Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



viernes, 14 de junio de 2013

Fábula de la sonrisa perfecta

por Marta



Existió una época hace cientos de años en la que algunas mujeres eran muy caprichosas.

            - Venga, pichoncito mío, ¿no vas a hacer feliz a tu mujercita con algo tan insignificante?

            - Caramelito, ya te he dicho que ahora no estamos en el mejor momento para excesos; esta semana no se nos ha dado bien la feria de ganado…quizás a primeros del próximo mes, si la lana vuelve subir…
            -   ¡Me aburres, pichoncín! Creo que me voy a retirar a mis aposentos, estoy demasiado triste y decepcionada…
            -  Venga, Caramelito, no te pongas así de seria, que te pones muy fea…Además, yo no me fio mucho de esos sacamuelas y sus nuevos inventos. ¿Cómo van a poner hierros en la boca?
             -   Y….¿cómo quieres que sonría si tengo los dientes torcidos? Es la novedad que viene del extranjero y yo…..en fín, yo quería ser la primera en probarlo. Es la ilusión de mi vida, pichoncito… dime que sí.
            -    Está bien, caramelito, haremos el esfuerzo; todo será por que seas la mujer más guapa y feliz del mundo a mi lado…
            -     ¡Gracias, pichoncín!
            -       Caramelito, creo que hay un problema. Se trata de tu retrato al óleo sobre tabla de álamo que me hiciste encargar. Tienes concertada la cita para el próximo mes, ¿podrá el maestro pintar para la posteridad esta cara tan preciosa con unos hierros en la boca?
            -   Tú por eso no te preocupes, intentaré disimular. Además, han comentado hoy en el puesto de frutas que lo de los retratos está pasado de moda. Ya no los hacen de tan buena calidad y no duran tanto como creíamos….porque ya lo pagamos por adelantado que si no…

                                                                                 *        *       *

“Pues anda que… no para la tía quieta ni un segundo; mira que le digo que por favor mantenga la postura…Y ese gesto tan raro con la boca. Me está quedando espantoso, de lo peorcito que he hecho…pero, en fin, yo ya he cobrado por adelantado así que en cuanto lo remate me voy para casa. Otra vez con los meneos…de buena gana le diría, -Anda mona, la próxima vez que te pinte tu maridito que por lo visto es el único que te aguanta.- “



Y en aquella época de hace cientos de años las gentes eran exactamente como las de hoy, había algunas mujeres caprichosas, había algunos hombres perdidamente enamorados…y los pintores, como los de ahora,  no se comían la cabeza a la hora de poner títulos a sus cuadros. Retrato de Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo.

lunes, 1 de abril de 2013


QUIZÁ ALGÚN DÍA
por María
Todo empezó cuando nos mudamos de casa. Era un adosado a estrenar en las afueras de Madrid. “Viviendas de lujo en un paraje de ensueño”, decían los carteles publicitarios con que la constructora las anunciaba a bombo y platillo. Y no se equivocaban, habitaciones amplias y luminosas, calidades excepcionales y unas vistas inmejorables. Nuestra ilusión era enorme, casi tanto como el tamaño de nuestra hipoteca.  Por esas fechas acababa de nacer nuestro primer hijo, Rodrigo, así que entre unas cosas y otras nuestra cuenta corriente no atravesaba sus mejores momentos. Nos vimos obligados a realizar sólo los gastos que fueran estrictamente necesarios y estaba claro que decorar la casa no era uno de ellos. Lo provisional se fue convirtiendo en definitivo con el paso del tiempo y no voy a ocultar que me avergonzaba que la gente que venía a visitarnos viera todo tan desangelado como el primer día. Habían pasado meses pero todavía las bombillas colgaban tristes del techo sin una lámpara que las diera cobijo.


Fue mi marido, ante mis protestas, el que decidió que los espejos de los baños no eran imprescindibles y que por el momento debíamos aparcar el culto a la imagen. Acabé cediendo, más que por la inversión tan ridícula que hubieran supuesto un par de espejos, por la pereza que me daba elegir el modelo más adecuado y ponerme a la ardua tarea de colgarlo, dada mi manifiesta falta de maña con todo lo relacionado con taladros, tacos, clavos y demás utensilios diabólicos. 


