Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



sábado, 21 de julio de 2012

Si te digo que la burra es negra...

Es porque tengo los pelos en la mano.

Parece que los alumbramientos están de moda en Cabezas de Ajo. Esta vez no es ni un niño ni una niña la que ha nacido: es nuestro segundo libro con el Colectivo literario Renglones de Ficción. Después de que el año pasado saliera a la calle "RelateAndo", este año tenemos el placer de haber parido "Si te digo que la burra es negra...es porque tengo los pelos en la mano". Por un precio acorde a estos tiempos, siete euros, podeis disfrutar de un puñado de relatos de todos los géneros y estilos.

Marta nos regala dos fantásticos relatos: "Praga, un instante" y "Vida y Amores de Tiburcio Walter". Si uno es bueno, el otro es mejor, aunque yo no sabría con cual quedarme.

María publica " Las Manos de Manuela", que ya pudisteis saborear hace unos meses en este blog; y "La espera". Dos relatos para reflexionar.

Y si no quereis esperar, queridos lectores, os mando un enlace para que lo podais tener ya entre las manos.


http://www.visionlibros.com/detalles.asp?id_Productos=11578

miércoles, 30 de mayo de 2012

Alba y el origen del Arcoíris

por Marta
Para la pequeña Alba recién llegada.
Para su madre, que le leerá éste y muchos cuentos más.




En un tiempo pasado y en un lugar remoto nació una niña que se llamaba Alba. Vino al mundo un soleado día del mes de mayo, después de una larga temporada de lluvias, y su llegada trajo mucha felicidad a todos los que la rodeaban.

Alba fue un bebé muy tranquilo y a los pocos días ya sonreía desde la cuna cuando los rayos del sol entraban por la ventana. Era una niña muy guapa y muy alegre que crecía casi sin que sus padres se dieran cuenta.

A Alba le gustó mucho ir a la escuela por primera vez y allí hizo amigos con los que jugaba y reía…pero lo que más le gustó de todo fue descubrir los lápices de colores. Ella había visto en su casa que había cosas de muchos colores pero nunca se había imaginado que ella misma podría alguna vez crearlos con sus propias manos. Desde que los descubrió no dejó ni un solo día de colorear y de dibujar con sus lapiceros. Dibujaba de todo: el sol brillante, montañas verdes, pajarillos de colores, etc. Solamente había unos días en los que no le gustaba pintar…eran los días de lluvia. Alba se sentía triste porque en esos días los colores eran muy apagados, casi grises, y, además, no se podía salir a la calle a jugar ni a dar paseos. Era horrible para ella. Los días de lluvia se sentaba en su habitación dejando que el tiempo pasara y cuando sus padres la animaban a jugar a ella no le apetecía, solamente quería que volviera a salir el sol.

Pasaron unos años y se convirtió en una experta dibujante y con tan sólo cinco años tenía su habitación repleta de dibujos por las paredes. Pero lo que más le gustaba dibujar eran los caballos. Era su animal favorito porque en su pueblo había visto algunos de cerca y soñaba con poder montar en uno de ellos. En su pared había caballos marrones, amarillos, verdes, azules…pero curiosamente los caballos que más le gustaban eran los que dejaba sin pintar, los blancos.

Cuando la niña cumplió ocho años ganó un concurso de dibujo en su colegio. Había usado absolutamente todos los lápices de la caja de 56 colores que le regalaron las amigas de la universidad de su madre.
-       ¡Es precioso!- dijo la maestra nada más verlo.
El premio del concurso fue una entrada para ir al zoo en primavera. Alba nunca antes había ido así que fue el mejor regalo que le podían hacer. Mientras que llegaba el esperado día de ir al zoo, Alba fue dibujando todos los animales que iba a ver; leones amarillos, delfines grises, loros verdes, cebras a rayas…

Por fin llegó el anhelado día de primavera en el que iban al zoo. Pero, de repente, cuando Alba se levantó de la cama de un salto y se asomó por la ventana vio algo terrible que no podía creer: estaba lloviendo. Por las calles discurría un torrente de agua y el cielo gris, casi negro, no dejaba esperanza alguna.

Alba se sentó en una esquina de la habitación y lloró con tristeza. La lluvia siempre había sido lo peor que podía pasarle pero esta vez, además, le impedía ir a un sitio que había estado deseando durante meses. No había consuelo para la pequeña.

