Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



jueves, 5 de mayo de 2022

Carta a mi diccionario

 Por Marta

 

Maldito diccionario, te odio. Cuánto daño me has hecho con tus palabras. Cuánto he amado que tuvieras una exacta para cada momento. Y ahora me siento engañada. Al final no eres más que un libro…como esos de cocina que hoy había abandonado alguien en un banco de la calle. Me he fiado de ti porque, por ejemplo, me decías el verbo “caminar”, me decías “contigo”. O aquella tarde de verano, que soltaste el imperativo “espérame”, ¿te acuerdas? Qué tonta fui, subió la marea, bajó, subió, bajó… y allí seguía yo, en tu orilla. Llegaste a pronunciar incluso un “te necesito” y yo te creí, y lo que es peor, te necesité tanto...Porque las palabras ocupan dentro de mí tanto como las vísceras. Hay “lo sientos” que cogen aire, hay “nosotros” que dan chispazos en la piel y hay verbos que son pura taquicardia.

Creí, ingenua de mí, que esas bellas palabras podían tocarme…juro que algún día hasta noté sus caricias en la espalda. Pero no, están ancladas a tus páginas con grilletes. No me acompañan en el devenir de los días. Yo les digo: bajad de la estantería, venid conmigo a tirar la basura, acompañadme al súper y hacedme feliz mientras repaso los aditivos en las conservas. Pero ellas no se mueven, me dejan sola, fría frente al lineal de los congelados. Cubierta de cenizas, boqueando en mitad de los restos de una hoguera que se consume en el pasillo de los yogures. Qué crueles esas lindas palabras.

Y la realidad, después de todo, es que no tengo mucho que reprocharte porque, quién podría ser tan imbécil como para no darse cuenta de que, un diccionario, por breve que sea, contiene todo tipo de palabras. Contenías “egoísmo”, cómo no…y cerca del amor gritabas “amargura”. Como no fui capaz de ver que aquel “contigo” iba precedido de tanta “cobardía”.

Hasta aquí ha llegado nuestra historia. Podría prometerme no abrirte más, pero nunca he creído en mis promesas. Tampoco puedo condenarte al fondo de un cajón vacío, te morirías de frío. Si te escondo bajo candado sería incapaz de tirar la llave. Sé que lo que voy a hacer no está bien…no está bien visto quemar los libros. Pero no me queda otra. Esta noche, tus palabras y las mías, arderán en un fuego eterno.

viernes, 25 de febrero de 2022

La preferida

Por Marta

Para una amiga, casi hermana.


