Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



lunes, 12 de junio de 2017

Primer premio del I Concurso de Relatos Breves Biblioteca Municipal de Castronuño

La provincia de Valladolid trae suerte a estos dos ajos literarios. Hace varios años que gané allí mi primer premio literario: un segundo premio, por aquel relato del coche que recordarán mis lectores más fieles. Esta vez es Marta la que se estrena allí, aunque ella lo hace por la puerta grande; con un primer premio y..¡nada menos que de Castronuño!! No puede inaugurar mejor su estantería de trofeos particular. 

Los ojos de Blanca Pérez Soler, protagonista del relato premiado, no pueden ser otros que los de Marta, que ya hace más de quince años que visitó Castronuño por primera vez. Recuerdo perfectamente cómo nos contó, aún emocionada, cómo vivió la tradición de los quintos que "echaban el verso" a caballo. Hoy, ese acontecimiento, junto con las vivencias que ha ido acumulando a lo largo de los años, le han servido para tejer una historia que además de llevar su sello personal, tiene como telón de fondo a Castronuño, sus paisajes y localizaciones, sus expresiones y costumbres.





Desde aquí os invito a disfrutar del relato y si queréis que la experiencia sea completa os animo a visitar Castronuño, y a deleitarse con la vista del Duero, con sus bodegas, sus gentes y, ¡cómo no! con sus molletes. Antes de terminar agradecer al Ayuntamiento de Castronuño por promover este tipo de iniciativas tan imprescindibles. ¡He dicho, señores!