Con el ruido de su llanto llegó su madre y se sentó a su lado.

- Alba, no tienes que ponerte así, no merece la pena que llores por esto.

- Pero es que yo quería ir, tenía tantas ilusiones…

- No te preocupes, yo tengo un amigo que trabaja allí y nos cambiará la entrada para ir al zoo cualquier otro día que haga bueno…- dijo su madre mientras le apartaba el flequillo de la frente.

- Odio los días de lluvia…son tan feos…

- Alba, los días de lluvia son tan bonitos como cualquier otro. Son diferentes, se puede jugar dentro de casa e incluso en la calle saltando los charcos. Y además, ¿sabes qué? para que haya tantos colores en el mundo es necesario que haya días de lluvia.

Su madre se fue y Alba se quedó pensativa.
Finalmente se resignó, cogió su caja de colores y empezó un nuevo dibujo.

Pasó un rato y, de repente, tocaron la campana que tenían en la puerta de casa. Alba bajó con los lápices en la mano para ver quien era y cuando abrió la puerta vio algo que no podía creer. Se trataba de un hermoso caballo blanco. Aquel caballo que tantas veces había dibujado y con el que  había soñado que se montaría.

Alba se quedó boquiabierta; pero se quedó aun más admiraba cuando el caballo le habló:

- Shhh...no hagas ruido, no llames a tus padres…- susurró el animal con voz grave.

La niña dio un paso atrás.

- No tengas miedo Alba, solamente vengo para invitarte a subir a mi lomo y dar una vuelta. Hoy es un maravilloso día de lluvia, ¿te apetece?

Alba estaba en camisón pero no lo dudo ni un instante. El animal se tumbó en el suelo para que pudiera subir y cuando se incorporó de nuevo Alba sintió algo difícil de explicar, era la persona más feliz del mundo en el caballo más blanco que podía imaginar.

El caballo abandonó la casa de Alba y comenzó a trotar por su pueblo. Todo se veía diferente desde lo alto del animal. Pasó por todos los prados verdes de los alrededores que ella tan bien conocía. Aunque estaba lloviendo Alba deseó que el viaje no terminara nunca.

Cuando se alejaron del pueblo el caballo le dijo a la niña:

- He venido para hacer tu sueño realidad, pero sobre todo para recordarte que en la vida hay que disfrutar de cada momento, da igual si llueve, truena o hace sol…todo lo que nos rodea y que no podemos cambiar  tenemos que aceptarlo tal y como viene…son las leyes de la naturaleza, pequeña Alba.
      Tu felicidad no depende del tiempo que haga, depende sólo de ti.

Y el animal comenzó a galopar cada vez más rápido. Alba estaba emocionada y se agarró fuertemente al cuello del caballo. Estaba disfrutando como nunca en su vida. El galope era cada vez más rápido y Alba notó que los pies del animal iban tan veloces que comenzaron a despegarse del suelo. ¡Estaban volando! Desde lo alto observó su pueblo, las montañas, el río… Se dio cuenta de que los colores que llevaba en su mano se le estaban cayendo uno a uno. Cuando miró atrás vio algo increíble; los lápices que se le habían caído iban dejando a sus espaldas una enorme estela de colores en forma de arco. Justo en ese momento la lluvia cesó.




Y es así como, desde entonces y para el resto de los tiempos, después de la lluvia aparece en el cielo un fabuloso arcoíris recordándonos a todos que hasta en los días de lluvia lo más maravilloso es siempre posible. 


lunes, 12 de marzo de 2012

La ejecutiva que nunca llevaba carreras en las medias



por Marta



Todas las mañanas cojo el tren de Cercanías que me lleva desde Pirámides hasta Chamartín. Suelo encontrarme con las mismas caras, casi siempre bostezando aburridas, hastiadas, unos días con legañas y otros con más. Pequeños corderitos en los raíles de la vida.

Esta mañana en la parada de Recoletos han bajado la madre con su hijo de uniforme, la ejecutiva que nunca lleva carreras en las medias y el funcionario que sólo se afeita los lunes por la mañana. A los que se bajan los suelo tener controlados, a los que suben no.

