Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



lunes, 17 de noviembre de 2014

Los Alcázar

por Marta

Rafael Alcázar merecía morir, él lo sabía, pero no así. Esperaba un final trágico a la altura de su fama, a la altura de sus crímenes. Algo digno de su maldad.

Juana Alcázar merecía matarlo. Lo merecía desde que nacieron. Su madre la parió una mañana fría de invierno. Una niña fea, con la cara arrugada y color azulado. Cuando su madre se recompuso y tuvo a la niña en sus brazos comenzaron de nuevo los dolores. Esta vez tan intensos que los chillidos se oían desde la calle. Venía otro niño. Un niño lozano, muy guapo. Un niño tan grande que abrió a su madre en canal dejando a Juana agazapada como un conejo  mamando del pecho sin vida de su madre.

     La bala salió dirigida hacia el centro de su pecho. Un disparo certero para una persona que nunca había cogido un arma. Pensó que habría tenido muchas veces la oportunidad. Había por lo menos un par de revólveres, en la mesilla de noche y en el mueble de la entrada, pero ella siempre se había mantenido al margen de los negocios de la casa.  Lo cierto es que la distancia era corta y Juana contaba con la tranquilidad y el descuido del que no se espera la muerte.

Pocos segundos tardó la sangre en adueñarse del blanco de la camisa y sus ojos miraron fijamente a los de su asesina. Ahora su mirada era fija y penetrante, mostraba superioridad, ¿por qué me has matado? ¿Acaso tú, mi hermana, el ser más insignificante que ha pasado por mi vida, te crees con derecho a quitarme la vida? Juana sonrió. Una sonrisa amplia, con la boca muy abierta y los dientes exhibiendo su desorden como pocas veces lo había hecho.

El charco de sangre estaba a punto de alcanzar la gran alfombra del salón. Cuando mataron a su hijo ella misma rasgó las telas de toda la ropa del armario del chico y tejió con ellas durante semanas la gran alfombra.


La mirada de su hermano ya no le decía nada, se había esfumado la expresión de desconcierto y también la de superioridad. Sus ojos eran dos bolas blancas opacas. Muerto. Con la punta del pie apartó el pico de la alfombra para que no se tiñera de sangre. 


miércoles, 5 de noviembre de 2014

Hace varios años iniciamos este blog con la idea de colgar en él no sólo los relatos de ficción que fuéramos escribiendo, sino también alguna que otra idea o pensamiento que por el camino se nos ocurriera. Sin embargo, por distintos motivos únicamente hemos estado compartiendo con vosotros los cuentos que han brotado dentro de estas cabecitas de ajo. Hasta ahora. Hoy queremos inaugurar una nueva sección en la que verter otro tipo de escritos: Los piensa-mientos de ajo. No nos gustaría tener que englobarlos en catalogación alguna. Los piensa-mientos de ajo tampoco lo permitirían; ellos tienen su propia personalidad, independiente e inclasificable. Sean ficción o realidad esperamos que los disfrutéis. CdA.


PIENSA-MIENTO DE AJO 1. EL CAMINO DEL GUSTO                por María

                                
Para Carmen Soria, que pronto volverá a gobernar sobre su camino del gusto.