María


LA RECETA DE LA FELICIDAD
1.
El móvil vibró en la mesilla de noche. El movimiento brusco me despertó. Era sábado, nueve de la mañana, mi primer día de vacaciones. Unas ansiadas vacaciones de las que no disfrutaba desde que entré en la compañía. –¿Cómo dices? ¿Castro… qué?­­– Escuché la voz atropellada que hablaba mientras me frotaba los ojos. La mujer colgó antes de que me diera tiempo a salir del letargo. Fausto Villel, primo lejanísimo de mi madre había fallecido. Hasta ahí nada especialmente relevante. El tal Fausto, moría sin descendientes; y por esos caprichos absurdos del destino y de la genealogía yo resultaba ser su única heredera: ¡Yo!¡Que ni siquiera lo conocía! La noticia venía acompañada de un evento aún más insólito; la mujer que me llamó, alcaldesa del pueblo, me comunicó que Fausto regentaba la panadería y que en dicho local se elaboraba un bollo típico del que sólo él conocía la receta originaria. ­– El mollete ­– me dijo – ¡To!..¿que no los conoces? ­– Su voz se quebró de repente. Después dijo algo sobre un testamento y me pidió que fuera allí cuanto antes. Mis vacaciones habían comenzado de la manera más extraña. ¿Cómo era posible? Yo sólo quería calma después de tantos meses de estrés. Cerré los ojos intentando relajarme, pero no pude. Cogí el móvil y metí “Castronuño” en el GPS. Doscientos tres kilómetros. Dos horas y quince minutos. Al fin y al cabo ¿qué otra cosa mejor tenía que hacer esas vacaciones?
2.
Llegué a Castronuño a mediodía. La niebla espesa parecía estar instalada en aquel pueblo. Mis esperadas vacaciones no coincidían con las del resto de los mortales, estábamos en pleno mes de febrero. Hacía frío. Por la calle no había un alma. Entré en el primer bar que encontré para tomar algo y pregunté al camarero. –No es molestia, mujer, tomate el chisme y ahora te llevo a casa de la alcaldesa–.
Me recibió la mujer peculiar con la que había hablado aquella mañana. Entre manos tenía la declaración de últimas voluntades de Fausto. –Aquí lo dice claro. Tú eres la única heredera en quien confía sus escasas posesiones– Me quedé a cuadros. Blanca Pérez Soler. Mi nombre mecanografiado en aquellos papeles amarillentos me dejó perpleja. El testamento terminaba con una curiosa frase de su puño y letra “Mis secretos se quedan en el fondo del río”, firmado Fausto Villel. No podía entender cómo un familiar lejano al que no conocía me había elegido precisamente a mí. La alcaldesa me contó que Fausto era un hombre muy querido; que el cementerio se llenó como nunca de vecinos para darle el último adiós. Su vida había sido muy austera, su única posesión era su casa ya que la panadería la había regentado siempre en alquiler. Llegados a este punto mi interlocutora mirándome a los ojos me dijo:– Confiamos ahora en ti…porque, eres tú la que tiene la receta, ¿verdad? Su rostro se mudó tenso y desolado cuando vio mis ojos abiertos como platos de incredulidad. Las lágrimas humedecieron los suyos y en una especie de sollozo gimió – No sé qué vamos a hacer sin sus molletes.
3.
Virgilio era la persona que me iba a dar las llaves de su casa. De mi casa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. La niebla seguía cubriéndolo todo. Subí por la calle Valborrada hasta llegar a la Muela, un mirador que me recomendó el dueño del bar y desde el que, en esos momentos, no se veía absolutamente nada. –Y luego baja a alguna bodega a comer un cacho­– me insistió. Las bodegas subterráneas respiraban hacia el exterior a través de chimeneas humeantes. Estaba empezando a anochecer.
Virgilio me recibió con una amplia sonrisa. Su piel estaba curtida y arrugada. –Éramos muy buenos amigos. Desde chiquitos. Y ahora que ya estoy jubilado he pasado muchos ratos con él aquí… jugando a la Calva o simplemente echando una parlada Su voz transmitía gran vitalidad pero al recordar a Fausto ésta se volvió solemne y triste.
Me abrió la puerta de la casa no sin antes alabar las extraordinarias vistas al Duero que poseía el inmueble. – Las mejores vistas de tol pueblo. Elegante– me dijo.
La casa de Fausto era un auténtico museo. Los muebles parecían muy antiguos pero estaban encerados y bien cuidados. No había un solo hueco en la pared que no estuviera cubierto de cuadros con fotografías. Virgilio me dijo que al panadero le apasionaba coleccionar fotos antiguas: de antepasados, del pueblo, de las fiestas…En el centro de la pared un cuadro de colores pintado al óleo destacaba entre las decenas de fotos en sepia. Era la vista panorámica del río que se veía por la gran ventana justamente desde el lugar en el que se encontraba colgado. Estaba firmado por Fausto. Con un poco de suerte al día siguiente las nubes podrían dejarme ver ese mismo paisaje. Si decidía hacer noche tendría que ser en la propia casa de Fausto ya que todas las casas rurales del pueblo estaban ocupadas.–Es que son los Quintos, y aquí se celebra mucho. Mañana es Domingo Gordo y los chicos corren las cintas– me dijo Pilar, la mujer de Virgilio. No quería abusar de la confianza y la hospitalidad de ambos así que de primeras decliné su invitación a cenar en su casa. – ¡Anda, bobalaverga! Ven a comer un cacho mollete con chorizo y así por lo menos lo pruebas–. No pude negarme.