En esa misma parada hoy se ha subido un pescador. Llevaba su pipa, su red y un chubasquero amarillo que goteaba agua salada. Ha dejado el cubo y el gancho a mi lado. Creo que había tres o cuatro pulpos en su interior pero no he podido verlo bien porque me mojaba los pies con el charco y me he cambiado de sitio. Le ha debido ir bien la mañana, a juzgar por su cara.

Al llegar a Nuevos Ministerios se ha bajado el hombre de traje a rayas y maletín de cuero. Un día más he cogido prestado su periódico.

Un día más.

Salvo por la incipiente carrera que hoy asomaba tímida por el talón de la ejecutiva. 

domingo, 18 de diciembre de 2011

Primer concurso de Relato Corto "Una historia con Renault"

Sé que puede parecer pretencioso inaugurar esta nueva sección "Estantería de Trofeos" cuando corremos el riesgo de que la estantería se queda algo vacía, pero esas son, entre otras, las ventajas de tener un blog personal: que una (o dos en este caso) pueden hacer lo que les da la gana. Así que me ha dado la gana crear esta sección para compartir con vosotros mi alegría por lograr un premio en un concurso de relatos. Se trata del 2º Premio de relato corto del “Primer Concurso de Relatos: Una Historia con Renault” que coorganizan el Periódico El Norte de Castilla y Renault.  Mi relato “Mis dueños”, cuyos derechos de explotación pertenecen en exclusiva, desde el pasado martes, a El Norte de Castilla y Renault, se ha alzado con ese segundo premio.








                                                           Foto con Carlos Aganzo, el Director de "El Norte de Castilla"
Y bueno, ya sé que no es el Nobel, ni el Premio Nacional de Literatura, ni siquiera el primer premio del concurso, pero como una nunca sabe si volverá a tener la oportunidad de recoger un premio y, lo más bonito,  de dedicarlo, yo quiero aprovechar la mía.
A pesar de que mi lista de amigos en facebook diga lo contrario, cuando me puse a pensar en toda la gente a la que dedicar el premio me salía un número excesivo. Ni siquiera haciendo uso de la generosa bondad del lector me parecía justo someterle a una lista interminable de personas, así que no me queda otra que resumir (aún a riesgo de dejarme a alguien, al que seguro que también se lo dedico).
En primer lugar agradecer al jurado que supo valorar esta historia, la historia de un coche cuyo recorrido no es más que la excusa para contar el transitar de una familia, la mía. A toda ella le dedico este premio, a los que están y a los que se fueron pero que siguen estando conmigo. Mención especial para mis padres, no hay blog en que pueda caber agradecimiento por todo lo que hacen por mí.
A Adri, a la sonrisa de sus ojos de coca cola, el bastón en el que me apoyo en el camino.
A Cleo, porque el sonido de sus patitas me acompaña en el cocinar de mis relatos.
A David, galdarrito de pro, que me avisó de la existencia de este concurso.
A Nuri, Kari y el resto de las bonis, a mi Reina Maga, a  Sara y Ángel , a Coe, a las exspeeradas, a mi Lenin, a Meri y Silvia.
A los fieles seguidores de este humilde blog.
A los compis del Colectivo Literario Renglones de Ficción que hace tiempo dejaron de ser compañeros para empezar a ser amigos.  A Helena y Antonio, que desinteresadamente me brindaron su compañía para ir a recoger este premio.
Pero si hay alguien al que le quiero dedicar este premio es a la persona que más admiro, a mi otro yo, no sólo literario. Como ella dijo un día, al ajo que conmigo hace una cabeza completa, mi hermana Marta.
María

                                     MIS DUEÑOS                                        
                                                                                                         
 Corría el año mil novecientos noventa y dos y, aunque ya hace más de tres lustros, lo recuerdo como si fuera ayer. Aquella noche apenas pude dormir. No había forma de cerrar los faros. Mis tres pedales temblaban de nervios. La palanca de cambios no paraba de cuchichear con los asientos delanteros,  emocionados todos ellos. La carrocería verde oscura parecía querer separarse de mi esqueleto, el chasis. El volante y el cigüeñal, orgullosos integrantes de la transmisión del automóvil, conversaban acerca de la nueva vida que estaban a punto de comenzar. Pero sobre todo mis cuatro ruedas, e incluso la quinta en discordia, la de repuesto, eran el fiel reflejo de cómo me encontraba. Esos neumáticos con sus relucientes tapacubos estaban deseosos de girar sobre sí mismos y de conocer, por fin, aquello de lo que tanto habían oído hablar: el asfalto.

