Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



lunes, 22 de agosto de 2016

Propiedad de Marciano y Blandina


Por Marta

 
Mariña era una aldea de Palencia. Tranquila, siempre soleada. Nació hace cientos de años en una enorme explanada castellana. Tierra de cultivos de secano sin apenas sombras en las que cobijarse. El pueblo de Mariña dejó de existir ayer, quince de agosto a las tres en punto de la tarde, cuando el sol estaba en lo alto y cuando, Marciano, su último habitante, expiró su último soplo de vida. 

El pueblo, ahora desierto, tiene apenas dos calles. Dos calles paralelas que desembocan en la plaza del pueblo. En ésta hay una iglesia minúscula y a su vera un cementerio grande que ocupa casi la misma extensión que la aldea. Los habitantes de Mariña han ido pasando, uno a uno, de dormir en sus casas a descansar en sus tumbas a unos pocos metros de distancia. Excepto una todas las casas están cerradas, algunas ya medio derruidas.

Nunca fue una aldea importante pero hubo épocas de esplendor en la que los habitantes de Mariña celebraban su día grande el quince de agosto. Y los agricultores después de la cosecha se perfumaban y se ponían una camisa blanca y limpia para bailar en la plaza del pueblo. Las muchachas sonreían más de lo habitual y se peinaban como si ese día no fueran a lucirse para la gente de siempre. Los niños correteaban hasta tarde. Y en las dos calles paralelas ondeaban banderines de colores de esos que acaban descoloridos y rotos con los años. Y que llegan así de rotos hasta el día de ayer en el que el pueblo desaparece.

Marciano ya ha dicho su última palabra. En realidad no la ha pronunciado porque no había, en toda esa vasta extensión de tierra, oídos que la escucharan. Pensaba morir tranquilo pero su último pensamiento fue una zozobra que le había acompañado los últimos días. Casi como un escalofrío. Hay un hueco para él en el panteón que compró junto a su mujer. En el mármol puede leerse “Propiedad de Marciano y Blandina” y ésta última lleva ya más de treinta años esperándolo. Pero, una pregunta flota en el aire caliente de ese medio día castellano, ¿quién enterrará su cuerpo en el cementerio de Mariña?

 

viernes, 27 de mayo de 2016



Píldora 3- Canda(dos)
por Marta


Me he quedado mirándolo fijamente. En el subterráneo de Avenida de América, justo en el andén de la línea 6, en el respaldo del segundo banco según bajas por las escaleras hay un candado. Cerrado y enganchado a ese banco metálico para toda la eternidad. Podéis ir y comprobarlo. No es que se trate de algo demasiado extravagante ni digno de la atención de todos los presentes pero esta tarde me he sentado en ese banco y ha llamado mi atención. Probablemente la primera razón ha sido que se me ha clavado en la espalda; después, cuando me he retirado, no he podido evitar tocarlo, comprobar que estaba cerrado, observar si tenía algún tipo de inscripción. Un candado. Sin más. Nada que lo diferenciara del resto de candados que hay por el mundo. Bueno quizás sí, su función, porque en este caso, a simple vista, su función es básicamente ninguna. O no. Me ha dado por pensar en diferentes (y algunas muy absurdas) formas en las que ese candado había podido terminar ahí. La primera,  como no, la opción romántica. Dos chavales con poco presupuesto como para viajar hasta París y poner su candado en el puente del Sena deciden que su amor mirará para siempre al horizonte de este magnífico y angosto túnel de la línea circular del metro de Madrid. Maravilloso. ¿Pero por qué no han puesto sus nombres? No les ha dado tiempo porque justo ha venido su tren… ¿Y no les habrá resultado paradójico simbolizar su amor con un objeto cuya función es quitar la libertad? No, tienen dieciséis años y no están para pensar esas  tonterías. Bien, pues si son unos niñatos inmaduros abandono esta opción y me inclino por la segunda posibilidad. Empleado de ferretería. Su jefe es lo más parecido al Sr. Scrooge que habita ahora mismo en todo Madrid. Egoísta, de trato despótico con su único empleado, mezquino…todo lo que no sea ganar dinero le parece inútil y despreciable. Nuestro empleado se ha despedido hoy en la ferretería. Él es una persona buena, de gran corazón. No aguantaba ni un día más trabajando allí. A modo de pequeña venganza ha decidido robar cinco o seis candados del almacén. Esta venganza minúscula para cualquier persona normal hará enloquecer a nuestro miserable  Sr. Scrooge. El primer candado lo pone discretamente en este banco y tira la llave a la vía. Nunca nadie, jamás, volverá a humillarle. Una historia triste, sin duda. Me decanto entonces por la tercera opción. Claramente. La tercera alternativa va dedicada a ti. No me refiero a cualquiera de los lectores que estáis leyendo estas líneas ahora mismo sino a la persona que, además de leerlas, las ha hecho posible. Tú, que vas de sitio en sitio prendiendo candados en lugares imposibles, tú, buscador de historias que pones esos candados para que algunos pececillos, como yo, caigamos en tus redes. Tú que necesitas la literatura igual que respirar y que todas las noches buceas en los blogs de este país para ver si hay una nueva historia que hable de ese candado que tus manos han colocado hábilmente esta mañana. A ti, que ahora saboreas el éxito una vez más y que sabes que, con cada nuevo amanecer, volverás a empezar porque el mundo te necesita.  


