Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.
domingo, 27 de octubre de 2019
Un gran aplauso
Con nueve años Jacobo había visto ya morir a cuatro
personas: su padre, su abuela, un transeúnte y su vecina Maribel. Este número,
muy abultado para su corta edad, fue, quizás, uno de los primeros detonantes
para lo que en un futuro sería su vocación y su verdadera pasión: la muerte.
Jacobo estaba especializado en ella. Tanto es así que tenía un ritual para
morir. La muerte tiene sus detalles, pequeñas pinceladas que hacen único a este
trance. No es lo mismo fallecer tras una larga enfermedad que encontrarse con
la muerte en un oscuro callejón. Y todo eso lo sabía Jacobo. Y también los
sabían directores, productores y directores de casting, que no son tontos.
Jacobo comenzó a actuar en la escuela de teatro de su
instituto, obras clásicas sobre todo. Después recorrió todo Madrid, de casting
en casting, buscando su oportunidad. En su madurez todos los papeles que
llegaban a sus manos eran cortos e intrascendentes para la trama. Casi siempre
personajes secundarios cuyo fallecimiento justificaba algún giro de guión: un
viejo exánime que desata la guerra entre herederos, un cabeza de turco o el
primer rehén que no sobrevive al asalto. Lejos de disgustarle esto a Jacobo le
apasionaba. Para él la muerte era algo digno. Representarla cada vez era una
gran responsabilidad.
Las mañanas en que iba a morir se levantaba algo más
pronto de lo habitual. Le gustaba llegar con tiempo al set de rodaje. La
alteración y las prisas no son recomendables ya que el pulso se acelera, se
enrojece la piel y puede provocarse una sudoración excesiva impropia de un
cadáver. Esas mañanas gustaba de prepararse un té bien caliente para desayunar.
Té chai con una nube de leche. No le
gustaba esta bebida especialmente pero para él los olores especiados de la
canela, el jengibre y el clavo estaban asociados a aquella merienda infantil de
cumpleaños en la que su vecina Maribel comenzó a encontrarse indispuesta poco
antes de su trágico final.
A continuación se vestía solemnemente con traje de
chaqueta y corbata. La azul marino de rayas o la de tartán que le trajo su
primo de Edimburgo eran sus favoritas, pero no era especialmente quisquilloso
con esto. Lo que nunca fallaban eran los calcetines negros de hilo de nylon. Si
el atuendo del personaje se lo permitía pedía que no se los cambiaran. Cuando
amortajaron a su padre fue él quien escogió unos calcetines de ese tipo y desde
entonces el tacto tan peculiar le conectaba con aquel momento.
Una vez vestido se situaba frente al espejo del baño
para realizar sus ejercicios faciales. Ceño fruncido, boca en círculo, sonrisa
amplia. Y vuelta a empezar. Hay algunos rictus propios del rigor mortis muy
difíciles de interpretar si los músculos no han calentado previamente.
Antes de salir a la calle se engominaba el pelo y se
rociaba con un perfume caro y espeso finalizando con un toque en la cara
interna de las muñecas.
Llevaba años realizando minuciosamente la misma
ceremonia y cada vez sus muertes resultaban más creíbles, más verdaderas. Una
vez que expiraba y dejaba salir el último hálito de vida el movimiento de su
respiración era absolutamente imperceptible incluso para las cámaras de última
generación. Si en esos momentos el espectador hubiera podido tocar al actor
seguramente hubiese sentido el tacto frío característico de un finado.
Justo el día que Jacobo cumplió sesenta años,
casualidades de la vida, recibió el regalo más importante de su carrera. El regalo
llegó en forma de carta y en ella le notificaban lo que sin duda sería el
colofón perfecto a su trayectoria. El papel con el que llevaba años soñando. La
Compañía Nacional le fichaba para interpretar el papel masculino en la obra
“Cinco horas con Mario”, de Miguel Delibes. Con una compañera de categoría,
nada menos que Lola Herrera. Toda la pieza confinado en un ataúd interpretando
a un muerto, por fin había llegado la hora de lucirse.
