Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



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jueves, 25 de diciembre de 2025

PELUQUERIAS DE TODO PELAJE

 

Para todos aquellos que se identifiquen conmigo, sé que existen.

por María

Hoy quiero hablaros de peluquerías, porque es un tema que realmente me conmueve. El tipo de persona que uno es puede deducirse de la relación que ha mantenido con las peluquerías a lo largo de su vida, de ahí que esto que voy a escribir, aunque va de pelos, va también de la vida: esa que se nos escapa mientras pasamos tres horas en estos salones de belleza. ¡Ay! La belleza, otro gran tema de la humanidad.

Yo nací con el pelo rizado y, pese a ser un hecho palpable y evidente —así lo demuestran las fotos de mi más tierna infancia—, nadie debió saberlo, o cuando menos asimilar o aceptar tal condición. Y así fui creciendo, con una densa cabellera sobre mi cabeza, claramente incomprendida. Ya con unos ocho o nueve años, las imágenes gráficas de la época dan cuenta de los intentos de domar aquella melena, del empeño por convertirla en un pelo largo y liso, sobre todo liso. Por supuesto, ella se rebelaba: no estaba en su naturaleza y, cuando las cosas se fuerzan de ese modo, lo más normal es fracasar estrepitosamente.

Los recuerdos que guardo de las peluquerías de mi infancia no son los de caros salones de belleza a pie de calle, sino los de pisos sin letrero, casas humildes con un par de lavabos y secadores de pie; lugares donde el sofá del salón hacía las veces de sala de espera.

Mi abuela Lola y su vecina Carmen eran fijas en una de estas peluquerías de barrio. Dos hermanas, cuyo recuerdo nítido ha venido hoy a mí mientras escribo esto —María y Paquita—, regentaban una de aquellas peluquerías modestas en un piso.

Mi abuela tenía peluquera, o al menos la tuvo durante muchos años, hasta que el negocio cerró. Y esto no es fácil de conseguir: tener peluquera. ¡Ay! Se me antoja casi inalcanzable

Me acuerdo de ir a esa peluquería en bastantes ocasiones, a veces acompañando a mi abuela o a mi madre, y otras como joven clienta. Mi hermana también solía estar presente en estos recuerdos y no pocas veces nos hemos reído al traer a la memoria aquella vez en que esperábamos aburridas en el sofá del salón de esa casa cuando, de golpe, se abrió la puerta mientras cantábamos y coreografiábamos una vieja copla que decía “debajo de la capa de Luis Candelas, mi corazón amante vuela que vuela”.

No sé si las sorprendidas fuimos nosotras o la persona que abrió la puerta al encontrarse con dos niñas de seis y nueve años cantando una canción que, a finales de la década de los ochenta, tampoco creo que estuviera entre el top ten de lo más escuchado.

Tanto en esta peluquería como en las que visité a lo largo de los años, hasta aproximadamente mi mayoría de edad, hubo una cosa en común: ninguna de ellas —ni ninguno de sus peluqueros— descubrió la verdadera naturaleza de mi pelo. Se empeñaban en alisarlo y en obligarlo a vivir fuera de su personalidad.

Fruto de ese desconocimiento, tuve que someter a mi cabello —y con él, a mi persona— a momentos duros, como aquel en el que se decidió que lo mejor era cortar el pelo cortito a la niña. El corte no resultó especialmente favorecedor y, con él, la niña pasó a ser vista por mucha gente como el niño, ya que en varias ocasiones me llamaron chaval.

Después de aquel corte vinieron distintas etapas. Cabe destacar la época de la seta, o aquella otra en la que una peluquera diabólica pensó que lo más adecuado para una adolescente de dieciséis años era rapar gran parte de su cabellera —casi al cero— con la excusa de quitarle volumen, dejando que el resto del pelo tapara esa zona rapada, que solo asomaba por los laterales o cuando me hacía cualquier tipo de coleta o recogido. Creo que, si la hubiéramos denunciado, esa teórica profesional del cabello podría haber acabado entre rejas. Pero no solo no la denunciamos, sino que el corte no debió de parecernos mal, ni a mi familia ni a mí, que incluso compramos una maquinita para “esquilarme” —así lo llamábamos en casa—.

Sin embargo, alrededor de mis dieciocho años tuvo lugar un acontecimiento que cambiaría mi relación con mi pelo, que no con las peluquerías. En una de esas peluquerías nuevas que probé —en este caso, una que frecuentaba la madre de una amiga, afortunada ella, que tenía sitio fijo— le dije a la peluquera que quería hacerme la permanente rizada. La mujer, tocando mi cabello —tan informe, encrespado y voluminoso como siempre—, me preguntó cuándo había sido la última vez que me había hecho la permanente. Yo le respondí que nunca. Me dijo entonces que para qué quería hacerme la permanente rizada si ya tenía el pelo rizado.

Sé que al lector este hecho puede parecerle difícil de creer, pero lo cierto es que, aunque había visto fotos de mi infancia con el pelo rizado, tuvieron que pasar dieciocho años de mi vida para que una completa desconocida me descubriera algo que debería haber sido evidente y no lo fue: ni para mi familia, ni para mí, ni para el resto de los peluqueros a los que había ido.

Aquella mujer mojó mi cabello, moldeó mis rizos con un poco de espuma, lo secó con difusor y, voilà, se hizo la magia. Salí de aquella peluquería convertida en una mujer de pelo rizado y sin haber pagado dinero por ninguna permanente. Recuerdo incluso la ropa que llevaba ese día, que pasaría a la historia para mí.

Uno podría pensar que esa mujer, ese pedazo de profesional que había hecho un descubrimiento que nadie antes había sido capaz de hacer, debería —con todo merecimiento— haberse convertido en mi peluquera de cabecera. Nunca mejor dicho. Pues no. Lo cierto es que la peluquería me pillaba bastante alejada de casa, a casi una hora en transporte público y, en honor a la verdad, en asuntos de peluquería soy bastante infiel. A diferencia de otros aspectos de mi vida, donde valoro especialmente la fidelidad y la lealtad, en cuestiones capilares soy claramente promiscua.

Cuando pudiera parecer que visito varias veces un mismo sitio, incluso que podría forjar cierta relación personal con la peluquera de turno, otra peluquería se cruza en mi camino. Algo, de repente, me lleva por la senda de la perdición y ahí está: dejo de tener peluquera. Sin embargo, no he dejado de intentarlo. Y en estos intentos, a veces arrastro a mi hermana, a mi madre o a mi suegra. O son ellas las que me arrastran a mí.

Fruto de estas idas y venidas acabamos en una ocasión en una peluquería del centro de Madrid que frecuentaba una amiga de mi madre. Aquella amiga no tenía ya peluquera de referencia, sino peluquero, algo que por entonces no era tan frecuente, y una podía llegar a creer que, por ser hombre, tendría las manos del mismísimo Llongueras. Con esperanza acudimos a que el tal Benito —así se llamaba— pudiera acogernos entre sus manos y rescatarnos de ese vagar por la vida.

Pero no. Benito tampoco consiguió ser nuestro peluquero más que aquel día. Lo que sí pasó a la posteridad aquel día fueron dos hechos ocurridos en aquel local. El primero fue que, al ver mi pelo, pusieron el grito en el cielo preguntando quién me lo había cortado. Yo mentí diciendo que había sido una amiga en prácticas, que estaba estudiando un módulo de peluquería. No me atreví a decir la verdad: la peluquera en prácticas había sido mi hermana, que estaba sentada allí a mi lado y que algún día debió de hacer algún experimento con mi pelo.

¿Podríamos considerar a mi hermana como una más de las peluqueras a las que desprecié?

El otro hecho mítico —de los mejores que se han visto en nuestros lugares— ocurrió cuando la peluquera que me estaba lavando el pelo me preguntó, así de sopetón, si quería “hidratarme”. Yo, desde mi posición de inferioridad, ahí sometida, con el cuello apoyado en el lavabo y la mirada fija en el techo, conseguí vencer la vergüenza para preguntar: ¿eso qué es y cuánto cuesta?

El caso es que el dichoso tratamiento costaba lo mismo que la oferta de lavar, cortar y peinar a la que yo había acudido, así que decliné hidratarme. Y fue entonces, en ese preciso instante, cuando una voz de ultratumba procedente de mi compañera de lavabo —con un par de toallas empapándole la cabeza y que había oído toda nuestra conversación— preguntó si eso era lo que le habían hecho a ella.

Efectivamente, aquella mujer había sido víctima de un tratamiento de hidratación no deseado y, en aquel momento estaba siendo consciente de lo que iba a suponer para su cartera. Aún me da la risa recordar la indignación y los vituperios que dedicó a la peluquera que se la había colado.

Podría eternizarme en este relato si os contase todas las peluquerías que he visitado a lo largo de mi vida, o todas las anécdotas que he vivido en ellas, como aquella vez en la que compré un cupón con una oferta por lavar, cortar y teñirme el pelo. Cuando llegué y la peluquera vio entre sus manos la cantidad de material con la que iba a trabajar, me dijo que esta vez aceptaban el cupón, pero que en otra ocasión me tendrían que cobrar un suplemento de casi el doble ya que conmigo gastaban mucho producto. Me hubiera gustado responderle que si acaso a las que tenían poco pelo les cobraban la mitad, pero este tipo de respuestas no se me ocurren en el momento adecuado. Tampoco hubo siguiente vez, aceptar una penalización por mi cantidad de pelo ya hubiera sido el colmo.

