Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



jueves, 25 de diciembre de 2025

PELUQUERIAS DE TODO PELAJE

 

Para todos aquellos que se identifiquen conmigo, sé que existen.

por María

Hoy quiero hablaros de peluquerías, porque es un tema que realmente me conmueve. El tipo de persona que uno es puede deducirse de la relación que ha mantenido con las peluquerías a lo largo de su vida, de ahí que esto que voy a escribir, aunque va de pelos, va también de la vida: esa que se nos escapa mientras pasamos tres horas en estos salones de belleza. ¡Ay! La belleza, otro gran tema de la humanidad.

Yo nací con el pelo rizado y, pese a ser un hecho palpable y evidente —así lo demuestran las fotos de mi más tierna infancia—, nadie debió saberlo, o cuando menos asimilar o aceptar tal condición. Y así fui creciendo, con una densa cabellera sobre mi cabeza, claramente incomprendida. Ya con unos ocho o nueve años, las imágenes gráficas de la época dan cuenta de los intentos de domar aquella melena, del empeño por convertirla en un pelo largo y liso, sobre todo liso. Por supuesto, ella se rebelaba: no estaba en su naturaleza y, cuando las cosas se fuerzan de ese modo, lo más normal es fracasar estrepitosamente.

Los recuerdos que guardo de las peluquerías de mi infancia no son los de caros salones de belleza a pie de calle, sino los de pisos sin letrero, casas humildes con un par de lavabos y secadores de pie; lugares donde el sofá del salón hacía las veces de sala de espera.

Mi abuela Lola y su vecina Carmen eran fijas en una de estas peluquerías de barrio. Dos hermanas, cuyo recuerdo nítido ha venido hoy a mí mientras escribo esto —María y Paquita—, regentaban una de aquellas peluquerías modestas en un piso.

Mi abuela tenía peluquera, o al menos la tuvo durante muchos años, hasta que el negocio cerró. Y esto no es fácil de conseguir: tener peluquera. ¡Ay! Se me antoja casi inalcanzable

Me acuerdo de ir a esa peluquería en bastantes ocasiones, a veces acompañando a mi abuela o a mi madre, y otras como joven clienta. Mi hermana también solía estar presente en estos recuerdos y no pocas veces nos hemos reído al traer a la memoria aquella vez en que esperábamos aburridas en el sofá del salón de esa casa cuando, de golpe, se abrió la puerta mientras cantábamos y coreografiábamos una vieja copla que decía “debajo de la capa de Luis Candelas, mi corazón amante vuela que vuela”.

No sé si las sorprendidas fuimos nosotras o la persona que abrió la puerta al encontrarse con dos niñas de seis y nueve años cantando una canción que, a finales de la década de los ochenta, tampoco creo que estuviera entre el top ten de lo más escuchado.

Tanto en esta peluquería como en las que visité a lo largo de los años, hasta aproximadamente mi mayoría de edad, hubo una cosa en común: ninguna de ellas —ni ninguno de sus peluqueros— descubrió la verdadera naturaleza de mi pelo. Se empeñaban en alisarlo y en obligarlo a vivir fuera de su personalidad.

Fruto de ese desconocimiento, tuve que someter a mi cabello —y con él, a mi persona— a momentos duros, como aquel en el que se decidió que lo mejor era cortar el pelo cortito a la niña. El corte no resultó especialmente favorecedor y, con él, la niña pasó a ser vista por mucha gente como el niño, ya que en varias ocasiones me llamaron chaval.

Después de aquel corte vinieron distintas etapas. Cabe destacar la época de la seta, o aquella otra en la que una peluquera diabólica pensó que lo más adecuado para una adolescente de dieciséis años era rapar gran parte de su cabellera —casi al cero— con la excusa de quitarle volumen, dejando que el resto del pelo tapara esa zona rapada, que solo asomaba por los laterales o cuando me hacía cualquier tipo de coleta o recogido. Creo que, si la hubiéramos denunciado, esa teórica profesional del cabello podría haber acabado entre rejas. Pero no solo no la denunciamos, sino que el corte no debió de parecernos mal, ni a mi familia ni a mí, que incluso compramos una maquinita para “esquilarme” —así lo llamábamos en casa—.