Cuando analicé sus movimientos acomodándose en el asiento del conductor y la expresión satisfecha de su cara supe que ese hombre grande y gordo había encontrado lo que buscaba. Me pareció que la mujer que le acompañaba, sin duda su esposa, torcía el gesto al mirar mi chapa metalizada, a la última  moda. Tiene pinta de ser muy guarro.- le dijo a su marido. Sin embargo yo sabía que la decisión estaba tomada y que pronto abandonaría el concesionario. A pesar de que esto supondría separarme de mis compañeros todos estábamos deseosos de salir de allí, al fin y al cabo habíamos sido fabricados con ese objetivo; nuestra verdadera vida comenzaba cuando el ufano vendedor le entregaba las llaves al nuevo y feliz propietario.

La última noche en el concesionario es difícil de olvidar. A mis dos vecinos de escaparate se les escapó alguna que otra lagrimilla que me provocó un nudo en el tubo del aire. Antes de que el sueño les venciera, todos los coches del local, incluso el Renault Clío azul turquesa que había llegado hacía dos días, me dedicaron una canción de despedida haciendo sonar sus cláxones. Aún hoy se me pone la tapicería de punta de sólo pensarlo. No es fácil ni sería justo enterrar esos recuerdos en lo más profundo del motor cuando uno está haciendo un repaso por lo que ha sido su vida.

Pero además de los nervios y la emoción también existe un temor. Uno no sabe lo que se va a encontrar cuando salga ahí fuera. Todavía me entristezco cuando pienso en aquel Renault 19 Chamade de color rojo, tan alegre, tan simpático, con toda su vida por delante. Nos enteramos que a las pocas semanas de salir del concesionario había resultado siniestro total. Por lo visto le tocó un propietario adicto a las drogas y a velocidad, el cual, afortunadamente, salió ileso del accidente. No hay nada más horrible para un automóvil que acompañar a su dueño al otro mundo.
Además del miedo a una vida corta también habíamos oído hablar de que algunos propietarios se comportaban con auténtica crueldad con sus recién adquiridos automóviles, porque ¿no les parece auténtica crueldad comprarse un coche con la única finalidad de presumir delante del vecino y luego apenas salir del cómodo garaje? Habíamos oído que no era infrecuente este hecho y no podéis imaginar la frustración que supone para un coche nuevo y brioso no poder demostrar su potencia y poderío, pasándose la existencia entre cuatro líneas blancas pintadas en el suelo.
Claro que también podía ser peor. Se rumoreaba que si te tocaba una familia con hijos pequeños estabas perdido. Por lo visto jugaban, saltaban, se pegaban entre ellos y todo esto provocaba grandes dolores a los asientos traseros que no paraban de quejarse…eso sí tenías suerte y no te vomitaban toda la tapicería.
Y por último había un temor muy extendido entre todos nosotros. Nos habían contado casos de coches que, antes de salir del concesionario, iban presumiendo de sus características, o furgonetas que se pavoneaban del gran peso que podía soportar y que, tras sufrir una avería grave, se habían pasado la vida de taller en taller. Eso es, ser un enfermo crónico era una de nuestras mayores preocupaciones.

