Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



viernes, 13 de agosto de 2010

Número serás

por María





Sobre tu tumba, tiempo después de tu muerte, encontré una alianza matrimonial. Solía ir cada tarde a verte, a sentarme sobre el mármol que nos separaba, a repasar con mis dedos las letras doradas de tu nombre, de tus fechas. Porque ya sólo eras unas fechas, mil novecientos sesenta y tres, guión, dos mil nueve. Nunca entendí por qué era necesario grabar los años en las lápidas, en las esquelas. Esconde cierto morbo. Hay algo de querer etiquetar nuestro recorrido, como si fuera necesario resumirnos.

Quien lea tu lápida y no te conociese dirá: Pobre hombre, murió joven. Y eso serás, un nombre anónimo contenido en unos números al azar. Hace poco volviste a ser un número. Yo escuchaba la radio y de repente en las noticias algo que me llenó de furia, de la más absoluta impotencia por vivir en este mundo. La voz aséptica de la locutora decía algo así: Durante las vacaciones de Semana Santa, la Dirección General de Tráfico desplegará un dispositivo de catorce mil agentes con el objeto de consolidar los datos del año dos mil nueve, especialmente bueno, dónde sólo se registraron cuarenta y seis muertos. Ahí estabas tú, eras uno de esos cuarenta y seis. Pero no te preocupes que aunque te mataste las estadísticas te registran como una de esas muertes que hacen bueno un año. Al escucharlo se me puso un nudo en la garganta y lloré de rabia. Uno se muere y el mundo sigue, pero ¿sería mucho pedir que no contaran muertos como el que cuenta manzanas?

Cogí el anillo de oro y miré la inscripción en su interior. Sonreí. Por fin ibas a ser sólo para mí. Leí tu nombre y la fecha de tu boda. Otra vez unos números, un día de hace casi veinte años que ahora tu viuda estará deseando borrar de su existencia. Sin duda ella había descubierto nuestra relación, nuestras cartas, la pasión ferviente que nos unió durante tantos años. Entonces entendí que se había desprendido del símbolo de ese vínculo, de tu traición. Para mí también eres un número, la fecha de hoy, porque desde hoy, guión eternamente ya no te comparto con nadie. Aunque sólo te pueda demostrar mi amor sobre tu tumba.

domingo, 4 de julio de 2010

La Gran Estafa



Por Marta


Nueva York está a mis pies. No soy King Kong, soy limpiacristales del Rockefeller Center, uno de los edificios más altos de la ciudad.

La isla de Manhattan es realmente maravillosa. A lo largo de sus más de veintiún kilómetros de largo y casi cuatro de ancho está contenido, seguramente, lo mejor y lo peor de este mundo. Una especie de Arca de Noé del siglo veintiuno. Desde lo más alto del edificio puedo divisar toda su extensión y contemplar la colmena de construcciones que se extiende bajo mis pies. Algunas veces evito mirar hacia abajo e imagino que la isla no es más que una alfombra, una alfombra por la que camino torpemente intentando no tropezar con los edificios más altos.

Todos los días disfruto contemplando el devenir de la ciudad. El amanecer de Nueva York es uno de los mejores momentos del día, sin duda. El tiempo se detiene y durante algunos instantes tengo la sensación de que la ciudad nunca va a despertar. Pero siempre me equivoco, Nueva York siempre despierta. La marea de taxis amarillos comienzan a inundar las calles y poco a poco el movimiento empieza a ser perceptible desde mi posición. El anochecer, sin embargo, me resulta fugaz. Como si del decorado de un teatro de Broadway se tratara, de repente se produce un baile de colores que trae una oscuridad aderezada por miles de lucecitas amarillas. Dicen que Nueva York nunca duerme, yo creo que con tanta luz no le dejan dormir.

Es curioso fijarse en este tipo de cosas, pero si hay algo que me gusta es observar a la gente, que es lo que realmente da vida a la ciudad. El hombre del impecable traje negro y corbata azul que habla desde su telefóno móvil no es un “yuppie” que cerrará esta mañana un importante negocio. Su compañera de oficina que le acompaña acelerada, café en mano, tampoco está enamorada de él y no va pulcramente depilada. Él, casado desde hace años, habla con su mujer porque su hijo tiene fiebre y han de ir a buscarle a la guardería. Ella está a punto de ser despedida de la empresa, acaba de cumplir los cuarenta y vive con su madre viuda.

