Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



martes, 16 de agosto de 2011

Cementerio de gorriones


por María
Para Fede, que me prestó a su último gorrión.
Cayó por aquel tobogán de aspecto lóbrego. Dio unas cuantas vueltas sobre sí mismo y al llegar al suelo lo sintió quebradizo, distinto a cualquier otra cosa que conociera. La poca claridad que penetraba por el hueco de entrada apenas le dejaba ver. Sus alas se agitaron enérgicamente y, aunque el agujero de luz permanecía allí, era consciente de que nunca podría alcanzarlo. Y con esa certeza vio llegar a la muerte, y con ella, esta vez sí, la oscuridad total”.
Felipe III divisaba la Plaza Mayor a lomos de su caballo. De no haber sido una estatua de bronce habría podido advertir a Anastasio, el amigo de los gorriones. Pero ni el monarca ni su montura podían moverse. Sin embargo, sus cinco toneladas y media no siempre estuvieron allí. Fue Isabel II la que ordenó su traslado desde la Casa de Campo hasta este nuevo emplazamiento. No había mejor forma de agradecerle tanto el haber restituido la corte a la villa de Madrid como la construcción de la plaza, que situarle en las mismísimas entrañas de la ciudad a contemplar su devenir.
Anastasio salió de su casa muy temprano, como cada mañana. Hacía muchos años que había cerrado la pescadería, pero ya era tarde para abandonar el hábito de madrugar. Atravesó el Arco de Cuchilleros y deambuló por la plaza con la mirada absorta en el cielo. Se acomodó a los pies de Felipe III y silbó. Un gorrión acudió a su llamada y comió de su mano hasta saciarse. Volvió a silbar, pero ningún otro apareció.
Ese ritual se repetía por las tardes, y así día tras día, si bien las bandadas de gorriones que antaño se acercaban a la señal de Anastasio habían quedado reducidas a aquel único pájaro. Un misterio. Quizás fuera el último gorrión.
Aquella tarde de mediados de abril a Anastasio le fue imposible abrirse paso entre el gentío para llegar a la estatua. De todos modos tampoco hubiera podido alimentar a su amigo, ya que su silbido no se habría distinguido entre tantos vítores y muestras de alborozo. Calles y plazas de la ciudad eran un hervidero de gente; habituales de los cafés, muchachas de los talleres, soldados…todos subían desde Lavapiés y los barrios bajos de Atocha agitando la tricolor. En el Palacio de las Comunicaciones ya se había izado la bandera de la República y se comentaba que el Rey Alfonso XIII abandonaría el país. Un joven trepó por la estatua de Felipe III, símbolo de aquello que se derrumbaba, y mientras algunos le aclamaban, introdujo un explosivo por la boca del corcel. Y entonces, Anastasio, en medio de la apoteosis festiva, lo comprendió todo. Un estallido colosal voló en pedazos la estatua, y a las banderas rojas, amarillas y moradas que ondeaban el cielo de la villa se les unieron cientos de miles de huesos de gorrión que descansaban en la panza del broncíneo animal. La boca abierta del rocín había resultado ser una trampa mortal oculta durante siglos.
Anastasio salió de su casa muy temprano, como cada mañana después de varios años de contienda. Tras la guerra civil la estatua ecuestre de Felipe III fue reconstruida. La boca del caballo fue soldada, salvando así la vida de cientos de gorriones intrépidos, que de otro modo nunca habrían escapado de aquella fosa común. Silbó y esperó.

domingo, 3 de julio de 2011

RelateAndo






Hace poco que ha visto la luz "RelateAndo", un libro de relatos que ha escrito y publicado el Colectivo Literario Renglones de Ficción, al que tenemos el placer de pertenecer. Es un libro muy pequeño en tamaño pero enorme en ilusión. Además, María se ha encargado del diseño de la portada con una de sus fotografías. Hoy queremos compartirlo con todos vosotros.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Ocasión singular