Sin embargo, alrededor de mis dieciocho años tuvo lugar un acontecimiento que cambiaría mi relación con mi pelo, que no con las peluquerías. En una de esas peluquerías nuevas que probé —en este caso, una que frecuentaba la madre de una amiga, afortunada ella, que tenía sitio fijo— le dije a la peluquera que quería hacerme la permanente rizada. La mujer, tocando mi cabello —tan informe, encrespado y voluminoso como siempre—, me preguntó cuándo había sido la última vez que me había hecho la permanente. Yo le respondí que nunca. Me dijo entonces que para qué quería hacerme la permanente rizada si ya tenía el pelo rizado.

Sé que al lector este hecho puede parecerle difícil de creer, pero lo cierto es que, aunque había visto fotos de mi infancia con el pelo rizado, tuvieron que pasar dieciocho años de mi vida para que una completa desconocida me descubriera algo que debería haber sido evidente y no lo fue: ni para mi familia, ni para mí, ni para el resto de los peluqueros a los que había ido.

Aquella mujer mojó mi cabello, moldeó mis rizos con un poco de espuma, lo secó con difusor y, voilà, se hizo la magia. Salí de aquella peluquería convertida en una mujer de pelo rizado y sin haber pagado dinero por ninguna permanente. Recuerdo incluso la ropa que llevaba ese día, que pasaría a la historia para mí.

Uno podría pensar que esa mujer, ese pedazo de profesional que había hecho un descubrimiento que nadie antes había sido capaz de hacer, debería —con todo merecimiento— haberse convertido en mi peluquera de cabecera. Nunca mejor dicho. Pues no. Lo cierto es que la peluquería me pillaba bastante alejada de casa, a casi una hora en transporte público y, en honor a la verdad, en asuntos de peluquería soy bastante infiel. A diferencia de otros aspectos de mi vida, donde valoro especialmente la fidelidad y la lealtad, en cuestiones capilares soy claramente promiscua.

Cuando pudiera parecer que visito varias veces un mismo sitio, incluso que podría forjar cierta relación personal con la peluquera de turno, otra peluquería se cruza en mi camino. Algo, de repente, me lleva por la senda de la perdición y ahí está: dejo de tener peluquera. Sin embargo, no he dejado de intentarlo. Y en estos intentos, a veces arrastro a mi hermana, a mi madre o a mi suegra. O son ellas las que me arrastran a mí.

Fruto de estas idas y venidas acabamos en una ocasión en una peluquería del centro de Madrid que frecuentaba una amiga de mi madre. Aquella amiga no tenía ya peluquera de referencia, sino peluquero, algo que por entonces no era tan frecuente, y una podía llegar a creer que, por ser hombre, tendría las manos del mismísimo Llongueras. Con esperanza acudimos a que el tal Benito —así se llamaba— pudiera acogernos entre sus manos y rescatarnos de ese vagar por la vida.

Pero no. Benito tampoco consiguió ser nuestro peluquero más que aquel día. Lo que sí pasó a la posteridad aquel día fueron dos hechos ocurridos en aquel local. El primero fue que, al ver mi pelo, pusieron el grito en el cielo preguntando quién me lo había cortado. Yo mentí diciendo que había sido una amiga en prácticas, que estaba estudiando un módulo de peluquería. No me atreví a decir la verdad: la peluquera en prácticas había sido mi hermana, que estaba sentada allí a mi lado y que algún día debió de hacer algún experimento con mi pelo.

¿Podríamos considerar a mi hermana como una más de las peluqueras a las que desprecié?

El otro hecho mítico —de los mejores que se han visto en nuestros lugares— ocurrió cuando la peluquera que me estaba lavando el pelo me preguntó, así de sopetón, si quería “hidratarme”. Yo, desde mi posición de inferioridad, ahí sometida, con el cuello apoyado en el lavabo y la mirada fija en el techo, conseguí vencer la vergüenza para preguntar: ¿eso qué es y cuánto cuesta?

El caso es que el dichoso tratamiento costaba lo mismo que la oferta de lavar, cortar y peinar a la que yo había acudido, así que decliné hidratarme. Y fue entonces, en ese preciso instante, cuando una voz de ultratumba procedente de mi compañera de lavabo —con un par de toallas empapándole la cabeza y que había oído toda nuestra conversación— preguntó si eso era lo que le habían hecho a ella.

Efectivamente, aquella mujer había sido víctima de un tratamiento de hidratación no deseado y, en aquel momento estaba siendo consciente de lo que iba a suponer para su cartera. Aún me da la risa recordar la indignación y los vituperios que dedicó a la peluquera que se la había colado.

