mi discurso tampoco puede hacerlo todavía. No contar lo sucedido después sería faltar a la verdad y eso jamás podría perdonármelo.
Como les dije al principio de mi discurso el verdadero final de la historia de Kima vino a mí por sí solo. Podría haber usado este relato para cualquier otro concurso, pero el azar quiso que fuera para éste y que sólo por ese motivo todos podamos saber hoy qué ocurrió realmente con la pareja protagonista de mi relato.
Todo sucedió hace unos días. Recibí una llamada de un miembro de este jurado, cuyo nombre prefiero no hacer público. En ella se me informaba de que había resultado ganadora del concurso de relato corto y me emplazaban para recibir el premio que estoy recibiendo en el momento presente. Como podréis imaginar mi júbilo era bastante elevado. Sin embargo la llamada no terminaba ahí. Ese miembro del jurado me dijo que tenía que contarme algo y que había dudado hasta el final si hacerlo o no. No me preguntéis la razón, pero en el momento en que me dijo, con voz enigmática, que me podía desvelar el final de la historia de Kima y Ángela supe que estaba hablando con la mismísima Ángela, o con la persona real a la que yo le había puesto el nombre de Ángela en mi relato.
Este dato de la identidad de mi interlocutora debo decir que no me ha sido confirmado y que únicamente me dijo, aunque no la creí, que era amiga íntima de Ángela desde la infancia y que conocía muy bien su historia. Sea como fuere lo cierto es que con sus palabras le fue poniendo el desdichado broche final a su historia y por ende a la mía.
Efectivamente me contó que durante mucho tiempo Ángela pensó que los sentimientos de Kima no habían sido equivalentes a los suyos y que la prueba, evidente y dolorosa, era que había preferido no volverla a ver. Todas sus ilusiones se habían evaporado repentinamente, sumiéndola en un estado de fuerte depresión.
Sin embargo, muchos meses después, cuando ya era capaz de salir a la calle y de relacionarse pareciendo una persona normal, se topó con Emmanuel y su manta de películas en el sitio habitual. No le hizo falta vencer su timidez para preguntarle nada, ya que éste, en cuanto la vio, se fue directo a ella y le contó lo sucedido aquel sábado inolvidable. Lo cierto es que Emmanuel se había tomado como misión vital contarle a Ángela lo ocurrido con su amigo. Es difícil imaginar el cúmulo de sentimientos que debió tener Ángela en el brevísimo espacio de tiempo que Emmanuel tardó en relatarle lo sucedido. A la incredulidad y a la alegría inicial de saberse amada por Kima probablemente le seguiría la más absoluta desolación de saber que el mismo había fallecido en el naufragio de una patera en aguas próximas a Melilla cuando trataba de regresar a España, y del que Emmanuel si pudo sobrevivir.
Tras oír esto noté cómo mis ojos se humedecían. Creo que sólo pude balbucir que lo sentía mucho y colgué el teléfono bastante agitada.
Yo había escrito una historia de amor entre dos personas de muy diferentes orígenes, una auténtica historia de amor sin fronteras, una historia que no tenía un final feliz, pero sí un final esperanzador, un final que podría ser el principio de otro relato y que ahora ya no podría escribir jamás. Yo había conseguido que esa historia de amor ganara un premio literario, pero ahora no importaba nada porque esa historia ya no era la verdadera historia y Kima estaba muerto. Muerto.
Además tenía la sensación de que si un miembro del jurado había vivido mi historia en primera persona probablemente no fuera objetivo para valorarla y, lo peor de todo, para influir al resto de miembros. No podía soportar la idea de que mi relato no fuera ganador de manera justa y que pudiera haber otros motivos detrás que lo hubieran condicionado.

Tras darle muchas vueltas al asunto en los últimos días y sobre todo en las últimas horas creo que lo más razonable es que renuncie a este premio. No hay nadie que sienta más que yo dejar, de buenas a primeras, a este primer y único premio que he recibido en mi vida huérfano de relato, pero ganarlo, dadas las circunstancias, sería fallarle a la verdad y al propio Kima. El homenaje hacia su persona no es aceptar este premio gracias a la historia de amor que pudo haber sido, sino renunciar a él por lo que realmente fue. Espero que todos los aquí presentes podáis entenderlo. Muchas gracias, de cualquier modo, por escucharme.   

domingo, 18 de diciembre de 2011

Primer concurso de Relato Corto "Una historia con Renault"

Sé que puede parecer pretencioso inaugurar esta nueva sección "Estantería de Trofeos" cuando corremos el riesgo de que la estantería se queda algo vacía, pero esas son, entre otras, las ventajas de tener un blog personal: que una (o dos en este caso) pueden hacer lo que les da la gana. Así que me ha dado la gana crear esta sección para compartir con vosotros mi alegría por lograr un premio en un concurso de relatos. Se trata del 2º Premio de relato corto del “Primer Concurso de Relatos: Una Historia con Renault” que coorganizan el Periódico El Norte de Castilla y Renault.  Mi relato “Mis dueños”, cuyos derechos de explotación pertenecen en exclusiva, desde el pasado martes, a El Norte de Castilla y Renault, se ha alzado con ese segundo premio.