Al principio se hacía muy extraño. No aprecias realmente el valor de algo hasta que te falta, y eso fue lo que nos ocurrió con los espejos. Desarrollé una gran habilidad para ponerme las lentillas sin verme los ojos y a la hora de maquillarme me apañaba con el espejito del coche. A Carlos apenas le costó acostumbrarse. Además, por esas fechas tenía algún kilillo de más y al no contemplarse en el espejo se ahorraba los disgustos de no verse tan atractivo como quisiera. No es que no hubiera reparado en sus michelines, al fin y al cabo no tenía más que mirarse la barriga, pero el hecho de no verlos reflejados constantemente en el espejo ni de recrearse observándose después de la ducha diaria provocaron que cada vez dijera menos esa famosa frase suya, tan repetida como irreal: “Este lunes sin falta me pongo a dieta”.


Por unas cosas u otras lo cierto es que lo que en un principio fue necesidad de ahorrar, pereza o dejadez se convirtió en un juego para nosotros, sobre todo desde el día en que Carlos me planteó el tema, medio en serio medio en broma:


      ¿Qué te parece si ya no compramos los espejos? Podemos poner en su lugar las láminas de Beksinski que compramos hace años. Además es que he pensado que podría ser un reto no vernos nunca más las caras. Bueno, cada uno a sí mismo me refiero; a ti te veré cada día lo guapa que estás, no pienso renunciar a eso− me dijo cogiéndome de la cintura y besándome lentamente. − ¿Qué opinas?


      Pues no sé, me hace gracia, pero creo que es imposible. Aunque no queramos nos veremos. ¿Qué me dices de los baños públicos o los probadores de las tiendas? Y si no quieres verte más ¿qué haremos con las fotografías?


      Créeme Esther, se trata de planteárselo y hacerlo. En realidad yo ya llevo un mes jugando y todavía no me he visto. Está claro que estamos rodeados de miles de espejos y de muchas maneras de vernos reflejados pero sólo hay que proponerse no mirarlas. Yo por ejemplo en el trabajo me lavo las manos enfrente de un espejo y no he necesitado levantar la cabeza; y en cuanto a las fotos nos haremos uno al otro, además tú siempre has sido más de fotografía de paisaje y monumentos, seguro que no te cuesta tanto.


      ¿Y en las bodas? ¿Cumpleaños? ¿o si alguien te envía un correo electrónico con fotos en las que sales?


      Pues se trataría de no verlas. El resto del mundo puede contemplarte en múltiples fotografías pero no te van a obligar a que tú lo hagas.


      Ya, creo que te entiendo, pero me parece muy difícil. ¿Y hasta cuando duraría este juego?


      Podría durar toda la vida, o de repente dentro de treinta años podemos decidir vernos otra vez…


      Pues ¡que susto! Será un salto muy brusco- le dije imaginándome la situación. Pero te acepto el reto, a ver si es posible.




Y fue posible. No negaré que hay que estar concienciado pero con el tiempo te acostumbras y no es tan difícil como yo pensaba. Al principio cuando me compraba ropa en las tiendas me la llevaba a casa a probármela con el consejo de Carlos. Después decidimos adquirir la ropa por internet para evitar la tentación de los espejos, pero luego desarrollamos tal habilidad y teníamos tal nivel de concienciación que podíamos meternos tranquilamente en el probador de cualquier tienda y no mirar a los espejos ni una sola vez, incluso aunque nos rodearan por todos los lados. Lo cierto es que era un juego que nos gustaba, nos hacía sentirnos más unidos.  


A lo único que no pude acostumbrarme fue a la peluquería. Sólo fui una vez desde que comenzó nuestro reto y fue el momento más duro, apenas conseguía no mirarme. Comencé leyendo una revista pero cuando la peluquera me dijo que mirara de frente lo pasé realmente mal. Cerraba los ojos, miraba al techo, bizqueaba. Decidí no volver. Como mi melena era larga y rizada los trasquilones no se notarían mucho así que mi marido pasó a ser mi nuevo peluquero. Él tampoco tenía problema puesto que se lo cortaba yo con una maquinilla. Una vez superado el tema de la peluquería el resto resultaba más sencillo. Yo me maquillaba en casa y si bien al principio le preguntaba a Carlos si llevaba más sombra en un ojo que en otro o el colorete similar en ambos lados, luego ya no fue necesario y nunca nadie me dijo que fuera mal pintada. Nos habíamos acostumbrado a la vida sin espejos.


Recuerdo perfectamente cuando decidí contárselo a mi hermana Carmen, con la que tenía más confianza:


      Carmen, tengo que contarte algo, hace dos años que no me veo.