Mi brazo rodea por detrás a mi prima Natalia. Y no porque quiera abrazarla a ella en especial, ni porque necesite asirme a nadie…sencillamente porque es la persona que tengo al lado y porque en los entierros familiares conviene notar cerca a quien comparte tu sangre, aunque al día siguiente ya no los veas, aunque no los llames, aunque odies a su marido o a sus insoportables retoños. Noto su hombro huesudo por debajo de la camisa…clavículas, hombros, muñecas…de pequeña los envidiaba. Sus rodillas pétreas, tan bien perfiladas, tan bonitas. Qué huesuda, Nati, qué pequeña y delicada criatura. Me asomo al hueco de la sepultura como el que se asoma a un abismo. Me mareo. Bajan el ataúd otro tramo más y se desequilibra. Bajan con mayor rapidez la parte de los pies de modo que imagino a mi abuelita dentro encogida, como arrodillada, pegando con las rodillas en la tapa y me agobia que ya se quede así para toda la eternidad. Me gustaría parar todo. Abrir la tapa, estirar a mi abuelita. Darle un beso en la frente. El último. Y continuar con la inexorable bajada. Evito sentir ternura hacia mi prima Natalia y su osamenta, pero no lo consigo. Jugábamos en el patio de mi abuela, metidas en un barreño las dos. Los barreños eran grandes y espaciosos, eran lugares lúdicos. Pero luego no ha cuidado de la abuelita, no la ha llamado, no la ha visitado. Y yo la he cuidado, la he llamado, la he visitado. La abuelita lo sabe, yo sé que lo sabe, aunque no me lo diga, aunque le estén cayendo paladas de tierra encima. A Natalia hay que quererla por sus huesos, no por sus comportamientos, me digo, me repito. Nos tomamos un café rápido y nos vamos, que los niños tienen que hacer deberes, que los domingos se nos acumula todo a última hora. Todos los domingos parece asistir, esta familia feliz, a entierros que roban tiempo para las tareas. Asiento y nos tomamos un café. Los niños un refresco y unas patatas fritas. Una bolsa para cada niño, no son de compartir. Y su marido, su insufrible marido, un café y un bollo, porque así ya voy cenado. Pago yo, nadie se me adelanta. Me da una tarjeta con su número de móvil. Es que el teléfono fijo no lo cogemos nunca, tuviste suerte cuando me llamaste para decirme lo de la abuela. Tuviste suerte tú, pienso. Se van y apuro el café, y miro la tarjeta, es de papel reciclado, diseño elegante: Natalia Martín, abogada laboralista. Me he dado cuenta del detalle de que para repartir la herencia no quiere que la llames al incierto teléfono fijo. La abuelita tiene testamento. Sois las dos herederas y así, como hubiera querido la abuelita, se repartirán sus pertenencias. A partes iguales, entre su nieta huesuda y su nieta rolliza. La abuelita se ha cansado de decirlo estos días en el hospital. La casa entre las dos, la cuenta del banco entre las dos, en casa no tengo nada de valor, puedes tirarlo todo…bueno, menos las plantas, llévate las plantas a tu casa y riégalas, que no se te olvide. La abuelita está desvariando, solo me suenan un par de pequeñas macetas con unos cactus. No son cactus. Son crasas, me corrige la abuela. Llamo a los diez días. La abogada laboralista me cuelga. Pero luego me devuelve la llamada, ahora ya siendo mi prima Natalia. Pues me pilla mal lo de ir a recoger la casa de la abuela. No te preocupes. No me preocupo. Vete yendo tú a tirar cosas, a desechar la ropa, esas cosas. Voy yendo yo a tirar cosas, a desechar ropa, a esas cosas de muertos. Y se me hace un nudo en la garganta cuando entro y me embriaga el olor de la casa de la abuelita. Parece que huele todavía a bizcocho. Intento hacer un cálculo mental de cuantos bizcochos se habrán horneado en esa casa. Mil, diez mil…¿un millón? No hay más bizcochos. Se acabaron los bizcochos. Ropa. Bolsas de basura. Revistas. Bolsas de basura. Qué debo quedarme, qué debo tirar. Recetas de cocina. La pelota antiestrés. Las gafas de cerca. Las gafas de lejos. El listín telefónico. El perfume de violetas. Llevo más de tres horas en la casa de la abuela, estoy agotada, me pican los ojos. Me voy a casa. Cojo las bolsas seleccionadas, son cuatro bolsas enormes. Y los cactus. Me acuesto sin cenar. Tantos recuerdos me han removido el estómago. Estoy en un duermevela pensando en mañana…el notario, la partida de defunción, la visita al banco. Mañana sí que estará Natalia, mañana sí. Tengo sed. Mucha sed. Me levanto y voy a la cocina a beber agua. Y pienso en los cactus que llevan sin beber muchos días, desde que la abuela ingresó en el hospital. Pobrecitos. Me siento en el comedor frente a la mesa. Los riego. No son cactus, son crasas. Hay algo raro.  La tierra no chupa. Las hojas carnosas brillan relucientes. Hay algo que no debe ser como debería. No soy botánica pero sí tengo ojos. Las crasas. Plástico, PVC. Muerte. No hay vida. Me sale una carcajada nerviosa. Tiro del racimo de crasas hacia arriba y la planta y la supuesta tierra se desencajan en bloque de la maceta cuadrada. Me asomo al doble fondo de la maceta como el que se asoma a un abismo. Me mareo. Dobladitos, con esmero, un colchón de billetes de quinientos euros. Uno, dos, cinco, diez, veinte… Desencajo la otra maceta… uno, dos, cinco, diez, veinte… Me voy a la cama flotando, riendo, escuchando las risotadas de la abuela cuando me gastaba alguna broma. Yo, la nieta rolliza. La preferida. La abuelita lo sabe, yo sé que lo sabe, aunque no me lo diga.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Un coche después de un incendio