Estaba impaciente, contando los minutos en el reloj de mi salpicadero cuando mis nuevos propietarios se presentaron a buscarme. Venían otra vez el hombre grande y su mujer. Suspiré. Por el momento no parecía una familia con niños pequeños. Le entregaron mis llaves y me arrancaron. Yo, un Renault 21 último modelo, empezaba mi verdadera vida. Al poco rato de salir se fueron a darme de comer. Yo me alimentaba de un manjar novedoso que estaba empezando a implantarse en los de mi especie: el diesel. A mis nuevos dueños parecía gustarles que yo no probara la gasolina y miraban con orgullo muchas de mis infinitas y modernas comodidades, como los elevalunas eléctricos en las ventanas del conductor y del copiloto, el aire acondicionado, el brazo separador entre los asientos traseros…etc.  
Cuando llegamos a su calle abrieron la puerta de un garaje. Sonreí. A nadie le agrada dormir a la intemperie. A las pocas horas de dejarme sólo en ni nuevo hogar volvieron a aparecer, pero esta vez no venían solos. Dos niñas les seguían emocionadas por conocer el nuevo coche familiar. Cuando oí sus risitas a lo lejos me temí lo peor, pero cuando las vi supe que esas pequeñajas no iban a hacerme ningún daño. Eso sí, de alguna que otra vomitona no me libré. Tenían ocho y doce años, y ahora que analizó lo que ha sido mi vida, me doy cuenta de que he estado presente en los momentos más importantes de las suyas. Las dos niñas que se sentaban en los asientos traseros, que jugaban a ver quien conseguía hacer reír a la otra, que hacían concursos de cante, que se metían chicles en la boca y hablaban con ellos como si llevaran aparato dental,  que escuchaban aburridas la música que les ponían sus padres y que, con los años se convertiría en la que les gustaba a ellas…esas dos niñas pequeñas, con el paso del tiempo, pasaron a ocupar el asiento del conductor. Pero antes de eso viví otras muchas historias.
Recuerdo mi primer viaje largo, lo que ellos llamaban “hacerme el rodaje”. Nos fuimos a un pueblo pintoresco de la Costa Brava y allí, por primera vez en mi vida, vi el mar. Recuerdo la inmensidad de su azul y como el olor a salitre penetró por mis rejillas de ventilación.
Después de ese viaje vinieron muchos más. Apenas hay zonas de la geografía española que no haya recorrido. Galicia, Andalucía, Levante, las dos Castillas…Tanto la costa como el interior fueron exploradas por mis cuatro ruedas.
Pasaron muchos inviernos, uno tras otro y yo seguía siendo un espectador del devenir de esa familia. Con el tiempo decidieron darme un hermanito y compraron un segundo coche. Fue un Ford Fiesta de segunda mano. Sin embargo, después de ese vinieron otros, como la Fiat Scudo, el Audi y, sobre todo, la furgoneta Renault Kangoo, de color rojo, con la que trabé una estrecha amistad. Recuerdo sus orejas redondeadas y gigantescas, aquellas que nuestros dueños llamaban retrovisores. La etapa que coincidimos fue de las más felices de mi existencia. Pero ninguno se quedaba definitivamente, sólo yo permanecía, cada día haciéndome más viejo, viendo pasar mi vida y las de mis dueños. Apenas caí enfermo en todos estos años, salvo aquellos meses en que me costaba empezar a moverme y tras un cambio de mi batería jamás volví a dar problemas. Pero la edad no perdona. Cada año me llevaban a hacerme una