La joven rubia sentada bajo el árbol en Central Park no es una estudiante de duodécimo grado que será admitida en la Universidad de Harvard. Tampoco va a pertenecer a una hermandad femenina llamada Alpha. Lo cierto es que lleva un estricto tratamiento mediante píldoras para acabar con el acné y atiende en la lavandería propiedad de su padre.

La señora gorda que espera al autobús no acostumbra a alimentarse de comida basura. Aborrece las hamburguesas. Lo cierto es que padece un problema de tiroides y procura hacer ejercicio todos los días caminando desde Harlem hasta su trabajo. Aunque es negra no tiene ni idea de gospel y no ha cantado en su vida.

Cuando llegas a vivir a Nueva York te crees afortunado porque desde ese momento tu vida va a formar parte de esas otras vidas de película que tan bien conoces. Sin embargo pronto te darás cuenta de que en Nueva York te sigue molestando el juanete del pie izquierdo, tu madre sigue llamando para recordarte lo que debes hacer y para colmo a la salida del trabajo no te estará esperando la rubia de tus sueños. Siento darte esta mala noticia, sobre todo si aún vivías en la ignorancia, pero en Nueva York los árboles son árboles, los perros, perros y la gente, simplemente gente. Seres humanos que tropiezan cuando caminan por la calle, que sienten que la rutina les aplasta, que se sienten culpables cuando no hacen algo bien y que en muchas ocasiones se sienten solos en una gran ciudad. Gente a la que le huele el aliento por las mañanas, que van al cuarto de baño con un periódico en la mano y que tienen ardor de estómago tras una comida pesada. Y eso es lo que realmente hace maravillosa a esta ciudad: ser capaz de mantener ese gran secreto.

martes, 8 de junio de 2010

La suerte de la Diosa

por María


Esa fotografía te impacta mucho más que cualquier otra de la Guerra Civil Española. No hay muertos, no hay heridos ni rastro de sangre. No hay cuerpos famélicos, ni rostros desfigurados por el dolor. Es extraño, pero te impacta tanto por la contradicción que supone.


Con diez años pensabas que el mundo se acababa. Tenías miedo. Apenas sabías nada, pero oías palabras sueltas: Golfo Pérsico, Irak, Kuwait, Sadam Hussein. Y guerra. Recuerdas una conversación con tus compañeros del colegio, en aquella clase con grandes ventanales, esa que tenía un nombre tan raro: aula de pretecnología. Todos estabais asustados, tristes. Piensas en guerra y lo ves todo color verde. El verde de los uniformes gastados de los soldados. Curioso. Verde, color de la esperanza.
Pero eras una niña y ya sabemos que a esas edades todo se magnifica. Hubo guerra, pero no para ti.
La asignatura de Historia te parecía de las más interesantes y la palabra guerra aparecía en casi todas las lecciones. Cuando no era la guerra de la Independencia, era la de Secesión y cuando no, la de los Cien Años. Pero había tres estrellas: las dos mundiales y la Civil Española. Y se estudiaban tan tranquilamente, sentadita en tu pupitre y recitando de memoria.
Sin embargo las estudiabas desde la superioridad de aquél que piensa que las guerras son cosas pasadas, que hoy somos más listos que ayer, pero sobre todo desde la insolidaridad y el desconocimiento del que estudia el pasado sin abrir el periódico del presente, pintado de verde cada día, cada hoja.


Vuelves a mirar la fotografía y a notar esa fuerte contradicción. Porque sientes que en ella está lo mejor y lo peor del hombre ¿Cómo se puede valorar tanto el arte y tan poco las vidas humanas? ¿Por qué no se construyeron búnkeres para todos los hombres y sí para la Diosa? No lo entiendes. Es bonito querer que generaciones posteriores vean a la Diosa, pero ¿no sería más bonito que conocieran a sus abuelos? No lo entiendes, pero es que tú no sabes de guerras. Y claro que no estás preparada para vivir una. De hecho crees que nadie lo está, ni siquiera cuando están en ella. Piensas que no te tocará hacerlo. Es impensable.