martes, 17 de mayo de 2016

PRIMER PREMIO DE MICRORRELATO 2016 RIBEIRASACRA-CONCELLO DE PARADA DE SIL

Cabezas de Ajo vuelve a estar de celebración. No hace mucho festejábamos un segundo premio de relato corto y aquí estamos de nuevo para comunicaros nuestra alegría por la obtención de un primer premio de microrrelato. 

http://www.farodevigo.es/portada-ourense/2016/04/01/maria-cabezas-ruiz-madrid-ganadora/1433046.html

Máximo 200 palabras. Tema libre. María presenta "Amor en las antípodas" y ¡tachán! El 14 de mayo (a pesar de la niebla, las seis horas de viaje y la familia de jabalíes que se nos cruza por la carretera) Cabezas de Ajo consigue llegar al municipio de Parada de Sil para recoger su "primer primer premio".

Aquí os dejamos una composición fotográfica del día tan especial que vivimos y el microrrelato ganador. Y para el que no conozca los Cañones del Sil y alrededores os animamos a visitarlo, merece la pena. 



AMOR EN LAS ANTÍPODAS

A pesar de que todas las letras del alfabeto se interponían entre ellas, la a y la zeta se vieron envueltas, sin quererlo ni buscarlo, en el baile acompasado del amor. La a, alma de líder, se quedó hechizada por la timidez innata de la zeta. La buscó incesante por los ríos de palabras, por las sílabas cadenciosas. Se supieron cerca en los campos de arroz, en la zozobra de los navíos o en el fuerte olor del almizcle, pero deseaban tocarse, sentirse cerca. Y por fin se juntaron en el azul del cielo, en el vuelo del azor. Se amaron furtivamente entre las zarzas, en el agua cristalina de las pozasGozaron del momento fugaz, de la danza de seducción hasta darse caza extenuadas. A tanto llegó su pasión que quisieron saltarse las reglas, buscándose inútilmente en las azequias, en el correr de las gazelas o en el sabor de las azeitunas; pero una tal RAE las castigó severamente.
Todavía hoy los censores las sancionan cuando dan rienda suelta a su exaltación, cuando traspasan muros infranqueables. Pero ellas sonríen, saben que su amor perdurará en el más eterno de los abrazos, en lo más hondo del corazón.




Agradecer desde aquí a los miembros del jurado y al Concello por elegir mi microrrelato, por dejarme leerlo y dedicarlo a toda la gente que me quiere. Ellos saben quién son. María 

      

viernes, 18 de marzo de 2016

Píldora 2- Violetas


He llegado al andén del metro y en el cartel que anuncia el próximo tren se advertía de una avería en el tendido que provocaba una demora de 15 minutos. Hacía tanto frío en la calle que me ha dado igual con tal de estar en un sitio calentito. He encendido mi ebook con la intención de amenizar la espera. Una mujer mayor se ha puesto a mi lado y su perfume espeso me ha aturdido. Creo que era algún tipo de fragancia que me ha recordado a esos caramelos de violetas que le gustan a todo el mundo menos a mí. Si no tenía suficiente con el aturdimiento del sentido del olfato ha continuado por el del oído: se ha puesto a hablar por teléfono. Sí. Con ese volumen con el que suelen hablar las personas mayores por el móvil. Quería abstraerme de su voz/olor cuando de repente en sus palabras algo ha llamado mi atención. –Claro que te quiero, mi amor­- He apagado mi ebook para poner la antena en su conversación. Su voz contenía una ternura especial. Perdónenme, no es que no crea en el amor eterno pero no me negaréis que tal efusividad resulta, cuanto menos, curiosa. -Sí, ya sabes, todo bien, los chicos bien. Ya te dije ayer que nuestra pequeña tuvo ayer la ecografía y, ¿sabes qué? va a ser niño… y le van a llamar Alonso. Como tú- En ese momento me pareció percibir que su voz se quebraba y sus ojos se humedecían. Casi sin esperar la réplica al otro lado del teléfono ha continuado. ̶Ya sabes que me muero de ganas de verte… pero será cuando tenga que ser… estas cosas no se deciden. Pero ten seguro que hasta entonces voy a estar pensando en ti continuamente. Como siempre-  De repente, cuando aún estaba terminando de pronunciar estas palabras, un timbre de llamada telefónica me ha sobresaltado. Y no penséis que soy una persona muy asustadiza, es que el timbre de llamada provenía del móvil de la mujer. El móvil que tenía pegado a su oreja y con el que supuestamente mantenía una conversación. Ha cruzado su mirada con la mía y con nerviosismo la ha desviado mientras descolgaba la llamada. –¿Dígame? Ah sí, hola, hijo, ¿qué tal estás… - La mujer se ha alejado de mí mientras hablaba y yo me he quedado paralizada en el andén. Aún quedaban dos minutos para que llegara el tren. Dos minutos para seguir preguntándome si creo en el amor eterno.