En algunas ocasiones he sido esa señora que da propina a la peluquera que la atendía, sintiéndose parte de una ceremonia reservada solo para quienes gozan de cierto grado de intimidad. También hubo peluqueras con las que simpaticé algo más, conociendo un poco de sus vidas y compartiendo algo de la mía, pero la verdad es que nunca llegué a sentirme cómoda con ese nivel de confianza. Prefiero mantener cierta distancia profesional y, sobre todo, seguir leyendo mi libro. O quizá mi subconsciente sepa que no debo encariñarme con ninguna porque, tarde o temprano,  las pondré los cuernos.

El sábado pasado visité una peluquería nueva. A mitad de la mañana se les acabó el termo de agua caliente, y el segundo lavado me lo tuvieron que hacer con agua más bien fría. Se disculparon y me explicaron que estaban pendientes de que lo cambiaran, pero que el técnico no había podido ir ese día. Lejos de desagradarme me pareció un hecho real, un ejemplo de cotidianidad en un lugar donde no debiera permitirse. Bromeé con el chico que me lavaba diciéndole que hoy en día estaba de moda las inmersiones en agua fría por sus beneficios para la salud.

Después de mí entró una chica que debía conocer mucho a las dueñas: la saludó con un beso, se levantaba y se movía a sus anchas por la peluquería y después se despidió hasta la semana siguiente. Esa mujer era un auténtico ejemplo de clienta perfecta de una peluquería fija. Si las peluquerías fuesen campos de fútbol y las clientas jugadores yo estaría jugando un partido de tercera regional y esa chica era Lionel Messi. Después entró Faustina que tenía gran carácter pese a su ya avanzada edad y no quería cortarse, aunque su hija y la peluquería insistían en que debía hacerlo. Otra mujer a mi lado también era llamada por su nombre. Formaban toda una gran familia en donde la única intrusa era yo. No sé si volveré.

Tras escribir estas líneas me he dado cuenta de que el hecho de no tener una peluquería fija me ha dado bastantes más satisfacciones de las que creo que hubiera tenido si llevase treinta años en el mismo sitio. Sí, es verdad que cada vez que pruebo una nueva es como empezar de cero, pero al menos ahora ya conozco mi pelo: un pelo rizado —o, como se dice ahora, curly— que usa productos sin sulfatos, un pelo al que se le hace co-wash o se le echa leave-in, un pelo al que se le hace scrunch para “definir” los rizos, en definitiva, un pelo con el que ya estoy reconciliada.

El tema de si dejarse o no las canas ya lo dejamos para otro día.

 

 

 

 

 

sábado, 8 de enero de 2022

AVE FÉNIX

Por Marta


Cajas de mudanza con una vida dentro.

Tricotar una bufanda con lana que antes fue jersey.

Borrar, otra vez, el problema de matemáticas que nunca te sale.

Construir un castillo de naipes donde pasó la ola.

Pegar los trozos del plato que por fin rompiste.

Formatear la memoria sin guardar copia de seguridad.

Volver a sonreír después de haber besado un ataúd.

Aprender el idioma extraño de un país extraño.

Comenzar a latir con un corazón que ayer no era tuyo.

Barrer la ceniza que dejó el volcán en tu puerta.

Levantarte por las mañanas con un sueño hecho pedazos. Pero levantarte, al fin y al cabo.

 

Creyeron los dioses que nos hacían mortales. No sospechaban que aprenderíamos a nacer cada día.


viernes, 9 de octubre de 2015

Música para escritores

Por María

Para Ana Portela, por compartir lo que ella y yo sabemos.

Confieso que no sé qué interés podría tener para vosotros leer la historia de Mario, puesto que Mario no existe. Mario es alguien totalmente inventado por mí. Le di un apellido italiano por parte de padre, Bellotti, simplemente porque me gustaba su sonoridad. Me repetía una y otra vez su nombre, Mario Bellotti, así alargando mucho la “o” de Bellotti, Mario Beloooti, Mario Beloooti.

Dado que siempre admiré esas familias de muchos hermanos donde al final los mayores hacen un poco de padres de los pequeños, le di a Mario cinco hermanos, que bien podían haber sido, por el mismo coste, seis o siete. Así, de repente, se me ha ocurrido que cuando Dostoyevski escribió “Los hermanos Karamazov” quizá pudo haber pensado en algún momento que en vez de tres fueran cuatro hermanos. Sin embargo ni el cuarto Karamazov ni el sexto hermano de Mario Bellotti existieron finalmente, aunque en el fondo tampoco existieron los tres Karamazov de Dostoyevski ni los cinco hermanos de Mario Bellotti. Tampoco Mario Bellotti. Todo fruto de la invención.

Pero por diversos motivos que a veces no consigo comprender, los humanos hemos querido que algunas vidas inexistentes nos interesen tanto como para pasar horas y horas con ellas. Unas vidas sin vida que, como en el caso de los hermanos Karamazov, tienen más vocación de permanencia y universalidad que las propias vidas reales.

Volviendo a Mario Bellotti lo cierto es que si se me hubiera ocurrido a tiempo le habría dado un hermano  gemelo, siempre he sentido fascinación por ese par de almas que comparten idéntica información genética. Habría creado un gemelo de Mario tan clónico a él que su madre al nacer sólo habría podido distinguirles por el ombligo, la única señal que no dependía de la genética sino del resultado del corte del cordón umbilical. Sin embargo ya era tarde para ello, la historia ya estaba escrita. Una historia que situé por pura casualidad en Canadá, de lo cual me arrepentí en cierto modo porque yo no sabía absolutamente nada de Canadá. Hubiera sido mucho más fácil quedarme en Madrid, o en el caso de haber querido arriesgar un poco más al menos haber elegido una ciudad en la que hubiera estado alguna vez. Ya lo decía el profesor del taller “Cómo escribir una novela que enganche”, que lo más sencillo era escribir sobre lo que conociéramos. Y ahí estaba yo, complicándome la vida y eligiendo Canadá como enclave de mi historia, lo cual me supuso un trabajo extra de previa documentación. Leí sobre su clima, sus costumbres, sobre sus ciudades y su extraordinaria naturaleza. La verdad es que sentía que era ridículo estar leyendo sobre algo de lo que no tenía la más remota idea para luego contarlo como si fuera una eminencia en el asunto. Tenía la misma sensación que si estuviera copiando en un examen. Todos los escritores tenemos algo de tramposos.

Y es que de vez en cuando me asaltaba la duda ¿y si hubiera leído algo equívoco al documentarme y como consecuencia de ello dicho error se hubiera plasmado en mi novela? El disparate podría acecharme detrás de las Rocosas, en la carretera de Québec a Montreal o tras la lluvia de Vancouver.

“Verosimilitud” había dicho aquel profesor. “Lo importante no es que las cosas sean  verdaderas, lo importante es que dentro de su contexto sean verosímiles”. Así que en el fondo no importaba que hubiera confusiones si las mismas no entorpecían la verosimilitud de lo descrito, ¿no?

Yo había tejido de la nada la saga de varias generaciones de pianistas de origen italiano en Canadá, una historia de renuncias, de superación, una historia de amor por la vida, por la música, por la música de la vida y ¿por qué lo había hecho? ¿qué pretendía con ello?

Me cuesta entender por qué escribo, ¿qué busco? Pero, sobre todo, ¿qué buscan los demás leyendo algo que saben que no existe de principio a fin?

Durante un tiempo sólo pude leer ensayos y libros de historia. Sólo veía documentales. Si osaba ir al cine sólo imaginaba los técnicos que rodearían cada escena, los cortes, el montaje, al guionista escribiendo en su casa, al director mandando repetir el diálogo. Me parecía imposible haber disfrutado antes de alguna película y admiraba la capacidad del resto de espectadores para emocionarse con lo que estuvieran viendo.
Hubo gente que compartió mi angustia.  

Y de repente recordé la escena en la que Mario Bellotti tocaba el concierto para piano nº 2 de Rajmáninov. Me había molestado en describir sus poderosos brazos, sus manos de dedos largos y ágiles, el vello en sus falanges. Todo era inventado. Salvo la música.

La música que lo llenaba todo.

La música que brotaba de sus manos. De las manos de Mario, que eran las manos de cualquier pianista del mundo. De todos los pianistas del mundo.  

La música puso fin a mi desasosiego y me hizo comprenderlo todo.

Porque daba igual que nada fuera real. Yo lo sentía. 
  

miércoles, 15 de julio de 2015

¿Qué quieres ser de mayor?

por María.


Para Nuria, mi inseparable compañera en los 15100 caminos de la vida.

A un par de cuadras de la Plaza de la Liberación, antes de llegar a la Avenida Juárez, dos señoras se dedican al oficio de lustrar zapatos. No son las primeras de su generación que se consagran a dicho empleo. Cobran la boleada a 25 pesos. Yo me enteré de lo que era una boleada porque mientras me dirigía a Callao, en plena Gran Vía madrileña, vi como un hombre anunciaba su puestecito de limpiar zapatos con un cartel que rezaba “La mejor boleada de México”. Comprobé este dato por internet y vi que lo de bolear allí, al otro lado del Atlántico, parecía un oficio con algo más de futuro que en España. Aunque tampoco demasiado porque cada vez son más habituales, también allí, las zapatillas deportivas o el calzado informal que no necesita de lustre. En todo caso a mí se me hace raro que a alguien le apetezca que otro le limpie los zapatos en plena calle; por muy sucios que estuvieran los míos yo no querría ni regalada una boleada con público, y siendo sinceros, sin público tampoco me atrae en exceso. Pero supongo que si existe el oficio es porque otros no tienen tantos remilgos.