                                                           Foto con Carlos Aganzo, el Director de "El Norte de Castilla"
Y bueno, ya sé que no es el Nobel, ni el Premio Nacional de Literatura, ni siquiera el primer premio del concurso, pero como una nunca sabe si volverá a tener la oportunidad de recoger un premio y, lo más bonito,  de dedicarlo, yo quiero aprovechar la mía.
A pesar de que mi lista de amigos en facebook diga lo contrario, cuando me puse a pensar en toda la gente a la que dedicar el premio me salía un número excesivo. Ni siquiera haciendo uso de la generosa bondad del lector me parecía justo someterle a una lista interminable de personas, así que no me queda otra que resumir (aún a riesgo de dejarme a alguien, al que seguro que también se lo dedico).
En primer lugar agradecer al jurado que supo valorar esta historia, la historia de un coche cuyo recorrido no es más que la excusa para contar el transitar de una familia, la mía. A toda ella le dedico este premio, a los que están y a los que se fueron pero que siguen estando conmigo. Mención especial para mis padres, no hay blog en que pueda caber agradecimiento por todo lo que hacen por mí.
A Adri, a la sonrisa de sus ojos de coca cola, el bastón en el que me apoyo en el camino.
A Cleo, porque el sonido de sus patitas me acompaña en el cocinar de mis relatos.
A David, galdarrito de pro, que me avisó de la existencia de este concurso.
A Nuri, Kari y el resto de las bonis, a mi Reina Maga, a  Sara y Ángel , a Coe, a las exspeeradas, a mi Lenin, a Meri y Silvia.
A los fieles seguidores de este humilde blog.
A los compis del Colectivo Literario Renglones de Ficción que hace tiempo dejaron de ser compañeros para empezar a ser amigos.  A Helena y Antonio, que desinteresadamente me brindaron su compañía para ir a recoger este premio.
Pero si hay alguien al que le quiero dedicar este premio es a la persona que más admiro, a mi otro yo, no sólo literario. Como ella dijo un día, al ajo que conmigo hace una cabeza completa, mi hermana Marta.
María

                                     MIS DUEÑOS                                        
                                                                                                         
 Corría el año mil novecientos noventa y dos y, aunque ya hace más de tres lustros, lo recuerdo como si fuera ayer. Aquella noche apenas pude dormir. No había forma de cerrar los faros. Mis tres pedales temblaban de nervios. La palanca de cambios no paraba de cuchichear con los asientos delanteros,  emocionados todos ellos. La carrocería verde oscura parecía querer separarse de mi esqueleto, el chasis. El volante y el cigüeñal, orgullosos integrantes de la transmisión del automóvil, conversaban acerca de la nueva vida que estaban a punto de comenzar. Pero sobre todo mis cuatro ruedas, e incluso la quinta en discordia, la de repuesto, eran el fiel reflejo de cómo me encontraba. Esos neumáticos con sus relucientes tapacubos estaban deseosos de girar sobre sí mismos y de conocer, por fin, aquello de lo que tanto habían oído hablar: el asfalto.

Cuando analicé sus movimientos acomodándose en el asiento del conductor y la expresión satisfecha de su cara supe que ese hombre grande y gordo había encontrado lo que buscaba. Me pareció que la mujer que le acompañaba, sin duda su esposa, torcía el gesto al mirar mi chapa metalizada, a la última  moda. Tiene pinta de ser muy guarro.- le dijo a su marido. Sin embargo yo sabía que la decisión estaba tomada y que pronto abandonaría el concesionario. A pesar de que esto supondría separarme de mis compañeros todos estábamos deseosos de salir de allí, al fin y al cabo habíamos sido fabricados con ese objetivo; nuestra verdadera vida comenzaba cuando el ufano vendedor le entregaba las llaves al nuevo y feliz propietario.