por María


El mayordomo descubrió que le faltaba una botella. La principal. Con esa ya se habría bebido los “Grandes Reservas” más preciados de la colección de Lord Boyle. Tenía la certeza de que ninguna de las botellas vacías diseminadas por el buró era la que buscaba, pero aun así revisó una a una todas las etiquetas. “Aroma y color intenso, untuoso al paladar y equilibrio superior al de cualquier Burdeos, mi querido Horace” le había repetido cientos de veces Lord Boyle. “Sin duda es mi vino más preciado, no encuentro ocasión tan singular que me haga siquiera pensar en la posibilidad de descorcharlo” y después una jocosa risotada inundaba la estancia. Y tras recordar las palabras de su amo, el mayordomo inició un registro tambaleante por los aposentos de la mansión victoriana en la que había pasado media vida. Ya estaba presto a terminar su búsqueda, más por la embriaguez que lo poseía que por la cercanía de su objetivo, cuando un destello de lucidez acudió a él. Entonces pareció que sus piernas se enderezaron, su columna vertebral recuperó la firmeza y sus pies le guiaron rectos y sin vacilación al refugio del adorado caldo.
Se sentó de nuevo frente al buró, abrió la botella y llenó su copa tal y como dictaban los cánones. Observó el vino, deteniéndose en los matices de su color. Cogió el pie del cáliz y lo movió para recrearse en las piernas que el líquido dibujaba al resbalarse por el cristal. Sin abandonar esa leve oscilación inhaló aquel aroma intenso tantas veces prometido. Dio un pequeño sorbo. Y entonces empezó a reír, y a llorar, y a llorar y a reír, y todo junto se mezcló con el excelso alcohol y el mayordomo, presa del delirio, cayó al suelo. Allí el vino, rojo sangre, se unió a la sangre roja, negra y espesa que, encharcando la alfombra persa, rodeaba el cuerpo inerte de Lord Boyle.

domingo, 13 de febrero de 2011

Melodía para una tarde de otoño


por Marta






Dicen que en el punto medio reside la virtud. Y en ese punto habita ella. También en ese punto la conocí aquella tarde. En el punto medio entre el segundo y tercer piso donde se quedó parado el ascensor que nos obligó a conocernos. Un apagón y parada en seco. Justo después su cara frente a mí. Y esos ojos grises que me imantaron desde el primer momento que los vi. Un lluvioso día de otoño que desde ese instante se convirtió en el mejor de mi existencia.

Unos años antes, el neurólogo que estudiaba mi caso después del accidente de tráfico, frotaba sus huesudos dedos contra su frente mientras evaluaba mi test de audición.
–Podría tratarse de algo similar a una amusia adquirida– señaló. Lo que en mi caso significaba la pérdida de la capacidad musical derivada de la lesión producida por el accidente. Yo, que tanto había amado la música a lo largo de mi vida, me veía completamente incapacitado para reconocer cualquier sonido musical y mucho menos para apreciarlo.

Tras duros meses de adaptación y recuperación tras el accidente intenté hacerme de nuevo con las riendas de mi vida. Sin embargo, éstas eran demasiado largas y débiles. Cada vez que intentaba sostenerlas se escurrían entre mis dedos y sólo conseguía dar vueltas a mí alrededor sin avanzar un solo paso. Mi vida discurría frenéticamente sin rumbo y sin sentido, hasta que aquella tarde de octubre ocurrió algo realmente inesperado y maravilloso. Algo sublime.

Súbitamente, en el preciso instante en el que me topé con sus ojos, mis oídos despertaron del letargo en el que habían estado sumidos tanto tiempo. Y entonces, como una suave brisa que se cuela por las rendijas y acaricia la cara, la música llegó. Así escuché nítidamente las notas centrales de aquel Nocturno de Chopin que mi abuelo tocaba todas las tardes en su piano; mi piel se erizó y cerré los ojos para atrapar ese momento. Pero no se evaporó. Y me vi muy pequeño, sentado en el asiento trasero del coche mientras mi padre conducía y Silvio “me daba una canción”. Sonreí. Ella, cuyo rostro se mostraba todavía turbado por la situación, sonrió con sus ojos. “Quand il me prend dans ses bras, il me parle tout bas…Je vois la vie en rose”. Y yo, recién nacido, me refugié en ellos para no abandonarlos jamás.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Hace ya casi un año que nació Cabezas de Ajo y por eso iniciamos nuestro blog con la palabra "Alumbramiento". Hoy 23 de diciembre de 2010 es un día muy especial porque otro alumbramiento ha tenido lugar. Desde Cabezas de Ajo queremos dar la enhorabuena a los padres de Ana que si bien ayer no les tocó la lotería hoy tienen 3,170 kilos más de felicidad en sus vidas. Marta y María.