“El camino del gusto es muy corto”, esa fue la expresión que utilizó aquella monja de ojos saltones cuando nos explicó alguna lección de ciencias relacionada con la alimentación. Recuerdo perfectamente esa frase y como mientras tanto indicaba con sus dedos cuan de corto era ese camino, unos cinco o seis centímetros aproximadamente, los que iban desde la barbilla hasta el comienzo del cuello. Ella nos quería convencer de la importancia de alimentarse de forma saludable y lo hizo del siguiente modo. Desde que comienza el periplo de un alimento en nuestra boca hasta que finaliza (ya sabéis como) sólo en el pequeño trayecto que va desde la punta de la lengua hasta que lo tragamos - masticándolo y saboreándolo en toda nuestra cavidad bucal- sólo en esa zona el sentido del gusto tiene algo que decir. Después de atravesar esta zona ya dará lo mismo que se haya disfrutado de una deliciosa ración de lasaña con generosa bechamel o que se haya comido sin excesivo entusiasmo un platito de coliflor rehogada. Moraleja: No empeñes tu salud por el disfrute de un recorrido tan breve como el de los cuatro dedos de anchura que tiene el interior de tu boca. Tómate una manzana en vez de una bolsa de patatas fritas, un pescado a la plancha con ensalada en vez de una hamburguesa.
¡Ja!¡Y un jamón (nunca mejor dicho)! ¿Se pensaba de verdad que nos iba a persuadir de ese modo? Para empezar, ¡es que era una monja! A cualquiera de ellas se le presumen ciertas dosis de austeridad, prudencia, templanza...uno no se las imagina, ya de por sí, aderezándose la comida con una espléndida capa de kétchup ni chupando con fruición las patas de un centollo. Claro que nunca entré en un comedor de las susodichas como para hablar con conocimiento de causa. Pero en cualquier caso, sea como fuere, lo cierto es que el camino del gusto será todo lo corto que ella nos dijera, pero ¡menudo camino! En mi opinión estamos hablando de una de las experiencias sensoriales más completas que existen, y no sólo es cuestión del sentido del gusto. Esta experiencia comienza con la vista y el olor del alimento en cuestión, ¿no es casi tan placentera la contemplación de una paellera y el aroma que exhala como la propia paella? Quizá sea exagerar, pues el sentido estrella en esto del comer es el gusto, pero no me negarán que hay cierta complementación entre todos ellos. Por ejemplo el tacto. ¡Qué gustosa sensación la de morder el extremo de una pizza calentita con chorreante queso fundido! O, por ejemplo, la de (ahora sí) chupar con fruición las patas de un centollo o sentir como un trozo de chocolate se va derritiendo poco a poco dentro de la boca. Habrá quienes opinen que incluso entra en juego el sentido del oído (el tintineo de las cazuelas, el crepitar de un huevo friéndose en la sartén...).
Bueno, toda esta anécdota de la monja y el posterior delirio “gastrosensorial”  venía a cuento para introduciros que actualmente me debato entre las virtudes de la comida sana y los placeres que me provoca la que no lo es tanto. No significa esto que la comida sana no puede ser también un placer, por suerte hay recetas que son a la vez ricas y saludables, pero la regla general es lamentablemente la contraria. Cuanto más bueno está algo peor va a ser para nuestra salud, y para colmo, dichos manjares no sólo no suelen ser beneficiosos para nuestro organismo sino que además se alojan en nuestras cartucheras con ánimo de permanencia.
Me gustaría ser ese tipo de persona que pasa por delante de una pastelería y no percibe como la palmera de hojaldre cubierta de chocolate le está susurrando “cómeme” mientras que la bomba de nata de la balda de abajo le hace una seria competencia cuchicheando “a mí, a mí, yo estoy más buena”. Pero por desgracia no soy ese tipo de persona y tengo que luchar frecuentemente con esa fuerza interior alojada en mi estómago que devoraría con el mismo frenesí tanto en pastelerías, como en restaurantes de cualquier hecho y condición, no soy para nada racista (léase hamburgueserías, restaurantes asiáticos, árabes, de cocina tradicional, de fusión, pizzerías...etc).