Otra ocupación que me llama la atención y que pensaba que se había extinguido es la de afilador de cuchillos. El otro día, a las 12 del mediodía en pleno barrio de Chueca, comprobé que estaba en un error: me topé con uno. Bajaba la calle con esa musiquita que cualquiera que la haya escuchado tendrá grabada en su cabeza y me transportó unos treinta años atrás, cuando era un sonido relativamente común en mis mañanas de fin de semana, como el del chatarrero o el del gitano con la cabra y el órgano. Supongo que no tengo ningún cuchillo cuyo valor merezca la pena tanto como para afilarlo, así que los afiladores de cuchillos son para mí tan prescindibles como los boleadores.

O tan prescindibles como debieron de serlo los serenos en las calles de Madrid, ya que estos sí que desaparecieron definitivamente. Empezando por el nombre siento gran atracción por la profesión de sereno. El pozo de sabiduría que es internet me explicó que estos tipos, una especie de vigilantes nocturnos de las calles que regulaban el alumbrado público y abrían las puertas de quien lo necesitara, en algunos lugares solían además anunciar la hora y las variaciones atmosféricas, y de ahí su nombre,  porque era muy habitual que el cielo estuviera despejado, sin nubes ni niebla, es decir “sereno”. ¡Las diez en punto y sereno! ¡Las doce en punto y nublado! ¡Las dos en punto y nevando!

Poco queda en el Madrid actual de ese Madrid de serenos, a los que imagino cargados de llaves y familiarizados con los vecinos de las calles que “patrullaran” y entonces creo que lo que me gusta no son sólo los serenos, o quizá ni siquiera los serenos, sino la inocencia de ese Madrid que apenas conocí.

Lo que no tiene visos de extinguirse, ya que estamos hablando de oficios y profesiones, es la eterna y fastidiosa pregunta de ¿qué quieres ser de mayor? Les sonará porque con toda seguridad la habrán recibido de pequeños y posteriormente la habrán formulado de adultos. Cuando recibes esa pregunta en la más tierna infancia el abanico de posibilidades no es demasiado amplio. ¿Cuántas profesiones sabe un niño de siete u ocho años? No sé ahora,  pero en mi infancia la cosa giraba en torno a los que querían ser bomberos, policías, soldados o pilotos de avión, es decir profesiones más de acción, los que querían ser médicos, abogados, periodistas o maestros, profesiones de menor riesgo físico y que elegían los más listos de la clase, o los que ya por pedir, pues querían ser actores famosos, cantantes, futbolistas o astronautas. Percíbase que hablo en masculino, aunque no hace falta señalar que muchas profesiones tenían su género ya asignado y si a un niño de nueve años le daba por decir que quería ser peluquero que se preparara.

Recuerdo perfectamente que en clase nos dieron una lámina blanca con un marquito color lila y teníamos que dibujar en ella qué queríamos ser de mayor. Creo que fue en cuarto de EGB, esto es unos nueve o diez años, aunque no estoy muy segura si fue antes o después de esa edad. Supongo que para muchos niños no supuso ningún problema plasmar ahí cualquier cosa, lo tuvieran o no claro; para algunos otros – no muchos- que nacen con una vocación clara tampoco supondría obstáculo alguno, pero ¿qué pasó conmigo? Pues que me quedé paralizada y tuve que pensar y pensar y repensar qué narices quería ser de mayor. Creo que debí de preguntar a mi familia por diferentes profesiones a ver si había alguna que me gustara (¿es lícito poner en esta tesitura a una niña de diez años?) y entonces decidí, sin saber demasiado bien qué era, que yo de mayor quería ser abogada. Y ahí que dibujé un estrado, con la mesa del juez, con sus banquitos de madera y con mi persona ataviada con toga y hasta birrete, obviamente influenciada y confundida por las películas y series americanas. Aquella de Perry Mason, que por cierto nunca he vuelto a ver desde entonces, me encantaba y creo que tuvo mucho que ver con el resultado final de mi dibujo.

La cosa es que años después, cuando aprobé selectividad y me llegó ese momento fatídico de elegir carrera y futuro vital (¿es lícito poner en esta tesitura a una joven de dieciocho años?)yo debía seguir con las mismas dudas que entonces. Así que pensé, pensé y repensé y ¿qué hice? Pues me matriculé en Derecho porque al fin y al cabo la única respuesta palpable que yo tenía a esa maldita pregunta era un dibujo enmarcado en un marquito lila.

Y así se forja la vida de una persona.

Y a estas alturas de la película no tengo claro si me equivoqué o no al pintar ese dibujo porque resulta que ya soy mayor y sigo sin saber qué quiero ser de mayor. Y lo pienso, lo pienso y lo repienso, pero la parálisis continúa y lo más parecido a una respuesta que se me ocurre nada tiene que ver con profesiones. De mayor quiero ser feliz, culta, eternamente joven y bella, millonaria. De mayor quiero ser pequeña otra vez, libre de responsabilidades y ajena a preocupaciones. De mayor quiero saber qué quiero ser de mayor.

Sin embargo creo que si consiguiéramos desterrar la preguntita de marras tendríamos mucho terreno ganado. No habría afiladores de cuchillos frustrados porque un día dijeron que querían ser médicos, ni habría mujeres de la limpieza que soñaron con ser actrices. Habría afiladores de cuchillos, médicos, limpiadoras y actrices felices de ser lo que fuesen.

Ojalá todo fuera tan sencillo como eliminar una pregunta,  pero obviamente esta es una cuestión mucho más compleja que pasaría por cambiar gran parte de la concepción de nuestro sistema educativo, un sistema que en mi opinión no funciona. Y no funciona porque no valora a la persona y sin ella nunca vamos a hacer un mundo mejor.

Pero si las cosas no cambian al menos podríamos incluir la  enseñanza de la canción del pirata cojo de Joaquín Sabina entre las materias obligatorias y así ampliaríamos algo  más el abanico de posibilidades para elegir. Yo al menos no me habría visto obligada a preguntar qué profesiones me podrían gustar, lo hubiera tenido claro: sin duda pintora en Montparnasse.

O bien esto o reconducir a los niños por caminos más realistas donde las respuestas a la cuestión variaran de las “yo quiero ser parado de larga duración, como mi papá”, o “fija-discontinua sin contrato, como mi tía” a “yo lo que deseo es ser funcionario gris” “contable amargado” “abogado mercenario” “tesorero corrupto de partido político” “niño de papá o hijo de torero vividor de las revistas del corazón”. No sé si sería un mundo mejor, pero desde luego que sería un mundo mucho más divertido.  

           

miércoles, 3 de junio de 2015

Patrimonio de la humanidad

por Marta


Todos sabemos que cuando La Muerte llega se lleva por delante todo lo que encuentra. Arrasa.  Pongo La Muerte con mayúsculas, como nombre propio, porque en un libro de Lengua que usé hace muchos años al lado de un poema a modo de ilustración estaba la clásica figura de una mujer sin rostro con la guadaña a cuestas. Me dio miedo y se me quedó grabado. Muchas veces la muerte es tan injusta que necesitamos algo concreto a lo que odiar, aunque sea una silueta de un libro de EGB. Como decía, La Muerte suele llegar y llevarse por delante a la gente. Pero esta gente muchas veces no deja huérfano solo a sus hijos, a su familia, a sus seres queridos…Los muertos dejan huérfanos a los objetos.

Este fin de semana he estado en el pueblo de mi abuela, en la casa en la que veraneé muchos años. Allí, en el cajón de una pequeña mesa auxiliar al abrir me he topado con el costurero. No me ha sorprendido, la verdad. Ese costurero ha estado allí desde que yo tengo uso de razón. Ahora mismo, cierro los ojos, pienso en él y lo puedo recrear a la perfección; es una caja cuadrada de color rojo y textura aterciopelada, en la tapa hay dibujada una escena de caza con caballos y perros corriendo. Lo he abierto y he encontrado lo de siempre. Cada cosa en el sitio en el que se la había dejado. Han pasado ya unos cuantos años desde que nadie coge una aguja o un alfiler de esa almohadilla. Y me ha resultado curioso, raro. Mi abuela tenía su orden singular dentro de esa caja. Los botones pequeños en una cajita de caramelos, los grandes en una bolsa transparente. Agujas ordenadas por tamaños, corchetes, cintas elásticas. Todo tiene su lugar y sin embargo mi abuela nunca nos contó cual era ese preciso lugar para cada cosa. Cuál era la manera de colocar cada objeto de ese costurero. Parecerá una tontería pero me ha sobrecogido el pensar que mi abuela se fue sin contarnos como había que gestionar ese pequeño mundo de su costurero. Y me he sentido un poco torpe y a la vez un poco entrometida, así que he hecho lo que casi todo el mundo haría, lo he cerrado dejándolo todo igual. Este costurero, huérfano de madre, de momento se queda a la espera de que alguien tome las riendas de su vida.