                                                                                                    por Marta


Había vuelto a quedar con ella. Se había jurado no hacerlo más justo la noche anterior, olvidarse de ella, pero, de nuevo, al recibir su mensaje, había olvidado su promesa. Una vez más.

(si es que estás en el mismo puto bucle de siempre)

­-Pero cómo voy a dejar de hablar con ella así, de la noche a la mañana, si me considera su mejor amigo de la carrera…

(ya, el problema es cómo la consideras tú a ELLA)

-Además, también viene Xavier, no voy a perder a mis amigos después de tantos años sólo por no verla a ella…- Manuel golpeó la cuchilla de afeitar contra el lavabo y se embadurnó la cara de loción aftershave.

El bar estaba abarrotado. El aire contenía una mezcla de conversaciones cruzadas y fritanga. Manuel agradeció esta atmósfera insana al entrar en el local. En las calles de Barcelona las temperaturas eran gélidas. Había llegado el primero, como ya suponía. Pidió un botellín. Su móvil vibró y leyó el mensaje de Xavier en el grupo: “Se me complica, chicos, marrón en el curro. Si puedo me paso a última hora, pero no aseguro nada”.

(bueno, pues ya estáis solos)

Sin saber cómo, Manuel se había bebido el botellín de un trago. Pidió otro. Al fondo del bar apareció Lucía.

-Joder con Xavi, ¡anda que avisa con tiempo! Bueno, ya que estamos nos tomamos unas cañas y picamos algo, ¿no? – Manuel sonrió y no tuvo tiempo de contestar; se vio envuelto en un abrazo de abrigo, bufanda, pelo y perfume.

 

 

- ¿Qué será que ya no hace frío en la calle? – preguntó Manuel quitándose la bufanda que se acababa de poner al salir.

- ¿Será una jaula de botellines Mahou entre dos? – preguntó Lucía que no podía evitar la risa tonta.

Bajaron por Carrer d´Aribau en dirección al metro Universitat. Un piti y me cojo el último metro, dijo Lucía.

(joder, ¿y si se lo sueltas ahora?)

- Va, ¿y si nos tomamos la última? Mañana es viernes.

-Joder, Manu, mañana no habrá quien me levante. Venga, dale.

El garito había vivido mejores épocas. Lucía se sentó en un taburete de la barra. Sonaba Fito a todo volumen para disimular la ausencia de clientela. Hacía frío y ni siquiera se quitaron el abrigo. Manuel se quedó de pie y la miró fijamente.

- Pues, ¿sabes qué, Manu? que deberíamos hacer esto más veces…

- ¿Hacer qué? - preguntó Manuel.

-Pues salir a diario, tomarse una caña con la gente a la que quieres…esto es lo que uno recuerda cuando pasan los años, no los guasap, los posts, los tuits…

- ¿Tú me quieres?

(¡BOOM!)

- ¿Qué? Jodeeer… no oigo nada con la música. - dijo Lucía.

- ¿Que tú qué quieres?

(¿Te ha oído y se ha hecho la loca o no te ha oído? ¡Joder! Puto Fito)

-Ah, otro botellín. - contestó Lucía

-Pues que sean dos.