Podría eternizarme en este relato si os contase todas las peluquerías que he visitado a lo largo de mi vida, o todas las anécdotas que he vivido en ellas, como aquella vez en la que compré un cupón con una oferta por lavar, cortar y teñirme el pelo. Cuando llegué y la peluquera vio entre sus manos la cantidad de material con la que iba a trabajar, me dijo que esta vez aceptaban el cupón, pero que en otra ocasión me tendrían que cobrar un suplemento de casi el doble ya que conmigo gastaban mucho producto. Me hubiera gustado responderle que si acaso a las que tenían poco pelo les cobraban la mitad, pero este tipo de respuestas no se me ocurren en el momento adecuado. Tampoco hubo siguiente vez, aceptar una penalización por mi cantidad de pelo ya hubiera sido el colmo.

En algunas ocasiones he sido esa señora que da propina a la peluquera que la atendía, sintiéndose parte de una ceremonia reservada solo para quienes gozan de cierto grado de intimidad. También hubo peluqueras con las que simpaticé algo más, conociendo un poco de sus vidas y compartiendo algo de la mía, pero la verdad es que nunca llegué a sentirme cómoda con ese nivel de confianza. Prefiero mantener cierta distancia profesional y, sobre todo, seguir leyendo mi libro. O quizá mi subconsciente sepa que no debo encariñarme con ninguna porque, tarde o temprano,  las pondré los cuernos.

El sábado pasado visité una peluquería nueva. A mitad de la mañana se les acabó el termo de agua caliente, y el segundo lavado me lo tuvieron que hacer con agua más bien fría. Se disculparon y me explicaron que estaban pendientes de que lo cambiaran, pero que el técnico no había podido ir ese día. Lejos de desagradarme me pareció un hecho real, un ejemplo de cotidianidad en un lugar donde no debiera permitirse. Bromeé con el chico que me lavaba diciéndole que hoy en día estaba de moda las inmersiones en agua fría por sus beneficios para la salud.

Después de mí entró una chica que debía conocer mucho a las dueñas: la saludó con un beso, se levantaba y se movía a sus anchas por la peluquería y después se despidió hasta la semana siguiente. Esa mujer era un auténtico ejemplo de clienta perfecta de una peluquería fija. Si las peluquerías fuesen campos de fútbol y las clientas jugadores yo estaría jugando un partido de tercera regional y esa chica era Lionel Messi. Después entró Faustina que tenía gran carácter pese a su ya avanzada edad y no quería cortarse, aunque su hija y la peluquería insistían en que debía hacerlo. Otra mujer a mi lado también era llamada por su nombre. Formaban toda una gran familia en donde la única intrusa era yo. No sé si volveré.

Tras escribir estas líneas me he dado cuenta de que el hecho de no tener una peluquería fija me ha dado bastantes más satisfacciones de las que creo que hubiera tenido si llevase treinta años en el mismo sitio. Sí, es verdad que cada vez que pruebo una nueva es como empezar de cero, pero al menos ahora ya conozco mi pelo: un pelo rizado —o, como se dice ahora, curly— que usa productos sin sulfatos, un pelo al que se le hace co-wash o se le echa leave-in, un pelo al que se le hace scrunch para “definir” los rizos, en definitiva, un pelo con el que ya estoy reconciliada.

El tema de si dejarse o no las canas ya lo dejamos para otro día.

 

 

 

 

 

lunes, 20 de octubre de 2025

Karma

 

Por Marta


Somos la hostia los ácaros. Pero la hostia de verdad. No podría hablaros de cifras porque son abrumadoras y tampoco hemos venido aquí para eso. Pero para que os hagáis una idea: casi cincuenta mil especies descritas, uno de los grupos más antiguos de animales terrestres, también hemos colonizado el medio marino y dulceacuícola. ¡Échale guindas al pavo!

Y luego estamos los que tenemos la super capacidad, como digo yo. Esa que los humanos no tienen porque ellos qué saben… si son unos mediocres que encima se creen los más listos. Y hablo de buena tinta porque yo antes era uno de ellos, que me creía el rey del mambo. Hablo de la super capacidad de recordar quienes fuimos en una vida pasada. Sí, quiénes fuimos antes de reencarnarnos en lo que somos ahora, en mi caso de humano a ácaro. Y me acuerdo de todo con pelos y señales. No creas que nos pasa a todos, que algunos les preguntas y nada: “yo, ácaro, ácaro de toda la vida”. Pues nada chico, ahí te quedas, yo me piro con los que tengan algo más interesante que contar.