      ¿Cómo dices? –


Mi hermana no entendía nada pero tras mi explicación y dado que ambas somos muy parecidas no tardó en comprenderlo todo y en atar cabos de ciertas actitudes mías de los últimos tiempos, como cuando me negué a ir a casa de mis padres a ver el video de la boda de mi hermano Esteban. Le gustó tanto la idea que dijo que se la pensaba proponer a su marido. Yo me alegré de habérselo contado, siempre es bueno tener un cómplice por si fuera necesario hacer uso de él. En cuanto a nuestros hijos Rodrigo y Carmela decidimos no hacerles partícipes de nuestro juego, eran demasiado pequeños y no nos vimos en la necesidad de tener que explicarles nada. Ya elegirían con los años.


Y estos fueron pasando, volando más bien. Salvo para nuestros rostros.




Hoy tengo cincuenta y cinco años y me considero una persona feliz. Es curioso pero aunque mis piernas hayan engordado, mi tripa no tenga la tersura de antaño o mis pechos se hayan caído, yo siempre me imagino a mi misma exactamente igual que cuando tenía treinta años. Me hace gracia pensar en que todo el mundo me ve distinta a como me recuerdo yo y que precisamente yo sea la equivocada. Sin embargo es maravilloso vivir sin saber que probablemente mi rostro tenga arrugas o que si me tiño las canas es por evitar que la gente las vea, aunque yo no sé si son muchas o pocas las que tengo. A Carlos y a mí nos gusta este juego, pero ¡quién sabe! quizá esté cercano el día en que las viejas láminas de Beksinski den paso a unos amplios espejos, no me gustaría que nadie pensara que tenemos miedo a envejecer.


Quizá algún día.

martes, 15 de enero de 2013

Navidad feliz. Describiendo fotografías

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 por Marta

Por lo visto ese día los Reyes Magos habían llegado a casa de mi abuela. Pero aquel año era especial porque un fotógrafo se pasó por las casas del pueblo para hacer fotos a los niños con sus regalos. Y la instantánea robó un momento especial y único que atesoro en el joyero que heredé de mi abuela.
La mayor de los tres niños es mi abuela Pura, es la única que mira a la cámara. Más bien enamora a la cámara porque sus ojos sonríen casi tanto como su boca. Creo que es la mirada más franca y más sincera que he visto jamás. A su lado, con el mismo corte de pelo y una horquilla colocada en la misma posición está su hermana Julia, la mediana. Julia no mira a la cámara porque está mirando a su hermana. Quizás alguna broma o la simple expresión en la cara de su hermana hacen que Julia se encuentre en una carcajada eterna que permanece desde entonces inmortalizada en el trozo de cartón. Esta complicidad entre las dos se mantuvo hasta el último día de sus vidas. Y por último, el pequeño Joaquín, que con algo menos de un año se encuentra subido en un taburete en el centro y sujeto por las cuatro manos de sus hermanas. Joaquín mira a alguien que parece estar al lado del fotógrafo y que sospecho que sería mi bisabuela haciendo monerías para mantener la atención del pequeño.
Creo que he observado esa foto decenas de veces y hoy al volverla a mirar he descubierto algo nuevo en ella y desconocido para mí. Hasta ahora, en mi atrevida ignorancia, siempre me había extrañado que en la foto no apareciera el verdadero motivo de dicha retrato, los regalos de Reyes. Me los imaginaba supuestamente a los pies de los retoños, en aquella zona que la cámara no había podido abarcar. Pero no, hoy he mirado a mi abuela y a sus hermanos, los tres tan repeinados y perfumados, tan enfundados en tres abriguitos de paño idénticos… en efecto, los regalos de Reyes los llevan puestos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

VIDA Y AMORES DE TIBURCIO WALTER por Marta




No es habitual encontrar un negocio familiar que se dedique exclusivamente a la lavandería en
tierras españolas; del mismo modo, lo que acontece en esta historia tampoco es habitual y, por ello, mi incapacidad para saber actuar ante dicha situación ha desembocado en la escritura de este texto, con el fin de que el lector, una vez leído, proceda de la manera más correcta, bien informando del suceso a quien corresponda o bien atesorando dicha información para compartirla sólo con sus propios pensamientos como he venido haciendo yo los últimos años y haré los que me quedan de vida.