El camarero recibió la petición con desgana y se tomó su tiempo en servirles. Después bajó el volumen de la música viendo que los nuevos, y casi únicos, clientes eran más de hablar que de pegar botes en mitad de la pista.

- Tengo que contarte una cosa, Manu. No pensaba decírtelo, pero el alcohol es lo que tiene…

(Dispara)

-Hace tres semanas me enrollé con Xavi. – sentenció Lucía.

- ¿No jodas?

(Sí jode, claro que jode)

- Y, ¿sabes qué? Creo que me mola de verdad. Ni una palabra de esto a Xavi, por favor… ni a Paula, ni a Joan…

- Que no, que no, que yo sé guardar un secreto. – dijo Manuel.

(Y tanto que lo sabes guardar…)

Lucía continuó hablando mientras despegaba la etiqueta del botellín como siempre hacía.

-No hemos dicho nada a nadie porque, no sé, yo no estaba segura…después de lo de Miquel… ya sabéis cómo lo pasé, y no me quiero colgar demasiado pronto de nadie…Pero me estoy dando cuenta de que me gusta de verdad, y tampoco quiero negarme lo que siento, ¿sabes cuando tu mente dice una cosa, pero tu corazón erre que erre?

- Sí, me ha pasado alguna vez. Y creo que, después de todo, es mejor hacerle caso al corazón.

(eres imbécil, no tendrías que haber venido, ya lo sabías…)

Lucía continuó.

-Te lo cuento a ti porque, no sé, siento que contigo… me entiendo muy bien. Desde siempre, desde la carrera. A veces es que con solo mirarnos ya sabes lo que estoy pensando. Joder, perdona si me estoy poniendo cursi…pero es que te quiero un montón.

Manuel sonrió y, de nuevo, no tuvo tiempo de contestar; se vio envuelto en un abrazo de abrigo, bufanda, pelo y perfume.

-Yo también te aprecio un montón, Lucía.

(¿te aprecio un montón? ¿te aprecio? ¿Qué puta mierda de verbo es ese? La quieres, la amas, la deseas…darías lo que fuera porque se quedara bloqueada la puerta de este garito de mierda y os quedarais a vivir ahí encerrados para siempre)

-De hecho, Manu, te diré una cosa, ya que la noche va de confesiones…tú me gustaste en su día. Antes de empezar con Miquel, el último año de carrera…estuve pillada por ti tooodo un verano, el del concierto de Bunbury ¿te acuerdas? Si Paula te contara las chapas que le daba…

- Y, ¿por qué no me dijiste nada? - preguntó Manuel.

(y, ¿por qué no se lo dices tú ahora?)

-Bah, yo qué sé. Te liaste después del concierto con una de rizos y me pillé un rebote… no recuerdo ni el nombre, igual tú tampoco… y pasó el verano y ya se me pasó la tontería… ¡qué chorrada!, ¿no? Quiero decir, que ya no tiene importancia, casi se me había olvidado… pero me ha hecho gracia recordarlo ahora. – explicó Lucía.

- Sí, tiene su gracia.

(todo es un verdadero chiste)

- ¿Sabes cuál es la teoría de Paula? – dijo Lucía divertida. -   Otra chorrada como una casa de grande. Dice que un chico y una chica heterosexuales no pueden ser amigos sin más. Dice que hay varias opciones: o él, o ella, o ambos, en el momento presente, o en el pasado o en el futuro sienten alguna vez algo más allá de la amistad. Pero que, nunca, nunca, puede darse una amistad pura sin más sostenida en el tiempo. Qué gilipollez, ¿no? Yo creo que sí es posible. Aunque bueno, mira, en nuestro caso ha acertado... Menos mal que nosotros superamos ese escollo del verano de fin de carrera y podemos tener ya una amistad sin más.

- Paula y sus teorías para todo. – suspiró Manuel.

- Oye, habrá que irse a casa. Que mañana nos vamos a morir. - dijo Lucía

- Sí.