viernes, 4 de marzo de 2016

por Marta


Los retos personales son importantes en esta vida. Eso dicen. No tengo muy claro si lo importante es ganarlos, perderlos o simplemente intentar llevarlos a cabo. Yo es que de retos se muy poco, más bien nada. Con ocho años mis padres me compraron una maqueta de “Mi gran templo egipcio” y no pasé de los cimientos. Años más tarde mi primer novio me regaló unas zapatillas de correr y el dorsal para una futura carrera de 10km; no conseguí hacer más de quinientos metros sin tener flato. Hace unos meses mi mejor amiga se empeñó en que tenía que acompañarla en su enésima dieta y que ambas perdiéramos tres o cuatro kilos; compró libros para contar puntos calóricos, dvd’s para hacer gimnasia… y no hace falta que diga que la aguja de mi báscula no se movió ni un gramo (por suerte tampoco en modo ascendente).
Así podría relataros innumerables eventos en los que he ido fracasando una y otra vez. Guerras cotidianas en las que suelo desertar. No he conseguido la gloria en ninguna de ellas. Y es que me he dado cuenta que en ninguna de estas ocasiones los retos me los he puesto yo, siempre me los ha puesto otro.
Así que este año nuevo en enero (que es oficialmente cuando uno debe plantearse desafíos) decidí que iba a estudiar unas oposiciones. Y pensaréis que teniendo trabajo (como lo tengo) y sin embargo siendo una chica soltera y viviendo en casa de mis padres el reto más coherente era echarse novio y emanciparse. Pues os doy la razón. Pero no. Esos son los retos que me ponéis vosotros y que probablemente intente pero no consiga, como el templo egipcio o la carrera de 10km.
Yo me he propuesto otro reto.

Así que me fui a una academia, me apunté, me compré temarios, archivadores, libros, rotuladores… me espera el año más gris de mi vida, encerrada en mi poco tiempo libre en bibliotecas, rodeada de apuntes, bajo el flexo… El jueves pasado, por fin, tuve mi primera clase en la academia. Y hoy, que es jueves de nuevo, he tenido la segunda.
El caso es que todo esto os lo cuento porque en el trayecto de metro que va desde mi trabajo hasta la academia, tanto el jueves pasado como éste, he observado dos hechos que han llamado mi atención. Nada del otro mundo, sucesos cotidianos que, sin embargo, han detenido el trasiego de mi mente unos segundos. Y he pensado que era una señal: esto merece ser escrito. Por bello, por extraño, por auténtico. Como os digo, lo he considerado una señal porque… qué casualidad, justo me pongo a estudiar, decido aparcar durante una temporada la creatividad que requiere la escritura y curiosamente las historias vienen a mí. Puntualmente, el mismo día y en el mismo trayecto. 

Así que, si no me falla la intuición, todos los jueves de este año en ese mismo camino estoy destinada a encontrar algo diferente, algo que me conmueva. Y este es mi reto. Lo de aprobar las oposiciones sería un puntazo, sí, pero mi verdadero reto es transmitiros estos pequeños detalles, como píldoras semanales, para que os hagan este mundo un poco más llevadero. Para no dejar que se pierdan en la inmensidad del universo.

 

Píldora 1- Amor de padre

Entro corriendo en el vagón antes de que se cierren las puertas. Mierda. El primer día y ya voy a llegar tarde. Llevo toda la mañana sentada en el trabajo pero al entrar en el metro hay un asiento vacío y si en el metro hay un asiento vacío todo el mundo sabe que es de obligado cumplimiento sentarse en él: pase lo que pase. Así que me desplomo en él. Abrigo, paraguas, carpeta, bolso; acumulo todas mis pertenencias encima de mis piernas en un montón que casi me impide ver al de enfrente. Se abren las puertas y en la parada de Nuñez de Balboa entra un chico joven. Se sienta al lado del señor que tengo delante y empiezan a hablar. Observo sus caras, sus gestos. Se parecen mucho, demasiado. Por su conversación deduzco que son padre e hijo. Intento disimular y no centrar mi atención en ellos aunque verdaderamente me gusta mirarlos. Tienen una conversación pausada, prolongan los silencios, se miran a los ojos. Desvío mis ojos de sus caras y me topo con algo sorprendente. El chico lleva dos objetos en sus manos que me son muy familiares. En primer lugar una carpeta azul de la misma academia a la que  me dirijo, ¡idéntica a la que tengo yo en mis manos! Y en segundo lugar, encima de sus rodillas, una vieja mochila con el siguiente bordado: “Ganadores IV Premio Conoce la U.E”. En realidad mi vieja mochila no tenía ese mismo bordado si no el de “Finalistas IV Premio Conoce la U.E”. Hace por lo menos catorce o quince años del concurso que nos llevó a la final a los dos institutos que más sabían de la Unión Europea de toda la Comunidad de Madrid. Y yo estaba entre los tres alumnos que representaban a mi instituto. Aún recuerdo cómo me sudaban las manos. Fallé en la fecha de la firma del Tratado de la CECA, me equivoqué por un día. Por un solo día. Y eso nos hizo perder el viaje a Bruselas. A nosotros sólo nos dieron la mochila y una camiseta. Así que supongo que el chico que ahora mismo tengo enfrente tuvo la suerte de conocer la sede de la Comisión Europea y de pasearse debajo del Atomium. Siguen hablando. Me entran ganas de interrumpir su conversación y contarles todo esto, ¡menuda casualidad! Reprimo la ilusión momentánea que a mí me hace esta coincidencia y sigo observándoles. Hablan de cosas normales pero su conversación es en algo diferente a las del resto del vagón: se escuchan. Mientras uno habla, el otro calla. Respetan los tiempos, se miran a los ojos y ambos parecen apreciar lo que dice el otro. Están ajenos al ajetreo de alrededor, como si una burbuja de serenidad los rodease. Llega nuestra parada. Supongo que se bajará en la misma que yo, a juzgar por su carpeta. Me apresuro a ponerme el abrigo, el paraguas, el bolso. El chico se levanta y se echa a la espalda la vieja mochila. Se inclina hacia su padre y, después de darle un beso en la mejilla, se despide  - Te quiero, papá.
 

