Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



miércoles, 11 de octubre de 2017

ESCENAS VERANIEGAS

por María

Escena veraniega nº1: Interior de un chiringuito de playa de la Manga del Mar Menor. El matrimonio Carreterilla- Gómez graba su vigésimo tercer verano juntos. ¡Acción!

Amparo es la encargada de elegir la paella, decantándose,   como casi siempre, por la de marisco. Es de ideas fijas.

Según la toma va dejando las cáscaras de los moluscos y crustáceos en el borde del plato, una tras otra hasta formar un círculo que rodea la parte central del mismo. A su marido le asqueaba esa costumbre. Cuando ella acaba el arroz su plato se le asemeja a una corona de difuntos.

Al terminar Amparo eructa ostensiblemente, inundando el espacio de aire respirado por Augusto Carretilla y profiere su ya consabido “perdón, majestad”, tal y como ha venido haciendo en los últimos veinte años.

Si las circunstancias vitales no hubiesen variado para el matrimonio Carretilla-Gómez, Augusto le hubiera recriminado dicho gesto y ambos se habrían enzarzado en una discusión acerca de los efluvios personales, como en tantas otras ocasiones. Sin embargo, como digo, las circunstancias habían cambiado, por lo que Augusto no le reprocha absolutamente nada. Se limita a levantarse despacio, y con una sonrisa desconocida para su mujer dice:

- Me voy a por tabaco

Augusto Carretilla no fuma, pero llevaba mucho tiempo deseando pronunciar aquella frase. Amparo nunca más le volvió a ver.

Escena veraniega nº2: Campamento de verano “La Frontera” en el Parque Nacional de Ordesa (Huesca). Elena Álvarez graba las primeras vacaciones separada de sus padres. ¡Acción!

Elena se sienta en su toalla y vuelve a sentir el nudo en el estómago, esa especie de náusea que la acompaña desde el primer día de campamento. Las ganas de llorar también han sido constantes durante los diez días que ya lleva allí. Primer campamento, primera vez que se separa de sus padres durante tanto tiempo. Demasiadas primeras veces juntas para los recién cumplidos once años de Elena.
Aquella mañana, después del desayuno, una de las monitoras anunció que el grupo de las Ardillas, al que pertenecía Elena, haría el vivac esa noche. Dormirían a la intemperie, el manto de estrellas como único techo.

Si haces caca te tienes que limpiar con una piedra- dice Virginia, los ojos como platos de Elena. Virginia es una de las veteranas, es su tercer año en las Ardillas. Sus palabras no se ponen en duda.
Elena se acerca al bordillo de la piscina, pero no osa meter el pie. Ella no puede bañarse casi ningún día. Si lo hiciera podría morir por un corte de digestión, así que espera religiosamente las dos horas que su familia le dijo que debían pasar desde la última vez que comiera. El tiempo pasa lento mientras mira su reloj de pulsera. Se siente diferente al resto de niños, le encantaría bañarse como ellos, pero no llega a comprender por qué no respetan ese tiempo poniendo en juego sus vidas por un chapuzón. Aunque todos sobreviven día tras día.

Esa noche, ya tumbada en su saco de dormir respira hondo mientras las palabras que su padre le dijo por teléfono aquella tarde resuenan en su interior:
Elena, mamá y yo te queremos mucho. Tienes que ser fuerte, esta experiencia te hará una mujer.
Y como ella no pudo decirle que no deseaba ser fuerte ni ser una mujer, que sólo quería volver a casa y estar con ellos, que estaba cansada de caminar, de lavar su ropa en el rio, de sentirse sola a pesar de estar rodeada de gente.

De repente la náusea vuelve de forma mucho más violenta y Elena se levanta. Corre con la linterna en la mano hacia el bosque sorteando los sacos de sus compañeros y en el primer árbol que encuentra algo apartado se agacha y vomita.
Pasados unos minutos se encuentra más relajada, como si hubiera arrojado todos sus miedos. Pasea durante un rato por el bosque y justo antes de regresar busca un sitio para hacer pis.

Y entonces sucede. Incrédula enfoca sus bragas con la linterna una y otra vez, aunque ya no tiene ninguna duda, es una gran mancha roja lo que hay en ellas.
Las lágrimas que había retenido durante tantos días empapan generosamente sus mejillas.

Escena veraniega nº 3: Mireia y Mercé, compañeras de colegio de la infancia, graban su encuentro inesperado en el paseo marítimo de Platja d’Aro. ¡Acción! 