Sin embargo, aunque pudiera parecer lo contrario intento contenerme en mi día a día y, a media mañana, elijo tomarme una manzana en vez de un croissant a la plancha con mantequilla y mermelada como sin duda preferiría. ¿Estaré haciendo bien? Desde el punto de vista de mi salud parece una decisión acertada, pero ¿qué hay de mi felicidad?¿no sería mejor si tomara siempre lo que el cuerpo me pidiera en vez de lo que mi cabeza me dicta que debo comer?
Todas estas cuestiones me llevan a fabular junto a los que me rodean (lo cierto es que somos muchos los que sufrimos esta disyuntiva) sobre un mundo al revés en lo que a comida se refiere. En este lugar los alimentos que ahora engordan y no son especialmente beneficiosos para la salud serían los más sanos, y al contrario, los que ahora son más recomendable no lo serían tanto.  ¿Os podéis imaginar las conversaciones? Serían por ejemplo de este calibre:
 -Oye, termínate de una vez las golosinas y los gusanitos esos Luisito, el próximo día olvídate de tomarte una pera antes porque te quita el hambre. Mañana te voy a poner para comer unos macarrones carbonara y olvídate de tanta acelga ¡que estoy ya cansada de decirte que te vas a poner como una bola!!
O por ejemplo:
 -Como mañana es domingo voy a hacer un pescado hervido, que ya estaréis cansados de tomar toda la semana pizzas y rissottos y de vez en cuando hay que cometer algún pecadillo.
O:
 -Mira, deja de atiborrarte de naranjas y mandarinas y acábate de una vez la mousse de chocolate blanco con coulis de fresas, que me tienes harta. No sé qué hacer con esta chica, toda la vida enseñándole en casa las buenas costumbres, la importancia de mojar pan con el tocino y el chorizo del cocido, la necesidad de tomar dos o tres torrijas a la semana, los profiteroles con salsa de chocolate caliente a diario... y a esta no le da nada más que por tomar no sé qué crudités de apio y zanahoria que se me va poner enferma de tanta guarrería. 

La verdad es que creo que voy a dejar de escribir y pensar en estas cosas porque por un momento me he creído que eran ciertas y que mañana me podría desayunar un donuts de crema sin cargo de conciencia. Pero no, creo que será manzana otra vez.

El mundo de la comida es que da para mucha reflexión. De pequeña escuché una conversación sobre cómo sería el mundo si inventasen unas pastillas que sustituyesen para siempre a las comidas, sin que nuestra salud sufriera ningún tipo de contratiempo. Dichas pastillas se ingerirían en desayuno, comida y cena, y con los avances que hay actualmente no me extrañaría nada que alguna mente perversa las tuviera ya en fase experimental.
Imagina un mundo sin comidas. Para empezar, se acabaron las horas perdidas en la carnicería, en la frutería, en la pescadería, en la panadería (básicamente en todo lo que acaba en –ía y que suministra alimentos), ya no habría que destinar como mínimo un tiempo semanal para hacer la compra, ni meterla en bolsas, ni subirla cargados a casa, ni meterla en los armarios ni en la nevera. Básicamente porque no habría nevera ya que directamente no habría cocina. Las cocinas serían sustituidas por elegantes pastilleros que podríamos guardar en cualquier otra parte de la casa.

Por supuesto olvidarse del tiempo perdido en cocinar, en pensar qué comer mañana o qué cenar pasado, nada de fregar los cacharros, limpiar el horno o rascar en la vitrocerámica los pegotes difíciles. Adiós a las digestiones pesadas, a los ardores de estómago o incluso a los kilos de más.
La vida social no tendría por qué resentirse porque seguiríamos quedando, en vez de a comer, a “tomarnos la pastilla”. Y los locales en vez de mesas con sillas sólo tendrían mullidos sofás en los que nos sentaríamos a charlar en vez de esperar impacientes a que los camareros nos sirviesen el entrecot al punto.


¡Qué gusto no tener que soportar los ruidos de los que engullen palomitas en el cine y no te dejan enterarte de la mitad de la película!
En Navidad tampoco habría grandes gastos en mariscos, ni atracones de cochinillo ni siquiera habría que comerse las uvas. Con un pastillazo nos quitábamos todo de golpe.
Y en los cumpleaños podríamos también soplar velas, que no estarían encima de la tarta, sino que por ejemplo las sujetarían en las manos los invitados. Que ya no se llamarían invitados porque en realidad la pastilla se la traerían cada uno de su casa.
Si pensamos en términos de tiempo y dinero que nos ahorraríamos parece una opción deseable. Es impresionante todo lo que está montado alrededor de la comida y que podría desaparecer de un plumazo si esas pastillas mágicas existieran.
Por un momento mientras pensaba en la cantidad de tiempo y quebraderos de cabeza que me iba a quitar de encima ha estado a punto de seducirme la idea. Pero ha sido un momento muy breve. Después he pensado en Lloyd.