martes, 22 de diciembre de 2015

La despedida

 Por Marta      

                   
Conozco a la señora Cecilia desde hace más de cincuenta años; desde el mismo día que entré a trabajar como portero en el edificio que ella nació.

El portal ocho de la calle Alsacia ha sido mi hogar desde entonces y estoy profundamente agradecido a todos los propietarios que han ido pasando año tras año. Que han renovado su confianza en mí, que han aguantado mis días malos y valorado mis aciertos. Tengo setenta y cinco años y soy consciente de que mi agilidad y mi memoria no son las mismas de antes, así es que he accedido a la propuesta de jubilación llevada a cabo por la junta de vecinos. No tengo hijos ni más pertenencias de las que caben en una maleta que he comprado esta misma mañana. Nunca había salido de viaje así que para mí esto de hacer la maleta es algo nuevo. La semana que viene empiezo a vivir de alquiler en un apartamento pequeño, a dos manzanas de aquí. Se me hace raro pensar que dentro de unos días pasearé por esta calle mirando este portal como lo haría cualquier viandante.

He crecido a la par que la señora Cecilia y quizás sea por eso, he sido un espectador silencioso de su vida. También, por supuesto de sus cambios físicos. La vejez va consumiendo de muchas formas nuestros cuerpos, pero la vivacidad de sus ojos o el sosiego en su gesto, eso nunca lo ha perdido. Si bien hay una cosa que ha cambiado a lo largo de todos estos años es su piel. Sus mejillas, antes hinchadas, tersas y con tendencia a sonrojarse, hoy se muestran opacas y curtidas, como castigadas por el tiempo a resultar inexpresivas. Sus manos, con los dedos largos y finos, ahora tienen la piel arrugada; y las venas que las recorren están tan marcadas que se puede seguir sin dificultad su recorrido. No hay un solo día que Cecilia no lleve pintadas de forma impecable las uñas de un brillante rojo carmín. En su dedo anular de la mano derecha la alianza de su marido y por delante la suya propia. Es curioso que a estas alturas siga manteniendo la fidelidad que su marido nunca le tuvo.

La señora Cecilia se ha pintado toda la vida los labios de rojo a juego con las uñas y en ocasiones, sin querer, también se pinta los bordes de los dientes, pero como lo sabe, cuando termina, se pasa la lengua sutilmente por delante de ellos. Esta operación suele realizarla al bajar en el ascensor, el cual deja impregnado de una espesa fragancia a violetas. Este intenso perfume resulta pesado y denso, incluso nauseabundo, pero cuando yo lo huelo me parece que en él está contenida la esencia de toda una vida.

Casi todos los días de nuestras vidas nos hemos cruzado en el portal. Al principio de conocernos, con la inocencia de la juventud, apenas nos cruzábamos un tímido saludo. Luego la rutina y también  la literatura nos fueron uniendo. Los ratos muertos en la portería los he pasado leyendo los libros que ella me ha prestado. El 2º B ha sido mi biblioteca particular. Con el paso de los años Cecilia y yo hemos ido cogiendo confianza, incluso teniendo largas conversaciones, a veces de cosas banales y otras no tanto. Conozco su pasado, sus sentimientos. Sus ojos me resultan tan familiares como al mirar mi cara en un espejo.

Hoy, a primera hora de la tarde, he empezado mi ronda de despedida por todas las viviendas del portal. He dejado su puerta para la última. La señora Cecilia es una verdadera amiga y presentía que despedirme de ella iba a ser difícil.

Nunca pensé que tanto. He llamado al timbre más de quince veces. Estoy completamente seguro que desde que volvió de la compra esta mañana Cecilia no ha vuelto a salir de casa. 
                                                 

sábado, 28 de noviembre de 2015

Segundo Premio de Relato Corto AEINAPE 2015

Queridos lectores, 
Es una alegría para nosotras comunicaros que nuestra estantería de trofeos se amplía con el "Segundo Premio de Relato Corto 2015" de la Asociación Española de Antiguos Alumnos del INAP que ha conseguido María con su relato titulado "Discurso". 
Anoche, 27 de noviembre de 2015, Cabezas de Ajo asistió a la cena en la cual se realizó la entrega de premios. El restaurante, en un enclave privilegiado, con vistas al Palacio Real de Madrid, fue un escenario mágico. 
Desde aquí dar la enhorabuena a los premiados, y en especial a Miguel Ángel Gayo que con "La Rebusca de un poema inacabado" se alzó merecidamente con el primer premio de relato corto y a Antonio Flórez que obtuvo el meritorio segundo puesto en la categoría de novela con "Como el que tiene un huerto de tomates". Con ellos y sus acompañantes compartimos una muy agradable velada. Asimismo agradecer a la Asociación de Antiguos Alumnos del INAP que entre sus numerosas actividades hagan un hueco a este tipo de iniciativas.