Mercé sale a las 19:35 horas del Hotel Planamar. La acompañan su hijo de once meses y un marido alto y guapo objeto de muchas miradas. Se siente el centro del universo y contempla a los turistas con cierta superioridad.
Mireia sale a las 19:38 horas del Hotel Aromar. La acompaña su cachorro de pinscher miniatura. Cuando Mireia se gira y lo ve detrás de la extensión de su correa tiene la impresión de estar paseando a un ratón. En ese momento piensa que su vida es un cúmulo de decisiones mal tomadas.
A las 19:40 h Mercé y Mireia se topan de bruces en el paseo marítimo siendo inevitable saludarse. Mercé insiste en sentarse a charlar tranquilamente en una heladería y Mireia no sabe cómo declinar la invitación.
La conversación transcurre por el cauce imaginado por Mireia. Mercé lleva la batuta y hace un recorrido por su maravillosa vida mientras su marido asiente y sonríe sin abrir la boca. Un marido de cartón piedra, piensa Mireia. Cuando le toca el turno a Mireia se siente juzgada. Esa comparación de ambas vidas la hace sentirse más pequeñita que su pinscher miniatura. No tiene pareja ni trabajo fijo y eso provoca las palabras compasivas de Mercé que casi la hacen vomitar.
-¿Y cómo se llama vuestro niño?- pregunta Mireia para cambiar de tema.
-Lucas- contesta el padre de la criatura.
-Lucas, un nombre precioso- susurra Mireia algo turbada pues su pinscher miniatura también se llama así.
Lucas, como mi perro, hubiera querido decir aunque un pudor intrínseco a ella la hizo frenarse muy a su pesar.   
Acto seguido irrumpe la voz hiriente de Mercé:
-¿Y tu chiquitín cómo se llama?
-Zar-, responde Mireia, acordándose de aquel perro que siempre andaba suelto por el pueblo de su abuela.

Mireia ha terminado hace rato su leche merengada y no sabe cómo despedirse sin resultar grosera. Ni siquiera el odio que siente en ese momento hacia Mercé la permite renunciar a las reglas de la buena educación. Así que continúan el repaso de las vidas de todas las compañeras de promoción mientras el perro de Mireia da saltitos y pequeños ladridos cada vez que Mercé nombra a su hijo.

Cuando Mercé empieza a hablar sobre un adosado en forma de segunda vivienda que están a punto de adquirir, Mireia piensa que ya ha tenido suficiente. Le encantaría coger la copa de banana Split que está apurando el marido de Mercé  y estampársela en la cara. Sin embargo se conforma con levantarse bruscamente y decir:

-Disculpad pero creo que la leche merengada no me ha sentado bien. Además Lucas tiene ganas de hacer caca. Me alegro de veros.

Mireia se aleja. Es la primera vez en su vida que se va de un sitio sin pagar.   

Escena veraniega nº 4: Interior de un bar de carretera cercano a Borja (Zaragoza). Un matrimonio y su hijo graban el viaje de vuelta de sus vacaciones. ¡Acción!

Son las cuatro y media de la tarde y el calor es asfixiante en la carretera que une Zaragoza con Soria. Una familia de tres integrantes detiene su coche en uno de esos bares cualquiera que pueblan las carreteras del país. Quieren merendar antes de proseguir su viaje. Piden un par de cafés y unos bollos. La madre lleva una bolsa con la merienda del niño de unos cuatro años.

El bar está vacío a excepción de una mesa donde cuatro hombres echan la partida. El camarero sale muy a menudo de detrás de la barra y, de pie, al lado de la mesa de los parroquianos, observa sus cartas.

-Parece que el tiempo no ha pasado por este sitio- dice el padre de familia. Este bar es exacto a los de hace treinta años, ¿no crees? Si hubiéramos venido aquí siendo niños estaría todo igual decorado. Podrías escribir algo sobre ello.  

La tele encendida, aunque nadie la mira. Los taburetes altos de madera detrás de la barra, los calendarios de publicidad colgados en la pared, la vitrina de cristal con la tortilla de patata y los boquerones, las magdalenas en bolsitas de plástico individual.

-Si, es verdad, lo único que no hubiera habido es ese cartel colgado que dice “No hay wifi”- contesta ella.  

Al cabo de un rato los hombres de la partida elevan sus voces con el característico acento maño:

-Ahhh, eso yo lo sé, porque he cantao el veinte, lleva tres triunfos, yo dos.
- Ay la puta, te quejarás, en seis partidas una boda real y no sé cuántas veintes has cantao.  

El matrimonio se mira cómplice. Ella dice que cree que están jugando a la brisca o al guiñote.

Después entra una mujer de unos sesenta años y pide una infusión.