Lloyd es ese tipo de persona del que de vez en cuando te acuerdas, te asalta su imagen de repente, al igual que la frase de la monja. Da igual que pasara fugazmente por mi vida y sin la más mínima relevancia. Me sigo acordando de él.

Lloyd era un tipo de color que conocimos en un restaurante de Londres. Era un restaurante italiano, se llamaba Strada y buscando en internet he visto que debe ser una cadena porque sólo en Londres hay unos cuantos. La comida estaba bien, sin estridencias, pero lo que más me gustó, además de la compañía, fueron las vistas. Creo recordar que tenía un par de alturas y la pared frontal era toda una cristalera que estaba justo enfrente de London Bridge. Cenar viendo el puente, el Támesis  y la City iluminada me pareció espectacular.
Nos fijamos que en la mesa de al lado estaba cenando un chico sólo. Yo he comido sola muchas veces, entre semana, pero no es lo mismo que salir a cenar un sábado por la noche. No debe ser muy habitual porque sólo lo he visto otra vez en mi vida, cenando en un restaurante africano en Madrid, y fíjate por donde que me acuerdo de ambas ocasiones. A Lloyd también le debía parecer extraño, a pesar de que nos contó que lo hacía de vez en cuando, pues cuando estábamos terminando los postres se puso a hablar con nosotros y, sin que nadie se lo pidiera, él mismo intentaba explicar el motivo por el cual estaba allí, sin nadie acompañándole. Lo cierto es que era una persona muy agradable, a la salida estuvimos quizá una media hora hablando con él, de pie, junto al río. Daba clases de baile en su casa. Nos dio incluso su teléfono móvil y nos ofreció alojarnos en su apartamento en otra ocasión. Recuerdo eso y lo del tiramisú.

Nos dijo que el tiramisú de ese local era suficiente razón como para perder la vergüenza (no creo yo que tuviera demasiada), arreglarse e ir a cenar allí (vivía cerca). Que porque no tuviera pareja no tenía por qué renunciar a salir a cenar un sábado por la noche, a disfrutar de las vistas, y de lo que definió algo así como una “explosión celestial en su paladar”. Cuando se refería al tiramisú cerraba los ojos durante varios segundos como volviendo a degustar la última cucharada de dicho postre.
Cuando tomo tiramisú suelo acordarme de él. Y si vuelvo a cenar en el Strada (doy por supuesto que volveré a Londres) obligatoriamente pediría el tiramisú. A mí también me gustaría sentir esa explosión, el sentido del tacto y el gusto fundidos en completa armonía.

Y esto es todo. Si acabásemos con esto acabaríamos con Lloyd y su tiramisú. No elegiría un mundo de pastillas por mucho tiempo o dinero que me ahorrase. Esa  comodidad no me merecería la pena si tuviera que renunciar a la que he definido como una de las experiencias sensoriales más completas. Y me da igual lo largo o corto que sea el camino del gusto, existe y quiero disfrutar de él. Probablemente el tipo de persona que elegiría esas pastillas sustitutivas coincidiría con el tipo de persona que pasa por delante de una pastelería y no percibe como la palmera de chocolate le llama desde la vitrina. Pero no soy ese tipo de persona. Lamentablemente. O no.     

jueves, 30 de octubre de 2014

Queridos Reyes Magos,


Creo que me gusta escribir. Me apunté al curso de escritura con el convencimiento de que había sido puro azar. Cuando me preguntaban por los inicios de mi vocación pensaba que ésta era la misma que podías tener para la pintura o la fotografía, es decir, ninguna. Nunca había sentido esa necesidad vital de escribir de la que hablan los grandes escritores.