(sí, mañana nos vamos a morir)

-Ah, por cierto, Don Manuel, en las próximas cañas te toca hablar a ti. Que siempre tienes bajo llave lo que se esconde en ese corazoncito…

Lucía puso la mano en el pecho de Manuel y no pudo percibir que, debajo del abrigo, del jersey, de la camisa y de la camiseta interior había un amasijo de hierros humeantes, como un coche después de un incendio.

-Vale- dijo Manuel- ya el próximo día te cuento. O, si se atranca la puerta de esta mierda de garito con nosotros dentro, pues esta misma noche hasta que vengan los bomberos…

 Los ojos de Lucía brillaron divertidos ante la ocurrencia de Manuel y éste se quedó mirándolos fijamente durante unos segundos.

(míralos bien, ahora, grábalos a fuego en tu memoria…para siempre.) 

sábado, 8 de enero de 2022

AVE FÉNIX

Por Marta


Cajas de mudanza con una vida dentro.

Tricotar una bufanda con lana que antes fue jersey.

Borrar, otra vez, el problema de matemáticas que nunca te sale.

Construir un castillo de naipes donde pasó la ola.

Pegar los trozos del plato que por fin rompiste.

Formatear la memoria sin guardar copia de seguridad.

Volver a sonreír después de haber besado un ataúd.

Aprender el idioma extraño de un país extraño.

Comenzar a latir con un corazón que ayer no era tuyo.

Barrer la ceniza que dejó el volcán en tu puerta.

Levantarte por las mañanas con un sueño hecho pedazos. Pero levantarte, al fin y al cabo.

 

Creyeron los dioses que nos hacían mortales. No sospechaban que aprenderíamos a nacer cada día.


viernes, 6 de agosto de 2021

AGENDA

por Marta y María  

                    

Para Laura Martín, amiga de la infancia,                            compañera de sueños ¡Feliz en tu día!

 

De repente son las seis de la tarde. De repente abro la agenda del año 2003. Por la mitad. 20 de junio. Una receta de berenjenas asadas con cebolletas y tomates secos que nunca hice, o quizá sí. 21 de junio. Encuentro una frase desnuda colgando en mitad de la página “Lo que callas nunca muere”, no sé si es mía o de algún Premio Nobel. Sigo pasando hojas. Recomendaciones de libros para el verano. No he leído ninguno. 10 de agosto. Comprar vasos de plástico y pajitas. Me sorprendo bastante. Serían para el cumpleaños de mi sobrino Jaime que es el 14. ¿Vasos de plástico? ¿Pajitas? ¿De verdad que Miss Sostenibilidad Planetaria compraba estas cosas? No me lo creo. 30 de septiembre. Aquellas cuatro palabras. Las apunté para no olvidarlas, pero no hubiera hecho falta. Paso por la página del 2 de octubre y ni me acuerdo de que era nuestro aniversario. 15 de octubre. Citas médicas. Dolores, picores, temblores de otra que nada tiene que ver conmigo. 23 de octubre. Me recuerdo pasar por el súper a por leche de soja, tofu y seitán. Este debió ser el primer intento fracasado de hacerme vegana. 7 de noviembre. Un dibujo críptico, hecho mientras hablaba por teléfono supongo. Rayas, círculos que rodean las rayas, tinta que ocupa los espacios en blanco, más rayas, más círculos, más tinta. 13 de noviembre. Santa Agustina. Felicitar a la abuela. Ejercías un poder sobrenatural sobre toda tu ristra de nietas ateas. Y ahí estaba yo, la reina de todas ellas apuntando tu santidad en su agenda ¡Ole tus huevos! 23 de diciembre. Escrito con letra doble y mayúscula la palabra VACACIONES. Esta costumbre infantil de escribir con letra doble y mayúscula la palabra vacaciones me hace sonreír. Me aproximo al 31 de diciembre y dudo si leerlo. Ese día siempre apunto lo mismo: Balance anual ¿he cumplido alguno de mis sueños? Cierro la agenda.

