Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



viernes, 6 de agosto de 2021

AGENDA

por Marta y María  

                    

Para Laura Martín, amiga de la infancia,                            compañera de sueños ¡Feliz en tu día!

 

De repente son las seis de la tarde. De repente abro la agenda del año 2003. Por la mitad. 20 de junio. Una receta de berenjenas asadas con cebolletas y tomates secos que nunca hice, o quizá sí. 21 de junio. Encuentro una frase desnuda colgando en mitad de la página “Lo que callas nunca muere”, no sé si es mía o de algún Premio Nobel. Sigo pasando hojas. Recomendaciones de libros para el verano. No he leído ninguno. 10 de agosto. Comprar vasos de plástico y pajitas. Me sorprendo bastante. Serían para el cumpleaños de mi sobrino Jaime que es el 14. ¿Vasos de plástico? ¿Pajitas? ¿De verdad que Miss Sostenibilidad Planetaria compraba estas cosas? No me lo creo. 30 de septiembre. Aquellas cuatro palabras. Las apunté para no olvidarlas, pero no hubiera hecho falta. Paso por la página del 2 de octubre y ni me acuerdo de que era nuestro aniversario. 15 de octubre. Citas médicas. Dolores, picores, temblores de otra que nada tiene que ver conmigo. 23 de octubre. Me recuerdo pasar por el súper a por leche de soja, tofu y seitán. Este debió ser el primer intento fracasado de hacerme vegana. 7 de noviembre. Un dibujo críptico, hecho mientras hablaba por teléfono supongo. Rayas, círculos que rodean las rayas, tinta que ocupa los espacios en blanco, más rayas, más círculos, más tinta. 13 de noviembre. Santa Agustina. Felicitar a la abuela. Ejercías un poder sobrenatural sobre toda tu ristra de nietas ateas. Y ahí estaba yo, la reina de todas ellas apuntando tu santidad en su agenda ¡Ole tus huevos! 23 de diciembre. Escrito con letra doble y mayúscula la palabra VACACIONES. Esta costumbre infantil de escribir con letra doble y mayúscula la palabra vacaciones me hace sonreír. Me aproximo al 31 de diciembre y dudo si leerlo. Ese día siempre apunto lo mismo: Balance anual ¿he cumplido alguno de mis sueños? Cierro la agenda.

Escucho desde mi terraza una radial que suena a lo lejos, en alguna de las calles de mi barrio. Cierro los ojos y respiro profundamente. Me encuentro en el patio de mi casa, en lo alto de un taller de chapa y pintura. Morena, delgaducha y con la sonrisa siempre en los labios. Esa era yo. A mi lado, relucientes y en disciplinada fila india, puedo contar, uno a uno, todos mis sueños.

Abro la agenda de 2021, voy al 6 de agosto y apunto en cursiva ”la radial es el sonido de mi infancia, el sonido de la felicidad”. No creo que se me olvide, pero por si acaso.      

lunes, 1 de marzo de 2021

A las cuatro de la tarde

 

Por Marta

El día que partiste mi casa se partió en dos. Se abrió una grieta colosal e inmediatamente la mitad más débil, la que estaba hecha con cimientos de plastilina colapsó y se derrumbó. Se formó una polvareda tremenda y el estruendo se escuchó en muchas ciudades en las que aún no había amanecido. Eran las cuatro de la tarde. Afortunadamente yo había salido a tirar la basura en pijama porque siempre hay que tirar porquería después de una marcha así. Además, como había tenido tiempo porque tu partida no nos pilló por sorpresa bajé la basura clasificada, me hice la fuerte mientras la ordenaba durante todos esos días espesos. Quizás algo de todo ello se pudiera reciclar, poca cosa, las huellas del número cuarenta y uno de tus zapatos gastados, quizás, pero la mayoría era materia orgánica, las espinas clavadas, las cáscaras que protegían nuestra esencia, la pulpa medio podrida de bastantes sueños incumplidos.