Las alas de los saltamontes


Para Ana, con el deseo de que siempre vuele.


¿Sabéis lo que es un saltamontes? Seguro que alguna vez habéis visto alguno de estos insectos en el campo, saltando de un sitio a otro. Gracias a sus largas patas traseras pueden dar grandes brincos y, cuando son mayores, también tienen unas pequeñas alas pegadas a su cuerpo. Los saltamontes suelen ser de color verde, pero hay otros marrones o grises, que se camuflan con el color de la tierra. Incluso hay algunos que tienen las alas azules o rojas. Con suerte podéis verlos volar.

Esta historia que os voy a contar sucedió hace mucho tiempo en un lugar muy lejano. En ese sitio había muchas especies de animales que vivían tranquilamente alrededor de un estanque. Los saltamontes eran los insectos mejor organizados de ese lugar. Sus primos los grillos se parecían mucho a ellos y juntos cantaban por las noches bonitas canciones. Todos los veranos se celebraba un concurso de salto y, aunque el resto de insectos se entrenaba duramente, los saltamontes siempre se proclamaban campeones. Además eran muy responsables y nunca les faltaba comida en sus casas. Los hijos de los saltamontes, sus crías, se parecían en todo a sus padres salvo que no tenían alas. Debían crecer para ello. Todo parecía perfecto en el mundo de estos saltarines insectos, pero había un gran problema: los saltamontes no eran felices. Por mucho que fueran los insectos más listos y trabajadores del estanque no lograban encontrar la felicidad.

Un día, cansados de esta situación, se reunieron para buscar soluciones. Los más jóvenes opinaban que debían ir a otro lugar a buscar la felicidad, mientras que los más ancianos creían que lo mejor era quedarse en el estanque y seguir esperando. Al final Saltitos, el más divertido del grupo se puso serio y dijo: “Amigos, creo que ha llegado el momento de consultar a Vetusta”.
Vetusta, era el animal más importante de todo el lugar. Si alguna vez había algún problema Vetusta se encargaba de solucionarlo. Cuando los animales necesitaban consejo acudían a ella, por eso siempre había largas colas alrededor de su casa. Vetusta era una rana.
Era la primera vez que los saltamontes iban a visitar a Vetusta, por eso estaban algo nerviosos. Cuando le contaron su problema la rana empezó a croar y les dijo:
“Queridos saltamontes: el secreto de la felicidad está en vuestras alas”
Y tras decir esto se sumergió en el estanque. Los saltamontes regresaron a sus casas sin saber muy bien lo que quiso decirles la rana Vetusta.

Pasaron los días y seguían sin descifrar el mensaje que la sabia rana les había dado. Las crías estaban muy tristes porque como todavía no les habían crecido las alitas pensaban que no podían ser felices. Algunos intentaron arrancarse sus propias alas para ver si averiguaban dónde se escondía aquello que tanto buscaban. Sin embargo pasaba el tiempo y todo seguía igual. Ahora además de no ser felices estaban obsesionados con sus alas. Las miraban una y otra vez, intentaban tocarlas con sus patas delanteras, pero no había manera.

Una mañana de invierno Saltitos se fue a dar un paseo y se alejó más allá del territorio conocido. Pronto empezó a ver que ese lugar no le gustaba, no era una zona tan segura como su querido estanque. A pesar de todo, siguió brincando de piedra en piedra. De repente un escarabajo enorme se abalanzó sobre él y Saltitos hizo una cosa que nunca antes había hecho. Frotó sus pequeñas alas y vio como empezaba a elevarse dejando debajo al escarabajo gigante. Entonces es cuando se dio cuenta de que estaba volando. Al igual que sus amigas las moscas del estanque ¡¡¡estaba volando!!!