domingo, 16 de mayo de 2010

El Gordo Bisnou

por Marta


Anochecía en Lasonaise. Era otoño y detrás de los cristales las hojas caían con un ritmo acompasado hasta que se posaban apaciblemente en el suelo de pizarra. Llovía con intensidad. El gordo Bisnou dio un sorbo a su aguardiente de menta, apretó los labios y atravesó con su mirada el grueso cristal de la ventana de la taberna. Luego froto sus ásperas manos, la una contra la otra y cruzó los brazos. El inmutable repiqueteo de las gotas de lluvia en los cristales lo acunó y quedó apaciblemente dormido apoyando su embrollada barba castaña sobre su barriga.
En la barra, Mauris, la tabernera, atendía a los últimos clientes de la tarde. El moño tenso, que esa misma mañana reunía en lo alto de su cabeza su espesa cabellera ondulada, ahora, relajado, dejaba escapar algún mechón rubio que se posaba de forma atrevida en su exuberante escote. Su rostro, aunque cansado, regalaba como siempre una sonrisa radiante que cautivaba a todo aquel que la mirara.
Al otro lado de la taberna, de cuclillas en una esquina, el pequeño Hansy hacia rabiar a un gato retorciéndole la cola. Éste lo miró desafiante, erizando su pelaje y de repente desapareció de allí como alma que lleva el diablo. Hansy correteó por toda la estancia tras del gato. Cansado de esquivar las mesas vacías se paró frente a la del gordo Bisnou. Observó que éste dormía profundamente y no pudo evitar sonreír para sus adentros. Miró hacia la barra para cerciorarse que sus padres estaban ocupados y se agachó ocultándose debajo de la mesa. Una vez allí, sigilosamente, desató los gruesos cordones de las botas del gordo y los ató juntos haciendo un nudo con todas sus fuerzas. Una vez hubo llevado a cabo la operación y presa de un gran nerviosismo se dispuso a abandonar en silencio su posición, saliendo lentamente de su improvisada guarida. Nada más asomar la cabeza por un lado de la mesa, Hansy recibió súbitamente una gran jarra de agua fría, empapando su cabeza y su cuerpo por completo. Cuando quiso darse cuenta y mirar hacia arriba solamente alcanzó a ver la gran boca del gordo Bisnou, riendo a carcajadas, escondida tras la espesura de su barba. Una risotada generalizada invadió la taberna mientras Hansy corría hacia los brazos de su madre, la cual reía escandalosamente.
El gordo Bisnou había heredado el nombre de su padre; de éste no solo había heredado el nombre sino también su fuerte complexión y el ofició de leñador.
El año en que nació el gordo Bisnou fue el más duro y frio que se recordaba en Tariskit desde hacía muchos años. La infancia del gordo pasó muy deprisa, a los once el pequeño Bisnou empezó a trabajar con su padre en los tupidos bosques de coníferas de Tariskit. Le hubiera gustado tener una madre. O por lo menos saber algo de ella. Su padre nunca le ocultó que les abandonó al poco tiempo de su nacimiento. Bisnou no sabía ni siquiera su nombre pero aun así, insólitamente y sin explicación alguna, de vez en cuando la echaba de menos.