La partida continua y los gritos cada vez son mayores al igual que las palabras malsonantes.
- Caguenlaputa ahí van dos dedos sabes...
- Veintidós, veintidós buenas, los dos patitos.
-¡Meca! Lahostiaputa con esas cartas.
- ¡Ay LaVirgen!, no me jodas.

La madre de familia mira a su marido y le dice que por primera vez se alegra de que su hijo le haya cogido el móvil y esté absorto en él sin oír nada de su alrededor.

La mujer de la infusión se acerca al camarero y mantienen una conversación casi en susurros. Después del último sorbo se dispone a pagar y el camarero rechaza cobrarla. Al salir del bar se para en la puerta para decir:
-Le das recuerdos a laAsun.

El padre de familia insiste a su mujer en que podría escribir algún relato basándose en ese bar.
-¿No estabas buscando inspiración para tu cuarta escena veraniega? La señora que acaba de salir podría ser, por ejemplo, la Sra. Margarita. Viene todos los días a tomar su manzanilla de las cinco de la tarde- le propone emocionado.
- Así será- contesta ella tomando un par de fotos con el móvil y copiando en la aplicación de notas algo de lo que dicen los jugadores de cartas.

Lo que nunca llegará a saber dicho matrimonio es que Margarita se llamaba efectivamente Margarita y que aquella calurosa tarde del 29 de julio de 2017 mantuvo una conversación con el camarero que cambiaría el resto de su vida.  


   
  


   

lunes, 12 de junio de 2017

Primer premio del I Concurso de Relatos Breves Biblioteca Municipal de Castronuño

La provincia de Valladolid trae suerte a estos dos ajos literarios. Hace varios años que gané allí mi primer premio literario: un segundo premio, por aquel relato del coche que recordarán mis lectores más fieles. Esta vez es Marta la que se estrena allí, aunque ella lo hace por la puerta grande; con un primer premio y..¡nada menos que de Castronuño!! No puede inaugurar mejor su estantería de trofeos particular. 

Los ojos de Blanca Pérez Soler, protagonista del relato premiado, no pueden ser otros que los de Marta, que ya hace más de quince años que visitó Castronuño por primera vez. Recuerdo perfectamente cómo nos contó, aún emocionada, cómo vivió la tradición de los quintos que "echaban el verso" a caballo. Hoy, ese acontecimiento, junto con las vivencias que ha ido acumulando a lo largo de los años, le han servido para tejer una historia que además de llevar su sello personal, tiene como telón de fondo a Castronuño, sus paisajes y localizaciones, sus expresiones y costumbres.





Desde aquí os invito a disfrutar del relato y si queréis que la experiencia sea completa os animo a visitar Castronuño, y a deleitarse con la vista del Duero, con sus bodegas, sus gentes y, ¡cómo no! con sus molletes. Antes de terminar agradecer al Ayuntamiento de Castronuño por promover este tipo de iniciativas tan imprescindibles. ¡He dicho, señores!