La noche anterior al estreno no pudo pegar ojo,
nunca le había pasado algo parecido. Tenía seguridad en sí mismo pero a la vez
del estómago le nacía una inquietud desconocida. Por la mañana se levantó con
tremendas ojeras y pensó que este detalle tonto resaltaría aún más su
actuación. Té chai con su nube de leche, traje de chaqueta, corbata de tartán y
calcetines de hilo nuevos a estrenar. Ceño fruncido, boca en círculo, sonrisa
amplia. Flus, flus, fragancia espesa y a la calle a triunfar.
El patio de butacas estaba a reventar. Entradas
agotadas hasta en el gallinero. Sabía que Lola Herrera tenía mucho tirón pero
él era el otro cincuenta por ciento de la obra. No podía defraudar. Un
hormigueo inusual le recorrió los brazos y las manos no le dejaban extrañamente
de sudar. Pensó que quizás hoy tanta teína hubiera sido innecesaria, se notaba
el corazón a mil.
Cuando se abrió el telón se hizo el silencio total.
Dos largas horas sin mover una pestaña. El traje le picaba, los zapatos le
apretaban y la corbata oprimía su cuello asfixiándole. Lola continuaba con su
soliloquio y Jacobo apenas la podía escuchar. Sólo escuchaba los latidos de su
corazón en sus oídos a todo volumen. La cabeza estaba a punto de explotarle y
entonces recordó a aquel hombre. Nunca supo su nombre, era una fría mañana de
invierno, Jacobo iba solo de camino al colegio. Lo encontró tendido en mitad de
la acera. Su cara había permanecido desdibujada durante toda su vida, era sólo
un niño, sin embargo, ahora, de repente, se le aparecía nítida. Ya no escuchaba
a Lola por detrás, ahora era otra vez ese niño feliz. Ese niño que jugaba con
su abuela a las cartas y que siempre tenía los bolsillos llenos de canicas y de
emociones. Ahora ya no sentía nada, sólo paz, y a lo lejos, quizás, un gran
aplauso.
sábado, 26 de enero de 2019
INSTANCIA
por Marta
Yo, Don Segismundo Vega López, madrileño y
jubilado,
EXPONE
Con
motivo del vaciado del Estanque del Retiro para su limpieza, fui testigo, desde
un banco del parque, del hallazgo en su fondo de los siguientes enseres que a
continuación paso a enumerar:
- Ochenta y dos sillas
- Doce barcas y treinta y siete remos.
- Veinte mitades de fotografías de enamorados
que algún día se quisieron.
- Cinco zapatos (ninguno emparejado).
- Doscientos diez móviles (con miles de
llamadas perdidas).
- Una caja fuerte que no se pudo abrir.
- Cuarenta miradas clavadas en el fondo preguntándose:
“¿qué hago?”.
- Quince llaves (ninguna de la caja fuerte).
- Noventa y ocho libros (destacando varias
ediciones interesantes de “La vida es sueño”, “Poeta en Nueva York” y “La
montaña mágica”).
- Tres alianzas que no esperaron a que la
muerte los separase.
SOLICITA
Me sea concedido con
carácter temporal, durante lo que me reste de vida, la propiedad de dichos
bienes con el único objeto de devolverlos a sus legítimos dueños.
domingo, 22 de abril de 2018
Café Polinesia
por Marta
A María
le incomoda entrar sola en un bar. No le gusta consumir algo solitariamente
mientras se siente observada por ojos inquisidores: ¿qué haces aquí sola?
¿esperas a alguien? Pero hoy no le queda otra opción. Después de la sequía de
los últimos días tiene que volver a hacerlo.
-Un cortado, por favor - El camarero de la
cafetería Polinesia se remanga la camisa dejando ver el abundante vello de sus
brazos. En su dedo meñique un sello de oro. María anota en su cuaderno, “duerme desnudo, se quita todo salvo el
anillo”.