4.
La velada fue de lo más agradable. El matrimonio me estuvo contando cosas del pueblo, recuerdos de su juventud, de las fiestas, de su trabajo. Virgilio había sido pescador en el río y me relató alguna de sus proezas – Todavía recuerdo aquel día que lanzamos el trasmallo y salieron más de cien peces– La cara de Pilar, sin embargo, se iluminaba cuando hablaba de los Sanmigueles de antaño –Eso sí que eran fiestas, se disfrutaba con lo poco que se tenía. Sólo eran unos días, el resto del año trabajar…y sufrir...Pero esos días eran inolvidables–. Sin darme cuenta el “medio vino” que había bebido durante la cena hacía su efecto y noté mis mejillas acaloradas. El mollete me sorprendió, era un bollo dulce anisado que combinaba a la perfección con el sabor potente y algo picante del chorizo de la matanza. – Nadie ha logrado nunca hacerlos como él– dijo Pilar–. La gente se está quedando ya sin ellos según he oído en la carnicería. Es una pena – Al ver sus ojos vidriosos me di cuenta de lo mucho que significaba, para ellos y para todo el pueblo, el mollete. Era más que un bollo, era un símbolo de lo que eran. Una especie de legado que se iba trasmitiendo de paladar en paladar y que les conectaba directamente con sus raíces. Y ahora lo iban a perder sin que yo pudiera hacer nada. Me fui hacia la casa de Fausto con una sensación de desazón que nunca había tenido.
La lumbre que puso por la tarde Virgilio en el salón había caldeado el ambiente. Saqué del armario una manta que olía a naftalina y me recosté en el sofá arropándome con ella. Por la gran ventana entraba el reflejo amarillo de una farola e iluminaba en la oscuridad la pared repleta de fotos. La plaza de toros de palos, las mujeres con cántaros camino de la fuente, niños sonrientes estrenando zapatos, jóvenes alegres fotografiados delante de las fachadas encaladas…todas las escenas que hacía unos minutos había escuchado narrar. Y en el centro el río. Ese gran río que, irónicamente, era el que veía transcurrir las vidas de toda aquella gente.  Me quedé dormida en apenas unos segundos.
5.
Amaneció con un cielo azul intenso que se reflejaba en las aguas del Duero. Era difícil no conmoverse ante la belleza de la amplia curva que trazaba el río. “Mis secretos se quedan en el fondo del río”. Pensé en las enigmáticas palabras del testamento.
Paseé toda la mañana, por las callejuelas y por los caminos que rodeaban Castronuño. Envidié la vida apacible de los pueblos, esa tranquilidad que reconforta cuerpo y alma. Me crucé con varios lugareños –¡Bueno…!– Todos me saludaban sin conocerme.
Golpearon a la puerta de casa. Eran Pilar y Virgilio vestidos con sus mejores galas. –Vamos, que ya estarán los quintos en el Ayuntamiento y tienes que oírles echar el verso debajo del avión.– No entendí nada pero de repente me sentí una más en aquel pueblo al que hacía apenas veinticuatro horas acababa de llegar. Me colé entre el bullicio de la gente y escuché con atención cómo aquellos jóvenes relataban las historias de su vidas y las de sus familias. Cómo el público se emocionaba cuando mentaban a algún vecino ausente o cómo rompían en aplausos cuando el quinto en cuestión acababa su verso con un enérgico “¡He dicho, señores!”. Un espectáculo digno de ver.
6.
Abandoné el ambiente festivo y caminé hacia la casa de Fausto. Era ya hora de volver a Madrid. Estos días habían sido una experiencia inolvidable, pero ya no tenía mucho que hacer allí. Por desgracia no podía ayudarles en aquello para lo que me habían llamado. Más adelante volvería, eso seguro, de alguna manera el destino así lo había querido.
Recogí mi pequeña maleta. Fui tocando con mis dedos los muebles recios del salón y me quedé mirando por última vez la pared con fotos y el cuadro. “Mis secretos se quedan en el fondo del río”. Me acerqué al cuadro lo suficiente como para poder reparar en las pinceladas del azul del río. ¿Qué me quisiste decir, Fausto? De repente algo impulsó las yemas de mis dedos hasta tocar el lienzo.”…En el fondo del río”. Sonreí sin saber porqué. No soy muy dada a creer en prodigios que no se puedan explicar científicamente pero en ese instante percibí una conexión difícil de expresar. Sin dudarlo agarré el cuadro con los brazos abiertos y lo descolgué nerviosa. Allí estaba. Una caja fuerte incrustada en la pared. Estaba abierta. Ahora me parecía todo tan evidente…
Aquel descubrimiento era mucho mejor que lo que se debía sentir al encontrar un cofre de monedas de oro. Metí mi mano temblorosa en la caja y saqué un papel. Era una fotografía. La más importante de toda la colección. “Mamá y yo”, ponía. El niño que fue Fausto sonreía felizmente a la cámara. Llevaba un mandil puesto y tenía las manos y la cara llenas de harina. A su lado, agachada y agarrándole por la cintura, estaba su madre; también manchada de harina y sonriendo a su hijo con orgullo.
Miré la oscuridad del interior de la caja fuerte. Un papel más aguardaba en el fondo. Amarillento y doblado cuidadosamente. Un aroma dulce de anís lo envolvió todo. 