Tampoco había, por suerte, ningún transeúnte, así que se podría decir que los daños se concentraron en mí. Enseguida se arremolinaron en la zona multitud de curiosos y en un tiempo indeterminado que no sabría si fueron cinco minutos o cincuenta también acudió la policía, los bomberos y los periodistas. Los policías me tomaron declaración y apuntaron en una libreta los datos que creyeron relevantes: años juntos, últimos detalles tiernos que recordaba, si había notado antes algún temblor insospechado bajo mis pies. A todo respondí que sí, o que no, ya no lo recuerdo. Los bomberos, por su parte, apagaron un pequeño fuego que se había originado en el dormitorio, justo debajo de la cama. Yo conocía esas ascuas, muchos días había soplado y removido las brasas sin éxito, y tengo que reconocer, que cuando vi esa llama tan violenta, devorando el colchón, no pude evitar sonreír. Fue lo único de lo que me acuerdo. Un periodista que hacía las veces de fotógrafo tomó instantáneas del momento. A todas sus preguntas contesté que no, o que sí. Al día siguiente salieron todas las fotos a doble página en un periódico de tirada nacional. Compré el periódico y no lo abrí hasta años después. Lejos de allí, con las manos temblorosas, en una taberna de Puerto Cobre. No sabía lo que me iba a encontrar a pesar de haber estado presente en aquel momento, a pesar de haber sido la protagonista de tan desdichado suceso.

La primera imagen era una nube de polvo y cascotes, no pude reconocer apenas ninguna esquina de la que fue mi casa. Era una imagen gris de la mitad caída de mi casa. Los azulejos del baño y el papel pintado del salón habían perdido sus colores al estrellarse contra el suelo. Busqué sin éxito cosas fácilmente reconocibles, el jarrón con flores de la entrada, la pelusa esa tan grande de detrás de la puerta, la bailarina del joyero que me regaló mi abuela asomando entre los escombros. Todo era un amasijo irreconocible. Un vómito de hormigón y vigas. Pasé la página y un fulgor de colores me deslumbró. Fue como viajar de la Antártida a un país caribeño en una vuelta de hoja. Esa sí que era mi casa. Parecía que habían cortado una tarta y al separar el trozo se veían todas las capas de colores de su interior intactas. El salón mostraba su mitad más acogedora, el sofá con los cojines en el sitio exacto donde yo los solía colocar, la mantita en el respaldo. El ficus, el ser más vivo que habitaba la casa, se mantenía salvaje e impasible en su rincón. Sus hojas parecían más verdes de lo que yo recordaba, al parecer le gustó dejar de ser una planta de interior. Del baño solo había quedado la bañera, con esa cortina fea de lunares que elegí sin saber que tendría espectadores. Y el lavabo, con nuestros cepillos de dientes. Encima el espejo que había reflejado tu cara cada mañana y mi rostro cada noche, ahora mostraba un cielo azul, limpio y despejado, a las cuatro de la tarde.

La imagen de la cocina era turbadora. El frontal con los muebles permanecía anclado a la pared pero las puertas estaban abiertas. Desde la calle se veían los platos, los vasos a punto de caer, en ese momento justo donde el tiempo queda detenido antes de la tragedia. También se veían las patatas fritas, las latas de conserva, el paquete de pan de molde cerrado con un nudo. Un atento observador habría podido juzgar de un vistazo nuestras carencias nutricionales.

La fotografía del dormitorio ocupaba una página entera. Las cenizas de nuestra cama todavía humeaban, la ropa interior tirada por el suelo. Sentí pudor al ver mis libros en la mesilla, cualquiera podría haberlos visto y saber de que estaba hecha yo por dentro.

Pensé que de nuestra casa había quedado lo mejor. Cuando una parte se derrumba es porque hay otra que queda en pie. Pedí un trago de cachaza a la camarera, la especialidad de Puerto Cobre. Llegué a la última foto. Era yo. Precisamente de pie, con los ojos muy abiertos. Pocas veces uno tiene la oportunidad de observar a su yo del pasado en mitad de un naufragio. Supe que era yo por mi pijama, por mi moño mal hecho, por mi esmalte de uñas color amapola.  Por lo demás cualquiera hubiera sido incapaz de reconocerme, ya no quedaba nada en mí de aquella mujer. Me quedé mirándola largo rato, haciendo preguntas a un trozo de papel, escuchando de fondo las guitarras y marimboles de la taberna. Algo quizás sí, un brillo lejano en los ojos, lo que algunos llaman alma.

 

viernes, 8 de mayo de 2020

Retrato de familia con gato.