Un hombre anciano entra en el bar y se sitúa en
la barra a su lado. Huele a casa cerrada.” La
casa no volvió a ventilarse desde que ella murió, él solo sabía respirar el
aire de su ausencia…”. El hombre pide un café. Disimuladamente mete la mano
en el bolsillo de su gabardina y se oye un chasquido sordo. A continuación se
lleva la mano a la boca y mastica con discreción. María intuye un trozo de
galleta, quizás un bizcocho. Repite la operación mientras María garabatea sin
parar. Cuando el anciano termina deja un euro en la barra y se va.
Entra una mujer y se sienta en la banqueta que
acaba de dejar libre el hombre. “Aún
estaba caliente el asiento cuando ella lo ocupó, esa sensación de sentir calor
ajeno y anónimo le causaba repulsión…”
La mujer pide una cerveza. Saca un pequeño
espejo de su bolso y se pinta los labios de rojo carmín repasándolos varias
veces. A María le parece más joven de lo que es. “…Fue el regreso del amor lo que tersó su piel y devolvió ese brillo en
los ojos que solo los demás perciben”. Saca el móvil y la letra de gran
tamaño permite que María pueda leer la conversación con facilidad. Una gran
cantidad de corazones e iconos con besos inundan la pantalla. María sonríe, no
se equivocaba.
La última frase de su contacto aún parpadea en
la pantalla: - No veo que peligro puede haber- . La mujer, con el pulso firme,
teclea – Lo lamento, de veras, aún tendrás que esperar una o dos semanas más-.
María escribe la frase tal cual en su cuaderno. Mira a la mujer y ésta le
sonríe. Observa en su rostro la expresión del que se siente poderoso. Cierra el cuaderno. Saca el monedero y deja
un euro encima de la barra. Vuelve a abrir el monedero y deja otro euro de
propina. Las musas de la cafetería Polinesia también tienen su tarifa.
martes, 20 de marzo de 2018
biopic
por María
−No es que mi vida sea más interesante que la tuya, simplemente es que
he vivido más que tú. Eso fue lo que me dijiste y después bebiste un trago
largo del vaso de cerveza. Ya estaba casi anocheciendo, aunque la luz mortecina
del bar donde nos encontrábamos hacía tiempo que nos había rodeado de
nocturnidad.
En ningún momento creí tus
palabras, aunque me hubiera gustado. ¿Realmente pensabas que la edad influía
algo? Sí, está bien, los años, la experiencia, todo eso. Pero no. ¿Acaso podría
yo, dentro de veinte años, entretener a alguien con los entresijos de mi vida
anodina?
Entiéndeme, yo era feliz, o al
menos lo bastante feliz como para no quejarme por ello, aunque en cierto modo
echaba en falta algo. Ese algo que a ti te sobraba y al que tú no dabas la más
mínima importancia. Es más, ni siquiera te hacía feliz.
¿Qué nos llevábamos? ¿Quince?
¿Veinte años? Nunca lo supe. Pero tú a
mi edad ya habías vivido más de lo que yo lo haría nunca. Yo pasaba despacio
por la vida, sin hacer ruido, limitándome a seguir el camino fácil de la rutina
cómoda. De esa rutina que puedes amar y odiar a partes iguales.
Salimos del bar y me ofreciste un
cigarrillo. Lo acepté. Yo era una fumadora social que lo llaman. ¿Una fumadora
social? Si, aquellos que fuman poco y ocasionalmente, en fiestas, reuniones.
Hasta para eso era poco original. ¿Sería mi vida más interesante si fumara a
diario? No, lo que debería hacer sería fumarme un buen porro. Pensaba esta
clase de cosas mientras torcíamos por Tirso de Molina.
Al rato te paraste en aquel bloque
antiguo de pisos donde habías vivido de alquiler hacía ya muchos años. ¿Cómo
podías haber vivido en tantos sitios? Cuando alguien como tú piensa en el
referente “mi casa”, ¿dónde lo sitúa? ¿En su casa actual, en la que habitó por
más tiempo, en la que fue más dichoso…? Yo había vivido en cuatro casas
diferentes a lo largo de mis treinta años, contando las de mi infancia ¿y tú?