Os dejamos unas fotos de la noche y a continuación el relato que, como veréis, no precisa dedicatoria alguna. 





DISCURSO

Estimados miembros del jurado, compañeros y amigos:
En primer lugar quería aprovechar la oportunidad que se me brinda para agradecer a los miembros del jurado de la Asociación de Antiguos Alumnos del INAP de España que me hayan otorgado este primer premio de relato corto, no sólo por el honor que supone dicho galardón, máxime dada la cantidad de escritos de calidad presentados, sino porque en cierto modo lo considero una recompensa a mi desempeño público durante los últimos nueve años, es decir los tres trienios que se reflejan en mi nómina.
Asimismo, quería utilizar este discurso para agradecer a mis progenitores, ambos empleados públicos, el haberme inculcado con su ejemplo no sólo una forma de ganarse la vida sino, en definitiva, una forma de ver y concebir el mundo. Fue esta vocación por servir al interés público y general observada desde la infancia la que me llevó a decantarme por el camino funcionarial, por encima de otras profesiones que probablemente podrían haberme dado más éxitos en otras parcelas – todo el mundo sabe que hay pocos funcionarios ricos monetariamente hablando-, pero que nunca me habrían dado la satisfacción de saber que dedico mi esfuerzo diario a un fin que coincide con mis principios éticos y morales.
Por último, valga también ese agradecimiento, para todos aquellos trabajadores de la Administración Pública Española, bien fueran funcionarios, laborales, interinos o eventuales, con los cuales me he cruzado en los diferentes destinos de mi aún corta vida laboral y que, por uno u otro motivo, merecen toda mi admiración. Por ofrecerme su ayuda desinteresada, por su dedicación, por su inteligencia, por renunciar a muchos desayunos por terminar un trabajo por el que inacabado le hubieran pagado igual, por sus consejos, por sus risas; este premio es para todos ellos. Sin embargo a esos empleados públicos que, aun siendo los menos, colaboraron con su nefasto ejemplo a dar mala fama al resto de compañeros de profesión, a ellos no les agradezco nada, no les dedico este premio, no les dedico ni una línea más de este discurso.
Dicho esto, considero apropiado hablar a continuación de la historia que me ha proporcionado la ocasión de estar aquí en este momento, frente a un auditorio tan especial, donde puedo reconocer a algunos de esos empleados admirables que no salen ni a desayunar, a pesar de que carguen con la fama de hacerlo dos y hasta tres veces al día.  
Mi amiga Coe, también funcionaria y aquí presente, a la que conocí en la academia en la que preparamos las oposiciones para trabajar en la Administración  Púbica, fue la que me habló de Kima N´Doye. Ella había sido periodista años atrás y podía pasarse horas contando anécdotas y chismes de diverso calado. Fue el propio Kima el que le había relatado a ella su triste historia, antes de saber que ésta era en realidad más triste de lo que él mismo podía intuir por aquel entonces. Mientras Coe me refería los pequeños detalles de la misma, estos se iban almacenando en mi mente y sabía que tarde o temprano acabarían formando parte de mi mundo de ficción. Por ello, en cuanto tuve conocimiento de la existencia de un concurso de relato corto para empleados públicos supe que era el momento adecuado. Sin embargo lo que yo no sabía es que la presentación a este concurso provocaría que el verdadero final de la historia de Kima viniera a mí por sí solo, dejándome boquiabierta, aturdida, sin capacidad de contar aquí hoy otra cosa que no sea lo que realmente ocurrió.   
Comencé a escribir mi relato usando toda la información que el protagonista de la historia le había dado a Coe y que ésta a su vez me había transmitido a mí, si bien aderecé la crónica con algún que otro dato imaginado que, sin desvirtuar el suceso real, lo hiciera más literario. En dicho escrito no me pareció preciso que constara cómo era la vida de Kima en Nigeria, antes de que llegara ilegalmente a  España, con veinticuatro años y tras muchas horas de penoso viaje. Tampoco incluí en el mismo que su padre había abusado sexualmente de su propia hija en repetidas ocasiones, y que tiempo después, para alivio de la hermana de Kima, murió ahogado mientras faenaba a bordo de su canoa en el río Benue. Todos estos datos no consiguieron atravesar la frontera entre el boceto y el texto definitivo y me pareció más apropiado no darlos a conocer, guardándomelos para mí. Lo que sí acabó reflejado en el papel era que Kima se enamoró de una mujer española, bastante mayor que él, y que ésta se enamoró también de él, aunque ninguno de los dos supo que su amor estaba siendo silenciosamente correspondido hasta que fue definitivamente tarde.