lunes, 3 de abril de 2017

CULLERA 12:38

por María y Marta
 
En el preciso instante en el que Marita Colmenar salió del agua el recién jubilado del bañador azul clavó el “aplicador” en la arena. El nombre de “aplicador” lo había puesto su mujer, que era de letras puras, y que se le daba muy bien poner nombres. Dicho artilugio de plástico, que supuestamente permitía clavar la sombrilla con mayor facilidad, había sido un boom de ventas entre la tercera edad. Él llevaba aplicando su sombrilla en la arena de Cullera desde el año noventa y nueve en el que compraron el apartamento, pero ésta era la primera vez que lo hacía estando jubilado. Era un cambio importante, sin embargo, él no notó ninguna diferencia.

Cuando Marita Colmenar surgió del agua la joven del bikini rosa flúor cambió la canción de su ipod. De “Stand by me” a “La Gozadera”. Un cambio radical, pero ella ni se inmutó. El movimiento rítmico de su pie derecho siguió siendo el mismo. En el tobillo llevaba un tribal tatuado. De todas las intervenciones por las que había pasado su cuerpo, ésa había sido, sin duda, la más dolorosa. Si cerraba los ojos, todavía podía sentir la maldita aguja pinchando en el hueso. El rosa, por cierto,  ya no era tan flúor como el verano pasado.

La salida de Marita Colmenar coincidió con el momento en el que la mujer que caminaba por la orilla veía un testículo al hombre de la sombrilla de Cruzcampo. Lo vio de pasada, de refilón, mientras caminaba hacia su toalla. Un testículo rebelde que se escapaba de la redecilla del bañador. Lo cierto es que desde que se quedó viuda no había vuelto a ver ninguno. Pero no sintió nada, ni el más mínimo rubor ni cierto asco. Nada. Siguió caminando a paso ligero, su peso pluma apenas dejaba una tenue huella en la orilla.

En el justo segundo en que la silueta de Marita Colmenar abandonaba el mar, la chica hippie de la cinta morada en el pelo buscaba distraídamente un mechero en su bolsa del Banco Santander. La bolsa, la esterilla y la silla reclinable las había heredado de sus tíos, fallecidos sin otra descendencia, junto con la propiedad del pequeño pisito en cuarta línea de playa en el que se había instalado sin fecha de salida. Se sentía pletórica, por fin aquellos dos deshechos por los que nunca sintió ningún cariño se habían ido al hoyo. Lo que nunca sabría, ella ni nadie, es que aquellos no tan inocentes ancianos podrían haberla hecho multimillonaria de haber recibido mejores atenciones por su parte. Las cuentas de cifras mareantes diseminadas en diversos paraísos fiscales se perderían para siempre, como su mirada aquella mañana en el azul del océano.  

Al mismo tiempo en que Marita Colmenar emergió de las aguas del Mediterráneo las dos niñas del balón hinchable de Nivea se reían nerviosas. Llevaban un buen rato observando disimuladamente los pezones erguidos de las dos alemanas que hacían top less dos toallas más a la derecha. Las germanas, oriundas de Stuttgart, ya habían mudado la piel, del blanco lechoso al coral en sólo dos días de playa.   