La última noche en el concesionario es difícil de olvidar. A mis dos vecinos de escaparate se les escapó alguna que otra lagrimilla que me provocó un nudo en el tubo del aire. Antes de que el sueño les venciera, todos los coches del local, incluso el Renault Clío azul turquesa que había llegado hacía dos días, me dedicaron una canción de despedida haciendo sonar sus cláxones. Aún hoy se me pone la tapicería de punta de sólo pensarlo. No es fácil ni sería justo enterrar esos recuerdos en lo más profundo del motor cuando uno está haciendo un repaso por lo que ha sido su vida.

Pero además de los nervios y la emoción también existe un temor. Uno no sabe lo que se va a encontrar cuando salga ahí fuera. Todavía me entristezco cuando pienso en aquel Renault 19 Chamade de color rojo, tan alegre, tan simpático, con toda su vida por delante. Nos enteramos que a las pocas semanas de salir del concesionario había resultado siniestro total. Por lo visto le tocó un propietario adicto a las drogas y a velocidad, el cual, afortunadamente, salió ileso del accidente. No hay nada más horrible para un automóvil que acompañar a su dueño al otro mundo.
Además del miedo a una vida corta también habíamos oído hablar de que algunos propietarios se comportaban con auténtica crueldad con sus recién adquiridos automóviles, porque ¿no les parece auténtica crueldad comprarse un coche con la única finalidad de presumir delante del vecino y luego apenas salir del cómodo garaje? Habíamos oído que no era infrecuente este hecho y no podéis imaginar la frustración que supone para un coche nuevo y brioso no poder demostrar su potencia y poderío, pasándose la existencia entre cuatro líneas blancas pintadas en el suelo.
Claro que también podía ser peor. Se rumoreaba que si te tocaba una familia con hijos pequeños estabas perdido. Por lo visto jugaban, saltaban, se pegaban entre ellos y todo esto provocaba grandes dolores a los asientos traseros que no paraban de quejarse…eso sí tenías suerte y no te vomitaban toda la tapicería.
Y por último había un temor muy extendido entre todos nosotros. Nos habían contado casos de coches que, antes de salir del concesionario, iban presumiendo de sus características, o furgonetas que se pavoneaban del gran peso que podía soportar y que, tras sufrir una avería grave, se habían pasado la vida de taller en taller. Eso es, ser un enfermo crónico era una de nuestras mayores preocupaciones.