María


LA RECETA DE LA FELICIDAD
1.
El móvil vibró en la mesilla de noche. El movimiento brusco me despertó. Era sábado, nueve de la mañana, mi primer día de vacaciones. Unas ansiadas vacaciones de las que no disfrutaba desde que entré en la compañía. –¿Cómo dices? ¿Castro… qué?­­– Escuché la voz atropellada que hablaba mientras me frotaba los ojos. La mujer colgó antes de que me diera tiempo a salir del letargo. Fausto Villel, primo lejanísimo de mi madre había fallecido. Hasta ahí nada especialmente relevante. El tal Fausto, moría sin descendientes; y por esos caprichos absurdos del destino y de la genealogía yo resultaba ser su única heredera: ¡Yo!¡Que ni siquiera lo conocía! La noticia venía acompañada de un evento aún más insólito; la mujer que me llamó, alcaldesa del pueblo, me comunicó que Fausto regentaba la panadería y que en dicho local se elaboraba un bollo típico del que sólo él conocía la receta originaria. ­– El mollete ­– me dijo – ¡To!..¿que no los conoces? ­– Su voz se quebró de repente. Después dijo algo sobre un testamento y me pidió que fuera allí cuanto antes. Mis vacaciones habían comenzado de la manera más extraña. ¿Cómo era posible? Yo sólo quería calma después de tantos meses de estrés. Cerré los ojos intentando relajarme, pero no pude. Cogí el móvil y metí “Castronuño” en el GPS. Doscientos tres kilómetros. Dos horas y quince minutos. Al fin y al cabo ¿qué otra cosa mejor tenía que hacer esas vacaciones?
2.
Llegué a Castronuño a mediodía. La niebla espesa parecía estar instalada en aquel pueblo. Mis esperadas vacaciones no coincidían con las del resto de los mortales, estábamos en pleno mes de febrero. Hacía frío. Por la calle no había un alma. Entré en el primer bar que encontré para tomar algo y pregunté al camarero. –No es molestia, mujer, tomate el chisme y ahora te llevo a casa de la alcaldesa–.
Me recibió la mujer peculiar con la que había hablado aquella mañana. Entre manos tenía la declaración de últimas voluntades de Fausto. –Aquí lo dice claro. Tú eres la única heredera en quien confía sus escasas posesiones– Me quedé a cuadros. Blanca Pérez Soler. Mi nombre mecanografiado en aquellos papeles amarillentos me dejó perpleja. El testamento terminaba con una curiosa frase de su puño y letra “Mis secretos se quedan en el fondo del río”, firmado Fausto Villel. No podía entender cómo un familiar lejano al que no conocía me había elegido precisamente a mí. La alcaldesa me contó que Fausto era un hombre muy querido; que el cementerio se llenó como nunca de vecinos para darle el último adiós. Su vida había sido muy austera, su única posesión era su casa ya que la panadería la había regentado siempre en alquiler. Llegados a este punto mi interlocutora mirándome a los ojos me dijo:– Confiamos ahora en ti…porque, eres tú la que tiene la receta, ¿verdad? Su rostro se mudó tenso y desolado cuando vio mis ojos abiertos como platos de incredulidad. Las lágrimas humedecieron los suyos y en una especie de sollozo gimió – No sé qué vamos a hacer sin sus molletes.
3.
Virgilio era la persona que me iba a dar las llaves de su casa. De mi casa. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. La niebla seguía cubriéndolo todo. Subí por la calle Valborrada hasta llegar a la Muela, un mirador que me recomendó el dueño del bar y desde el que, en esos momentos, no se veía absolutamente nada. –Y luego baja a alguna bodega a comer un cacho­– me insistió. Las bodegas subterráneas respiraban hacia el exterior a través de chimeneas humeantes. Estaba empezando a anochecer.
Virgilio me recibió con una amplia sonrisa. Su piel estaba curtida y arrugada. –Éramos muy buenos amigos. Desde chiquitos. Y ahora que ya estoy jubilado he pasado muchos ratos con él aquí… jugando a la Calva o simplemente echando una parlada Su voz transmitía gran vitalidad pero al recordar a Fausto ésta se volvió solemne y triste.
Me abrió la puerta de la casa no sin antes alabar las extraordinarias vistas al Duero que poseía el inmueble. – Las mejores vistas de tol pueblo. Elegante– me dijo.
La casa de Fausto era un auténtico museo. Los muebles parecían muy antiguos pero estaban encerados y bien cuidados. No había un solo hueco en la pared que no estuviera cubierto de cuadros con fotografías. Virgilio me dijo que al panadero le apasionaba coleccionar fotos antiguas: de antepasados, del pueblo, de las fiestas…En el centro de la pared un cuadro de colores pintado al óleo destacaba entre las decenas de fotos en sepia. Era la vista panorámica del río que se veía por la gran ventana justamente desde el lugar en el que se encontraba colgado. Estaba firmado por Fausto. Con un poco de suerte al día siguiente las nubes podrían dejarme ver ese mismo paisaje. Si decidía hacer noche tendría que ser en la propia casa de Fausto ya que todas las casas rurales del pueblo estaban ocupadas.–Es que son los Quintos, y aquí se celebra mucho. Mañana es Domingo Gordo y los chicos corren las cintas– me dijo Pilar, la mujer de Virgilio. No quería abusar de la confianza y la hospitalidad de ambos así que de primeras decliné su invitación a cenar en su casa. – ¡Anda, bobalaverga! Ven a comer un cacho mollete con chorizo y así por lo menos lo pruebas–. No pude negarme.