Por Marta

En la casa de la calle Montesquieu 8 habita una familia y su gato Oboe. El gato, Oboe, tiene un deseo. Su deseo es que desaparezca todo el mundo de esa casa por un rato y quedarse sólo frente al televisor. El televisor estaría en negro, no podría ver aquello que vio esa tarde. Y él lo sabe, Oboe es demasiado sagaz y demasiado viejo para creer que los sueños se pueden hacer realidad a estas alturas. Su único deseo es quedarse solo y revivir con su imaginación aquella tarde, esas dos horas de película en las que conoció la mirada felina más atractiva que haya visto jamás, la de Sophia Loren.
El deseo de Julián, el padre de la familia, es bien distinto. Julián desearía que su mujer le amara. Bien un amor loco, bien uno sosegado, le daría igual. Se ha acostumbrado tanto a hacerse el tonto que algunos días hasta le sale solo. Baja la basura cuando ella lo ordena, pela las cebollas para que ella no llore y le hace el amor, una vez por semana como mucho, cuando ella lo dice. Y digo bien, Julián le hace el amor, ella no sabemos qué hace. Oboe piensa que Julián es un cobarde, pero se sienta a su lado en el sofá y deja que le acaricie el lomo con sus manos ásperas y calientes. Hay cobardes y cobardes.
Teresa desea ser como su amiga Pilar. Con el mismo gusto por la decoración, con sus hijos con buenas carreras ya colocados. Primero soñó ser como su amiga Fátima y la igualó teniendo novio. Luego anheló ser como su prima Carmen, que cuando se enteró de su embarazo hizo volver a Julián del trabajo para que la fecundara. Ella, que disfruta en secreto releyendo algunos domingos sus cartas de novios, no lo sabe todavía, pero dentro de cinco años deseará ser como su vecina Julia, la del número 6, que por esas fechas estrenará orgullosa el papel de abuela. Oboe odia a Teresa sin titubeos, pero es la mano que le da de comer así que su lado animal le lame la mano, se entrecruza entre sus piernas y se deja acariciar incluso en la cabeza.
Felipe, el hijo mayor, tiene un deseo que debería ser inconfesable aunque a él se le nota a la legua: desearía haber nacido en otra familia. En una en la que presentárselos a alguien no le hiciera sentir ridículo. Le abochorna todo de ellos, hasta el gato ése que parece una bola de pelusa gris. Algunos días, sobre todo esos en los que el aire trae el olor del mar, Felipe se avergüenza de su propia vergüenza. En unos meses va a organizar la pedida de mano de su novia y a formar una nueva familia. Tendrá por lo menos dos hijos y vivirá en una casa con jardín. Y a sus hijos los va a hablar en inglés, para que no le pase como a él que todavía se le atragantan algunos freisal verbs. Y los sábados por la mañana cuando los niños echen una carrera en el parque él dará la salida: Redi…gou! Y será el hombre más feliz del mundo. Oboe no opina nada de Felipe, lo esquiva por el pasillo, no lo considera de la familia.
Lili es la pequeña. Acaba de cumplir catorce. Le gustaría tener la mirada misteriosa y astuta, como la de Marlene Dietrich en “Testigo de cargo”, o como la de su gato Oboe. Es que un día le dijeron que tenía la mirada triste y es la única pega que ve a su cara,sus ojos. Pero ya ha visto un montón de tutoriales en Youtube y cada día se los maquilla mejor. A Lili su gato Oboe le vuelve loca, se lo sube a la silla en sus rodillas y le hace mil arrumacos hasta que el gato no puede más y se baja pidiéndole una disculpa con esos ojos grandes y amarillos. Es que ya se está haciendo un poco mayor, piensa Lili… bueno, y que es un gato, y no un peluche, como le dice su madre. A Lili le encanta pasar tiempo con su padre. Es paciente, como ella. Lo último que han hecho juntos es el puzzle del Guernica de 5000 piezas. El día que lo terminaron se sentían fascinados. Teresa entró en el cuarto de estar y les dijo que era demasiado grande como para colgarlo o enmarcarlo. Así que a la mañana siguiente empezaron a desmontarlo con un poco de pena...pero con mucho cuidado, le ha dicho su padre, que no se pierda ninguna pieza porque igual, algún día, nos apetece volver a hacerlo. Su madre, piensa Lili, tiene el corazón más duro que el cuarzo, el feldespato y la mica juntos. Es decir, como el granito. Aunque también piensa que con el granito de base se puede construir una casa dura y resistente, como en la que viven.
A Lili su hermano Felipe le cae medio bien. Se llevan bastantes años y sus mejores recuerdos con él son cuando ella era muy pequeña y su hermano le ayudaba a hacer ejercicios en una manta en el suelo, se reían mucho y recuerda que era muy cariñoso. Ahora sólo es así de vez en cuando, sobre todo cuando viene su novia Sara a comer a casa, que, por cierto, es guapísima y se maquilla los ojos que un día ya le preguntará el truco.
Lili no desea nada. La naturaleza la hizo alegre, feliz, satisfecha. Oboe la admira. Ronronea mientras frota la cabeza contra su tripa y, mirando para arriba, piensa que cada día sus ojos se parecen más a los de Sophia Loren.