¿Habrías perdido la cuenta? Si no la habías perdido tendrías que hacer un buen
ejercicio de memoria para acordarte en orden cronológico de todas y cada una de
ellas.
Supongo que eran tus largos viajes
lo que más me impresionó de ti, o quizá más que eso, haber vivido en diferentes
países. O tal vez fuera lo exóticos que eran algunos de esos países.
−Viajar es algo más que coger un avión, algo más que pasar unos días en
una ciudad y hacer fotos a sus monumentos. Viajar es una experiencia más
interior. Uno puede viajar realmente sin haber salido de las cuatro paredes de
su casa. Decías este tipo de cosas, esas frases tan certeras que yo
recordaría años después sin esfuerzo al pensar en ti. La verdad es que para mí
siempre fuiste alguien especial, diferente. Intentabas ponerte el traje de persona
normal, pero no te quedaba bien. El tuyo era el de personaje de novela. O de
película. Siempre lo supe.
Nos despedimos en la boca del
metro. Ambas madrugábamos al día siguiente. Ahora tu trabajo era el mismo que
el mío, un trabajo vulgar que a ninguna nos gustaba. Ya no te codeabas con
famosos, ya no viajabas en business. Eso
te quitaba algo de glamour, ciertamente. Aunque llegarían las vacaciones de
verano y yo me iría a Torremolinos mientras que tú te irías a Uzbekistán y al
volver me hablarías de la ruta de la seda y me regalarías esa cajita
nacarada. Creo que era un joyero, pero
no sé si te llegué a decir que la usé para guardar condones.
También me contarías el romance con
el holandés aquel, o quizá fuera belga o alemán. Lo cierto es que esas
aventuras con hombres extranjeros también ayudaban a mitificar la imagen que yo
tenía de ti. Jamás presumiste por ello. Yo en cambio sólo había probado el
producto patrio. De hecho sólo me había acostado con Pedro, mi marido.
Después fue cuando te hiciste
famosa y te empezaron a rodear un montón de buitres. A veces pienso si no habré
sido yo uno de ellos, el peor de los buitres carroñeros. Sin embargo a ti la
fama no te cambió un ápice. Seguías igual, igual de diferente, de especial, de
humilde.
Y luego te fuiste. Te fuiste para
todos.
Y ahora pienso en esos años y me resultan tan lejanos, tan
ajenos a mí. ¿Qué sería de mi vida si no te hubiera conocido? Supongo que seguiría
siendo invisible en aquella empresa, trabajando para que llegaran las
vacaciones, follando una vez por semana. Habría tenido algún hijo con Pedro.
Pero entonces tuve la idea.
Aproveché tus contactos y los conocimientos adquiridos en aquellos cursos a
distancia sobre escritura de guiones. Tú ya no estabas, así que pensé ¿qué más da? Vendí tu vida, nuestra amistad,
tus secretos más íntimos.
Tras la película sobre tu biografía
me llovieron las ofertas y hoy en día soy una de las guionistas más cotizadas
de Hollywood. Escribo las películas con las que hace años sólo podía soñar. Me
alojo en los mejores hoteles del mundo, viajo a los destinos más paradisíacos.
Anoche me acosté con una mujer. Me gustó.
¿Qué por qué te cuento esto ahora
que no estás? Supongo que te escribo para expiar mis culpas. Aunque no puede
haber peor castigo que el de la voz de mi conciencia, aquella que me repite que
haga lo que haga y esté donde esté siempre tendré una existencia prosaica. O simplemente
te escribo porque te echo de menos.
Tu vida no te hizo feliz y a mí,
cuando me puse a hablar de ella me quitó la felicidad que ahora sé seguro que
tenía. La que me proporcionaba esa cómoda rutina. Es curioso, ¿no crees?
viernes, 22 de diciembre de 2017
S.O.S
por Marta
La terrible sequía evaporó la última gota del mar.
Saúl pisó con su pie desnudo la orilla del inmenso océano que rodeaba la isla.