A este tipo de objetos me refería antes. Incluso cosas mucho más triviales como puede ser una lata de conserva. Seguían mis pensamientos este hilo conductor después de cerrar el cajón de la mesa auxiliar cuando me he acercado a la fresquera. Para el que no sepa lo que es, se trata de estancias que había antiguamente en las casas, en las zonas más frescas, de ahí su nombre, donde guardaban los alimentos. Ahora vamos de modernos con frigoríficos de dos puertas pero antes había neveras que eran toda una habitación. En un pueblo minúsculo como en el de mi abuela, en el que no hay tiendas, como supondréis es importante tener una fresquera bien surtida. El caso es que he recordado que al principio de cada verano mi abuela y yo hacíamos un exhaustivo análisis de las latas de conserva que había en la fresquera y que habían quedado de años anteriores. El objetivo era ir mirando una por una las fechas de caducidad y dejar en primera fila las que caducarían ese año y que por lo tanto debían ser consumidas durante el verano. Berberechos, tomate frito o espárragos. Nuestro menú lo dictaban las fechas de consumo preferente.  Como os podéis imaginar la gestión de estas conservas se ha quedado paralizada en el tiempo. He encontrado latas de 2009 en primera fila esperando su turno para salir, y si las latas tuvieran voz ésta habría sido una mezcla de incredulidad y reproche, ¿qué pasa con nosotras?

Cuando volvíamos en el coche a la vuelta mi hermana y yo hemos visto desde la carretera, en mitad del campo una construcción antigua que, por lo menos por aquella zona, le llaman “paridera”.  Tenía el techo completamente derruido y las paredes de piedra empezaban a hundirse. Esa pequeña edificación que algún día fue importante para alguien, fundamental en su vida diaria para algún pastor, supongo, hoy se derrumba lentamente ante la indiferencia de los que lo rodean. Nos hemos quedado calladas.  No sé si mi hermana estaba reflexionando sobre lo mismo pero yo he pensado que algún día todos mis objetos serán patrimonio de la humanidad. Que el hombre es increíblemente frágil y por mucho que nos creamos un montón de piedras, una bobina de hilo o unas simples latas son capaces de ganarnos la batalla. Que hay que disfrutar los tres días que estamos aquí, joder.



jueves, 30 de abril de 2015

Animales, seres humanos y otros especímenes

por Marta

Hoy me apetece hablaros de un hecho que llevo observando durante toda mi existencia y que hasta ahora no había verbalizado. Se trata de la diferencia entre los seres humanos y los animales. No me refiero a lo que comúnmente conocemos como animales…los perros, los gatos…No, me refiero al subtipo de seres humanos que yo considero y catalogo como “animales”. Y, como comprenderéis, no me refiero a los que por su violencia, sus malos modos o grosería, son llamados por sus semejantes como animales o bestias.

Mi diferenciación es algo mucho más sutil, un concepto quizás difícil de entender por alguien que no lo tenga en su cabeza como es mi caso. Los animales de los que estoy hablando no lo son por su ferocidad o sus cualidades más peyorativas, nada de eso, se han ganado este nombre precisamente por unas características innatas que el resto (entre los que me incluyo) hemos perdido (o mejor dicho nunca hemos tenido). Ellos conservan características propias del reino animal como podrían ser el instinto más primigenio, la capacidad de adaptación, la robustez anatómica y fisiológica que te permite explorar con precisión tu entorno, el sentido de supervivencia más inherente a la vida… todas aquellas cualidades que, lejos de ser negativas, los  hacen  de alguna manera un poco más salvajes, en el mejor sentido de la palabra, pero, quizás también, en contraprestación, más terrenales y falibles.

Antes de nada, quería puntualizar, que según mi visión del tema, dichos seres humanos-animales no son ni mucho menos casos aislados o algo poco representativo en la sociedad. ¡Nada de eso! Me atrevería a apuntar que el porcentaje que tenemos es de un 50%-50%… o incluso nos ganan por mayoría, quien sabe. Pero dejemos atrás tanta cháchara y tanta introducción y metámonos de lleno a examinar a dichos animales.

Mi toma de conciencia sobre este tema me ha surgido esta mañana en el trabajo; una compañera, ante la eternidad de las vacaciones escolares, se planteaba la posibilidad de mandar a sus hijos a un campamento de verano. Todos hemos opinado basándonos, lógicamente, en las experiencias personales. Y yo he revivido algunas de las sensaciones que uno tiene cuando es pequeño y le mandan sus padres a un campamento de verano. Los hay de diferentes tipos, urbanos, de idiomas, de scouts y como no, también esos que llaman convivencias, que para mí siempre han sido un misterio. El caso es que he rescatado aquella idea que desde pequeña observé (año tras año, quincena tras quincena) de que había dos tipos de niños en todos los campamentos. Estaban los niños, como yo, que por una razón o por otra teníamos una sensación agridulce. Es innegable que teníamos ratos de absoluta diversión, que hacíamos amigos, que no teníamos ningún problema de sociabilización…pero, sin embargo, como dice Sabina en la canción “todos los días tenían un minuto en que cierro los ojos y disfruto echándote de menos”. La añoranza de mis padres, de mi hogar y la sensación de desprotección siempre estaban de telón de fondo. Y haciendo honor a la verdad, en mi caso, ni era un minuto, ni disfrutaba echándolos de menos. “Mamitis aguda” me podrían haber diagnosticado.

No penséis por esto que mis recuerdos hacia los campamentos de verano son malos, nada de eso…de hecho, todo lo contrario, repetía cada año así que supongo que el balance final era positivo.
Esta sensación de debilidad o desprotección, la verdad, es que yo no la detectaba en otros compañeros. El resto, salvo contadas excepciones de niños que lo mostraban abiertamente, parecían completamente felices. Con el tiempo me he dado cuenta de que quizás éramos más de uno los que llevábamos esta particular procesión por dentro.

Pero claro, este hecho en sí mismo, no tendría mucha relevancia si no fuera porque un niño como yo, un ser humano en potencia, se comparaba con un ser mucho más preparado para la ocasión, un individuo que parecía haber nacido para estar allí: el “Animal de campamento”.

Estos niños, así denominados, por supuesto no sentían quebrarse su voz cuando tocaba “hora de teléfono”, no reparaban en la necesidad de tener que  mostrarse íntegro cuando tus padres te preguntaran qué tal. Los animales de campamento llegan el primer día de colonias (sinónimo que nunca utilicé)  pertrechados de un macuto que contiene ni más ni menos que el número justo de objetos y prendas que el niño va a utilizar. Ni más ni menos. Probablemente este niño es hijo de un padre que en su día fue animal de campamento y sabe perfectamente de lo que va la vida. Mis padres, sin embargo no lo sabían, todavía recuerdo con auténtico desasosiego el día en que al aterrizar, mi hermana y yo, a un campamento en un pueblo abandonado de Soria, abrimos la mochila y descubrimos con estupefacción que mi madre… no nos había echado calcetines!!! El horror se cierne sobre nosotras y se nos plantean quince largos días en los que tenemos que mendigar calcetines a las niñas de la habitación obteniendo día sí, día también, caras de rechazo y constantes negativas. Y es que prestar cuatro calcetines, así de golpe, no es moco de pavo. Aun recordamos, mi hermana y yo- ¡cómo olvidarlo!- que solamente una niña, Ana Camacho (nunca más volvimos a saber de ella) se apiadó de nosotras dejándonos un par que no nos pidió hasta el último día de campamento. Ana, tú, que claramente no eras un animal de campamento, si por un casual estuvieras leyendo esto, no dudes en contactar con nosotras, te debemos un favor. De los grandes.

El animal de campamento lleva toda su ropa correctamente etiquetada, lleva navaja suiza multifunción (ahora supongo que ya no les dejarán), brújula (a mí, sinceramente, saber dónde estaba el norte era lo que menos me preocupaba) y a un lado de su mochila cuelga una cantimplora que no gotea y, lo que es mejor, el agua que hay en su interior no sabe a anís del mono.  Os pareceré una loca pero alguien dijo a mi padre que había que enjuagar las cantimploras con anís durante la noche previa, supongo que por aquello de que no crecieran bichos, y estuve todo el campamento lingotazo va, lingotazo viene.
El niño profesional de los campamentos es un niño muy estable, me refiero con ello al sentido más biológico de la palabra. Estos pequeños animales tienen nervios de acero y una seguridad y aplomo para hacer las cosas de los que yo nunca gocé. Por ejemplo, el animal de campamento mantiene su regularidad intestinal durante los quince días. No se menea. Nunca se verían aquejados por un estreñimiento tal que te hace pensar que te van a sacar de allí con los pies por delante, ni mucho menos sufrirían una diarrea propia de beber agua en mal estado. ¡Ah! Y muy importante, la cara desencajada que se le queda a casi todo ser humano que se tiene que enfrentar por primera vez a una letrina en ellos seguramente sea la de la emoción del que hace algo por primera vez. 

Esta estabilidad corporal yo la apreciaba mucho en el tema de la comida. El animal de campamento está preparado para comer lo que le pongan delante de sus narices desde el minuto uno que llega al campamento. Soy consciente de que, cuando estoy nerviosa, de mayor sigo igual, el estómago se me cierra. Y qué decir entonces de esos primeros días de campamento en que te despiertas con el estómago del revés y ves que el niño de al lado agarra con confianza un tazón y se sirve de un perolo gigante que tiene cola-cao caliente. Y moja sus galletas (de esas tostadas cuadradas de baja calidad), bien mojadas, bien blanditas, y toma hasta la última gota de esa leche que, por supuesto, tenía nata.

Reconozco que en este último aspecto soy un poco exagerada, a la gente normalmente le gusta la leche caliente y mojar cosas dentro pero lo siento, a mí no. ¿Tan absolutamente devastador para la logística de un campamento era dar a una niña un vaso de leche FRÍA? Debía serlo porque siempre desayunaba las fabulosas galletas a palo seco o con agua.