especie de reconocimiento médico y a la salida, si lo había superado satisfactoriamente, me colocaban en la parte superior derecha de mi frente una pegatina de distintos colores. Mi dueña en ese momento, la mayor de las dos hermanas, se ponía tan contenta que me decía “Muy bien, valiente, como has aprobado te voy a llevar a que te limpien” y nos íbamos a un sitio muy raro donde unos rodillos azules enormes se frotaban contra mí soltando agua y jabón, como en una especie de baile desenfrenado.
Y yo parecía ser inmortal. Hacía ya años que mi radio se escuchaba fatal y que el aire acondicionado apenas funcionaba, pero yo seguía siendo un valor en alza. A veces las hermanas tenían sus pequeñas discusiones para ver a quien le tocaba cuidarme esa noche. Me parecía increíble que se pelearan por mí, o incluso que a veces, el padre, mi primer dueño, las castigara prohibiéndoles que me cogieran.
Pero el tiempo es implacable y yo veía como cada vez mis recorridos eran más cortos. Me conducían frecuentemente, pero no más de veinte minutos o media hora seguida. Ya no era ese coche que fue de La Coruña a Barcelona de una tirada.
Sin embargo, cuando creía que nunca más vería otros paisajes, sucedió algo increíble. Una madrugada, a eso de las cuatro o cinco de la mañana, la pequeña de las hermanas se subió al asiento del conductor y cogió la carretera rumbo a Valencia. Yo, “Venti”, como me llamaban mis dueños, estaba nuevamente realizando un viaje, todavía no era un viejo inútil. El trayecto nocturno me resultó apasionante, me sentí rejuvenecer. Entré en una ciudad en llamas, Valencia en fallas, y me quedé a vivir allí. Fueron unos meses inolvidables, conocí La Albufera con sus campos de arroz, me llevaron a las playas cercanas, me metieron en el bullicio de la ciudad, volví a estar en aquellas manifestaciones donde tocábamos el claxon y que ellos llamaban atascos… hasta que al cabo del tiempo regresé a Madrid. Pero no se me olvidarán aquellos meses que me regalaron junto al mar.
Nunca pensé que fuera a tener una vida tan larga, tengo más de diecisiete años y estoy a punto de morir. Estoy orgulloso de lo que he hecho, de lo que he recorrido y de los dueños que me tocaron en suerte. No puedo irme más contento. Por lo visto el Gobierno está dando unas ayudas para incentivar la compra de nuevos automóviles y reactivar un sector que como la economía y el país en general, está en crisis. La que ha sido mi última dueña, la mayor de las hermanas, se ha comprado un nuevo coche, pero uno de los requisitos era entregarme a mí.  No se lo reprocho, la entiendo perfectamente. Me hizo ilusión que eligiera un Renault Megane, al fin y al cabo somos de la misma familia.
Con sus manos acarició mi salpicadero, como era costumbre en ella y se despidió: “nunca te olvidaré Venti, has sido siempre un valiente” y le entregó las llaves al vendedor. Ellos serían los encargados de llevarme al desguace. Me emocionó ver que en su rostro había verdadera tristeza por separarse de mí. También me dijo que esperaba que con mis piezas hicieran algo útil y que, tal vez, en un futuro nos encontraríamos, yo reencarnado en un nuevo aparato tecnológico que ella comprase compulsivamente o con mis piezas fundidas en un armazón metálico que sujetara su nueva vivienda. Quién sabe. Ojalá, pensé yo.