No voy a negar, aunque esto me condene a ser tachada de soberbia, que una vez que decidí escribir la historia de Kima y presentarla al concurso, ya no podía contemplar la posibilidad de no ser premiada. Es más, llegué a fantasear con la idea de ganar el primer premio y de escribir un discurso en el que agradecía el galardón tanto al jurado como a otras muchas personas, y en el que posteriormente desgranaba paso a paso cómo se había fraguado la historia premiada. Pero lo cierto es que según iba escribiendo sobre Kima y Ángela  tuve dudas acerca de la conveniencia de elegir una historia de amor como argumento para el concurso. Máxime si añadíamos la traba de que el destino había negado a los amantes el deseado encuentro. El hombre y la mujer que se aman son amantes, a Kima y a Ángela no les hacían falta los besos, las caricias o una cama para adquirir esta condición, pero era obvio que esta ausencia de intimidad física le quitaba algo de chispa a mi relato.
Podría haberme decantado por algún otro de los temas que tenía almacenados en la carpeta “Ideas para relatos” de mi ordenador, que una vez revisados me parecían más apropiados, sin embargo había algo en la historia de Kima que me tenía atrapada.
Mientras daba vueltas a estos pensamientos el tiempo iba corriendo y la fecha del 15 de septiembre cada vez era más próxima, se cernía ante mí el temido “fuera de plazo”.  Me puse nerviosa, la verdad, mi primer premio se estaba esfumando.
Y de repente, una mañana, sin aparente motivo, las dudas desaparecieron. Debía escribir sobre Kima N`Doye,  porque era lo que quería. ¿Acaso dudaba de la sensibilidad del jurado para apreciar una historia de amor? ¿Acaso menospreciaba su capacidad de emocionarse con algo tan sencillo y a la vez tan complejo como este sentimiento? ¿Acaso no podrían identificarse con la sinrazón, el desasosiego o la locura que puede envolver a la pasión amorosa?  Olvidé mis prejuicios y continué mi relato, ahora ya sí, con el firme propósito de que una historia de amor se alzara con el galardón, penetrando en el corazón de sus lectores como la fina lluvia que va cayendo sordamente hasta empapar por completo.
Mi relato comenzaba situando la acción temporalmente. Describía cómo en aquellos años las calles del centro de Madrid se llenaban de copias ilegales de música y películas, tan ilegales como la residencia en España de sus vendedores. Estos eran los llamados “manteros”, siempre en guardia para hacer de su manta un morral y salir huyendo de la policía; Kima era uno de ellos.
Narré como éste se instaló, junto con unos compañeros,  en los alrededores de la estación de Atocha, donde vendían bastante y corrían más. Allí, la enorme afluencia de viandantes era directamente proporcional a la vigilancia de la zona, lo cual aumentaba el riesgo de ser detenido. A más de uno ya le habían mandado de vuelta a su país, y Kima temía esto por encima de todas las cosas.
Posteriormente, tras dar pequeñas pinceladas de cómo transcurría la vida de alguien que estrena la condición de inmigrante, me referí a lo ocurrido meses después de su llegada, cuando Kima y su inseparable amigo Emmanuel, probablemente cansados de sortear a la policía la mayor parte del tiempo, decidieron trasladar su puesto de operaciones a la salida de una parada de metro cercana a Cuatro Caminos; un lugar algo más tranquilo que el anterior,  pero con suficientes transeúntes como para seguir subsistiendo.
Es concretamente en este espacio y en este tiempo donde por fin se va fraguando la relación entre Kima y Ángela, conformando la parte central de mi relato. Aunque Coe no me lo contó, enseguida imaginé cómo debió ser la primera vez que se vieron.  Ella cruzaría la calle por el paso de peatones, con la cara recién lavada y ligeramente despeinada. La forma en que se acuclillaría para mirar las carátulas de las películas, dejando sus dos rodillas pétreas al descubierto, llamaría la atención de Kima. Ángela, abandonaría su timidez innata para mirar directamente a los ojos a Kima durante unos segundos y después volvería la vista al suelo para señalar el título elegido. No habría apenas palabras, se hubieran dicho mucho, pero no se dijeron nada.
Destiné casi dos folios a redactar con tranquilidad estos comienzos de su relación. No escatimé adjetivos para describir la sonrisa de Kima, esa en la que Ángela se había fijado el primer día, probablemente a causa del relucir de sus dientes, que parecían aún más blancos de lo que eran gracias al contraste con el color de su piel. Quizá pudo ocurrirle lo mismo con sus ojos, que resaltaban en el conjunto de su cara, una cara ovalada, de proporcionadas dimensiones. También me ocupé de Ángela, de las pequeñas manos de uñas exquisitamente cuidadas con las que pagaba a Kima y que él rozaba conscientemente con tal de prolongar el único momento de cercanía entre ambos. Me dediqué a descifrar el tic nervioso de sus ojos, a indagar en su menudo y delicado cuerpo. A la vez que les iba dibujando físicamente fui explicando cómo fueron esos primeros encuentros, esos momentos que ambos aguardaban vehementemente y que cada vez se producían con mayor frecuencia. A las sonrisas y miradas prolongadas les siguieron los breves diálogos, brevedad ocasionada tanto por el carácter introvertido de una, como por la falta de fluidez en el castellano del otro.