lunes, 6 de abril de 2020

La nueva era

por Marta



“Que aquí, tú ya lo ves,
es Albanta al revés.”
L.E. Aute


El azar podía haber hecho que las cosas sucedieran de cualquier manera pero sucedieron así. Con la reprogramación genética y los nuevos avances tecnológicos nadie pareció dar importancia al primer bebé humano nacido con pantalla frontal. Cuando ya hubo toda una generación empezaron las primeras consecuencias. La pantalla en la frente de LCD y 16 megapíxeles mostraba los pensamientos de su dueño. Arial 12: Letras blancas sobre fondo negro. La humanidad tuvo que adaptarse a los cambios, primero eran niños pero luego chavales y después padres de otros niños que también heredaron la pantalla frontal. “Me gustas” podía leer la joven en la frente de su tímido compañero de clase. “Me das asco” leyó el marido en su mujer antes de que ésta lo tapase con su flequillo. Los matrimonios apenas duraban, sólo desenfreno y romances puntuales. Nadie soporta leer según qué cosas. Desaparecieron los asesinos, las guerras, los robos, la corrupción. Todo estaba escrito en la frente. La mala gente era encarcelada sólo con echar un vistazo a sus proyectos. La hipocresía y la falsedad quedaron desterradas. Las personas se esforzaron en cambiar su forma de pensar si de verdad querían tener éxito entre sus semejantes; era la única manera. La empatía se puso de moda. Desaparecieron muchas profesiones, en realidad, del mundo anterior no quedó casi nada. Tuvimos suerte los escritores, los pintores y los músicos. Somos los únicos que a partir de unos simples pensamientos hacemos magia.

lunes, 24 de febrero de 2020

Elena

por Marta



Allí reunidas, en clandestinidad, con nocturnidad y sin conocer todavía lo que es la alevosía, las chicas del internado, las adolescentes de segundo año, planean su estrategia, meditan la táctica, perfilan la maniobra. Están en La Mancha, en mitad de la nada, pero podrían estar ahora mismo en la sede de la ONU, luchando por sus derechos, conquistando la justicia que ellas creen arrebatada. Su vida es tranquila, apacible: por las mañanas aprenden álgebra, a media tarde a controlar sus hormonas y por la noche a domesticar sus sueños.

Las adolescentes de segundo año no adolecen de nada, no conocen la maldad. Definitivamente aprenden de la vida de oídas y conforman, todas ellas, un pequeño animal salvaje que aún no conoce la selva.

No se sabe a ciencia cierta si lo que ocurrió aquella noche y al día siguiente marcó a alguna de ellas. Es cierto que el suceso rompió su rutina, despertó ese animal dormido y delicado que cada una de ellas llevaba dentro, pero no, no creo que de modo consciente ninguna de ellas marcara esa fecha en el calendario.

Anselmo, el pastor, ese hombre huraño, ese animal tan diferente a ellas ha cambiado sus prácticas y desde hace unos días encierra a sus ovejas en un cercado muy próximo. A escasos metros de la habitación donde duermen las adolescentes de segundo año, pared con pared con ese lugar donde la inocencia campa a sus anchas. Anselmo, poco aficionado a la higiene, tiene las ovejas sucias, las niñas lo saben, lo intuyen porque, no saben de ovejas, ni de animales, no saben casi de nada, pero los ojos de una oveja no mienten. Esos ojos tristes piden clemencia. Hay algo al mirarlas que las hace daño pero aún no saben ponerle nombre.