El niño que ha nacido para ser boy scout tiene una capacidad digna de mención relacionada con el tema del sueño. Estos niños son capaces de pasar del cómodo colchón de su hogar al saco y la esterilla sin despeinarse. Sin que eso les cause un trauma. Y la clara prueba de que está adaptado a las circunstancias es que en este ambiente hostil, a pesar de todo lo pequeño y lo niño que es, el animal de campamento ronca!!!

En cuanto a las actividades del campamento propiamente dichas , ¿qué deciros? Yo me enfrentaba con cierta reticencias a tirolinas, rocódromos o piraguas. A mi lado tenía niños que cantaban las canciones de los fuegos nocturnos a voz en grito, que no sentían la más profunda de las penas al cantar “Mi amigo José…” (sí, ese que iba a la guerra y mataba por error a su amigo del alma); niños y niñas que, por supuesto, como no podía ser de otra manera, olfateaban, seguían el rastro y hacia la mitad del campamento…incluso ligaban!!

Y, antes o después, el campamento iba llegando a su fin… y esta vez me viene una frase de Pedro Guerra que dice “y la resta de los días fue sumando vida contra la ansiedad”… La verdad que ahora que ya estaba más o menos adaptada, ahora que las galletas cuadradas con agua no me sabían tan mal, ahora tocaba despedirse de toda esa gran familia humana y animal que, mejor o peor, había sido mi familia postiza durante quince días. La calidad de drama que se vive en esos momentos es digna de mención, las lágrimas unidas a promesas que se hacen en esas últimas horas estoy segura que suceden irremediablemente en cualquier lugar del mundo. “Nos escribiremos”, “nos llamaremos”, “tenemos que hacer una vez al año una quedada en Madrid y vernos todos”, “No, mejor dos veces al año”. Con el tiempo vas entendiendo la media sonrisa con la que te reciben tus padres la tarde de regreso. Una tarde rara, por cierto. Después de haber vivido cada día del campamento como si fuera domingo por la tarde (si alguien no entiende lo que quiero decir con esto, probablemente tampoco entienda este Piensamiento) de repente llegas a tu casa y esa tarde nada te gusta, nada te cuadra… echas de menos esa rutina salvaje a la que te habías acostumbrado. Y es que, que queréis que os diga, han pasado sólo quince días, pero tú te has hecho mayor.

PD1. Llegados a este punto podéis sentiros engañados con este texto. Os dije al principio que iba a hablar de los animales y finalmente sólo he hablado de los “animales de campamento”. Ahora os daré la clave. Los animales de campamento son niños que durante el invierno hacen vida normal ¿acaso no habéis detectado nunca a los “animales de cumpleaños”? Esos niños que siempre son los primeros en romper la piñata y coger todos los caramelos del suelo…ahí los tenéis.
Un compañero me ha dicho esta mañana que incluso en la mili también estaban estos especímenes…esto se ha refinado un poco ahora que no es obligatoria; supongo que ahora solo van los “animales de mili”.
 Y… no me quiero poner cansina pero, ¿qué me decís del viejo que seguramente sea “animal de residencia”??
Dejando la imaginación volar me doy cuenta de que en todas las etapas por las que he ido  pasando me he ido topando con animales de todo tipo. Animales-buena gente, por supuesto, que han tenido la suerte de nacer con ese gran poder de adaptación y de comunicación con la madre naturaleza. Que los hace fuertes e indudablemente el futuro de nuestra especie (ellos saben a dónde van, llevan  brújula).
Y también, con mayor dificultad para detectarlos, me voy encontrando con seres humanos que, como yo, a veces se camuflan, pero antes o después salen a la luz ofreciéndome un guiño de complicidad (o unos calcetines). Ahora, eso sí, nosotros, ni puta idea a donde vamos ni de dónde venimos, bastante tenemos con estar aquí.

PD2. Si fuera una escritora medianamente decente corregiría la enorme cantidad de veces que he repetido las palabras “animal” y “campamento” durante todo el texto; pero que queréis, ya os he dicho que no me gusta la palabra “colonias”. Mis más sinceras disculpas.

jueves, 16 de abril de 2015

Onírico

por María

Curioso mundo el de los sueños ¿Quién no se ha levantado con la necesidad de contar lo que ha soñado la noche anterior? Bien por su surrealismo, por su comicidad o por su ridiculez algunos sueños merecerían un premio a la originalidad. Fijaos en este. Ocupó buena parte de la conversación de una comida familiar y todavía me hace gracia la mezcla de personajes y situaciones que mi hermana creó en su mundo onírico para delirio del resto. El por aquel entonces presidente del gobierno estaba echando una cabezadita, con traje y corbata, en el banco de un parque. Mi hermana y una modelo, por aquel entonces muy famosa en las revistas del corazón, pasaban por allí y al ver al mismísimo presidente, ¿qué deciden? Lo más lógico: hacer un montaje. La modelo, con sumo cuidado, se coloca encima del presidente y finge unas cuantas posturas que sin duda harían las delicias de la prensa rosa del momento. Mi hermana, ataviada con una cámara fotográfica, inmortaliza el momento. Pero en un descuido, el presidente se despierta y se da cuenta de lo que está ocurriendo. La modelo y mi hermana salen corriendo y esta última, en su huida, tira astutamente la cámara en una papelera del parque. Finalmente consiguen darle esquinazo. Al día siguiente mi hermana recupera la cámara de la papelera con el objeto de vender el goloso reportaje. Y ¿a quién se lo venden? Lo más lógico. Estarán pensando en las revistas Hola!, Semana, Lecturas, Diez Minutos…nada de eso, ¿por qué perder el tiempo cuando puedes ir a la fábrica de Tosta-Rica y que el presidente y la modelo aparezcan impresos en los mismísimos dibujos de su famosa galleta? 