4.
La velada fue de lo más agradable. El matrimonio me estuvo contando cosas del pueblo, recuerdos de su juventud, de las fiestas, de su trabajo. Virgilio había sido pescador en el río y me relató alguna de sus proezas – Todavía recuerdo aquel día que lanzamos el trasmallo y salieron más de cien peces– La cara de Pilar, sin embargo, se iluminaba cuando hablaba de los Sanmigueles de antaño –Eso sí que eran fiestas, se disfrutaba con lo poco que se tenía. Sólo eran unos días, el resto del año trabajar…y sufrir...Pero esos días eran inolvidables–. Sin darme cuenta el “medio vino” que había bebido durante la cena hacía su efecto y noté mis mejillas acaloradas. El mollete me sorprendió, era un bollo dulce anisado que combinaba a la perfección con el sabor potente y algo picante del chorizo de la matanza. – Nadie ha logrado nunca hacerlos como él– dijo Pilar–. La gente se está quedando ya sin ellos según he oído en la carnicería. Es una pena – Al ver sus ojos vidriosos me di cuenta de lo mucho que significaba, para ellos y para todo el pueblo, el mollete. Era más que un bollo, era un símbolo de lo que eran. Una especie de legado que se iba trasmitiendo de paladar en paladar y que les conectaba directamente con sus raíces. Y ahora lo iban a perder sin que yo pudiera hacer nada. Me fui hacia la casa de Fausto con una sensación de desazón que nunca había tenido.
La lumbre que puso por la tarde Virgilio en el salón había caldeado el ambiente. Saqué del armario una manta que olía a naftalina y me recosté en el sofá arropándome con ella. Por la gran ventana entraba el reflejo amarillo de una farola e iluminaba en la oscuridad la pared repleta de fotos. La plaza de toros de palos, las mujeres con cántaros camino de la fuente, niños sonrientes estrenando zapatos, jóvenes alegres fotografiados delante de las fachadas encaladas…todas las escenas que hacía unos minutos había escuchado narrar. Y en el centro el río. Ese gran río que, irónicamente, era el que veía transcurrir las vidas de toda aquella gente.  Me quedé dormida en apenas unos segundos.
5.
Amaneció con un cielo azul intenso que se reflejaba en las aguas del Duero. Era difícil no conmoverse ante la belleza de la amplia curva que trazaba el río. “Mis secretos se quedan en el fondo del río”. Pensé en las enigmáticas palabras del testamento.
Paseé toda la mañana, por las callejuelas y por los caminos que rodeaban Castronuño. Envidié la vida apacible de los pueblos, esa tranquilidad que reconforta cuerpo y alma. Me crucé con varios lugareños –¡Bueno…!– Todos me saludaban sin conocerme.
Golpearon a la puerta de casa. Eran Pilar y Virgilio vestidos con sus mejores galas. –Vamos, que ya estarán los quintos en el Ayuntamiento y tienes que oírles echar el verso debajo del avión.– No entendí nada pero de repente me sentí una más en aquel pueblo al que hacía apenas veinticuatro horas acababa de llegar. Me colé entre el bullicio de la gente y escuché con atención cómo aquellos jóvenes relataban las historias de su vidas y las de sus familias. Cómo el público se emocionaba cuando mentaban a algún vecino ausente o cómo rompían en aplausos cuando el quinto en cuestión acababa su verso con un enérgico “¡He dicho, señores!”. Un espectáculo digno de ver.
6.
Abandoné el ambiente festivo y caminé hacia la casa de Fausto. Era ya hora de volver a Madrid. Estos días habían sido una experiencia inolvidable, pero ya no tenía mucho que hacer allí. Por desgracia no podía ayudarles en aquello para lo que me habían llamado. Más adelante volvería, eso seguro, de alguna manera el destino así lo había querido.
Recogí mi pequeña maleta. Fui tocando con mis dedos los muebles recios del salón y me quedé mirando por última vez la pared con fotos y el cuadro. “Mis secretos se quedan en el fondo del río”. Me acerqué al cuadro lo suficiente como para poder reparar en las pinceladas del azul del río. ¿Qué me quisiste decir, Fausto? De repente algo impulsó las yemas de mis dedos hasta tocar el lienzo.”…En el fondo del río”. Sonreí sin saber porqué. No soy muy dada a creer en prodigios que no se puedan explicar científicamente pero en ese instante percibí una conexión difícil de expresar. Sin dudarlo agarré el cuadro con los brazos abiertos y lo descolgué nerviosa. Allí estaba. Una caja fuerte incrustada en la pared. Estaba abierta. Ahora me parecía todo tan evidente…
Aquel descubrimiento era mucho mejor que lo que se debía sentir al encontrar un cofre de monedas de oro. Metí mi mano temblorosa en la caja y saqué un papel. Era una fotografía. La más importante de toda la colección. “Mamá y yo”, ponía. El niño que fue Fausto sonreía felizmente a la cámara. Llevaba un mandil puesto y tenía las manos y la cara llenas de harina. A su lado, agachada y agarrándole por la cintura, estaba su madre; también manchada de harina y sonriendo a su hijo con orgullo.
Miré la oscuridad del interior de la caja fuerte. Un papel más aguardaba en el fondo. Amarillento y doblado cuidadosamente. Un aroma dulce de anís lo envolvió todo. 