Y volví a la segunda clase porque la gente parecía maja y “ya que lo he escrito tendré que leerlo”. Entonces resulta que en la tercera clase descubro que los compañeros después de clase se toman religiosamente una cerveza. Porque, claro, un escritor tiene que ser bohemio y salir días de diario. Esos momentos son los más esperados y muchas veces son mágicos porque las historias que se crean durante la clase no se extinguen y te ves tomando unas cañas con el personaje del cuento de tu amigo. Y eso que es un asesino.

Hace ya algunos años que Cabezas de Ajo salió a la luz. A partir de ese momento nos dimos cuenta de que en nuestro día a día habitaban los cuentos y de que los escritores, como una especie de recolectores, íbamos manejando una gran criba  para entresacarlos de la vida real. No aparecen como elefantes en mitad del camino, son más bien hormiguitas que sólo descubre quien pasa por el mundo con atención. Luego hay que tomar una decisión, cuando uno se topa con un cuento puede decidir escribirlo o dejarlo pasar. Un día, en mi trabajo, me asomé por la ventana y para mirar hice un hueco con los dedos entre las lamas de las venecianas. Ahí, en ese simple gesto, supe que había una historia… policiaca, de terror, quién sabe…pero la dejé escapar. No siempre es el momento y no siempre uno quiere escribir todo lo que sabe.

Sin embargo, el día que viajaba en metro y en el asiento de enfrente una chica tenía la mirada más triste que había visto jamás, supe que los ojos de Alicia desde aquel instante, formarían parte de mi mundo de ficción.

Muchas otras veces los cuentos surgen a partir de los recuerdos y hay que hacer un gran esfuerzo de memoria para rescatarlos. Y cuando estás describiendo las gafas de pasta y los temibles pasos de Sor Patrocinio te ves a ti misma aterrorizada tras el pupitre de colegio. Una sonrisa se dibuja en tu cara mientras lo escribes porque rememoras los juegos infantiles en el patio, los apellidos de tus amigos del colegio y de repente la boca te sabe a peta-zetas.

Son curiosas las ocasiones en las que un personaje de un relato habita en la vida real.  Mucha gente no se da cuenta, incluso a veces ni él mismo lo sabe, pero tu obligación moral como escritor es darle a ese individuo un cuento para vivir en él. Un mundo a su medida. Eso hice con Tiburcio Walter y desde entonces ve pasar los días feliz en su lavandería.

¿Y cuando un título se presenta delante de tus narices? Yo estaba entre sueños cuando de repente “me abandonaron las manecillas del reloj”…¡qué responsabilidad la de buscar una historia a la altura de un título huérfano!

Lo cierto es que desde los primeros cuentos ha pasado ya mucho tiempo. Hay veces que echamos la vista atrás y casi nos avergonzamos (o nos da la risa) al leer los primeros relatos. Pero la evolución es la parte más bonita del aprendizaje. Mientras tanto sigue corriendo la cerveza, los compañeros de clase hace mucho se convirtieron en amigos y el sol (en la realidad o en la ficción) sigue saliendo todos los días.

Después de la ilusión de los primeros tiempos, cuando contábamos las entradas al blog una por una como auténticos triunfos, hemos ido aguantando este tiempo más discretamente de lo que nos hubiera gustado…pero sabiendo que tenemos incondicionales (algunos incluso más fieles que nosotras mismas) que calladamente esperan noticias nuestras. Y aquí estamos, aquí seguimos.

Ahora sí, ya sé que no estamos en fechas, aunque la Navidad pronto se nos echará encima…pero pensamos que cualquier momento es bueno para ilusionarse, para desear cosas con todas las fuerzas e incluso para correr el riesgo de que nunca se cumplan. Por eso, este año, aunque no sabemos si hemos sido buenas, os pedimos que Cabezas de Ajo continúe con más fuerza que nunca, que podamos llevar a cabo las ideas que tenemos, que las cosas que escribamos conmuevan y animen a participar, a escribir, a compartir. Y sobre todo que celebremos que estamos aquí. Más vivos que nunca.