Imagínense mojarles en un café con leche y comérselos justo antes de que se deshagan en la boca. Lo que no me queda claro es si esas galletas se venderían como reclamo para niños o pasarían a denominarse galletas para adultos…¿Original?¿Divertido? Y eso que no les he dicho quién era el presidente del gobierno en aquella época.  
Los sueños de mi abuela también fueron muy comentados, como aquel en que unos familiares la trasportaban por el barrio metida en su cama (pierde parte de su gracia el no conocer la combinación de familiares elegidos por mi abuela para llevar su cama a pulso). De repente una niña que iba por la calle, al ver a mi abuela en semejante medio de transporte, le pidió por favor que la dejara meterse con ella, que tenía pinta de estar muy calentita tapada con esas mantas. Y mi abuela la dio cobijo en su cama de matrimonio y juntas recorrieron las calles. Hasta que las aparcaron como si fueran un coche.  
Pero no todos los sueños son reídos y celebrados. Otras muchas veces se sufre y se pasa tan mal que cuando uno se despierta sólo puede sentir una profunda sensación de alivio. Accidentes, enfermedades y toda clase de desgracias que no imaginabas cuando te acostaste inocentemente pueden cernirse sobre tu persona; y algunas no son tan dramáticas pero no te quitan el mal trago, como por ejemplo ese sueño en el que te ves con todo el bachillerato suspendido, para comprobar con alivio a la mañana siguiente que no sólo no estás en el Instituto sino que hace tiempo que estás trabajando después de haber aprobado una carrera universitaria. Uf, ¡qué alegría cuando uno se quita ese peso de encima!  
Dicen que siempre que dormimos soñamos, aunque no siempre lo recordemos. En algún sitio leí que dependía de si nos despertábamos en determinada fase del sueño podríamos recordarlo o no, aunque creo que también influían determinadas condiciones físicas del sujeto. De todos modos este piensa-mienta no pretende hacer un estudio científico del mundo de los sueños, para eso podéis (y os recomiendo) investigar por internet acerca de dicha materia, ahí os explicarán lo de las distintas fases del sueño (además de la REM – rapid eye movement- que todo el mundo conoce por el famoso grupo musical, existen otras más). Cuando yo investigué descubrí con sorpresa que somos como lavadoras, que tenemos ciclos completos de sueño, y que si durmiéramos de forma natural, sin alarmas ni perturbaciones que nos levantasen, siempre nos despertaríamos después de ese ciclo o de un múltiplo de ese ciclo. Es decir si tu ciclo de prelavado, lavado y centrifugado onírico dura, por ejemplo, noventa minutos, te despertarías única y exclusivamente después de ese ciclo, o de dos ciclos de noventa o de tres ciclos…etc, pero nunca en medio de ellos. Sin embargo es más habitual que nos despierte un reloj miserable, un ruido inesperado o cualquier otra cosa sin haber acabado nuestro ciclo, resintiéndose con ello la calidad de nuestro descanso. Incluso se da la paradoja de que una persona puede, en cómputo global, haber dormido más horas que otra y encontrarse, por el contrario, con mucho más sueño y cansancio que la que ha dormido menos. La razón es que la primera fue despertada en medio de su ciclo y la otra lo completó. Lo que os decía, curioso. Ahora sólo me hace falta saber cuántos minutos en concreto dura mi ciclo y gestionar mis periodos de descanso con arreglo a este y sus múltiplos. Y si llego tarde al trabajo no tengo más que decirle a mi jefe la verdadera razón, es decir que no quería venir antes de que acabara mi ciclo, o es que ¿acaso prefiere que lo interrumpa para llegar puntual pero hecha unos zorros?  Supongo que la cosa no será tan fácil porque no tendría sentido no aprovecharse de este tipo de cosas que redundarían en nuestra calidad de vida, pero si no es tan complicado de averiguar yo abogo porque la duración del ciclo de sueño de una persona sea una información de obligado conocimiento, tal como la edad, la talla y peso corporal o el grupo sanguíneo. Hola, soy Juan, tengo 22 años, metro ochenta, noventa kilos de peso, cero negativo y mi ciclo de sueño es de ochenta minutos.       
Si queréis seguir investigando acerca del mundo de los sueños os recomiendo que metáis en el buscador “Sueños lúcidos”. Hasta hace unos años, en que mi cuñado me habló de ellos, yo no sabía ni siquiera de su existencia. Pero para eso está internet, para flipar al comprobar que una cosa no sólo es que exista, es que además hay webs especializadas e incluso foros sobre el particular. Básicamente los sueños lúcidos son aquellos en los que uno es plenamente consciente de que está soñando y puede actuar deliberadamente dentro de su sueño, controlando el mismo, cambiándolo de rumbo y viviendo las aventuras que quiere vivir. Sería una especie de “soñar despierto”. La gente que ha experimentado este tipo de sueños habla del enriquecimiento vital que los mismos le han supuesto así como de su tremendo potencial (determinados artistas han hecho uso de ellos a nivel creativo). La verdad es que no suena nada mal poder realizar mientras se duerme todas esas experiencias a las que uno tiene difícil o imposible acceso mientras está despierto, y además sin peligro alguno. Si bien hay gente que puede tener este tipo de sueños conscientes, incluso sin saberlo, cualquiera puede aprender las técnicas necesarias para conseguir esta habilidad. Sin embargo dirigir nuestros propios sueños aprovechando así al máximo las posibilidades que la vida nos brinda, nos es cosa de un día, requiere de práctica y de seguir determinadas pautas. Yo confieso que no tuve la paciencia necesaria y a la primera de cambio desistí, pero es un tema que, cuando encuentre el momento oportuno, retomaré.
No obstante, desde hace una temporada vengo notando un cambio en mis sueños. No sé si les interesará pero desde hace tiempo soy consciente de que estoy soñando, aunque a diferencia de lo que ocurre con los sueños lúcidos, yo no tengo ningún control en ellos, simplemente los observo como un espectador ajeno. Lo asemejo a una película que me trago cada noche, me guste o no. No pago entrada eso sí, pero soy bien consciente de estar sentada en mi butaca. Esto supone que ni lo malo es tan malo ni lo bueno tan bueno, así que  cuando ocurren desgracias las vivo desde la seguridad de mi asiento, y aunque yo misma salga en la peli llorando o sufriendo, todo tiene cierta contención y en cierto modo falsedad. Y esta falta de pasión e implicación con mi sueño supone, por otro lado, que si algo fantástico me ocurre en él tampoco lo disfrute al máximo. Podríamos decir que salgo en la película pero que no me llego a meter en el papel de protagonista, que soy mala actriz vamos.
El otro día me tuve que ver un bodrio infumable. Un guión malísimo y sin apenas acción. Parecía que había una huelga de trenes con pocos servicios y decidía meterme en uno que pasaba en dirección a Inestada (vete tú a saber si esto existe, lo cogía mucha gente que se iba a esquiar aunque esto a mí no me despeja interrogante alguno sobre el motivo de mi sueño). Sin embargo yo decidí bajarme en la primera parada que se llamaba Becerril, y allí esperar a otro tren que combinara mejor con mi destino. Y la película era básicamente mi espera en el andén a que viniera cualquier otro tren que por supuesto no llegaba. Y esperaba y esperaba y me aburría infinitamente tanto en mi papel en el sueño como sentada en mi butaca en mi papel de espectadora. Para colmo me desperté de verdad y quería salir del sueño,  pero si cerraba los ojos me encontraba otra vez muerta del asco en el andén de Becerril. El sueño me había atrapado. Si hubiera sido un sueño lúcido me hubiera largo de allí de inmediato, y volando además, pero nada. Creo que hasta me alegré de que sonara el despertador aquella mañana.  
Igual que me interesa el tema de los sueños lúcidos nunca he sentido atracción por el de la interpretación de los sueños. Si estos tienen o no su significado no es algo que verdaderamente me importe. Yo creo que muchos sí lo tienen y que mucha de nuestra experiencia vital se vuelca en ellos. También creo que otros son mezcla de datos e información sin coherencia alguna. ¿Qué significado oculto tenía que yo me pasara ni se sabe el tiempo esperando un tren que desde luego no llegó? Simbolismos puede haber muchos. Pero al iluminado que me lo quiera interpretar le diría que primera me explicase el de las galletas Tosta-Rica de mi hermana, y si no me convence, que no me venga con cuentos chinos.

Lectores, sigan soñando, despiertos o dormidos, pero no se olviden de sus sueños.  



jueves, 29 de enero de 2015

Para Yolanda b. que supo     repararse el daño antes  de tener la herida.


JailApp  

por María 

Hace poco que me he dado cuenta de que me he metido en una cárcel voluntaria de la que no puedo salir. Los pasos que di para verme con estos pesados grilletes fueron sencillos, inocentes y seguro que os resultan familiares.

1) Hacerse con un smartphone.
2) Contratar la tarifa de datos.
3) Instalar la aplicación de WhatsApp (el guasap).

Y ahí ya tienes el lío. Los comienzos son realmente atrayentes. Si los mails te parecían un avance significativo en el mundo de la comunicación, esto del guasap y de poder relacionarte con familiares y amigos casi al instante, aunque estuvieran al otro lado del mundo, ya era increíble. Fotos, audios, videos, todo ello podía- y puede- compartirse en cuestión de segundos.  Desde luego que es una aplicación útil y maravillosa siempre que se sepa emplear con cautela. Y a las claras está que yo no he sabido hacerlo.

Tras más de dos años de uso continuo y permanente puedo afirmar que tengo dependencia de dicha aplicación telefónica. Sí, soy una yonki del guasap.  Yo, que ingenuamente me sentía libre y autónoma, acabo de comprobar, con la rotundidad del que recibe un fuerte impacto en las narices, que estoy enganchada. Y lo que es peor, que he sido yo misma la que he metido al enemigo en casa y ahora no sé cómo echarlo. De hecho ni siquiera estoy segura de querer hacerlo.

Descubrí que la adicción se estaba volviendo peligrosa cuando un día quise realizar una foto de algo más inusual de lo normal para compartirlo - nada del otro mundo en realidad- y no encontraba el móvil. Esa falta de publicidad a lo que me sucedía me generó un gran vacío, estábamos el hecho inusual y mi soledad, no había posibilidad de que nadie me comentara nada y ese desierto de opinión fue de tal calado que incluso sentí como si el hecho inusual no hubiera sucedido, o al menos fuera perdiendo su entidad si los minutos pasaban y yo no lo hacía público. Tampoco me convencía el hecho de contarlo después como se había hecho toda la vida, en persona o hablando por teléfono, no, de lo que yo tenía necesidad era de airearlo a los cuatro vientos en el preciso instante en que sucedía ¿de verdad he llegado a tal punto? ¿por qué tengo que contar ciertas cosas en el momento exacto en que me pasan y no puedo esperar? ¿por qué si me olvido el móvil en algún lugar tengo la impresión de que me falta un brazo?
Esta sensación de haber perdido las riendas ha encendido una alarma en mí y desde ese momento digamos que “me estoy quitando”.

Doy por sentado que la mayoría de las personas que me están leyendo sabrán en qué consiste esta aplicación, bien porque la tienen o bien porque han oído hablar de ella - y gracias a una capacidad visionaria de lo que la misma podría suponerles decidieron no instalarla- por eso no me extenderé en hablar de sus utilidades. El problema es que una vez que la tienes y conoces sus ventajas es muy difícil echar marcha atrás y quitarla con tal de no sufrir sus inconvenientes. Y ¿cuáles son estos?
Para empezar la cantidad de tiempo que se puede llegar a perder. Claro que esto tiene sus matices, por un lado está muy relacionado con lo sociable que uno sea, porque no es lo mismo tener diez contactos que setenta, y por otro lado tiene que ver con la forma de ser de la persona. Esto es, si uno es más pasota puede ser capaz de leer los mensajes, saber que el resto sabe que los está leyendo y aún así, pasárselo por el forro y no responder hasta cuatro horas después, o dos días después o incluso nunca. Y se quedan tan anchos. Pero si la forma de ser del portador del dispositivo móvil, en este caso yo misma, no cuenta con ese grado de pasotismo provocará que se sienta en la obligación de responder a esas conversaciones en un periodo de tiempo no demasiado extenso. Y claro, eso puede agobiar.
Si la cosa ya pintaba fea para este tipo de personas, los gestores de la aplicación han torturado a estas pobres almas con la creación del doble tic azul. Con esa nueva señal el resto sabrá si su mensaje ha sido leído o no, con lo  cual ya no les quedará la manida, aunque eficaz excusa, de que no contestan porque no lo han leído. La presión es aún más palpable.  
Por eso yo, como “me estoy quitando” y sueño con ser pasota,  he decidido eliminar las notificaciones que hacían que la pantalla de mi teléfono se iluminase cada vez que alguien quisiera decirme tal o pascual. De momento no he conseguido llegar al extremo de leer un mensaje y no responderlo o responderlo tarde como podría hacer un buen pasota de pro, pero al menos ya no sé al instante quien me escribe y no siento con ello la obligación de corresponderle ipso facto. Es un gran paso.

Es verdad que en estos comienzos todo tiene algo de forzado. No miro el móvil porque no quiero ser ese individuo dependiente y enganchado que he descrito, pero en el fondo estoy deseando hacerlo. Imagino que es como cuando alguien se plantea seriamente dejar de fumar, al principio no lo hace pero mataría por tener un cigarrillo en su boca. Así que con calma, tengo que darle tiempo a mi programa de desintoxicación.