Escucho desde mi terraza una radial que suena a lo lejos, en alguna de las calles de mi barrio. Cierro los ojos y respiro profundamente. Me encuentro en el patio de mi casa, en lo alto de un taller de chapa y pintura. Morena, delgaducha y con la sonrisa siempre en los labios. Esa era yo. A mi lado, relucientes y en disciplinada fila india, puedo contar, uno a uno, todos mis sueños.

Abro la agenda de 2021, voy al 6 de agosto y apunto en cursiva ”la radial es el sonido de mi infancia, el sonido de la felicidad”. No creo que se me olvide, pero por si acaso.      

lunes, 1 de marzo de 2021

A las cuatro de la tarde

 

Por Marta

El día que partiste mi casa se partió en dos. Se abrió una grieta colosal e inmediatamente la mitad más débil, la que estaba hecha con cimientos de plastilina colapsó y se derrumbó. Se formó una polvareda tremenda y el estruendo se escuchó en muchas ciudades en las que aún no había amanecido. Eran las cuatro de la tarde. Afortunadamente yo había salido a tirar la basura en pijama porque siempre hay que tirar porquería después de una marcha así. Además, como había tenido tiempo porque tu partida no nos pilló por sorpresa bajé la basura clasificada, me hice la fuerte mientras la ordenaba durante todos esos días espesos. Quizás algo de todo ello se pudiera reciclar, poca cosa, las huellas del número cuarenta y uno de tus zapatos gastados, quizás, pero la mayoría era materia orgánica, las espinas clavadas, las cáscaras que protegían nuestra esencia, la pulpa medio podrida de bastantes sueños incumplidos.

Tampoco había, por suerte, ningún transeúnte, así que se podría decir que los daños se concentraron en mí. Enseguida se arremolinaron en la zona multitud de curiosos y en un tiempo indeterminado que no sabría si fueron cinco minutos o cincuenta también acudió la policía, los bomberos y los periodistas. Los policías me tomaron declaración y apuntaron en una libreta los datos que creyeron relevantes: años juntos, últimos detalles tiernos que recordaba, si había notado antes algún temblor insospechado bajo mis pies. A todo respondí que sí, o que no, ya no lo recuerdo. Los bomberos, por su parte, apagaron un pequeño fuego que se había originado en el dormitorio, justo debajo de la cama. Yo conocía esas ascuas, muchos días había soplado y removido las brasas sin éxito, y tengo que reconocer, que cuando vi esa llama tan violenta, devorando el colchón, no pude evitar sonreír. Fue lo único de lo que me acuerdo. Un periodista que hacía las veces de fotógrafo tomó instantáneas del momento. A todas sus preguntas contesté que no, o que sí. Al día siguiente salieron todas las fotos a doble página en un periódico de tirada nacional. Compré el periódico y no lo abrí hasta años después. Lejos de allí, con las manos temblorosas, en una taberna de Puerto Cobre. No sabía lo que me iba a encontrar a pesar de haber estado presente en aquel momento, a pesar de haber sido la protagonista de tan desdichado suceso.