Las niñas están inquietas, sobresaltadas, y, lo más grave: cada día sus piernas y brazos aparecen incendiados por decenas de picaduras de las pulgas que alojan las ovejas. No aguantan más. Ellas, limpias, con el pelo de color de la miel, ellas estaban primero. Centran su odio en Anselmo y aparece un arranque que no conocían, una serpiente latente en el fondo de sus entrañas que comienza a despertar. Se reúnen en torno a la líder, la más mayor, todas con sus camisones de algodón, todas con los cuerpos tan diferentes como diferentes pueden ser los cuerpos a los doce años. Conjuran contra el pastor y sienten, encendidas, que las picaduras hablan por ellas. Es intolerable. Está decidido: mañana se enfrentarán juntas al opresor, al enemigo de la paz, al protagonista de esta catástrofe. Se acuestan nerviosas hasta que el sueño las va conquistando y sometiendo, como un mal presagio de lo que mañana sucederá.

Y llega por fin el día de mañana y no hay nada que se pueda contar digno de ser contado. Las adolescentes de segundo año se sienten poderosas caminando, pero cuando se plantan frente al pastor las razones se hacen pequeñas, los argumentos brotan deslavazados de sus bocas. La presencia intimidante de Anselmo las mina. El miedo vence a sus razones y solo germinan de sus labios peticiones inconexas que el pastor repudia con algo parecido a una media sonrisa.

Vuelven al internado rendidas, sin hablar, pactando en silencio que obviarán lo sucedido. Regresan con la piel algo menos tersa, con el color de pelo apagado, nada parecido al de la miel. Algunas vuelven a sus juegos, normalizando lo sucedido, anestesiadas por la indiferencia para el resto de sus vidas. Pero Elena, algo sucede en Elena. Siente un dolor genuino. La serpiente de sus entrañas le pellizca por primera vez haciéndole llorar. Siente esta derrota como la primera, la terrible primera vez en la que, sola y cándida, en mitad de La Mancha, se da cuenta de cómo funciona el mundo.

martes, 12 de noviembre de 2019

¿A qué estás esperando?


por Marta

USA. Detroit. Lincoln Street. Pasillo de su casa. 23 de septiembre. 15:37 pm

Mrs. Scott en cuclillas besa la cabeza del pequeño Andy que le da la espalda. Andy se suelta y coge impulso cuando separa sus manitas de las de su madre. Al otro lado del pasillo Mr. Scott espera, también agachado, con sonrisa amplia y brazos extendidos la llegada de su niño despúes de dar sus primeros pasos. Hacia la mitad del pasillo, cuando parecía que el intento iba a ser un éxito, se percibe un movimiento brusco en toda la casa y el pequeño Andy cae de rodillas al suelo, iniciándose así un llanto desconsolado.

Argentina. Rosario. Bulevar Avellaneda. Pasillo de la Residencia la Luz. 23 de septiembre. 17:37 pm.

Andrés, residente de noventa y dos años, operado de cadera accede a dar sus primeros pasos con andador tal y como le recomienda Amanda, su rehabilitadora. Se calza las pantuflas de cuadros bien sujetas por detrás de los talones, no como acostumbra, y se levanta. Se sujeta al andador y empieza a caminar. Tras varios pasos lentos y seguros se dispone a recorrer el largo pasillo. De repente, un movimiento de sacudida se percibe en la residencia y Andrés, con inercia, recorre todo el pasillo en unos segundos ante la mirada horrorizada de Amanda.

Grecia. Santorini. Budha Bar. 23 de septiembre. 23:00pm

Las cosas no están saliendo tal y como Daniel las ha planeado. Se daban todos los ingredientes para que la pedida de mano fuera un éxito: atardecer en las islas griegas, mesa reservada en  chill out,  cena con champán…Sin embargo al poco de llegar un movimiento violento y repentino ha tirado toda la vajilla de las mesas y a María se le ha manchado el vestido con el champán. Pero eso no es lo peor, el sol ya tenía que haberse metido hace rato, según Google, y en consecuencia él tenía que haber sacado ya el anillo. Sin embargo, a pesar de que pasan los minutos y la gente se impacienta, el sol  sigue burlón en el horizonte sin moverse.

España. Ciudad Real. San Carlos del Valle. 28 de septiembre. 13:10 pm.