Otra de las armas de doble filo del guasap son los grupos. Yo diría que es lo más peligroso de todo. Sí, ese cúmulo de contactos unidos bajo un mismo nombre que pueden tenerte realmente entretenida o que pueden llegar a desesperarte. Como digo un buen grupo de guasap puede ser divertido y enriquecedor, pero por el contrario los hay que pueden volverse agotadores y cansinos. En todo caso sean del estilo que sean hay una regla de oro que debe cumplirse con todos sin excepción: hay que silenciarlos. Si cometes el craso error de no hacerlo en dos días puedes estar completamente majara. Mis grupos del guasap son muy variados, los tengo de todos los pelajes. Por ejemplo no faltan los grupitos familiares, los de amigos, el de compis del cole, de promoción, del curro, del antiguo curro, del curro anterior al antiguo curro, el grupito que comparte alguna afición…etc y sin olvidar los subgrupitos que se pueden crear dentro de estos grupitos o los grupitos que se crean con un único fin, por ejemplo gestionar la compra del regalo para el hijo de Pepito o la quedada de tal mes o la compra de entradas para tal o cual evento. Lo típico vamos.

Estos grupos pueden comportarse de distinta manera. Por ejemplo pueden especializarse en mandar vídeos graciosos que tardan un congo en descargarse o chistes y fotos de la actualidad; si yo fuera un tío probablemente muchas de esas fotos serían de chicas pechugonas o subiditas de tono, pero por suerte me las ahorro; también existen los grupos cuyo cometido principal es felicitarse los cumpleaños (sólo pensad en lo tremendamente agotador que puede ser ver en tu pantalla como diez o más personas felicitamos a otra con frases tan originales como “Muchas felicidades” “Feliz día” “Pásalo en grande” “Disfruta de tu día”, todo acompañado de iconitos de aplausos, globos, regalitos, confeti, porciones de tarta…y las consabidas, “Gracias” “Muchísimas gracias” “Mil gracias guapa”. Desde luego es apasionante ser interrumpida por guasaps de este calibre); también puede ser un grupo que mantiene conversaciones trascendentales, interesantes o no, pero siempre tirando a larguitas y cuyo tiempo de lectura equivale casi al mismo de sentarse en el sofá y leer dos veces “El Aleph”, incluso podrías hasta entenderlo y aún no habrías terminado la ristra de cuarenta o cincuenta guasaps de una conversación en la que para colmo no has metido baza. También están los grupos más discretos, esos en los que sólo se escribe de manera puntual y que tienen miembros más activos y otros que no se han estrenado apenas (comprenderéis que yo nunca, al menos hasta ahora en que las cosas pueden cambiar, había formado parte de un grupo con un papel tan secundario como para no decir algo – estaría agobiada por supuesto- pero me surge la duda y aquí hago una pregunta al viento para quien la quiera contestar: aquellos que no intervenís nunca…leéis los mensajes? los borráis sin leer? no sabéis como salir del grupo sin parecer groseros? Me ayudaría saber cómo piensa un pasota para aprender de él).

En definitiva, hay grupos de muchos tipos y con dinámicas diferentes, pero por reducir la clasificación yo los dividiría en dos: los que molan y los que no. Es sencillo, y no es que no me importen las personas que forman parte de ese desafortunado grupo que no mola, al contrario, probablemente las tenga aprecio dado que están entre mis contactos, pero sinceramente creo que han confundido el canal de comunicación. Porque, independientemente de que mi forma de ser no haya ayudado, es obvio que el guasap es un medio bastante invasivo y que hablar de cremas para la celulitis, vestidos chic para una boda o el granito que le ha salido a tu bebé en la manita es a todas luces evidente que se trata de una información no requerida a las once de la mañana de un martes cualquiera sin siquiera haber preguntado o mostrado interés por el asunto. Por favor, para este tipo de cosas están los mails, las llamadas de teléfono o los íntimos, cálidos y comprometidos vis a vis.

De repente me he acordado de aquella viuda que ganó un juicio contra una famosa tabacalera en EEUU a la que demandó después de que su marido, fumador durante más de cuarenta años, falleciera de cáncer de pulmón. Dijo que éste se había convertido en un adicto al cigarrillo y que había realizado infructuosos tratamientos para dejar de fumar, y a mí me resulta difícil de creer pero no ha sido el único juez que ha dado la razón a un fumador (en este caso su cónyuge) por desconocer los conocidos efectos del tabaco. Y ya sé que España no es EEUU, pero ¿Y si demando a Whatsapp?

No me he interesado por buscar si entre sus condiciones de uso e información semejante hay alguna clausula que advierta del potencial peligro de dicha aplicación, seguro que lo tienen todo pensado, pero ¿y si no fuera así? ¿Hay alguien ahí que sienta vulnerado como yo su derecho a la intimidad? ¿Hay alguien que se sienta guasapdependiente y por lo tanto haya visto quebrantada su libertad? Ya estoy viendo los éxitos de una futura demanda colectiva. Juntos podríamos crear una Plataforma de afectados por el Whatsapp, acudir a manifestaciones para exigir el restablecimiento de nuestra vida anterior, escribiríamos  columnas en los periódicos para reivindicar la vuelta a los mails, a las llamadas de teléfono o a eso tan raro de tomarse un café con un amigo para charlar y sin un móvil cerca al que mirar para ver que nos está diciendo otro amigo distinto al que tenemos delante de nuestras narices y al que apenas hablamos. Sí, deberíamos unirnos todos.

Y si al final no conseguimos que nuestros caminos confluyan  y alguien decide demandarles por su cuenta gracias a haber leído esto, por favor, pido honestidad y que comparta su botín conmigo. Primero porque así no tendría mala conciencia. Y segundo para que este tocho que he escrito sirva para algo y yo no sienta que he perdido el lujoso tiempo del que me quejo que el guasap me roba.




Nota del autor: Si alguno de mis lectores se encuentra entre mis contactos telefónicos y tiene un grupo de guasap conmigo obviamente se tratará de uno de los grupos que molan. 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Hace varios años iniciamos este blog con la idea de colgar en él no sólo los relatos de ficción que fuéramos escribiendo, sino también alguna que otra idea o pensamiento que por el camino se nos ocurriera. Sin embargo, por distintos motivos únicamente hemos estado compartiendo con vosotros los cuentos que han brotado dentro de estas cabecitas de ajo. Hasta ahora. Hoy queremos inaugurar una nueva sección en la que verter otro tipo de escritos: Los piensa-mientos de ajo. No nos gustaría tener que englobarlos en catalogación alguna. Los piensa-mientos de ajo tampoco lo permitirían; ellos tienen su propia personalidad, independiente e inclasificable. Sean ficción o realidad esperamos que los disfrutéis. CdA.


PIENSA-MIENTO DE AJO 1. EL CAMINO DEL GUSTO                por María

                                
Para Carmen Soria, que pronto volverá a gobernar sobre su camino del gusto.

“El camino del gusto es muy corto”, esa fue la expresión que utilizó aquella monja de ojos saltones cuando nos explicó alguna lección de ciencias relacionada con la alimentación. Recuerdo perfectamente esa frase y como mientras tanto indicaba con sus dedos cuan de corto era ese camino, unos cinco o seis centímetros aproximadamente, los que iban desde la barbilla hasta el comienzo del cuello. Ella nos quería convencer de la importancia de alimentarse de forma saludable y lo hizo del siguiente modo. Desde que comienza el periplo de un alimento en nuestra boca hasta que finaliza (ya sabéis como) sólo en el pequeño trayecto que va desde la punta de la lengua hasta que lo tragamos - masticándolo y saboreándolo en toda nuestra cavidad bucal- sólo en esa zona el sentido del gusto tiene algo que decir. Después de atravesar esta zona ya dará lo mismo que se haya disfrutado de una deliciosa ración de lasaña con generosa bechamel o que se haya comido sin excesivo entusiasmo un platito de coliflor rehogada. Moraleja: No empeñes tu salud por el disfrute de un recorrido tan breve como el de los cuatro dedos de anchura que tiene el interior de tu boca. Tómate una manzana en vez de una bolsa de patatas fritas, un pescado a la plancha con ensalada en vez de una hamburguesa.
¡Ja!¡Y un jamón (nunca mejor dicho)! ¿Se pensaba de verdad que nos iba a persuadir de ese modo? Para empezar, ¡es que era una monja! A cualquiera de ellas se le presumen ciertas dosis de austeridad, prudencia, templanza...uno no se las imagina, ya de por sí, aderezándose la comida con una espléndida capa de kétchup ni chupando con fruición las patas de un centollo. Claro que nunca entré en un comedor de las susodichas como para hablar con conocimiento de causa. Pero en cualquier caso, sea como fuere, lo cierto es que el camino del gusto será todo lo corto que ella nos dijera, pero ¡menudo camino! En mi opinión estamos hablando de una de las experiencias sensoriales más completas que existen, y no sólo es cuestión del sentido del gusto. Esta experiencia comienza con la vista y el olor del alimento en cuestión, ¿no es casi tan placentera la contemplación de una paellera y el aroma que exhala como la propia paella? Quizá sea exagerar, pues el sentido estrella en esto del comer es el gusto, pero no me negarán que hay cierta complementación entre todos ellos. Por ejemplo el tacto. ¡Qué gustosa sensación la de morder el extremo de una pizza calentita con chorreante queso fundido! O, por ejemplo, la de (ahora sí) chupar con fruición las patas de un centollo o sentir como un trozo de chocolate se va derritiendo poco a poco dentro de la boca. Habrá quienes opinen que incluso entra en juego el sentido del oído (el tintineo de las cazuelas, el crepitar de un huevo friéndose en la sartén...).
Bueno, toda esta anécdota de la monja y el posterior delirio “gastrosensorial”  venía a cuento para introduciros que actualmente me debato entre las virtudes de la comida sana y los placeres que me provoca la que no lo es tanto. No significa esto que la comida sana no puede ser también un placer, por suerte hay recetas que son a la vez ricas y saludables, pero la regla general es lamentablemente la contraria. Cuanto más bueno está algo peor va a ser para nuestra salud, y para colmo, dichos manjares no sólo no suelen ser beneficiosos para nuestro organismo sino que además se alojan en nuestras cartucheras con ánimo de permanencia.
Me gustaría ser ese tipo de persona que pasa por delante de una pastelería y no percibe como la palmera de hojaldre cubierta de chocolate le está susurrando “cómeme” mientras que la bomba de nata de la balda de abajo le hace una seria competencia cuchicheando “a mí, a mí, yo estoy más buena”. Pero por desgracia no soy ese tipo de persona y tengo que luchar frecuentemente con esa fuerza interior alojada en mi estómago que devoraría con el mismo frenesí tanto en pastelerías, como en restaurantes de cualquier hecho y condición, no soy para nada racista (léase hamburgueserías, restaurantes asiáticos, árabes, de cocina tradicional, de fusión, pizzerías...etc).