El grupo de adolescentes no estaban mirando hacia el mar en el instante en el que Marita Colmenar surgió de entre las olas. Los adolescentes no solían nunca mirar el mar. Bajaban sin sombrilla, con gafas de sol y gorra. Jugaban a las cartas y a veces al fútbol. Pero se cansaban rápido, se cansaban de todo rápido. Se sentían incomprendidos, maltratados por sus padres, por sus profesores y por la sociedad. Y a nadie parecía importarle. Ellos habían venido al mundo para soñar, para hacer algo grande, para ser reconocidos. Pero, incluso todo eso podía esperar, ellos habían venido ese verano al Levante español para follar.

Yo fui una de las pocas personas que vieron salir a Marita Colmenar del agua. Fui de las pocas personas que vi como el mar la devolvía, ya sin vida. Hacía un rato también la había visto meterse,  feliz y decidida. Me había fijado en ella porque sonreía diferente, estaba relajada, en paz.  Y la verdad es que a mí me dio envidia. Yo estaba pensando en mi desgracia, en mi divorcio, en las pocas ganas que tenía de vivir.

 

domingo, 1 de enero de 2017

Microrrelatos Espejos

Para terminar el año, como es habitual, Cabezas de Ajo participa en el concurso de microrrelatos que celebra nuestro colectivo literario Renglones de ficción. Este año la temática era: los espejos. Aquí os dejamos nuestros dos micros. ¡Feliz año, lectores!


ATRAPADOS                         por María

"Dicen que en los espejos se quedan atrapados los recuerdos de las personas que los usaron"

Hace meses que Julia no sale a la calle. Su vida transcurre de la cama al sillón y viceversa. Su conversación se reduce a monosílabos que, de un tiempo a esta parte, empiezan a escasear. Marta enciende la televisión casi todo el día “para que le haga compañía”, aunque la expresión inmutable del rostro de Julia no opina lo mismo. Julia no recuerda su nombre.

Sin embargo, los lunes por la mañana sucede algo mágico. Es la hora en que Marta lleva a Julia frente al espejo del salón y se ocupa de peinar y masajear su cabeza, de cortar su cabello cuando lo estima oportuno, de mimarla. Y entonces Julia abre mucho los ojos, sonríe, las aletas de su nariz se mueven como si tuviera otra vez delante, como cada domingo de antaño, sus alabados callos con garbanzos. Una cascada continua de gestos inundan su semblante para terminar con un “te quiero”, que pronuncia coqueta con sus labios recién pintados.


23:59                                por Marta

Quedaban menos de cinco minutos para la medianoche. La luna llena iluminaba Madrid. Luis cerró la puerta del piso; echó la llave y los dos candados. Los nervios seguían apoderándose de él. Intentó tranquilizarse. Bajó las persianas y comprobó de nuevo la llave. Estaba solo en casa, lo de siempre, no hay problema. 23:59. El cuerpo de Luis se tensó, llamaron al timbre. ̶ ¡Váyase! ̶ soltó abruptamente. Miró por la mirilla: de nuevo aquel joven estudiante que se sacaba unas pelas haciendo encuestas. No se iba. Luis abrió la puerta y le dejó pasar deslizando silenciosamente el candado a su espalda. ̶ Discúlpame que vaya al baño, ahora mismo estoy contigo ̶ dijo Luis amablemente.

Apoyó las manos en el lavabo y sus ojos angustiados miraron al espejo. Estaba a punto de ocurrir. Sus orejas adquirieron movimiento repentino y, como por arte de magia, los poros de su piel se empezaron a abrir para dar paso a un vello oscuro que cubrió sus pómulos. Después su frente, su cuello. La angustia desapareció y su estómago se relajó.

Sonrió al espejo dejando ver sus afilados y blancos colmillos.