Hace cinco días que no anochece. El sol se ha detenido en el cielo de San Carlos y ningún vecino se lo explica. Los noticiarios dan informaciones inexactas, las comparecencias de los miembros del gobierno no aclaran nada. Se oyen pasar a lo lejos sirenas de ambulancias o coches de bomberos que no tienen muy claro a dónde van. Clemente desde el banco de piedra de la puerta de casa mira el horizonte con la barbilla apoyada en el cayado, como lo ha hecho siempre, mirando la tierra recién arada. Piensa que en algunos sitios de la Tierra llevarán cinco días de noche continua.  Su mujer Maripaz se acerca al banco de piedra. Huele, toda ella, a sofrito de cebolla. Tiene puesto el babi de cuadros que le tapa hasta las rodillas, como siempre. Por debajo asoman sus piernas, recias y sin un solo pelo, por naturaleza, cubiertas con medias color visón. Se sienta a su lado y pone su mano en la rodilla de Clemente. Pasan más de cinco minutos en esta posición. Después Clemente le agarra la mano con fuerza y  Maripaz rompe el silencio: ¿A qué estás esperando?

Clemente se levanta con dificultad apoyando las dos manos en el cayado. Con la artrosis los primeros pasos son los que más le cuestan, una vez se calientan las articulaciones anda con más facilidad. Recorre los diez o quince metros que hay hasta su casa y entra. Escucha el sonido de la televisión de la cocina de fondo. Asesinatos, corrupción, guerras, más de lo mismo. Y ahora lo de la Tierra detenida que parece haber acentuado todo. Atraviesa el salón y sale por la puerta de detrás hacia el corral. Deja a la derecha el trozo de tierra de huerta y sigue de frente hacia el habitáculo de las gallinas. Lo construyó el mismo hace años, le pareció la mejor manera. Entra y con la puerta abierta espanta a todas las gallinas  con un par de palmadas. Se levanta un pequeño vendaval de polvo y plumas. Se dirige hacia el fondo y ayudándose del cayado se pone de rodillas con mucha dificultad, éstas le crujen y le duelen. Con sus manos robustas retira toda la paja del suelo y deja ver un pequeño cuadrado similar a una baldosa que tiene una cerradura. Introduce la llave que saca de su bolsillo y la puertecita se abre como con un resorte. Dentro un cajetín de aluminio con una pequeña pantalla y un teclado se activan. Clemente mete una combinación secreta de diez números y automáticamente la tapa del cajetín se desliza dejando a la vista tres botones. El botón de la izquierda es de color blanco y pone la palabra ON; el botón central tiene la palabra OFF y es el que aparece pulsado en esos momentos. A la derecha del todo un botón rojo se deja ver por debajo de una tapa transparente de seguridad que impide que pueda ser pulsado sin intención. Clemente levanta la tapa, cierra los ojos, aprieta la mandíbula y pulsa el botón rojo con decisión.

domingo, 27 de octubre de 2019

Un gran aplauso


por Marta

Con nueve años Jacobo había visto ya morir a cuatro personas: su padre, su abuela, un transeúnte y su vecina Maribel. Este número, muy abultado para su corta edad, fue, quizás, uno de los primeros detonantes para lo que en un futuro sería su vocación y su verdadera pasión: la muerte. Jacobo estaba especializado en ella. Tanto es así que tenía un ritual para morir. La muerte tiene sus detalles, pequeñas pinceladas que hacen único a este trance. No es lo mismo fallecer tras una larga enfermedad que encontrarse con la muerte en un oscuro callejón. Y todo eso lo sabía Jacobo. Y también los sabían directores, productores y directores de casting, que no son tontos.

Jacobo comenzó a actuar en la escuela de teatro de su instituto, obras clásicas sobre todo. Después recorrió todo Madrid, de casting en casting, buscando su oportunidad. En su madurez todos los papeles que llegaban a sus manos eran cortos e intrascendentes para la trama. Casi siempre personajes secundarios cuyo fallecimiento justificaba algún giro de guión: un viejo exánime que desata la guerra entre herederos, un cabeza de turco o el primer rehén que no sobrevive al asalto. Lejos de disgustarle esto a Jacobo le apasionaba. Para él la muerte era algo digno. Representarla cada vez era una gran responsabilidad.