                           Cabezas de Ajo



domingo, 30 de marzo de 2014

El Reloj


por Marta


Mi nave se ha separado  de mí a la velocidad constante a la que estaba programada y me he debido quedar con la misma cara que se me quedó cuando Madelyn me dio plantón en la fiesta de primavera. Aquel plantón me puso los pies en la tierra…¿quién era yo para querer salir con la chica más guapa del instituto? No tengo muy claro si moriré de frío o por falta de oxígeno.

Ahora mis pies están en la negrura del espacio. Puedo jugar a pisar la tierra con ambos…el derecho en Ásia, el izquierdo en Ámerica. Si guiño el ojo izquierdo la palma de la mano ocupa todo África. Ántilopes corriendo por mis manos, jirafas galopando por mis dedos, cebras en mis uñas, igual que la manicura de mi peluquera, a rayas como las cebras.

Quizás haya merecido la pena venir hasta aquí. Dejar de oír el estruendo que domina el mundo. Tomar distancia, perspectiva. Aquí el silencio lo absorbe todo y sólo a lo lejos si permanezco atento aquel ritmo oscilante que escuché hace más de treinta años por primera vez; la Sinfonía El Reloj con esos fagots evocando el tic tac del segundero. La belleza sublime que sólo de vez en cuando domina el mundo.

Si por lo menos tuviera un reloj para ver pasar el tiempo. Así podría imaginar si ahora mismo ahí en la Tierra es hora de salir del trabajo, si los niños están entrando al colegio…aunque claro, depende del lugar del mundo que mirase…cuando unos se acuestan otros se levantan. Si tuviera reloj pensaría en mi barrio. A las 8 de la mañana sale la primera hornada de pan de la panadería del señor Richard, la que hace esquina. Pescadería, frutería, quesería, no falta nada, no, no falta, hay de todo. No hay que preocuparse. A las 10,30h , a no ser que haya sufrido de insomnio, la vecina Rose saca a Misk a pasear. Misk caga y mea siempre en la misma farola. Misk es un caniche blanco. Caga, mea. Negro, blanco. Pelo corto, aire. Un reloj de pulsera. El despertador de mi mujer no puedo dormir con tictac. Tic. Tac. La farola y las uñas. A mediodía pasa el repartidor de periódicos. Una tontería, estupidez. Óxigeno. Ya viene Madelyn , por fin.


viernes, 15 de noviembre de 2013

Oleo sobre lienzo 92 x 65 cm

por Marta
¿Puede el mundo mostrarnos dos lados opuestos al mismo tiempo?

La gran desgracia de Beatriz Simón fue nacer con la nariz ligeramente desviada. Apenas unos grados. Algo casi inapreciable para la vista humana. En realidad no le faltaba nada para ser una top model de alto nivel; belleza, altura y lo que es más importante, la actitud apropiada para comerse el mundo. Y en ese mundo la perfección era la clave del éxito asi que el Doctor Miguel Calzada fue el encargado de la operación estética que convertiría a Beatriz en la reina del equilibrio y las proporciones.


Fue en Paris donde Miguel Calzada vio a Dora por primera vez y quedó perdidamente enamorado. Allí, de pie frente a ella se quedó como helado cuando su belleza se abalanzó sobre el. Era una belleza elegante y triste; misteriosa. Ella, la enigmática Dora Maar, sentada para toda la eternidad, con una pose extrañamente armoniosa y una manzana roja dando color a su mejilla… Y esa mirada fascinante que nunca conseguiría olvidar.




Ahora veía una bella mujer frente al banquillo de los acusados donde él se encontraba. Sentada también. Casi idéntica a la mujer que años antes lo había dejado hipnotizado en París. Mientras el juez leía la sentencia que lo acusaba se enorgulleció una vez más de su trabajo al igual que, suponía, un día lo hizo Picasso del suyo. Orgullo del artista que mira su obra recién creada y que por unos instantes eleva sus pies del suelo y lo aleja del mundo real para alcanzar la gloria.

viernes, 14 de junio de 2013

Fábula de la sonrisa perfecta

por Marta



Existió una época hace cientos de años en la que algunas mujeres eran muy caprichosas.