De regreso al estanque les contó al resto lo que había ocurrido. Desde ese día los saltamontes no sólo dan grandes saltos, también vuelan cuando ven algún peligro o cuando se juntan en grupo y van de un sitio a otro. Gracias a sus vuelos empezaron a ver el mundo de otro modo. Cruzaron la frontera de su estanque y aprendieron a valorar lo que tenían. Sin embargo las crías, como no tenían alas, seguían pensando que no podían encontrar la felicidad, pero Saltitos les dijo:

“Tranquilas amigas. Nosotros, vuestros padres y madres, nos hemos pasado mucho tiempo buscando la felicidad. Nos dijeron que estaba en nuestras alas y queríamos atrapar éstas constantemente, sin darnos cuenta de que estaban con nosotros. Justo cuando dejamos de perseguirlas nos dimos cuenta de que ellas viajaban a nuestro lado”.

Por eso, queridas amigos, si tenéis la suerte de ver algún saltamontes volando acordaros de esta historia que ocurrió hace mucho tiempo. Y si alguna vez veis que algunos no pueden escapar de los escarabajos gigantes será porque, al igual que a los hombres, se les habrá olvidado que la felicidad la llevan dentro.

sábado, 27 de noviembre de 2010

MICRORRELATO

por Marta





DIÁLOGO DE ARCIMBOLDO

“Apresúrese, por favor” dijo la Primavera con esa expresión de niña ingenua que la caracterizaba. Pero el Invierno, que había oído la misma cantinela año tras año, se acarició su recortada barba y carraspeó. La Primavera supo entonces que sería imposible de nuevo. Su abuelo, el Otoño, se lo había dicho cientos de veces, “cuanto más larga se haga la espera más placentera será la recompensa”. Y así fue al cabo de los días; entre las peladas ramas, los pequeños brotes, revoltosos y bulliciosos, apuntaron hacia el cielo.

martes, 9 de noviembre de 2010

Edad Pacífica

por María



Rayul aterrizó a escasos metros de la entrada del colegio, bajó del motóptero y al dar dos pasos se topó de frente con Dáyani. Sin pensarlo dos veces se acercó a ella y la besó apasionadamente en la boca y el cuello. Dáyani era nueva, sus madres acababan de mudarse a Madrid. Era la primera vez que se veían, pero sin duda habían notado como los relojes de compatibilidad alojados en sus muñecas se revolucionaban al cruzarse. Oportunidades así no debían desaprovecharse.

Igkasi miró el motóptero con infinita envidia mientras le decía a su amigo Inbow:
̶ ¡Qué suerte tiene! A mí mis padres no me dejan su motóptero ni locos.
̶ Ya ves. Ojalá pudiera yo comprarme uno así. Mientras tanto no me queda otra que venir en coche.
̶ Yo cojo la línea ultrasónica en la parada de Felipe VI y bajo en Neptuno. Pero si tuviera un motóptero no vendría en transporte público.
̶ Bueno, no te quejes, ni que vinieras en metro.
Igkasi río divertido las ocurrencias de Inbow y entraron en el aula de educación terciaria. Apretaron el botoncito verde y el ordenador incorporado a sus pupitres se encendió. Mientras se cargaba el software de la clase de historia Igkasi mandó un mensaje a su novia a través del vital. Hace unos meses que Igkasi visitó con Inbow el Museo Nacional de telefonía móvil. No podían creer que esos aparatos fueran los precedentes del vital.
̶ Mi padre me ha contado historias de su bisabuelo ̶ dijo Inbow. Por lo visto se hacían fotografías con los teléfonos móviles y se las enviaban. Has oído bien, ¡¡Fotografías!!!!
Sin duda lo que más les impactó fue la urna del “IPhone4”. Era el ejemplar más antiguo que se conservaba, databa del año 2010. Igkasi lo miraba absorto, una y otra vez. ̶ Ojala pudiéramos tocarlo, ¡qué pasada!