Eliseo Gómez, nacido en el manchego pueblo de Retuerta del Bullaque, se trasladó a la capital y fue
allí, en Madrid, donde cultivó inexplicablemente una pasión irracional hacia todo aquello que estuviera relacionado con los Estados Unidos y el modo de vida americano. Fue por eso que se hizo cargo del traspaso de una tienda de ultramarinos en la calle Maiquez y lo convirtió en “Lavanderia’s Gómez”, un negocio apenas visto hasta entonces y que Eliseo pretendía que se convirtiese además en “lugar de reuniones y crisol de culturas”. En la fecha en la que el único hijo de Eliseo, Tiburcio Walter Gómez, vino al mundo la lavandería era, con mucho, el establecimiento más próspero del barrio. Un coro de góspel venido directamente desde Chicago entonó el “Amazing Grace” el día que Eliseo falleció a los ochenta años de edad. Su hijo heredó la lavandería y un talento innato para regentarla.

Yo conocí a Tiburcio Walter el primero de los cientos de jueves que hice la colada en su lavandería.
El negocio seguía manteniéndose a flote y su dueño, soltero y sin hijos, vivía holgadamente disfrutando de su profesión. Poca gente en el barrio era conocedora de la extraordinaria habilidad que tenía Tiburcio en el arte de la limpieza de tejidos. Para adaptarse a los tiempos, y a la clientela, Tiburcio instaló una rocola de música que funcionaba introduciendo dólares americanos, los cuales se obtenían fácilmente en una máquina de cambio que instaló a la entrada del local.

Hasta pasado un año no establecí con Tiburcio una relación de, podríamos denominar, cordial
amistad. Las primeras veces me atendía de modo muy eficiente y procuraba explicar a los primeros
clientes, con dulzura y claridad, las normas de las diez lavadoras que tenía el local. Todas las máquinas eran autoservicio pero el dueño prestaba su ayuda, no sólo para ponerlas en funcionamiento, sino también en el servicio de limpieza de manchas difíciles que podías contratar por un bajo precio. — Imposible no hay nada, señorita — decía con una sonrisa al quedarse la prenda de la preocupada clienta. Y yo, cuando le oía, ingenua de mí, pensaba que había muchas cosas imposibles en este mundo. Pero es que como decía el anuncio “no había mancha que se le resistiera”, conocía a la perfección las fibras, las telas, las manchas de grasa no miscibles en agua no eran tratadas igual que las de vino o chocolate. Con solo tocar un tejido, casi con mirarlo, acertaba la composición exacta que mostraba su etiqueta.
Según iba pasando el tiempo me aficioné a estar cada vez más horas en la lavandería. Comencé a hacer la colada también los lunes y cuando el negocio se amplió con varios puestos de planchado
autoservicio me gustaba charlar con Tiburcio mientras planchaba con intencionada parsimonia toda
mi ropa. Fue así como me contó la historia de su familia y, cada vez más, fui conociendo al hombre
hermético y sonriente que me atendía.
—Tantas vueltas para terminar siempre en el mismo sitio— decía a menudo cuando las lavadoras
centrifugaban; y yo me reía por la metáfora de la vida que se vivía en aquel local. Da igual cual fuera
la duración del programa de lavado en cuestión, Tiburcio siempre se levantaba como si un resorte le
avisara interiormente segundos antes de que terminara para ayudarte a sacar la ropa limpia y perfumada. No tardé en darme cuenta de que Tiburcio vivía solamente para su trabajo, lo cual, para alguien tan apasionado por lo que hacía como él no era ninguna desgracia. Al principio creí que se trataba de pura timidez o falta de confianza, pero según pasaban los años fui dándome cuenta de que si no me contaba más cosas sobre su vida es porque no las había. No me avergüenza reconocer que su personalidad me fue atrayendo cada vez más y en la época en la que yo ya pasaba casi todas las tardes en la lavandería su compañía me era tan necesaria como el aire para respirar.

Y en este punto no tengo claro que para el cometido final de esta narración sean importantes los sentimientos del que escribe, pero por si fuese de ayuda en algún momento o aunque sólo sea por saciar la sana curiosidad del lector he de decir que sí, que efectivamente me enamoré profundamente de él.
Mis intentos por acercarme a Tiburcio Walter de un modo más personal o sentimental fueron en
vano. Yo pretendí por todos los medios transmitirle mis sentimientos pero ninguna proposición por
mi parte y ningún plan que conllevase abandonar el local, aunque solo fuese por unas horas, parecían
venirle bien. Cada día notaba a Tiburcio más encerrado en sus cosas: ahora lino, ahora algodón, centrifugado doble…cada vez lo veía más impenetrable y más sumido en sus propios pensamientos.