La primera imagen era una nube de polvo y cascotes, no pude reconocer apenas ninguna esquina de la que fue mi casa. Era una imagen gris de la mitad caída de mi casa. Los azulejos del baño y el papel pintado del salón habían perdido sus colores al estrellarse contra el suelo. Busqué sin éxito cosas fácilmente reconocibles, el jarrón con flores de la entrada, la pelusa esa tan grande de detrás de la puerta, la bailarina del joyero que me regaló mi abuela asomando entre los escombros. Todo era un amasijo irreconocible. Un vómito de hormigón y vigas. Pasé la página y un fulgor de colores me deslumbró. Fue como viajar de la Antártida a un país caribeño en una vuelta de hoja. Esa sí que era mi casa. Parecía que habían cortado una tarta y al separar el trozo se veían todas las capas de colores de su interior intactas. El salón mostraba su mitad más acogedora, el sofá con los cojines en el sitio exacto donde yo los solía colocar, la mantita en el respaldo. El ficus, el ser más vivo que habitaba la casa, se mantenía salvaje e impasible en su rincón. Sus hojas parecían más verdes de lo que yo recordaba, al parecer le gustó dejar de ser una planta de interior. Del baño solo había quedado la bañera, con esa cortina fea de lunares que elegí sin saber que tendría espectadores. Y el lavabo, con nuestros cepillos de dientes. Encima el espejo que había reflejado tu cara cada mañana y mi rostro cada noche, ahora mostraba un cielo azul, limpio y despejado, a las cuatro de la tarde.

La imagen de la cocina era turbadora. El frontal con los muebles permanecía anclado a la pared pero las puertas estaban abiertas. Desde la calle se veían los platos, los vasos a punto de caer, en ese momento justo donde el tiempo queda detenido antes de la tragedia. También se veían las patatas fritas, las latas de conserva, el paquete de pan de molde cerrado con un nudo. Un atento observador habría podido juzgar de un vistazo nuestras carencias nutricionales.

La fotografía del dormitorio ocupaba una página entera. Las cenizas de nuestra cama todavía humeaban, la ropa interior tirada por el suelo. Sentí pudor al ver mis libros en la mesilla, cualquiera podría haberlos visto y saber de que estaba hecha yo por dentro.

Pensé que de nuestra casa había quedado lo mejor. Cuando una parte se derrumba es porque hay otra que queda en pie. Pedí un trago de cachaza a la camarera, la especialidad de Puerto Cobre. Llegué a la última foto. Era yo. Precisamente de pie, con los ojos muy abiertos. Pocas veces uno tiene la oportunidad de observar a su yo del pasado en mitad de un naufragio. Supe que era yo por mi pijama, por mi moño mal hecho, por mi esmalte de uñas color amapola.  Por lo demás cualquiera hubiera sido incapaz de reconocerme, ya no quedaba nada en mí de aquella mujer. Me quedé mirándola largo rato, haciendo preguntas a un trozo de papel, escuchando de fondo las guitarras y marimboles de la taberna. Algo quizás sí, un brillo lejano en los ojos, lo que algunos llaman alma.

 

viernes, 8 de mayo de 2020

Retrato de familia con gato.