 

Las mañanas en que iba a morir se levantaba algo más pronto de lo habitual. Le gustaba llegar con tiempo al set de rodaje. La alteración y las prisas no son recomendables ya que el pulso se acelera, se enrojece la piel y puede provocarse una sudoración excesiva impropia de un cadáver. Esas mañanas gustaba de prepararse un té bien caliente para desayunar. Té chai con una nube de leche.  No le gustaba esta bebida especialmente pero para él los olores especiados de la canela, el jengibre y el clavo estaban asociados a aquella merienda infantil de cumpleaños en la que su vecina Maribel comenzó a encontrarse indispuesta poco antes de su trágico final.

A continuación se vestía solemnemente con traje de chaqueta y corbata. La azul marino de rayas o la de tartán que le trajo su primo de Edimburgo eran sus favoritas, pero no era especialmente quisquilloso con esto. Lo que nunca fallaban eran los calcetines negros de hilo de nylon. Si el atuendo del personaje se lo permitía pedía que no se los cambiaran. Cuando amortajaron a su padre fue él quien escogió unos calcetines de ese tipo y desde entonces el tacto tan peculiar le conectaba con aquel momento.

Una vez vestido se situaba frente al espejo del baño para realizar sus ejercicios faciales. Ceño fruncido, boca en círculo, sonrisa amplia. Y vuelta a empezar. Hay algunos rictus propios del rigor mortis muy difíciles de interpretar si los músculos no han calentado previamente.

Antes de salir a la calle se engominaba el pelo y se rociaba con un perfume caro y espeso finalizando con un toque en la cara interna de las muñecas.

Llevaba años realizando minuciosamente la misma ceremonia y cada vez sus muertes resultaban más creíbles, más verdaderas. Una vez que expiraba y dejaba salir el último hálito de vida el movimiento de su respiración era absolutamente imperceptible incluso para las cámaras de última generación. Si en esos momentos el espectador hubiera podido tocar al actor seguramente hubiese sentido el tacto frío característico de un finado.

Justo el día que Jacobo cumplió sesenta años, casualidades de la vida, recibió el regalo más importante de su carrera. El regalo llegó en forma de carta y en ella le notificaban lo que sin duda sería el colofón perfecto a su trayectoria. El papel con el que llevaba años soñando. La Compañía Nacional le fichaba para interpretar el papel masculino en la obra “Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes. Con una compañera de categoría, nada menos que Lola Herrera. Toda la pieza confinado en un ataúd interpretando a un muerto, por fin había llegado la hora de lucirse.

La noche anterior al estreno no pudo pegar ojo, nunca le había pasado algo parecido. Tenía seguridad en sí mismo pero a la vez del estómago le nacía una inquietud desconocida. Por la mañana se levantó con tremendas ojeras y pensó que este detalle tonto resaltaría aún más su actuación. Té chai con su nube de leche, traje de chaqueta, corbata de tartán y calcetines de hilo nuevos a estrenar. Ceño fruncido, boca en círculo, sonrisa amplia. Flus, flus, fragancia espesa y a la calle a triunfar.

El patio de butacas estaba a reventar. Entradas agotadas hasta en el gallinero. Sabía que Lola Herrera tenía mucho tirón pero él era el otro cincuenta por ciento de la obra. No podía defraudar. Un hormigueo inusual le recorrió los brazos y las manos no le dejaban extrañamente de sudar. Pensó que quizás hoy tanta teína hubiera sido innecesaria, se notaba el corazón a mil.

Cuando se abrió el telón se hizo el silencio total. Dos largas horas sin mover una pestaña. El traje le picaba, los zapatos le apretaban y la corbata oprimía su cuello asfixiándole. Lola continuaba con su soliloquio y Jacobo apenas la podía escuchar. Sólo escuchaba los latidos de su corazón en sus oídos a todo volumen. La cabeza estaba a punto de explotarle y entonces recordó a aquel hombre. Nunca supo su nombre, era una fría mañana de invierno, Jacobo iba solo de camino al colegio. Lo encontró tendido en mitad de la acera. Su cara había permanecido desdibujada durante toda su vida, era sólo un niño, sin embargo, ahora, de repente, se le aparecía nítida. Ya no escuchaba a Lola por detrás, ahora era otra vez ese niño feliz. Ese niño que jugaba con su abuela a las cartas y que siempre tenía los bolsillos llenos de canicas y de emociones. Ahora ya no sentía nada, sólo paz, y a lo lejos, quizás, un gran aplauso.