lunes, 3 de abril de 2017

CULLERA 12:38

por María y Marta
 
En el preciso instante en el que Marita Colmenar salió del agua el recién jubilado del bañador azul clavó el “aplicador” en la arena. El nombre de “aplicador” lo había puesto su mujer, que era de letras puras, y que se le daba muy bien poner nombres. Dicho artilugio de plástico, que supuestamente permitía clavar la sombrilla con mayor facilidad, había sido un boom de ventas entre la tercera edad. Él llevaba aplicando su sombrilla en la arena de Cullera desde el año noventa y nueve en el que compraron el apartamento, pero ésta era la primera vez que lo hacía estando jubilado. Era un cambio importante, sin embargo, él no notó ninguna diferencia.

Cuando Marita Colmenar surgió del agua la joven del bikini rosa flúor cambió la canción de su ipod. De “Stand by me” a “La Gozadera”. Un cambio radical, pero ella ni se inmutó. El movimiento rítmico de su pie derecho siguió siendo el mismo. En el tobillo llevaba un tribal tatuado. De todas las intervenciones por las que había pasado su cuerpo, ésa había sido, sin duda, la más dolorosa. Si cerraba los ojos, todavía podía sentir la maldita aguja pinchando en el hueso. El rosa, por cierto,  ya no era tan flúor como el verano pasado.

La salida de Marita Colmenar coincidió con el momento en el que la mujer que caminaba por la orilla veía un testículo al hombre de la sombrilla de Cruzcampo. Lo vio de pasada, de refilón, mientras caminaba hacia su toalla. Un testículo rebelde que se escapaba de la redecilla del bañador. Lo cierto es que desde que se quedó viuda no había vuelto a ver ninguno. Pero no sintió nada, ni el más mínimo rubor ni cierto asco. Nada. Siguió caminando a paso ligero, su peso pluma apenas dejaba una tenue huella en la orilla.

En el justo segundo en que la silueta de Marita Colmenar abandonaba el mar, la chica hippie de la cinta morada en el pelo buscaba distraídamente un mechero en su bolsa del Banco Santander. La bolsa, la esterilla y la silla reclinable las había heredado de sus tíos, fallecidos sin otra descendencia, junto con la propiedad del pequeño pisito en cuarta línea de playa en el que se había instalado sin fecha de salida. Se sentía pletórica, por fin aquellos dos deshechos por los que nunca sintió ningún cariño se habían ido al hoyo. Lo que nunca sabría, ella ni nadie, es que aquellos no tan inocentes ancianos podrían haberla hecho multimillonaria de haber recibido mejores atenciones por su parte. Las cuentas de cifras mareantes diseminadas en diversos paraísos fiscales se perderían para siempre, como su mirada aquella mañana en el azul del océano.  

Al mismo tiempo en que Marita Colmenar emergió de las aguas del Mediterráneo las dos niñas del balón hinchable de Nivea se reían nerviosas. Llevaban un buen rato observando disimuladamente los pezones erguidos de las dos alemanas que hacían top less dos toallas más a la derecha. Las germanas, oriundas de Stuttgart, ya habían mudado la piel, del blanco lechoso al coral en sólo dos días de playa.   

El grupo de adolescentes no estaban mirando hacia el mar en el instante en el que Marita Colmenar surgió de entre las olas. Los adolescentes no solían nunca mirar el mar. Bajaban sin sombrilla, con gafas de sol y gorra. Jugaban a las cartas y a veces al fútbol. Pero se cansaban rápido, se cansaban de todo rápido. Se sentían incomprendidos, maltratados por sus padres, por sus profesores y por la sociedad. Y a nadie parecía importarle. Ellos habían venido al mundo para soñar, para hacer algo grande, para ser reconocidos. Pero, incluso todo eso podía esperar, ellos habían venido ese verano al Levante español para follar.

Yo fui una de las pocas personas que vieron salir a Marita Colmenar del agua. Fui de las pocas personas que vi como el mar la devolvía, ya sin vida. Hacía un rato también la había visto meterse,  feliz y decidida. Me había fijado en ella porque sonreía diferente, estaba relajada, en paz.  Y la verdad es que a mí me dio envidia. Yo estaba pensando en mi desgracia, en mi divorcio, en las pocas ganas que tenía de vivir.

 

domingo, 1 de enero de 2017

Microrrelatos Espejos

Para terminar el año, como es habitual, Cabezas de Ajo participa en el concurso de microrrelatos que celebra nuestro colectivo literario Renglones de ficción. Este año la temática era: los espejos. Aquí os dejamos nuestros dos micros. ¡Feliz año, lectores!


ATRAPADOS                         por María

"Dicen que en los espejos se quedan atrapados los recuerdos de las personas que los usaron"

Hace meses que Julia no sale a la calle. Su vida transcurre de la cama al sillón y viceversa. Su conversación se reduce a monosílabos que, de un tiempo a esta parte, empiezan a escasear. Marta enciende la televisión casi todo el día “para que le haga compañía”, aunque la expresión inmutable del rostro de Julia no opina lo mismo. Julia no recuerda su nombre.