Su isla. Siguió caminando, ahora ya no había agua, sólo el barro agrietado que
antes era fondo del mar. Hacía tantos años que Saúl sobrevivió a aquel
naufragio que ya casi no lo recordaba. Avanzó sin saber hacia dónde, en aquel
desierto de arena parecía imposible orientarse. Pasaron los días y las noches.
Comía algas aún húmedas, restos de peces; los cadáveres de miles de criaturas
marinas salpicaban la inmensa llanura. Continuó caminando. Encontró pecios,
quién sabe si alguno no sería su propio buque; cofres con monedas de oro que no
le servían para nada. Lo dejó todo atrás. Anduvo en línea recta sin descanso.
Un atardecer, con el cielo incendiado en colores rojizos, divisó la orilla de
una playa, al fondo algunos árboles y lo que parecía una población. Frenó en
seco. Dudó si darse la vuelta, pero algo le impulsó hacia adelante con paso
firme. A escasos metros de allí, la deslucida y polvorienta botella albergaba
intacto el mensaje que él mismo había escrito.
miércoles, 11 de octubre de 2017
ESCENAS
VERANIEGAS
por María
Escena
veraniega nº1: Interior
de un chiringuito de playa de la Manga del Mar Menor. El matrimonio
Carretilla- Gómez graba su vigésimo tercer verano juntos. ¡Acción!
Amparo es la encargada de elegir la
paella, decantándose, como casi
siempre, por la de marisco. Es de ideas fijas.
Según la toma va dejando las
cáscaras de los moluscos y crustáceos en el borde del plato, una tras otra
hasta formar un círculo que rodea la parte central del mismo. A su marido le
asqueaba esa costumbre. Cuando ella acaba el arroz su plato se le asemeja a una
corona de difuntos.
Al terminar Amparo eructa
ostensiblemente, inundando el espacio de aire respirado por Augusto Carretilla
y profiere su ya consabido “perdón,
majestad”, tal y como ha venido haciendo en los últimos veinte años.
Si las circunstancias vitales no
hubiesen variado para el matrimonio Carretilla-Gómez, Augusto le hubiera
recriminado dicho gesto y ambos se habrían enzarzado en una discusión acerca de
los efluvios personales, como en tantas otras ocasiones. Sin embargo, como
digo, las circunstancias habían cambiado, por lo que Augusto no le reprocha
absolutamente nada. Se limita a levantarse despacio, y con una sonrisa
desconocida para su mujer dice:
- Me voy a
por tabaco
Augusto Carretilla no fuma, pero
llevaba mucho tiempo deseando pronunciar aquella frase. Amparo nunca más le volvió
a ver.
Escena
veraniega nº2: Campamento
de verano “La Frontera” en el Parque Nacional de Ordesa (Huesca). Elena Álvarez graba las primeras
vacaciones separada de sus padres. ¡Acción!
Elena se sienta en su toalla y
vuelve a sentir el nudo en el estómago, esa especie de náusea que la acompaña
desde el primer día de campamento. Las ganas de llorar también han sido
constantes durante los diez días que ya lleva allí. Primer campamento, primera
vez que se separa de sus padres durante tanto tiempo. Demasiadas primeras veces
juntas para los recién cumplidos once años de Elena.
Aquella mañana, después del
desayuno, una de las monitoras anunció que el grupo de las Ardillas, al que
pertenecía Elena, haría el vivac esa noche. Dormirían a la intemperie, el manto
de estrellas como único techo.
−Si haces caca te tienes que limpiar con una piedra- dice Virginia,
los ojos como platos de Elena. Virginia es una de las veteranas, es su tercer
año en las Ardillas. Sus palabras no se ponen en duda.
Elena se acerca al bordillo de la
piscina, pero no osa meter el pie. Ella no puede bañarse casi ningún día. Si lo
hiciera podría morir por un corte de digestión, así que espera religiosamente
las dos horas que su familia le dijo que debían pasar desde la última vez que
comiera. El tiempo pasa lento mientras mira su reloj de pulsera. Se siente
diferente al resto de niños, le encantaría bañarse como ellos, pero no llega a
comprender por qué no respetan ese tiempo poniendo en juego sus vidas por un
chapuzón. Aunque todos sobreviven día tras día.