Toqué los botoncitos del climatizador bizona de mi nuevo Renault Megane mientras pensaba en que ojalá este nuevo coche me acompañara en mi viaje al menos tantos años como Venti. .

martes, 6 de diciembre de 2011

El principio del comienzo

por Marta


El fondo no es tan negro como dicen, más bien es gris oscuro. Si llevas meses o incluso años viviendo en él eres capaz de tocar su superficie y percibir los matices. Ya no es tan desconocido como al principio, ahora que estás habituado a él te parece que incluso dentro del gris hay otras tonalidades. Pero no. En realidad dentro del gris no está el verde brillante de la hierba, el amarillo intenso del sol, ni el azul limpio del cielo. Y a tí siempre te han gustado los colores.

Se trata de alinear los huesos metatarsianos, tensar los músculos, coger el impulso necesario para elevar el calcáneo, luego las puntas y abandonar el fondo para siempre.



jueves, 10 de noviembre de 2011

Las Manos de Manuela

por María



Manuela cogía la caja de lapiceros que su abuela guardaba en el armario del cuartito de estar, elegía el de color carne y con el sacapuntas lo afilaba. Apoyaba la mano sobre el folio en blanco y, separando los deditos, dibujaba su contorno. Le encantaba dibujar manos. Una vez que había perfilado toda su silueta les pintaba unas uñas alargadas. Aquel día las rellenó de un rojo chillón. Hasta que no les había puesto dos o tres anillos, “amarillos si son de oro, o grises si  son de plata – le explicaba a su abuela- no daba por terminada la mano. Aquella vez estaba especialmente orgullosa de cómo le había quedado y, sin dudarlo, decidió alargarle las líneas de la muñeca y ponerle un reloj. De oro. 
Por las tardes, cuando regresaba del colegio y después de merendar – siempre dos rebanadas de pan con mantequilla y azúcar- su abuela le decía que hiciera la tarea para ser una mujer de provecho el día de mañana y que, cuando la acabara, ya podía pintar todas las manos que quisiera. Y eso hacía. Por esas fechas ya tenía más de cien que, celosamente, guardaba en una carpeta azul de gomas rojas y blancas. Con un rotulador, había dibujado el contorno de su mano en la propia carpeta y sonriendo le había dicho a su abuela que así no habría duda del contenido de la misma.
Pero la carpeta de manos de Manuela no sólo guardaba dibujos de las suyas. Las de su abuela y las de la vecina Matilde, que bajaba todas las tardes a hacer ganchillo y a escuchar los seriales de la radio, habían sido inmortalizadas en múltiples ocasiones. Incluso tenía un par de manos derechas de Teresita, la nieta de Matilde,  que alguna vez había pasado a saludar cuando venía a visitar a su abuela.
Pero, sin embargo recuerda aquel día, no porque pintara las uñas rojo chillón o un reloj de oro a su propia muñeca, sino porque sucedió algo muy especial. Ese día dibujó por primera vez una mano de hombre.
Manuela apenas tenía contacto con el sexo opuesto. Su padre abandonó a su madre al poco de nacer Manuela y, no mucho tiempo después, fue su madre la que la abandonó a ella. Sin embargo nunca la echó de menos. A decir verdad tampoco echaba de menos a su padre. Su abuela ejerció de ambos con bastante soltura y Manuela nunca se avergonzó ni deseó nada distinto a lo que tuvo. Iba a un colegio de monjas donde sólo había niñas y, simplemente, por su poco acercamiento a la figura masculina, Manuela observaba a los hombres como si de extraterrestres se trataran. Cada vez que tenía la más leve ocasión se aproximaba a ellos, los rozaba con sus manitas en la cola del supermercado o los elegía selectivamente para darles la paz en la iglesia. En secreto los admiraba y soñaba tenerlos cerca.
Por eso es difícil describir la emoción que la embargó cuando se le presentó la oportunidad de dibujar el contorno de la mano de un hombre. Era la de Manolo, el fontanero del barrio que vino para arreglar el desagüe de la lavadora. Manuela estuvo todo el rato entrando y saliendo de la cocina, estudiando sus movimientos y preguntándole todo lo que se le venía a la cabeza. Antes de irse aceptó tomarse un refresco y Manuela se sentó enfrente para observarlo. Pensó que podía intentarlo. Miró a su abuela con ojos suplicantes y, sin necesidad de palabras, ésta asintió sonriente. Manuela respondió a este gesto dando un respingo y abriendo el armario del cuartito de estar. Al momento ya tenía apoyada sobre el folio una enorme mano masculina.  Con el lapicero color carne fue rodeando suave y lentamente su silueta, aspirando su olor y notando la fuerza y contundencia que había en ella. Cuando la terminó no le pareció apropiado alargarle las uñas ni ponerle anillos a la mano del fontanero y cogiendo el lapicero negro le pintó pelitos en los dedos y en la muñeca. ¡Esta niña va pa artista!- dijo su abuela riendo al ver la mano de Manolo.
Hoy le hace gracia recordar estos momentos de su infancia, esos momentos de la niñez que quedó enterrada hace tanto tiempo. Es curioso ver cómo la mente olvida determinadas cosas con facilidad y cómo otras, en cambio, permanecen imborrables en la memoria para siempre. Ahora sus ojos están encharcados y le parece que sus lágrimas son las mismas que las de hace más de treinta años, cuando la rebosante carpeta no admitía una mano más y su abuela le dijo que tendría que quedarse con las mejores manos y tirar las otras, que en casa ya no cabían más papeles.
Y mira al hombre desnudo que tiene delante, el primero de aquella noche. El primero de los rostros sin nombre que la poseerá a lo largo del día, el primero cuyas manos resbalarán ansiosas por su cuerpo y oye la voz de su abuela, ¡Esta niña va pa artista!

jueves, 13 de octubre de 2011

La gran caracola



por Marta
Mi tía abuela acostumbraba a guardar dentro de la gran caracola su pastillero, una caja de cerillas para encender la lumbre y un viejo sacapuntas.

La gran caracola había sido traída por un primo segundo que emigró a Chile muchísimos años atrás y ocupaba, brillante y ufana, un lugar principal en el cuartito de estar.
Yo le tenía un gran respeto, ella era grande y pesada, yo pequeña e inquieta. Si cogía la gran caracola tenía que ser con sumo cuidado y atención; mi tía abuela sacaba sus pertenencias y me ayudaba a sostenerla pegada a mi oreja mientras me miraba con atención, como esperando un veredicto.
Yo pensaba que lo que se oía podía ser debido al choque de las ondas del sonido en las paredes o, como mucho, el eco sordo al fluir la sangre en mi cerebro. Pero, al cabo de mucho tiempo, me desengañé de absurdas creencias infantiles, lo que realmente oía en el interior de la gran caracola, aquellos días de frío y nocilla, eran las olas del mar.