Por Marta

En la casa de la calle Montesquieu 8 habita una familia y su gato Oboe. El gato, Oboe, tiene un deseo. Su deseo es que desaparezca todo el mundo de esa casa por un rato y quedarse sólo frente al televisor. El televisor estaría en negro, no podría ver aquello que vio esa tarde. Y él lo sabe, Oboe es demasiado sagaz y demasiado viejo para creer que los sueños se pueden hacer realidad a estas alturas. Su único deseo es quedarse solo y revivir con su imaginación aquella tarde, esas dos horas de película en las que conoció la mirada felina más atractiva que haya visto jamás, la de Sophia Loren.
El deseo de Julián, el padre de la familia, es bien distinto. Julián desearía que su mujer le amara. Bien un amor loco, bien uno sosegado, le daría igual. Se ha acostumbrado tanto a hacerse el tonto que algunos días hasta le sale solo. Baja la basura cuando ella lo ordena, pela las cebollas para que ella no llore y le hace el amor, una vez por semana como mucho, cuando ella lo dice. Y digo bien, Julián le hace el amor, ella no sabemos qué hace. Oboe piensa que Julián es un cobarde, pero se sienta a su lado en el sofá y deja que le acaricie el lomo con sus manos ásperas y calientes. Hay cobardes y cobardes.
Teresa desea ser como su amiga Pilar. Con el mismo gusto por la decoración, con sus hijos con buenas carreras ya colocados. Primero soñó ser como su amiga Fátima y la igualó teniendo novio. Luego anheló ser como su prima Carmen, que cuando se enteró de su embarazo hizo volver a Julián del trabajo para que la fecundara. Ella, que disfruta en secreto releyendo algunos domingos sus cartas de novios, no lo sabe todavía, pero dentro de cinco años deseará ser como su vecina Julia, la del número 6, que por esas fechas estrenará orgullosa el papel de abuela. Oboe odia a Teresa sin titubeos, pero es la mano que le da de comer así que su lado animal le lame la mano, se entrecruza entre sus piernas y se deja acariciar incluso en la cabeza.
Felipe, el hijo mayor, tiene un deseo que debería ser inconfesable aunque a él se le nota a la legua: desearía haber nacido en otra familia. En una en la que presentárselos a alguien no le hiciera sentir ridículo. Le abochorna todo de ellos, hasta el gato ése que parece una bola de pelusa gris. Algunos días, sobre todo esos en los que el aire trae el olor del mar, Felipe se avergüenza de su propia vergüenza. En unos meses va a organizar la pedida de mano de su novia y a formar una nueva familia. Tendrá por lo menos dos hijos y vivirá en una casa con jardín. Y a sus hijos los va a hablar en inglés, para que no le pase como a él que todavía se le atragantan algunos freisal verbs. Y los sábados por la mañana cuando los niños echen una carrera en el parque él dará la salida: Redi…gou! Y será el hombre más feliz del mundo. Oboe no opina nada de Felipe, lo esquiva por el pasillo, no lo considera de la familia.
Lili es la pequeña. Acaba de cumplir catorce. Le gustaría tener la mirada misteriosa y astuta, como la de Marlene Dietrich en “Testigo de cargo”, o como la de su gato Oboe. Es que un día le dijeron que tenía la mirada triste y es la única pega que ve a su cara,sus ojos. Pero ya ha visto un montón de tutoriales en Youtube y cada día se los maquilla mejor. A Lili su gato Oboe le vuelve loca, se lo sube a la silla en sus rodillas y le hace mil arrumacos hasta que el gato no puede más y se baja pidiéndole una disculpa con esos ojos grandes y amarillos. Es que ya se está haciendo un poco mayor, piensa Lili… bueno, y que es un gato, y no un peluche, como le dice su madre. A Lili le encanta pasar tiempo con su padre. Es paciente, como ella. Lo último que han hecho juntos es el puzzle del Guernica de 5000 piezas. El día que lo terminaron se sentían fascinados. Teresa entró en el cuarto de estar y les dijo que era demasiado grande como para colgarlo o enmarcarlo. Así que a la mañana siguiente empezaron a desmontarlo con un poco de pena...pero con mucho cuidado, le ha dicho su padre, que no se pierda ninguna pieza porque igual, algún día, nos apetece volver a hacerlo. Su madre, piensa Lili, tiene el corazón más duro que el cuarzo, el feldespato y la mica juntos. Es decir, como el granito. Aunque también piensa que con el granito de base se puede construir una casa dura y resistente, como en la que viven.
A Lili su hermano Felipe le cae medio bien. Se llevan bastantes años y sus mejores recuerdos con él son cuando ella era muy pequeña y su hermano le ayudaba a hacer ejercicios en una manta en el suelo, se reían mucho y recuerda que era muy cariñoso. Ahora sólo es así de vez en cuando, sobre todo cuando viene su novia Sara a comer a casa, que, por cierto, es guapísima y se maquilla los ojos que un día ya le preguntará el truco.
Lili no desea nada. La naturaleza la hizo alegre, feliz, satisfecha. Oboe la admira. Ronronea mientras frota la cabeza contra su tripa y, mirando para arriba, piensa que cada día sus ojos se parecen más a los de Sophia Loren.