Estaba impaciente, contando los minutos en el reloj de mi salpicadero cuando mis nuevos propietarios se presentaron a buscarme. Venían otra vez el hombre grande y su mujer. Suspiré. Por el momento no parecía una familia con niños pequeños. Le entregaron mis llaves y me arrancaron. Yo, un Renault 21 último modelo, empezaba mi verdadera vida. Al poco rato de salir se fueron a darme de comer. Yo me alimentaba de un manjar novedoso que estaba empezando a implantarse en los de mi especie: el diesel. A mis nuevos dueños parecía gustarles que yo no probara la gasolina y miraban con orgullo muchas de mis infinitas y modernas comodidades, como los elevalunas eléctricos en las ventanas del conductor y del copiloto, el aire acondicionado, el brazo separador entre los asientos traseros…etc.  
Cuando llegamos a su calle abrieron la puerta de un garaje. Sonreí. A nadie le agrada dormir a la intemperie. A las pocas horas de dejarme sólo en ni nuevo hogar volvieron a aparecer, pero esta vez no venían solos. Dos niñas les seguían emocionadas por conocer el nuevo coche familiar. Cuando oí sus risitas a lo lejos me temí lo peor, pero cuando las vi supe que esas pequeñajas no iban a hacerme ningún daño. Eso sí, de alguna que otra vomitona no me libré. Tenían ocho y doce años, y ahora que analizó lo que ha sido mi vida, me doy cuenta de que he estado presente en los momentos más importantes de las suyas. Las dos niñas que se sentaban en los asientos traseros, que jugaban a ver quien conseguía hacer reír a la otra, que hacían concursos de cante, que se metían chicles en la boca y hablaban con ellos como si llevaran aparato dental,  que escuchaban aburridas la música que les ponían sus padres y que, con los años se convertiría en la que les gustaba a ellas…esas dos niñas pequeñas, con el paso del tiempo, pasaron a ocupar el asiento del conductor. Pero antes de eso viví otras muchas historias.
Recuerdo mi primer viaje largo, lo que ellos llamaban “hacerme el rodaje”. Nos fuimos a un pueblo pintoresco de la Costa Brava y allí, por primera vez en mi vida, vi el mar. Recuerdo la inmensidad de su azul y como el olor a salitre penetró por mis rejillas de ventilación.
Después de ese viaje vinieron muchos más. Apenas hay zonas de la geografía española que no haya recorrido. Galicia, Andalucía, Levante, las dos Castillas…Tanto la costa como el interior fueron exploradas por mis cuatro ruedas.
Pasaron muchos inviernos, uno tras otro y yo seguía siendo un espectador del devenir de esa familia. Con el tiempo decidieron darme un hermanito y compraron un segundo coche. Fue un Ford Fiesta de segunda mano. Sin embargo, después de ese vinieron otros, como la Fiat Scudo, el Audi y, sobre todo, la furgoneta Renault Kangoo, de color rojo, con la que trabé una estrecha amistad. Recuerdo sus orejas redondeadas y gigantescas, aquellas que nuestros dueños llamaban retrovisores. La etapa que coincidimos fue de las más felices de mi existencia. Pero ninguno se quedaba definitivamente, sólo yo permanecía, cada día haciéndome más viejo, viendo pasar mi vida y las de mis dueños. Apenas caí enfermo en todos estos años, salvo aquellos meses en que me costaba empezar a moverme y tras un cambio de mi batería jamás volví a dar problemas. Pero la edad no perdona. Cada año me llevaban a hacerme una especie de reconocimiento médico y a la salida, si lo había superado satisfactoriamente, me colocaban en la parte superior derecha de mi frente una pegatina de distintos colores. Mi dueña en ese momento, la mayor de las dos hermanas, se ponía tan contenta que me decía “Muy bien, valiente, como has aprobado te voy a llevar a que te limpien” y nos íbamos a un sitio muy raro donde unos rodillos azules enormes se frotaban contra mí soltando agua y jabón, como en una especie de baile desenfrenado.
Y yo parecía ser inmortal. Hacía ya años que mi radio se escuchaba fatal y que el aire acondicionado apenas funcionaba, pero yo seguía siendo un valor en alza. A veces las hermanas tenían sus pequeñas discusiones para ver a quien le tocaba cuidarme esa noche. Me parecía increíble que se pelearan por mí, o incluso que a veces, el padre, mi primer dueño, las castigara prohibiéndoles que me cogieran.
Pero el tiempo es implacable y yo veía como cada vez mis recorridos eran más cortos. Me conducían frecuentemente, pero no más de veinte minutos o media hora seguida. Ya no era ese coche que fue de La Coruña a Barcelona de una tirada.
Sin embargo, cuando creía que nunca más vería otros paisajes, sucedió algo increíble. Una madrugada, a eso de las cuatro o cinco de la mañana, la pequeña de las hermanas se subió al asiento del conductor y cogió la carretera rumbo a Valencia. Yo, “Venti”, como me llamaban mis dueños, estaba nuevamente realizando un viaje, todavía no era un viejo inútil. El trayecto nocturno me resultó apasionante, me sentí rejuvenecer. Entré en una ciudad en llamas, Valencia en fallas, y me quedé a vivir allí. Fueron unos meses inolvidables, conocí La Albufera con sus campos de arroz, me llevaron a las playas cercanas, me metieron en el bullicio de la ciudad, volví a estar en aquellas manifestaciones donde tocábamos el claxon y que ellos llamaban atascos… hasta que al cabo del tiempo regresé a Madrid. Pero no se me olvidarán aquellos meses que me regalaron junto al mar.
Nunca pensé que fuera a tener una vida tan larga, tengo más de diecisiete años y estoy a punto de morir. Estoy orgulloso de lo que he hecho, de lo que he recorrido y de los dueños que me tocaron en suerte. No puedo irme más contento. Por lo visto el Gobierno está dando unas ayudas para incentivar la compra de nuevos automóviles y reactivar un sector que como la economía y el país en general, está en crisis. La que ha sido mi última dueña, la mayor de las hermanas, se ha comprado un nuevo coche, pero uno de los requisitos era entregarme a mí.  No se lo reprocho, la entiendo perfectamente. Me hizo ilusión que eligiera un Renault Megane, al fin y al cabo somos de la misma familia.
Con sus manos acarició mi salpicadero, como era costumbre en ella y se despidió: “nunca te olvidaré Venti, has sido siempre un valiente” y le entregó las llaves al vendedor. Ellos serían los encargados de llevarme al desguace. Me emocionó ver que en su rostro había verdadera tristeza por separarse de mí. También me dijo que esperaba que con mis piezas hicieran algo útil y que, tal vez, en un futuro nos encontraríamos, yo reencarnado en un nuevo aparato tecnológico que ella comprase compulsivamente o con mis piezas fundidas en un armazón metálico que sujetara su nueva vivienda. Quién sabe. Ojalá, pensé yo.




Toqué los botoncitos del climatizador bizona de mi nuevo Renault Megane mientras pensaba en que ojalá este nuevo coche me acompañara en mi viaje al menos tantos años como Venti. .