El oficio de leñador era casi la única salida para los habitantes de los bosques boreales. Las vastas extensiones de abetos, pinos y alerces proporcionaban una madera resistente muy codiciada en el sur y el sustento necesario para llevar una vida mediocre y muy sacrificada. Los inviernos eran largos y extremadamente fríos. Durante largos periodos de tiempo el suelo permanecía congelado y cubierto de nieve, lo cual impedía cultivar o llevar a cabo cualquier alternativa de subsistencia. Para quien no estuviera acostumbrado a ello, el oficio de leñador podría parecer casi inhumano. No eran infrecuentes entre los leñadores las amputaciones de miembros a causa del frio, las pérdidas y desapariciones en mitad del bosque, e incluso las muertes por aplastamiento o congelación.
Sin embargo, el padre del gordo Bisnou le enseñó a amar su tierra y su trabajo. Durante las extenuantes caminatas por el interior de los bosques, le enseñó a no perder el sentido de la orientación guiándose por el sol y el viento, también le mostró la forma de resguardarse y calentarse en caso de fuerte temporal. Pero ante todo su padre le enseñó que el devenir de la naturaleza y su propia esencia mandaban sobre todos los seres vivos, estando éstos ineludiblemente a su merced. Bisnou admiró maravillado con sus propios ojos las estrategias de la naturaleza para hacer frente a las adversidades y para adaptarse al clima extremo. Pronto comprendió que las hojas de los árboles tenían forma de aguja para minimizar la superficie de transpiración y sobrevivir a fuertes heladas. Asimismo era capaz de distinguir a mucha distancia los fuertes pelajes aislantes de las martas o los armiños. La resina de los arboles, que brotaba viscosa por los cortes que efectuaban los leñadores, era recogida en grandes camiones para utilizarla industrialmente. Bisnou sabía que, lejos de los beneficios de las fábricas, los árboles producían esta sustancia cicatrizante cuando sufrían una herida para protegerse e impedir la entrada de organismos perjudiciales.
El padre del gordo Bisnou murió sepultado por un desplome de nieve en las profundidades del bosque de Tariskit. Fue un día soleado. Ante la imposibilidad de desenterrar el cuerpo los miembros del equipo decidieron abandonarlo allí. Bisnou lloró arrodillado a los pies del imponente abeto que se alzaba en la improvisada tumba. En ese momento, con la mirada fija en el abeto, recordó el día que su padre le explicó que la característica forma cónica de los árboles respondía a la necesidad de desalojar la nieve acumulada en las ramas de forma sencilla, evitando que éstas se quebraran por el peso.
Ese día, mejor que nunca, Bisnou comprendió la idea de que la fuerza y lo imprevisible de la naturaleza estaban por encima de todo. A pesar de ello, siguió amando su tierra tal y como su padre le había enseñado.
Todos los años con la llegada del otoño se congregaban en Tariskit multitud de feriantes venidos de toda la región. Los habitantes de la zona se aprovisionaban de víveres y reservas para subsistir el resto de los meses. La primavera que el gordo Bisnou cumplió veinticinco llegó a Tariskit una caravana proveniente de Lasonaise. En ella viajaba un hombre alto y corpulento que vendía aguardiente de menta, típico de su zona. A su lado, desenvuelta, se encontraba su hija, una chica rubia de tez morena, ojos color miel y caderas prominentes. La chica no era especialmente guapa pero cuando el gordó Bisnou la observó de lejos le pareció sumamente atractiva. Sus ágiles manos envolvían las botellas de aguardiente con diligencia y sus ojos miraban con franqueza a los clientes cuando les explicaba los matices de los sabores de la bebida. El gordo se aproximó al puesto abriéndose paso entre la gente, una vez allí se colocó detrás de la clientela e intentó que fuera la hija la que le atendiera.
- Buenos días, ¿qué desea?
- ¿Es tan bueno este aguardiente como dicen?- preguntó Bisnou atrevido.
- Mi padre siempre dice que es capaz de regalar una de sus mejores cabezas de ganado a quien, después de probarlo, no regrese a comprar una botella- contestó la muchacha con gran seguridad y una leve sonrisa en su rostro.
- Si es así, entonces no quiero ni probarlo…quiero comprar una botella- objetó Bisnou con aplomo.
- Muy bien, buena elección- sonrió la chica mostrando sus impecables dientes- Tenemos dos tamaños de botella ¿cuál quiere?
- La pequeña- respondió secamente el gordo Bisnou.
- Aquí se equivoca, estoy segura de que antes de que termine la semana se arrepentirá y volverá a comprar una de las grandes.
- No lo creo, no tengo a nadie con quien compartir el aguardiente – Bisnou notó que los ojos se le llenaron de lágrimas. Apretó los dientes e hizo una mueca que intentaba ser una sonrisa.
La chica lo miró con ojos comprensivos y gesto afligido. En un instante su rostro cambió y en su cara se dibujó una amplia sonrisa.
-Si quieres puedes abrir ahora la botella y compartes conmigo el primer trago.
-Está bien, pero yo nunca invitó a una mujer sin saber antes su nombre.
- Me llamo Arlén.
Siete días más tarde la feria abandonaba Tariskit. El vendedor de aguardiente de menta puso en marcha su carreta como tantas otras veces lo había hecho. Estaba contento, el negocio había sido bueno, pero sobre todo porque había visto por primera vez en su vida la alegría en la cara de su hija. A su lado, el sitio vacio de su hija Arlén, la cual había encontrado en Bisnou y en Tariskit la felicidad que siempre había soñado. Esa misma noche el gordo apoyó por primera vez su cabeza en el pecho de una mujer. Él y Arlén trazaron un futuro juntos mientras jugaban entrelazando sus manos en la oscuridad. Bisnou sonrió y se sintió por primera vez en muchos años radiante de felicidad.
Y el tiempo comenzó a pasar más rápido que nunca. Cuando el gordo Bisnou regresaba cada día del trabajo veía su sueño hecho realidad encontrando a Arlén recibiéndole en casa. Desde la muerte de su padre había fantaseado con la idea de que una avalancha lo sepultara de igual modo que hizo con su padre. Ahora ansiaba la vida más que nunca. Mientras recorría el bosque disfrutaba a cada paso, veía a la naturaleza de nuevo como una amiga fiel, esta vez no le traicionaría.
Doce meses más tarde Arlén murió en el parto de su primer hijo. El gordo Bisnou, abatido, huyó de Tariskit llevando entre sus manos un bebé sano y rollizo, una niña de ojos color miel y cabello dorado que lloraba incesantemente implorando una madre que la calmase. Recorrió largas distancias sin vacilación. Atravesó campos y durmió en pequeñas posadas al pie del camino. En las frías noches arropó con cariño a su hija, que, como un extraño, no dejaba de llorar. Noche y día. Día y noche. Un profundo lamento, como una súplica, que a Bisnou le mostraba, por lo menos, que su hija estaba viva.
Después de largos días andando sin descanso, por fin llegaron a su destino. Aquella noche, después del sufrimiento, Lasonaise se antojaba como una pequeña recompensa para Bisnou. Allí viviría su hija, lejos de los fríos y poblados bosques de Tariskit. En el mismo pueblo en el que creció su madre. Sin embargo, Bisnou tenía claro que su hija, al contrario que él y Arlén tendría una madre. Con profunda ternura el gordo besó la frente de la niña en la puerta de aquella taberna. En ese preciso instante, como si de un regalo de despedida se tratase, la pequeña dejó de llorar. Un silencio insondable se apoderó de Lasonaise y de la vida del gordo Bisnou.