Una vez que acabé con ese punto llegué a la parte del relato que me había impulsado a sentarme frente al ordenador; tenía la certeza de que únicamente por la satisfacción que me proporcionaría la escritura de ese pedacito de historia me había compensado el esfuerzo de escribir el resto. Todo aquel que se ha acercado al oficio de escritor sabe del trabajo, no siempre grato, que este supone. Hay ocasiones en que merece la pena meterse en el fango, pelear con verbos, burlar adjetivos, encajar conjunciones con tal de encontrar aunque sólo sea una pequeña perla perdida en la inmensidad. Las escenas que escribí a continuación eran mi perla, más bien mi diamante en bruto; yo solamente me consagré a quitarle el barro, a lustrarlo y a mimarlo con tal de entregárselo pulido al lector. Y eso es lo que narré en las siete hojas siguientes, que no leeré aquí para no abusar de esta generosa audiencia.
Baste en su lugar contaros que en ellas fui desmenuzando la estrategia urdida por Ángela para conquistar a Kima, maniobra que desafortunadamente no pudo materializarse en el anhelado encuentro. Ángela, incapaz de soltarle a bocajarro sus sentimientos a Kima, tuvo una ocurrencia para comunicarle sutilmente los mismos, ingenio que además le ahorraría parte de la cuantía,  cada vez más sustanciosa, que destinaba casi diariamente a comprar películas. Con mucha vergüenza se acercó y le propuso a Kima convertir su manta en un videoclub y alquilar la película a la mitad del precio estipulado, con la promesa de devolvérsela al día siguiente. Kima aceptó encantado la oferta, no precisamente por lo ventajosa que era para él – a esas alturas del relato cualquiera sabía que Kima hubiera regalado a Ángela todas sus películas y cualquier otra cosa que hubiera poseído- sino porque cada vez que Ángela hiciera uso de ese particular servicio de alquiler él se aseguraría volverla a ver. Y efectivamente así fue, se vieron un día y al siguiente y al otro, pero lo que Kima no llegó a saber a tiempo es que Ángela utilizaba ese mecanismo de coger y devolver películas para hacerle llegar notitas con mensajes de amor. Normalmente eran poemas que ella misma componía para él, versos de famosos sonetos o estrofas de archiconocidas canciones; en un principio no eran declaraciones de amor directas, pero según pasaba el tiempo Ángela empezó a ser más explícita. Sin embargo Kima vivía ajeno a este trajín comunicativo en que Ángela se había sumido, nunca se le hubiera ocurrido abrir el disco que ella le devolvía, su confianza ciega era tal que comprobar si la película retornada era la correcta no se le había pasado por la cabeza ni por un momento.
Justo al final de ese fragmento introduje otro totalmente inventado. Cuando Coe me contó cómo Ángela metía tarjetas con frases, poesías o canciones y que Kima nunca las vio, mi mente frenó en ese punto, sólo momentáneamente, para crear una historia dentro de la historia porque ¿qué pasaría con esas notas?¿cuál sería la reacción del nuevo comprador de esa película? Había tantas historias como notas de amor escritas por Ángela se hallaban diseminadas por la ciudad y a ningún escritor podía escapársele ese filón.  Describí unas cuantas escenas, como la de una jovencita que adquiría la tercera entrega de Piratas del Caribe y que nada más abrirla se encontraba con una cartulina blanca recortada en forma de corazón en la que con perfecta caligrafía se podía leer Para vivir no quiero de Pedro Salinas, uno de los poemas favoritos de Ángela. ¿Lo leería y se aficionaría a la poesía gracias a esas casualidades del destino?¿Lo tiraría sin pasar del primer verso?¿Qué peregrinas razones se le ocurrirían para justificar que estuviese ese poema dentro de una película comprada en el top manta?
Después de esta interrupción volví a la historia real, que ya estaba muy próxima a finalizar. La situé en un sábado por la mañana, ese sería el último día que se vieron. Kima notó algo raro en la mirada de Ángela mientras le devolvía la película del día anterior. Pero no sólo eran sus ojos, tenuemente humedecidos, sino que al tenderle su mano con el DVD y justo cuando Kima alargaba su brazo para cogerlo, ella dudó, se echó para atrás y segundos después se lo dio, turbada, azorada. Acto seguido se fue calle abajo, precipitadamente, hasta confundirse con la muchedumbre que se metía en la boca del metro. Cuando Kima se quedó sólo enseguida notó que la película que le había devuelto, “No es país para viejos”, contenía algo más que un simple disco. Era una extensa carta en la que Ángela le confesaba sus sentimientos y para cuya lectura Kima necesitó la ayuda de Emmanuel, que llevaba varios años en España. Era en esa carta donde le explicaba, además de muchas otras cosas, que había puesto mensajes en el resto de películas y que, aún sin saber si él los había leído o no, no podía esperar un solo día más para averiguar si su amor era mutuo. Lo cierto es que Coe me contó muchos más detalles de la carta, puesto que ella misma la tuvo entre sus manos, y me aseguraba que nunca había leído nada tan sincero y desgarrador. Eso es lo que intenté reflejar yo cuando escribí sobre ella. También traté de describir cómo Kima se sentía la persona más afortunada del mundo cuando terminaron de leérsela.  