Esa noche, ya tumbada en su saco de
dormir respira hondo mientras las palabras que su padre le dijo por teléfono
aquella tarde resuenan en su interior:
−Elena, mamá y yo te queremos mucho. Tienes que ser fuerte, esta
experiencia te hará una mujer.
Y como ella no pudo decirle que no
deseaba ser fuerte ni ser una mujer, que sólo quería volver a casa y estar con
ellos, que estaba cansada de caminar, de lavar su ropa en el rio, de sentirse
sola a pesar de estar rodeada de gente.
De repente la náusea vuelve de forma
mucho más violenta y Elena se levanta. Corre con la linterna en la mano hacia
el bosque sorteando los sacos de sus compañeros y en el primer árbol que
encuentra algo apartado se agacha y vomita.
Pasados unos minutos se encuentra
más relajada, como si hubiera arrojado todos sus miedos. Pasea durante un rato
por el bosque y justo antes de regresar busca un sitio para hacer pis.
Y entonces sucede. Incrédula enfoca
sus bragas con la linterna una y otra vez, aunque ya no tiene ninguna duda, es
una gran mancha roja lo que hay en ellas.
Las lágrimas que había retenido
durante tantos días empapan generosamente sus mejillas.
Escena
veraniega nº 3: Mireia y
Mercé, compañeras de colegio de la infancia, graban su encuentro inesperado en
el paseo marítimo de Platja d’Aro. ¡Acción!
Mercé sale a las 19:35 horas del
Hotel Planamar. La acompañan su hijo de once meses y un marido alto y guapo
objeto de muchas miradas. Se siente el centro del universo y contempla a los
turistas con cierta superioridad.
Mireia sale a las 19:38 horas del
Hotel Aromar. La acompaña su cachorro de pinscher miniatura. Cuando Mireia se
gira y lo ve detrás de la extensión de su correa tiene la impresión de estar
paseando a un ratón. En ese momento piensa que su vida es un cúmulo de decisiones
mal tomadas.
A las 19:40 h Mercé y Mireia se
topan de bruces en el paseo marítimo siendo inevitable saludarse. Mercé insiste
en sentarse a charlar tranquilamente en una heladería y Mireia no sabe cómo
declinar la invitación.
La conversación transcurre por el
cauce imaginado por Mireia. Mercé lleva la batuta y hace un recorrido por su
maravillosa vida mientras su marido asiente y sonríe sin abrir la boca. Un marido de cartón piedra, piensa
Mireia. Cuando le toca el turno a Mireia se siente juzgada. Esa comparación de
ambas vidas la hace sentirse más pequeñita que su pinscher miniatura. No tiene
pareja ni trabajo fijo y eso provoca las palabras compasivas de Mercé que casi
la hacen vomitar.
-¿Y
cómo se llama vuestro niño?- pregunta Mireia para cambiar de tema.
-Lucas- contesta el padre de la criatura.
-Lucas, un nombre precioso- susurra Mireia algo turbada pues su
pinscher miniatura también se llama así.
Lucas, como mi perro, hubiera
querido decir aunque un pudor intrínseco a ella la hizo frenarse muy a su
pesar.
Acto seguido irrumpe la voz hiriente
de Mercé:
-¿Y tu chiquitín cómo se llama?
-Zar-, responde Mireia, acordándose de aquel perro que siempre
andaba suelto por el pueblo de su abuela.
Mireia ha terminado hace rato su
leche merengada y no sabe cómo despedirse sin resultar grosera. Ni siquiera el
odio que siente en ese momento hacia Mercé la permite renunciar a las reglas de
la buena educación. Así que continúan el repaso de las vidas de todas las compañeras
de promoción mientras el perro de Mireia da saltitos y pequeños ladridos cada
vez que Mercé nombra a su hijo.
Cuando Mercé empieza a hablar sobre
un adosado en forma de segunda vivienda que están a punto de adquirir, Mireia
piensa que ya ha tenido suficiente. Le encantaría coger la copa de banana Split
que está apurando el marido de Mercé y estampársela
en la cara. Sin embargo se conforma con levantarse bruscamente y decir:
-Disculpad pero creo que la leche merengada no me ha sentado bien.