No puedo decir que Tiburcio dejara de gustarme pero poco a poco me fueron desgastando sus constantes negativas y su carácter infranqueable. Inconscientemente comencé a espaciar mis visitas
a la lavandería y fue esto, quizás, lo que me hizo darme cuenta con más objetividad de que Tiburcio
estaba perdiendo la cabeza. Poliéster, tafetán, rayón…prácticamente no sabía hablar de nada más
que no fueran sus diez lavadoras, la dureza del agua o los prelavados de agua fría y caliente. Me recordaba a los niños que repiten lecciones como loros antes de los exámenes. Le agobiaba no tener todos los conceptos al día en la cabeza y, cuando algo se le olvidaba, consultaba angustiado en los manuales y enciclopedias que se amontonaba en el mostrador.

Fue una soleada mañana de abril cuando sucedió el hecho excepcional que vengo a relatar, aquello
que guardo en mi interior y que nunca me he lanzado a contar. Salí de casa con el cesto cargado de
ropa sucia, pues hacía bastantes días que no lavaba; y, cuando llegué a la lavandería, la encontré cerrada.
Los policías precintaban la entrada y los curiosos se amontonaban en la cristalera. Me acerqué a empujones y al preguntar a un agente me contestó con una sola palabra: “desaparición”. Por lo visto hacía días que el local no abría y habían dado a Tiburcio Walter por desaparecido. Los días posteriores la gente hablaba de huida, rapto o fuga a otro país…pero nadie vio lo que yo. Nadie conocía a Tiburcio tanto como yo. Cuando toda la muchedumbre comenzó despejar la calle me quedé pegada al cristal de nuestra lavandería y allí lo vi claro. Las incontables horas que había pasado yo en aquel lugar no podían dejar pasar por alto una visión tan esclarecedora.
Era indudable; aún así volví a contar mentalmente mientras mi corazón se agitaba sin frenos.
Once. Había once lavadoras.
Y una de ellas nunca había estado allí.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Generación Ni-Ni



por Marta
                                                                                                                         

Ella lo mató, de nuevo había fracasado al medir sus fuerzas durante el estrangulamiento.

- ¡Joder, Maripaz! Si es que no es tan difícil… ¡nos has visto hacerlo a tu padre y a mí cientos de veces! Lávate la cara y pasa la fregona por tu habitación.

El cadáver había quedado de rodillas en una postura imposible que, de haber resucitado, lo habría hecho con un doloroso esguince de rodilla. La sangre brotaba de su cuello de forma rítmica y violenta.

- Con lo mal que están las cosas para conseguir sangre fresca y sana últimamente…estos niños de hoy en día es que no valoran nada. No se da cuenta que nosotros trabajamos todo el día y no estamos como para salir todas las noches de jarana. Y ahora todo el rollo del ácido y la descomposición del muerto… ¡Que mañana a las siete a mi me suena el despertador como a todo hijo de vecino!

Maripaz pasó la fregona con desgana y se tumbó en el sofá. En menos de dos minutos, con la cara sonrojada y la tripa llena se quedó plácidamente dormida.
Su madre le llamó para que la ayudara pero sólo obtuvo silencio así que ella sola arrastró el muerto hasta la bañera, soltó sus manos de las cuerdas que lo ataban y lo desamordazó arrancando de un tirón la cinta americana. Una sombra de vello negro quedó adherida a la cinta dejando depilado el labio superior del cadáver. Francis, su marido apareció soñoliento en la puerta del baño.

- Tu hija, otra vez, que no mide. Fíjate que le tenemos dicho que hay que apretar lo justito. Sólo con atontar es suficiente. Pues nada, tiene mucha ansiedad y le puede… No podemos seguir así, Francis, igual a la niña hay que llevarla a un psicólogo o algo así.

- Bueno, Charo, todos a su edad hemos hecho lo mismo, tú no te lleves ese disgusto. Ya verás como va aprendiendo. Mira su hermano. Oye, y ¿cómo está?¿se ha enfriado ya?

- Hombre, un poco rígido ya…yo estaba aprovechando un poco la parte de la ingle, si quieres rematar tú…yo voy preparando esto ¿cuántas medidas de ácido había que echar por cada medida de agua?

Maripaz movía sus párpados a una velocidad de vértigo mientras soñaba que al día siguiente le compraban el nuevo iphone 5. La calurosa noche de verano apenas movía las cortinas tras los ventanales de la casa de los Gómez Luchana. La niña envuelta en sudor dormía de nuevo cómodamente mientras emitía un sordo ronquido. Sus labios entreabiertos dejaban al descubierto una boca infantil teñida de rojo. Y luego estaba la luna, aquél uno de agosto la luna era redonda y tan blanca como el colmillo, brillante y afilado, de la pequeña Maripaz.