Sin embargo, los lunes por la mañana sucede algo mágico. Es la hora en que Marta lleva a Julia frente al espejo del salón y se ocupa de peinar y masajear su cabeza, de cortar su cabello cuando lo estima oportuno, de mimarla. Y entonces Julia abre mucho los ojos, sonríe, las aletas de su nariz se mueven como si tuviera otra vez delante, como cada domingo de antaño, sus alabados callos con garbanzos. Una cascada continua de gestos inundan su semblante para terminar con un “te quiero”, que pronuncia coqueta con sus labios recién pintados.


23:59                                por Marta

Quedaban menos de cinco minutos para la medianoche. La luna llena iluminaba Madrid. Luis cerró la puerta del piso; echó la llave y los dos candados. Los nervios seguían apoderándose de él. Intentó tranquilizarse. Bajó las persianas y comprobó de nuevo la llave. Estaba solo en casa, lo de siempre, no hay problema. 23:59. El cuerpo de Luis se tensó, llamaron al timbre. ̶ ¡Váyase! ̶ soltó abruptamente. Miró por la mirilla: de nuevo aquel joven estudiante que se sacaba unas pelas haciendo encuestas. No se iba. Luis abrió la puerta y le dejó pasar deslizando silenciosamente el candado a su espalda. ̶ Discúlpame que vaya al baño, ahora mismo estoy contigo ̶ dijo Luis amablemente.

Apoyó las manos en el lavabo y sus ojos angustiados miraron al espejo. Estaba a punto de ocurrir. Sus orejas adquirieron movimiento repentino y, como por arte de magia, los poros de su piel se empezaron a abrir para dar paso a un vello oscuro que cubrió sus pómulos. Después su frente, su cuello. La angustia desapareció y su estómago se relajó.

Sonrió al espejo dejando ver sus afilados y blancos colmillos.


domingo, 6 de noviembre de 2016

Pelucas "La Rocha"


por Marta
 
 
Los coches de policía no tardaron en llegar. Las luces en sus techos hacían sombras en las paredes de la estrecha calle y las sirenas se alzaban por encima del tumulto de los transeúntes.  La bocacalle León, en pleno centro de Madrid, a unos pasos de la Puerta del Sol, vivía aquel gélido seis de noviembre el suceso por el cual pasaría a la historia.

Fue la señora Carmen la que alertó con una llamada al 112. Había pasado delante de ese escaparate todos los días desde que llegó a la capital. “Pelucas La Rocha” decía el letrero de aquel curioso establecimiento. 

Ella siempre había contemplado aquel escaparate como el que tiene delante una pantalla con grandes estrellas de cine. Ver aquellas cabezas de maniquí con esas cabelleras tan envidiables, esas mujeres tan guapas, esas cejas tan perfiladas…el pelo que ella nunca tuvo. El glamour que siempre deseó. Cariñosamente las apodaba “mis chicas” y en su imaginación las había bautizado con nombres tan modernos para ella como Cindy, Amanda o Bárbara.

La señora Carmen se detuvo temprano aquella fría mañana ante la gran luna y aprovechó para ponerse los guantes de lana. Había helado. Mientras echaba la habitual mirada de reconocimiento a “sus chicas” percibió que algo no estaba en su lugar. Quizás el orden o la disposición de aquellas cabezas con cabellos sedosos. Quizás sus miradas, que hoy se perdían en el infinito.

Un escalofrío recorrió su cuerpo. Entre “las chicas” había una nueva; la del fondo a la derecha, al lado de la pelirroja. Una nueva cabeza nada glamourosa, con la mirada apuntando al cielo. El pelo revuelto. La cabeza de la mujer que durante más de veinte años había estado detrás del mostrador.

Por su cuello, de manera cadenciosa, resbalaban las gotas de sangre espesa.

lunes, 22 de agosto de 2016

Propiedad de Marciano y Blandina


Por Marta

 
Mariña era una aldea de Palencia. Tranquila, siempre soleada. Nació hace cientos de años en una enorme explanada castellana. Tierra de cultivos de secano sin apenas sombras en las que cobijarse. El pueblo de Mariña dejó de existir ayer, quince de agosto a las tres en punto de la tarde, cuando el sol estaba en lo alto y cuando, Marciano, su último habitante, expiró su último soplo de vida. 