Además Lucas tiene ganas de hacer caca. Me alegro de veros.
Mireia se aleja. Es la primera vez
en su vida que se va de un sitio sin pagar.
Escena
veraniega nº 4: Interior
de un bar de carretera cercano a Borja (Zaragoza). Un matrimonio y su hijo graban
el viaje de vuelta de sus vacaciones. ¡Acción!
Son las cuatro y media de la tarde
y el calor es asfixiante en la carretera que une Zaragoza con Soria. Una familia
de tres integrantes detiene su coche en uno de esos bares cualquiera que
pueblan las carreteras del país. Quieren merendar antes de proseguir su viaje.
Piden un par de cafés y unos bollos. La madre lleva una bolsa con la merienda
del niño de unos cuatro años.
El bar está vacío a excepción de
una mesa donde cuatro hombres echan la partida. El camarero sale muy a menudo
de detrás de la barra y, de pie, al lado de la mesa de los parroquianos,
observa sus cartas.
-Parece que el tiempo no ha pasado
por este sitio- dice el padre de familia. Este bar es exacto a los de hace
treinta años, ¿no crees? Si hubiéramos venido aquí siendo niños estaría todo
igual decorado. Podrías escribir algo sobre ello.
La tele encendida, aunque nadie la
mira. Los taburetes altos de madera detrás de la barra, los calendarios de
publicidad colgados en la pared, la vitrina de cristal con la tortilla de
patata y los boquerones, las magdalenas en bolsitas de plástico individual.
-Si, es verdad, lo único que no
hubiera habido es ese cartel colgado que dice “No hay wifi”- contesta ella.
Al cabo de un rato los hombres de
la partida elevan sus voces con el característico acento maño:
-Ahhh, eso yo lo sé, porque he cantao el veinte, lleva tres triunfos, yo
dos.
-
Ay la puta, te quejarás, en seis partidas una boda real y no sé cuántas veintes
has cantao.
El matrimonio se mira cómplice.
Ella dice que cree que están jugando a la brisca o al guiñote.
Después entra una mujer de unos
sesenta años y pide una infusión.
La partida continua y los gritos
cada vez son mayores al igual que las palabras malsonantes.
- Caguenlaputa ahí van dos dedos sabes...
-
Veintidós, veintidós buenas, los dos patitos.
-¡Meca!
Lahostiaputa con esas cartas.
-
¡Ay LaVirgen!, no me jodas.
La madre de familia mira a su
marido y le dice que por primera vez se alegra de que su hijo le haya cogido el
móvil y esté absorto en él sin oír nada de su alrededor.
La mujer de la infusión se acerca
al camarero y mantienen una conversación casi en susurros. Después del último
sorbo se dispone a pagar y el camarero rechaza cobrarla. Al salir del bar se
para en la puerta para decir:
-Le das recuerdos a laAsun.
El padre de familia insiste a su
mujer en que podría escribir algún relato basándose en ese bar.
-¿No
estabas buscando inspiración para tu cuarta escena veraniega? La señora que acaba de salir podría ser, por
ejemplo, la Sra. Margarita. Viene todos los días a tomar su manzanilla de las
cinco de la tarde- le propone emocionado.
- Así será- contesta ella tomando un par de fotos con el móvil y
copiando en la aplicación de notas algo de lo que dicen los jugadores de
cartas.
Lo que nunca llegará a saber dicho
matrimonio es que Margarita se llamaba efectivamente Margarita y que aquella
calurosa tarde del 29 de julio de 2017 mantuvo una conversación con el camarero
que cambiaría el resto de su vida.
lunes, 3 de abril de 2017
CULLERA 12:38
por María y Marta
En el
preciso instante en el que Marita Colmenar salió del agua el recién jubilado
del bañador azul clavó el “aplicador” en la arena. El nombre de “aplicador” lo
había puesto su mujer, que era de letras puras, y que se le daba muy bien poner
nombres. Dicho artilugio de plástico, que supuestamente permitía clavar la
sombrilla con mayor facilidad, había sido un boom de ventas entre la tercera
edad. Él llevaba aplicando su sombrilla en la arena de Cullera desde el año
noventa y nueve en el que compraron el apartamento, pero ésta era la primera
vez que lo hacía estando jubilado. Era un cambio importante, sin embargo, él no
notó ninguna diferencia.