            - Venga, pichoncito mío, ¿no vas a hacer feliz a tu mujercita con algo tan insignificante?

            - Caramelito, ya te he dicho que ahora no estamos en el mejor momento para excesos; esta semana no se nos ha dado bien la feria de ganado…quizás a primeros del próximo mes, si la lana vuelve subir…
            -   ¡Me aburres, pichoncín! Creo que me voy a retirar a mis aposentos, estoy demasiado triste y decepcionada…
            -  Venga, Caramelito, no te pongas así de seria, que te pones muy fea…Además, yo no me fio mucho de esos sacamuelas y sus nuevos inventos. ¿Cómo van a poner hierros en la boca?
             -   Y….¿cómo quieres que sonría si tengo los dientes torcidos? Es la novedad que viene del extranjero y yo…..en fín, yo quería ser la primera en probarlo. Es la ilusión de mi vida, pichoncito… dime que sí.
            -    Está bien, caramelito, haremos el esfuerzo; todo será por que seas la mujer más guapa y feliz del mundo a mi lado…
            -     ¡Gracias, pichoncín!
            -       Caramelito, creo que hay un problema. Se trata de tu retrato al óleo sobre tabla de álamo que me hiciste encargar. Tienes concertada la cita para el próximo mes, ¿podrá el maestro pintar para la posteridad esta cara tan preciosa con unos hierros en la boca?
            -   Tú por eso no te preocupes, intentaré disimular. Además, han comentado hoy en el puesto de frutas que lo de los retratos está pasado de moda. Ya no los hacen de tan buena calidad y no duran tanto como creíamos….porque ya lo pagamos por adelantado que si no…

                                                                                 *        *       *

“Pues anda que… no para la tía quieta ni un segundo; mira que le digo que por favor mantenga la postura…Y ese gesto tan raro con la boca. Me está quedando espantoso, de lo peorcito que he hecho…pero, en fin, yo ya he cobrado por adelantado así que en cuanto lo remate me voy para casa. Otra vez con los meneos…de buena gana le diría, -Anda mona, la próxima vez que te pinte tu maridito que por lo visto es el único que te aguanta.- “



Y en aquella época de hace cientos de años las gentes eran exactamente como las de hoy, había algunas mujeres caprichosas, había algunos hombres perdidamente enamorados…y los pintores, como los de ahora,  no se comían la cabeza a la hora de poner títulos a sus cuadros. Retrato de Lisa Gherardini, esposa de Francesco del Giocondo.

lunes, 1 de abril de 2013


QUIZÁ ALGÚN DÍA
por María
Todo empezó cuando nos mudamos de casa. Era un adosado a estrenar en las afueras de Madrid. “Viviendas de lujo en un paraje de ensueño”, decían los carteles publicitarios con que la constructora las anunciaba a bombo y platillo. Y no se equivocaban, habitaciones amplias y luminosas, calidades excepcionales y unas vistas inmejorables. Nuestra ilusión era enorme, casi tanto como el tamaño de nuestra hipoteca.  Por esas fechas acababa de nacer nuestro primer hijo, Rodrigo, así que entre unas cosas y otras nuestra cuenta corriente no atravesaba sus mejores momentos. Nos vimos obligados a realizar sólo los gastos que fueran estrictamente necesarios y estaba claro que decorar la casa no era uno de ellos. Lo provisional se fue convirtiendo en definitivo con el paso del tiempo y no voy a ocultar que me avergonzaba que la gente que venía a visitarnos viera todo tan desangelado como el primer día. Habían pasado meses pero todavía las bombillas colgaban tristes del techo sin una lámpara que las diera cobijo.


Fue mi marido, ante mis protestas, el que decidió que los espejos de los baños no eran imprescindibles y que por el momento debíamos aparcar el culto a la imagen. Acabé cediendo, más que por la inversión tan ridícula que hubieran supuesto un par de espejos, por la pereza que me daba elegir el modelo más adecuado y ponerme a la ardua tarea de colgarlo, dada mi manifiesta falta de maña con todo lo relacionado con taladros, tacos, clavos y demás utensilios diabólicos. 