El pueblo, ahora desierto, tiene apenas dos calles. Dos calles paralelas que desembocan en la plaza del pueblo. En ésta hay una iglesia minúscula y a su vera un cementerio grande que ocupa casi la misma extensión que la aldea. Los habitantes de Mariña han ido pasando, uno a uno, de dormir en sus casas a descansar en sus tumbas a unos pocos metros de distancia. Excepto una todas las casas están cerradas, algunas ya medio derruidas.

Nunca fue una aldea importante pero hubo épocas de esplendor en la que los habitantes de Mariña celebraban su día grande el quince de agosto. Y los agricultores después de la cosecha se perfumaban y se ponían una camisa blanca y limpia para bailar en la plaza del pueblo. Las muchachas sonreían más de lo habitual y se peinaban como si ese día no fueran a lucirse para la gente de siempre. Los niños correteaban hasta tarde. Y en las dos calles paralelas ondeaban banderines de colores de esos que acaban descoloridos y rotos con los años. Y que llegan así de rotos hasta el día de ayer en el que el pueblo desaparece.

Marciano ya ha dicho su última palabra. En realidad no la ha pronunciado porque no había, en toda esa vasta extensión de tierra, oídos que la escucharan. Pensaba morir tranquilo pero su último pensamiento fue una zozobra que le había acompañado los últimos días. Casi como un escalofrío. Hay un hueco para él en el panteón que compró junto a su mujer. En el mármol puede leerse “Propiedad de Marciano y Blandina” y ésta última lleva ya más de treinta años esperándolo. Pero, una pregunta flota en el aire caliente de ese medio día castellano, ¿quién enterrará su cuerpo en el cementerio de Mariña?

 

viernes, 27 de mayo de 2016



Píldora 3- Canda(dos)
por Marta


Me he quedado mirándolo fijamente. En el subterráneo de Avenida de América, justo en el andén de la línea 6, en el respaldo del segundo banco según bajas por las escaleras hay un candado. Cerrado y enganchado a ese banco metálico para toda la eternidad. Podéis ir y comprobarlo. No es que se trate de algo demasiado extravagante ni digno de la atención de todos los presentes pero esta tarde me he sentado en ese banco y ha llamado mi atención. Probablemente la primera razón ha sido que se me ha clavado en la espalda; después, cuando me he retirado, no he podido evitar tocarlo, comprobar que estaba cerrado, observar si tenía algún tipo de inscripción. Un candado. Sin más. Nada que lo diferenciara del resto de candados que hay por el mundo. Bueno quizás sí, su función, porque en este caso, a simple vista, su función es básicamente ninguna. O no. Me ha dado por pensar en diferentes (y algunas muy absurdas) formas en las que ese candado había podido terminar ahí. La primera,  como no, la opción romántica. Dos chavales con poco presupuesto como para viajar hasta París y poner su candado en el puente del Sena deciden que su amor mirará para siempre al horizonte de este magnífico y angosto túnel de la línea circular del metro de Madrid. Maravilloso. ¿Pero por qué no han puesto sus nombres? No les ha dado tiempo porque justo ha venido su tren… ¿Y no les habrá resultado paradójico simbolizar su amor con un objeto cuya función es quitar la libertad? No, tienen dieciséis años y no están para pensar esas  tonterías. Bien, pues si son unos niñatos inmaduros abandono esta opción y me inclino por la segunda posibilidad. Empleado de ferretería. Su jefe es lo más parecido al Sr. Scrooge que habita ahora mismo en todo Madrid. Egoísta, de trato despótico con su único empleado, mezquino…todo lo que no sea ganar dinero le parece inútil y despreciable. Nuestro empleado se ha despedido hoy en la ferretería. Él es una persona buena, de gran corazón. No aguantaba ni un día más trabajando allí. A modo de pequeña venganza ha decidido robar cinco o seis candados del almacén. Esta venganza minúscula para cualquier persona normal hará enloquecer a nuestro miserable  Sr. Scrooge. El primer candado lo pone discretamente en este banco y tira la llave a la vía. Nunca nadie, jamás, volverá a humillarle. Una historia triste, sin duda. Me decanto entonces por la tercera opción. Claramente. La tercera alternativa va dedicada a ti. No me refiero a cualquiera de los lectores que estáis leyendo estas líneas ahora mismo sino a la persona que, además de leerlas, las ha hecho posible. Tú, que vas de sitio en sitio prendiendo candados en lugares imposibles, tú, buscador de historias que pones esos candados para que algunos pececillos, como yo, caigamos en tus redes. Tú que necesitas la literatura igual que respirar y que todas las noches buceas en los blogs de este país para ver si hay una nueva historia que hable de ese candado que tus manos han colocado hábilmente esta mañana. A ti, que ahora saboreas el éxito una vez más y que sabes que, con cada nuevo amanecer, volverás a empezar porque el mundo te necesita.