Cuando
Marita Colmenar surgió del agua la joven del bikini rosa flúor cambió la
canción de su ipod. De “Stand by me” a “La Gozadera”. Un cambio radical, pero
ella ni se inmutó. El movimiento rítmico de su pie derecho siguió siendo el
mismo. En el tobillo llevaba un tribal tatuado. De todas las intervenciones por
las que había pasado su cuerpo, ésa había sido, sin duda, la más dolorosa. Si
cerraba los ojos, todavía podía sentir la maldita aguja pinchando en el hueso. El
rosa, por cierto, ya no era tan flúor
como el verano pasado.
La salida
de Marita Colmenar coincidió con el momento en el que la mujer que caminaba por
la orilla veía un testículo al hombre de la sombrilla de Cruzcampo. Lo vio de
pasada, de refilón, mientras caminaba hacia su toalla. Un testículo rebelde que
se escapaba de la redecilla del bañador. Lo cierto es que desde que se quedó
viuda no había vuelto a ver ninguno. Pero no sintió nada, ni el más mínimo
rubor ni cierto asco. Nada. Siguió caminando a paso ligero, su peso pluma
apenas dejaba una tenue huella en la orilla.
En el justo
segundo en que la silueta de Marita Colmenar abandonaba el mar, la chica hippie
de la cinta morada en el pelo buscaba distraídamente un mechero en su bolsa del
Banco Santander. La bolsa, la esterilla y la silla reclinable las había
heredado de sus tíos, fallecidos sin otra descendencia, junto con la propiedad
del pequeño pisito en cuarta línea de playa en el que se había instalado sin
fecha de salida. Se sentía pletórica, por fin aquellos dos deshechos por los
que nunca sintió ningún cariño se habían ido al hoyo. Lo que nunca sabría, ella
ni nadie, es que aquellos no tan inocentes ancianos podrían haberla hecho
multimillonaria de haber recibido mejores atenciones por su parte. Las cuentas
de cifras mareantes diseminadas en diversos paraísos fiscales se perderían para
siempre, como su mirada aquella mañana en el azul del océano.
Al mismo
tiempo en que Marita Colmenar emergió de las aguas del Mediterráneo las dos
niñas del balón hinchable de Nivea se
reían nerviosas. Llevaban un buen rato observando disimuladamente los pezones
erguidos de las dos alemanas que hacían
top less dos toallas más a la derecha. Las germanas, oriundas de Stuttgart,
ya habían mudado la piel, del blanco lechoso al coral en sólo dos días de
playa.
El grupo de
adolescentes no estaban mirando hacia el mar en el instante en el que Marita
Colmenar surgió de entre las olas. Los adolescentes no solían nunca mirar el
mar. Bajaban sin sombrilla, con gafas de sol y gorra. Jugaban a las cartas y a
veces al fútbol. Pero se cansaban rápido, se cansaban de todo rápido. Se
sentían incomprendidos, maltratados por sus padres, por sus profesores y por la
sociedad. Y a nadie parecía importarle. Ellos habían venido al mundo para
soñar, para hacer algo grande, para ser reconocidos. Pero, incluso todo eso
podía esperar, ellos habían venido ese verano al Levante español para follar.
Yo fui una
de las pocas personas que vieron salir a Marita Colmenar del agua. Fui de las
pocas personas que vi como el mar la devolvía, ya sin vida. Hacía un rato
también la había visto meterse, feliz y
decidida. Me había fijado en ella porque sonreía diferente, estaba relajada, en
paz. Y la verdad es que a mí me dio
envidia. Yo estaba pensando en mi desgracia, en mi divorcio,
en las pocas ganas que tenía de vivir.
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