Hansy, con el pelo aún mojado, se acercó a la mesa del gordo Bisnou.
- Dice mamá que te pida perdón – susurró el pequeño.
Bisnou volvió su mirada hacia la barra. En ella, Mauris, terminaba de fregar y colocar los últimos vasos. La tabernera miró hacia su hijo y sonrió mostrando sus impecables dientes. Sus ojos color miel derrochaban dulzura y amor. A continuación, tras dejar el paño encima de la barra, apoyó las manos en sus amplias caderas y suspiró como cada día al terminar su trabajo.
- ¿Y tú qué dices?
- Que si me cuentas una de tus historias del bosque- sugirió Hansy mientras sus ojos brillaban de ilusión más que nunca.
Era noche cerrada en Lasonaise. Era otoño y detrás de los cristales las hojas caían con un ritmo acompasado hasta que se posaban apaciblemente en el suelo de pizarra. Llovía con intensidad. El gordo Bisnou dio el último sorbo a su aguardiente de menta, apretó los labios y atravesó con su mirada el grueso cristal de la ventana de la taberna. Se acomodó en la silla, acarició su poblada barba castaña y con voz áspera comenzó un nuevo relato.

domingo, 18 de abril de 2010

Ni reglas ni cadenas

por María

Detrás de unas gafas de pasta, los enormes ojos de sor Patrocinio nos miraban inquisitivamente. Segundos después oíamos su carcajada ensordecedora. Nuestras respiraciones apenas eran perceptibles en el silencio sepulcral del aula. Tras unos instantes que nos resultaban eternos, su tremenda figura coronada por una larga toca azul, se levantaba. Era entonces cuando se ponía a andar de mesa en mesa, lentamente, como regodeándose en su caminar. Esos temibles paseos solían terminar, para nuestra desgracia, cuando se paraba bruscamente delante de la cara asustada de alguna alumna, a la que hacía salir al encerado.

Ese día fue Patricia Castaño la alumna que hizo pucheritos en la pizarra. Sus ojos suplicantes nos miraban intentando buscar las respuestas a las preguntas de la monja, pero a nosotras la lección ya nos daba igual. En esos momentos sólo nos preocupábamos de rezar para no ser las siguientes en salir.