Mi relato terminaba en el mismo momento en que concluía la historia que Kima le había narrado a Coe durante el tiempo que estuvieron juntos. Ella estaba haciendo un reportaje sobre inmigrantes ilegales deportados a su país y pudo entrevistarse con él en el aeropuerto, horas antes de que su vuelo saliera. Lo que más le preocupaba era que Ángela pensara que su ausencia respondía a una negativa a sus sentimientos y no a que la maldita casualidad había querido que justo ese día la policía les hubiera detenido. Coe decía que a pesar de su inquietud y del drama que suponía ese tipo de situaciones Kima estaba totalmente confiado en que pronto regresaría y ya nada podría separarlos, era difícil borrarle la dicha de saberse amado y deseado como nunca lo había sido.
Ahí concluía mi relato, imprimí tres copias, las metí en el sobre y siguiendo el resto de las bases del concurso, lo envié antes de que finalizara el plazo.
Sin embargo, la historia de Kima y Ángela, desgraciadamente, no termina aquí y por eso mi discurso tampoco puede hacerlo todavía. No contar lo sucedido después sería faltar a la verdad y eso jamás podría perdonármelo.
Como les dije al principio de mi discurso el verdadero final de la historia de Kima vino a mí por sí solo. Podría haber usado este relato para cualquier otro concurso, pero el azar quiso que fuera para éste y que sólo por ese motivo todos podamos saber hoy qué ocurrió realmente con la pareja protagonista de mi relato.
Todo sucedió hace unos días. Recibí una llamada de un miembro de este jurado, cuyo nombre prefiero no hacer público. En ella se me informaba de que había resultado ganadora del concurso de relato corto y me emplazaban para recibir el premio que estoy recibiendo en el momento presente. Como podréis imaginar mi júbilo era bastante elevado. Sin embargo la llamada no terminaba ahí. Ese miembro del jurado me dijo que tenía que contarme algo y que había dudado hasta el final si hacerlo o no. No me preguntéis la razón, pero en el momento en que me dijo, con voz enigmática, que me podía desvelar el final de la historia de Kima y Ángela supe que estaba hablando con la mismísima Ángela, o con la persona real a la que yo le había puesto el nombre de Ángela en mi relato.
Este dato de la identidad de mi interlocutora debo decir que no me ha sido confirmado y que únicamente me dijo, aunque no la creí, que era amiga íntima de Ángela desde la infancia y que conocía muy bien su historia. Sea como fuere lo cierto es que con sus palabras le fue poniendo el desdichado broche final a su historia y por ende a la mía.
Efectivamente me contó que durante mucho tiempo Ángela pensó que los sentimientos de Kima no habían sido equivalentes a los suyos y que la prueba, evidente y dolorosa, era que había preferido no volverla a ver. Todas sus ilusiones se habían evaporado repentinamente, sumiéndola en un estado de fuerte depresión.
Sin embargo, muchos meses después, cuando ya era capaz de salir a la calle y de relacionarse pareciendo una persona normal, se topó con Emmanuel y su manta de películas en el sitio habitual. No le hizo falta vencer su timidez para preguntarle nada, ya que éste, en cuanto la vio, se fue directo a ella y le contó lo sucedido aquel sábado inolvidable. Lo cierto es que Emmanuel se había tomado como misión vital contarle a Ángela lo ocurrido con su amigo. Es difícil imaginar el cúmulo de sentimientos que debió tener Ángela en el brevísimo espacio de tiempo que Emmanuel tardó en relatarle lo sucedido. A la incredulidad y a la alegría inicial de saberse amada por Kima probablemente le seguiría la más absoluta desolación de saber que el mismo había fallecido en el naufragio de una patera en aguas próximas a Melilla cuando trataba de regresar a España, y del que Emmanuel si pudo sobrevivir.
Tras oír esto noté cómo mis ojos se humedecían. Creo que sólo pude balbucir que lo sentía mucho y colgué el teléfono bastante agitada.
Yo había escrito una historia de amor entre dos personas de muy diferentes orígenes, una auténtica historia de amor sin fronteras, una historia que no tenía un final feliz, pero sí un final esperanzador, un final que podría ser el principio de otro relato y que ahora ya no podría escribir jamás. Yo había conseguido que esa historia de amor ganara un premio literario, pero ahora no importaba nada porque esa historia ya no era la verdadera historia y Kima estaba muerto. Muerto.
Además tenía la sensación de que si un miembro del jurado había vivido mi historia en primera persona probablemente no fuera objetivo para valorarla y, lo peor de todo, para influir al resto de miembros. No podía soportar la idea de que mi relato no fuera ganador de manera justa y que pudiera haber otros motivos detrás que lo hubieran condicionado.

Tras darle muchas vueltas al asunto en los últimos días y sobre todo en las últimas horas creo que lo más razonable es que renuncie a este premio. No hay nadie que sienta más que yo dejar, de buenas a primeras, a este primer y único premio que he recibido en mi vida huérfano de relato, pero ganarlo, dadas las circunstancias, sería fallarle a la verdad y al propio Kima. El homenaje hacia su persona no es aceptar este premio gracias a la historia de amor que pudo haber sido, sino renunciar a él por lo que realmente fue. Espero que todos los aquí presentes podáis entenderlo. Muchas gracias, de cualquier modo, por escucharme.