Tampoco pienses que es fácil encontrar ácaros de la hostia como yo, porque de los que recuerdan algo de la vida anterior luego están los que fueron antes medusa, o babosa, o los que fueron alga… ¿alga? Vamos, no me jodas. Yo por lo menos tengo mis batallitas, mis historias que contar… anda que no las liaba yo con el Chini y el Rulas. De todos los colores. La verdad que ahora de ácaro se está de la leche, viviendo con lo justo, pero no creas que me las apaño mal, que hace poquito he tenido mi primera puesta y… unos veinte o treinta huevos que han salido. Y luego, el resto del tiempo, a comer y tranquilo en el sofá. Como en los viejos tiempos en nuestro pisito de solteros, “los Tres Mosqueteros”, nos hacíamos llamar. Me alimento de escamas de piel humana y en la mantita del salón me pongo morado. Antes era todo el día a birras y a pizzas, pues ahora parecido. Me falta coger el puntito, un pelín de alegría, eso sí… aquí todos los ácaros van bastante a su bola y ninguno se enrolla como hacíamos antes los tres cuando nos liábamos nuestros porritos de tranquis en el sofá. Ahora es, básicamente, pillar la escama de piel y a darle. Con los quelíceros y pedipalpos. Me ha costado aprenderme los nombrecitos, no creas. Pero ¡menudas herramientas! la mía es quelado-dentada y corta que no veas. No como aquel cortapizzas que compró el Rulas. Menudo cutre el tío, siempre tan miserable con el dinero. Siempre dejándonos a deber al Chini y a mí. Menos mal que éramos como hermanos porque había que estar siempre detrás de él. Págame la compra, páganos el recibo de la luz, nos debes tu parte del alquiler. Hasta las narices me tenía. Así que claro, él tampoco se podía quejar mucho, porque su parte de la apuesta de aquel Euromillón nunca me la pagó. Todas las semanas teníamos que estar persiguiéndole. Que sí, que es verdad que cada semana lo echábamos uno y había veces que se nos pasaba poner a cada uno sus céntimos…pero joder, cuando no toca lo dejas pasar, pero cuando te toca esa cantidad…ahí te tienes que poner estricto porque ya son cosas serias. Y él ese viernes no había dejado su parte en el mueble de la entrada y se lo puse yo de mi bolsillo. Las cosas como son.

Lo del Chini es otra cosa, él siempre pagaba todo al día. Pero la realidad es que a él nunca le ha faltado de nada, ni en su casa con sus papás ni después. Por mucho que se emancipara y quisiera hacerse el “hippie” los padres han estado siempre detrás…anda que no tienen pisos, inversiones y cosas de las que ir tirando. Naces en esas familias y ya es como si te hubiera tocado la lotería, así que bueno…él debió cabrearse un huevo también, pero hay que ser realistas: a él no le hacía tanta falta como a mí.

La peor parte de lo de ser un ácaro es que tampoco creas que sé cuánto voy a vivir…he preguntado y algunos dicen que un par de meses, otros que quizás tres…me parece poco sobre todo porque tampoco sé si esto de la reencarnación es sólo una vez o son infinitas, y, quieras que no, acojona un poco pensar en qué será lo siguiente. Se oye que dependiendo un poco de lo que hayas hecho en esta vida así será la siguiente …pero tampoco te puedes fiar. Yo de humano creo que fui un tío de puta madre, y ahora de ácaro igual. Así que no tiene porqué tocarme planta, o alga, o alguna movida de esas que, sinceramente, la veo un pelmazo. Siendo ácaro, desde mi mantita del sofá he visto un documental en el que dicen que algunos árboles viven miles de años. El Pino Matusalén casi cinco mil años y el Alerce milenario más de tres mil. Así que prefiero quedarme como estoy… espero que el dueño de la manta no tenga la feliz idea de lavarla porque lo del agua y el jabón para nosotros es una de las muertes más crueles.