En el patio, durante el tiempo de recreo, imaginábamos tener “poderes poderosos”. Soñábamos que la tiza de la alumna que estuviera en la pizarra se convertía en una varita mágica. Tras señalar a sor Patrocinio con ésta, la monja se hinchaba como un globo, un tremebundo globo azul y salía volando por la ventana de clase para no regresar nunca más. Es difícil olvidarse de aquella ocasión en que Teresa Pinto Retuerto, la menor de las Retuerto, se pasó media hora de pie, con lágrimas en los ojos, agitando y apuntando con la tiza a sor Patrocinio, que en vez de hincharse como un globo azul se estaba poniendo como un demonio, roja de ira.

Mis padres me contaron que, en sus tiempos de colegiales, los profesores solían usar algún que otro artilugio para pegar a los alumnos. Mi madre no se libró de recibir firmes golpes en sus dedos con una regla, mientras que a mi padre, los curas, le hacían separarse la oreja de la cara a la vez que enrollaban con saña en ella una pequeña cadena metálica. Me pregunto si por ese motivo tendremos ambos las orejas de soplillo. A sor Patrocinio no le hacía falta usar ni reglas ni cadenas, le bastaba con su sola presencia para intimidarnos. Su cara, su voz y sus estruendosas carcajadas nos atemorizaban más que si nos hubiera puesto un dedo encima.
El resto de profesores de quinto curso, salvo don Agustín, eran monjas también, pero ninguna nos infundía tanto respeto como ella. Recuerdo alguna que otra ocasión en que sor Fuencisla venía a sustituirla y todas las alumnas nos poníamos como locas de contentas. Una hora con Sor Fuencisla, nuestra monja preferida, siempre era sinónimo de fiesta. Por no hablar del pobre don Agustín, el cual se ocupaba de las clases de gimnasia. Dicho de una forma suave podríamos referirnos a él como el “hazmerreír del colegio”. Hacíamos con él lo que queríamos y nunca se atrevió ni a levantarnos la voz.

El primer día de clase de sexto curso fue el peor de nuestras vidas. La puerta se abrió contundentemente, chocando contra el pupitre en que se encontraba Begoña Salvatierra. Creíamos estar viendo visiones. No era posible que sor Patrocinio fuera la monja que estuviera mirándonos sonriente en el quicio de la puerta. En años anteriores ella no había dado clase a sexto curso, así que suponíamos que sólo se asomaba para saludar a sus antiguas alumnas. Sin embargo nos equivocábamos. Sor Patrocinio no sólo nos daría Matemáticas y Biología como otros años, a esas asignaturas se le sumaban Dibujo, Religión y Música, además de que para mayor desgracia, sería nuestra tutora. Nos esperaba un año infernal. Ese día estábamos tan deprimidas que ni siquiera nos dimos cuenta de que sor Patrocinio no subió el tono de voz en toda la hora y de que se había pasado todo el tiempo de clase con una amplia sonrisa.
Llevábamos una semana como alumnas de sexto curso y sor Patrocinio estaba rara. Una semana sin oír su característica carcajada después de una pregunta compleja; una semana sin sus temibles paseos; una semana sin que salir al encerado fuera un suplicio. Algo pasaba. ¿Sería posible que sor Patrocinio se volviera buena? Ya ni siquiera cruzábamos los dedos para que sor Fuencisla viniera a sustituirla.

Patricia Castaño, que había repetido curso, no se podía creer las cosas que le contábamos en la hora del recreo. Cuando empezaron las clases y se enteró de que no tendría ese año a la monja de sus pesadillas hasta lucía con orgullo los suspensos que la habían hecho repetir curso, pero unas semanas después nos envidiaba profundamente.


Era invierno y aquel lunes iba a cambiar el destino del colegio y de nuestras vidas. Sor Ángela y don Agustín entraron en clase. Fueron ellos los que nos dieron la noticia. Sor Patrocinio había fallecido. Celebrarían una misa en la capilla al día siguiente.
Teníamos once años. A esa edad la muerte todavía nos era ajena. Sin embargo la brusquedad del suceso nos impactó. Las lágrimas afloraron a nuestros ojos, otra vez a causa de la monja, pero por motivos bien distintos. Junto a éstas un sentimiento de culpabilidad se apoderó de nosotras por tantos años de odio hacia ella. Sor Patrocinio no salió volando como un globo por la ventana como tanto habíamos deseado, pero ya nunca regresaría.