Sin embargo, aunque pudiera parecer lo contrario intento contenerme en mi día a día y, a media mañana, elijo tomarme una manzana en vez de un croissant a la plancha con mantequilla y mermelada como sin duda preferiría. ¿Estaré haciendo bien? Desde el punto de vista de mi salud parece una decisión acertada, pero ¿qué hay de mi felicidad?¿no sería mejor si tomara siempre lo que el cuerpo me pidiera en vez de lo que mi cabeza me dicta que debo comer?
Todas estas cuestiones me llevan a fabular junto a los que me rodean (lo cierto es que somos muchos los que sufrimos esta disyuntiva) sobre un mundo al revés en lo que a comida se refiere. En este lugar los alimentos que ahora engordan y no son especialmente beneficiosos para la salud serían los más sanos, y al contrario, los que ahora son más recomendable no lo serían tanto.  ¿Os podéis imaginar las conversaciones? Serían por ejemplo de este calibre:
 -Oye, termínate de una vez las golosinas y los gusanitos esos Luisito, el próximo día olvídate de tomarte una pera antes porque te quita el hambre. Mañana te voy a poner para comer unos macarrones carbonara y olvídate de tanta acelga ¡que estoy ya cansada de decirte que te vas a poner como una bola!!
O por ejemplo:
 -Como mañana es domingo voy a hacer un pescado hervido, que ya estaréis cansados de tomar toda la semana pizzas y rissottos y de vez en cuando hay que cometer algún pecadillo.
O:
 -Mira, deja de atiborrarte de naranjas y mandarinas y acábate de una vez la mousse de chocolate blanco con coulis de fresas, que me tienes harta. No sé qué hacer con esta chica, toda la vida enseñándole en casa las buenas costumbres, la importancia de mojar pan con el tocino y el chorizo del cocido, la necesidad de tomar dos o tres torrijas a la semana, los profiteroles con salsa de chocolate caliente a diario... y a esta no le da nada más que por tomar no sé qué crudités de apio y zanahoria que se me va poner enferma de tanta guarrería. 

La verdad es que creo que voy a dejar de escribir y pensar en estas cosas porque por un momento me he creído que eran ciertas y que mañana me podría desayunar un donuts de crema sin cargo de conciencia. Pero no, creo que será manzana otra vez.

El mundo de la comida es que da para mucha reflexión. De pequeña escuché una conversación sobre cómo sería el mundo si inventasen unas pastillas que sustituyesen para siempre a las comidas, sin que nuestra salud sufriera ningún tipo de contratiempo. Dichas pastillas se ingerirían en desayuno, comida y cena, y con los avances que hay actualmente no me extrañaría nada que alguna mente perversa las tuviera ya en fase experimental.
Imagina un mundo sin comidas. Para empezar, se acabaron las horas perdidas en la carnicería, en la frutería, en la pescadería, en la panadería (básicamente en todo lo que acaba en –ía y que suministra alimentos), ya no habría que destinar como mínimo un tiempo semanal para hacer la compra, ni meterla en bolsas, ni subirla cargados a casa, ni meterla en los armarios ni en la nevera. Básicamente porque no habría nevera ya que directamente no habría cocina. Las cocinas serían sustituidas por elegantes pastilleros que podríamos guardar en cualquier otra parte de la casa.

Por supuesto olvidarse del tiempo perdido en cocinar, en pensar qué comer mañana o qué cenar pasado, nada de fregar los cacharros, limpiar el horno o rascar en la vitrocerámica los pegotes difíciles. Adiós a las digestiones pesadas, a los ardores de estómago o incluso a los kilos de más.
La vida social no tendría por qué resentirse porque seguiríamos quedando, en vez de a comer, a “tomarnos la pastilla”. Y los locales en vez de mesas con sillas sólo tendrían mullidos sofás en los que nos sentaríamos a charlar en vez de esperar impacientes a que los camareros nos sirviesen el entrecot al punto.


¡Qué gusto no tener que soportar los ruidos de los que engullen palomitas en el cine y no te dejan enterarte de la mitad de la película!
En Navidad tampoco habría grandes gastos en mariscos, ni atracones de cochinillo ni siquiera habría que comerse las uvas. Con un pastillazo nos quitábamos todo de golpe.
Y en los cumpleaños podríamos también soplar velas, que no estarían encima de la tarta, sino que por ejemplo las sujetarían en las manos los invitados. Que ya no se llamarían invitados porque en realidad la pastilla se la traerían cada uno de su casa.
Si pensamos en términos de tiempo y dinero que nos ahorraríamos parece una opción deseable. Es impresionante todo lo que está montado alrededor de la comida y que podría desaparecer de un plumazo si esas pastillas mágicas existieran.
Por un momento mientras pensaba en la cantidad de tiempo y quebraderos de cabeza que me iba a quitar de encima ha estado a punto de seducirme la idea. Pero ha sido un momento muy breve. Después he pensado en Lloyd.

Lloyd es ese tipo de persona del que de vez en cuando te acuerdas, te asalta su imagen de repente, al igual que la frase de la monja. Da igual que pasara fugazmente por mi vida y sin la más mínima relevancia. Me sigo acordando de él.

Lloyd era un tipo de color que conocimos en un restaurante de Londres. Era un restaurante italiano, se llamaba Strada y buscando en internet he visto que debe ser una cadena porque sólo en Londres hay unos cuantos. La comida estaba bien, sin estridencias, pero lo que más me gustó, además de la compañía, fueron las vistas. Creo recordar que tenía un par de alturas y la pared frontal era toda una cristalera que estaba justo enfrente de London Bridge. Cenar viendo el puente, el Támesis  y la City iluminada me pareció espectacular.
Nos fijamos que en la mesa de al lado estaba cenando un chico sólo. Yo he comido sola muchas veces, entre semana, pero no es lo mismo que salir a cenar un sábado por la noche. No debe ser muy habitual porque sólo lo he visto otra vez en mi vida, cenando en un restaurante africano en Madrid, y fíjate por donde que me acuerdo de ambas ocasiones. A Lloyd también le debía parecer extraño, a pesar de que nos contó que lo hacía de vez en cuando, pues cuando estábamos terminando los postres se puso a hablar con nosotros y, sin que nadie se lo pidiera, él mismo intentaba explicar el motivo por el cual estaba allí, sin nadie acompañándole. Lo cierto es que era una persona muy agradable, a la salida estuvimos quizá una media hora hablando con él, de pie, junto al río. Daba clases de baile en su casa. Nos dio incluso su teléfono móvil y nos ofreció alojarnos en su apartamento en otra ocasión. Recuerdo eso y lo del tiramisú.

Nos dijo que el tiramisú de ese local era suficiente razón como para perder la vergüenza (no creo yo que tuviera demasiada), arreglarse e ir a cenar allí (vivía cerca). Que porque no tuviera pareja no tenía por qué renunciar a salir a cenar un sábado por la noche, a disfrutar de las vistas, y de lo que definió algo así como una “explosión celestial en su paladar”. Cuando se refería al tiramisú cerraba los ojos durante varios segundos como volviendo a degustar la última cucharada de dicho postre.
Cuando tomo tiramisú suelo acordarme de él. Y si vuelvo a cenar en el Strada (doy por supuesto que volveré a Londres) obligatoriamente pediría el tiramisú. A mí también me gustaría sentir esa explosión, el sentido del tacto y el gusto fundidos en completa armonía.

Y esto es todo. Si acabásemos con esto acabaríamos con Lloyd y su tiramisú. No elegiría un mundo de pastillas por mucho tiempo o dinero que me ahorrase. Esa  comodidad no me merecería la pena si tuviera que renunciar a la que he definido como una de las experiencias sensoriales más completas. Y me da igual lo largo o corto que sea el camino del gusto, existe y quiero disfrutar de él. Probablemente el tipo de persona que elegiría esas pastillas sustitutivas coincidiría con el tipo de persona que pasa por delante de una pastelería y no percibe como la palmera de chocolate le llama desde la vitrina. Pero no soy ese tipo de persona. Lamentablemente. O no.