La pantalla del ordenador les indicó que la clase de historia iba a comenzar. La imagen del profesor Takesi se proyectó delante de cada pupitre y empezó la explicación. El profesor Takesi no sólo tenía un amplio dominio de la Historia Universal, sino que además sabía transmitir a sus alumnos el placer del conocimiento. Les hacía pensar, reflexionar y valorar el momento actual en el que se encontraban. A lo largo de los años, los estudiosos habían dividido la Historia en distintos periodos. Hace ya unas cuantas clases que habían comenzado a debatir la Edad Contemporánea, cuyo punto de inicio situaban en la época de la Revolución Francesa, mientras que los expertos colocaban su fin a principios del siglo XXII. Atrás quedaron las fantásticas discusiones que mantuvieron alumnos y profesor acerca de la Edad Antigua, Media y Moderna.
̶ ¿Qué pudo ocurrir profesor Takesi ? ̶ interrumpió Inbow.
̶ Parece que nunca lo sabremos Inbow, quizá sea el secreto mejor guardado de la Historia ̶̶ respondió el maestro ̶ . En cualquier caso creo que eso fue lo que pretendieron.
– ¿Por qué iban querer ocultar el pasado a las generaciones futuras? – intervino Rayul.
– Lo cierto es que no se sabe. Hay múltiples teorías. Hasta el año 2040 tenemos suficiente documentación para saber qué sucedía en todo el planeta, pero a partir de esa fecha hasta finales del siglo XXI hay un vacío de información. En mi opinión un vacío intencionado.
– Debió de pasar algo horrible…– apuntó Igkasi. Quizá una bomba nuclear los mató a todos, o a casi todos.
– No parece probable – le rebatió el profesor Takesi. Piensa que hoy en día el planeta está tan poblado o más que a principios del siglo XXI; si casi todos hubieran desaparecido hubiera sido imposible reproducirse tan rápido en este tiempo transcurrido. Mi opinión es otra. Sólo hay que bucear en los vitales para ver lo que ocurría a mediados del siglo XXI. El mundo era un caos. Guerras, hambre, violencia gratuita, extorsiones, contaminación, crisis absoluta de valores…supongo que llegó un momento en el que vieron que todo iba a acabarse. Cuesta imaginarse qué pudo suceder, pero sin duda algo grave ocurrió. Y quizá surgió una especie de conciencia colectiva que decidió cambiar el mundo.
– Y… ¿Por qué motivo ocultarían lo que ocurrió? – preguntó Inbow.
– Por vergüenza. Prefirieron dejarnos en herencia un tremendo silencio antes que mostrarnos el mundo que habían creado.
– Es una teoría bonita –sentenció Igkasi. Te hace creer en el ser humano.
– Y no sólo eso. La Edad Pacífica en la que nos encontramos desde principios del siglo XXII es tal y cómo la conocemos gracias a ese vacío en el tiempo. Pudimos empezar de cero. Y sin necesidad de bombas nucleares Igkasi – le dijo el profesor Takesi guiñándole un ojo. Pero al fin y al cabo sólo es una teoría de tantas.
– Daría lo que fuera por saber qué pasó – dijo Rayul.
– La Historia es así Rayul. Necesitamos perspectiva para verlo todo e incluso a veces hay misterios indescifrables. Hace muchos siglos pensaban que la Tierra era el centro del Universo y luego supieron que sólo era uno de tantos planetas que giraba alrededor del Sol. Lo que hoy nos parece obvio costó la vida a muchas personas. Por ejemplo a comienzos del siglo XXI se preguntaban si había vida en otros planetas y hoy nos resulta casi imposible que pudieran dudarlo. Perspectiva amigos. Sea lo que sea aquello que ocurrió seguimos aquí y eso es lo importante, ¿no?

La clase terminó tras unas horas de jugoso diálogo. El profesor Takesi les mandó escribir una poesía sobre lo que pudo ocurrir desde el año 2040 hasta el 2100.

Rayul despegó su motóptero. Inbow arrancó su coche e Igkasi cogió la línea ultrasónica. Deseaban llegar a casa cuanto antes para hacer la poesía y sorprender al día siguiente al profesor Takesi.