Lo que fue una canallada fue lo que me pasó después del Euromillón. Después de cobrar la pasta y huir del país fui directo a Módena a probar el Maserati MC20, un superdeportivo con motor V6 biturbo de tres litros. Seiscientos y pico caballos. Menudo bicho. Se puso de cero a cien en 2,9 segundos. Así que imagínate cuando le pisé a fondo…yo no estaba acostumbrado a semejante proyectil. Debí salir volando por la tangente, quizás me estrellé contra un árbol… fueron milésimas de segundo y en seguida ya estaba en mi mantita, saliendo de mi huevo convertido en una preciosa larva de ácaro. Un ácaro de la hostia.

domingo, 23 de marzo de 2025

GÉNESIS

                                                                                                                                                 Por Marta


En el comienzo de todo se creó un patio de colegio. Un lunes. El patio tenía forma rectangular y un portón de entrada azul marino del mismo color que el uniforme del colegio. El patio estaba en calma pero un director vino y dijo: Abramos el colegio. Y se abrió el colegio. Y al ver que los niños jugaban juntos no los separaron. Y hubo día y hubo noche.

El segundo día, un martes, dijo la maestra: Mirad arriba, que caen judías. Y se hizo el cielo y también el suelo. Y éste era de cemento rojo y todas las suelas de todos los zapatos de todos los niños del colegio fueron rojas para siempre. A veces también las barbillas, a veces también las rodillas. Fue así como se separó el cielo de la tierra.

El miércoles un niño tuvo sed y pusieron una fuente de piedra en mitad del patio. De aquella fuente manó el agua fresca sólo durante un día y luego se bebía siempre agua en el baño, pero la fuente nunca dejó de llamarse fuente, y la piedra nunca dejó de ser piedra para desgracia de las cabezas de los niños.

El cuarto día, cuando el director vio que todo estaba bien dijo: que haya un recreo por la mañana y un recreo del comedor. Y el primero fue una jungla verde con árboles, frutos y animales salvajes. Y el segundo fue un desierto, con sol, alacranes y sin oasis.  Así se separó la mañana de la tarde.

El quinto día viendo que había cielo, tierra, jungla y desierto se crearon los monstruos marinos, las criaturas abisales del fondo del patio, las alimañas solitarias y las bestias en rebaño. Nadie dijo a éstos fructificad y multiplicaos, pero así lo hicieron. Y desde entonces juzgaron sin motivo a animales y plantas, señorearon por las canchas de baloncesto, plantaron semillas de odio que florecieron en un vergel de adelfas venenosas.

El sexto día matricularon en el colegio a la niña. Y esa niña, con cuerpo humano y alma de pez, desembarcó en el patio. Por las mañanas le temblaban las piernas y se le caían los mocos mientras su padre le desabrochaba los botones del abrigo con una sola mano. Cantaba canciones en las esquinas del patio en el recreo de las mañanas y la única vez que jugó al “rescate” nadie la rescató. No dio un beso, no dijo una verdad y no tuvo un solo atrevimiento. Trepaba a un columpio que los niños llamaban “el castillo” y en lo alto chupaba los barrotes de hierro hasta que el sabor metálico le dejaba dormido el paladar.

A la hora de comer solo comía pan y se guardaba los macarrones con tomate en los bolsillos del babi. En el recreo del comedor metía la cabeza entre los barrotes de la verja del patio buscando la salida y como no la podía sacar se quedaba encajada durante horas llorando y mirando a la gente que pasaba por la calle.

Otras veces, cuando la niña pez se cansaba de meter la cabeza en los barrotes, se iba al “cubo” El cubo tenía cuatro paredes de cemento y en lo alto una tapa de chapa metálica cerrada con un candado. Estaba en mitad del patio y nadie sabía qué contenía ni qué hacía allí. Se subía en él y apoyaba la mejilla en la chapa caliente y pensaba que dentro había un pozo o un tobogán que comunicaba con otro patio de colegio, al otro lado del mundo, donde había un niño con su oreja apoyada en la fría chapa. Un tobogán por el que escapar que atravesaba la Tierra por su núcleo y llegaba a otro desierto donde había un niño con cuerpo de humano y alma de reptil.

Se hizo la noche y, por fin, llegó el domingo. El suelo del patio seguía rojo, el portón azul y la fuente seguía siendo de piedra. El director del colegio recibió un nuevo destino, la maestra unas merecidas vacaciones, los monstruos abisales malas calificaciones.  Pensando en el niño lagarto la niña pez chupó durante largas horas sin descanso el candado de la tapa del cubo. Chupó y chupó hasta que su lengua se volvió de lija y el candado por fin cedió. Abrió la tapa y, cuando nadie la miraba, o cuando nadie la quiso ver, la niña se coló dentro del cubo de cemento y, por fin, al séptimo día, descansó.