Al principio se hacía muy extraño. No aprecias realmente el valor de algo hasta que te falta, y eso fue lo que nos ocurrió con los espejos. Desarrollé una gran habilidad para ponerme las lentillas sin verme los ojos y a la hora de maquillarme me apañaba con el espejito del coche. A Carlos apenas le costó acostumbrarse. Además, por esas fechas tenía algún kilillo de más y al no contemplarse en el espejo se ahorraba los disgustos de no verse tan atractivo como quisiera. No es que no hubiera reparado en sus michelines, al fin y al cabo no tenía más que mirarse la barriga, pero el hecho de no verlos reflejados constantemente en el espejo ni de recrearse observándose después de la ducha diaria provocaron que cada vez dijera menos esa famosa frase suya, tan repetida como irreal: “Este lunes sin falta me pongo a dieta”.


Por unas cosas u otras lo cierto es que lo que en un principio fue necesidad de ahorrar, pereza o dejadez se convirtió en un juego para nosotros, sobre todo desde el día en que Carlos me planteó el tema, medio en serio medio en broma:


      ¿Qué te parece si ya no compramos los espejos? Podemos poner en su lugar las láminas de Beksinski que compramos hace años. Además es que he pensado que podría ser un reto no vernos nunca más las caras. Bueno, cada uno a sí mismo me refiero; a ti te veré cada día lo guapa que estás, no pienso renunciar a eso− me dijo cogiéndome de la cintura y besándome lentamente. − ¿Qué opinas?


      Pues no sé, me hace gracia, pero creo que es imposible. Aunque no queramos nos veremos. ¿Qué me dices de los baños públicos o los probadores de las tiendas? Y si no quieres verte más ¿qué haremos con las fotografías?


      Créeme Esther, se trata de planteárselo y hacerlo. En realidad yo ya llevo un mes jugando y todavía no me he visto. Está claro que estamos rodeados de miles de espejos y de muchas maneras de vernos reflejados pero sólo hay que proponerse no mirarlas. Yo por ejemplo en el trabajo me lavo las manos enfrente de un espejo y no he necesitado levantar la cabeza; y en cuanto a las fotos nos haremos uno al otro, además tú siempre has sido más de fotografía de paisaje y monumentos, seguro que no te cuesta tanto.


      ¿Y en las bodas? ¿Cumpleaños? ¿o si alguien te envía un correo electrónico con fotos en las que sales?


      Pues se trataría de no verlas. El resto del mundo puede contemplarte en múltiples fotografías pero no te van a obligar a que tú lo hagas.


      Ya, creo que te entiendo, pero me parece muy difícil. ¿Y hasta cuando duraría este juego?


      Podría durar toda la vida, o de repente dentro de treinta años podemos decidir vernos otra vez…


      Pues ¡que susto! Será un salto muy brusco- le dije imaginándome la situación. Pero te acepto el reto, a ver si es posible.




Y fue posible. No negaré que hay que estar concienciado pero con el tiempo te acostumbras y no es tan difícil como yo pensaba. Al principio cuando me compraba ropa en las tiendas me la llevaba a casa a probármela con el consejo de Carlos. Después decidimos adquirir la ropa por internet para evitar la tentación de los espejos, pero luego desarrollamos tal habilidad y teníamos tal nivel de concienciación que podíamos meternos tranquilamente en el probador de cualquier tienda y no mirar a los espejos ni una sola vez, incluso aunque nos rodearan por todos los lados. Lo cierto es que era un juego que nos gustaba, nos hacía sentirnos más unidos.  


A lo único que no pude acostumbrarme fue a la peluquería. Sólo fui una vez desde que comenzó nuestro reto y fue el momento más duro, apenas conseguía no mirarme. Comencé leyendo una revista pero cuando la peluquera me dijo que mirara de frente lo pasé realmente mal. Cerraba los ojos, miraba al techo, bizqueaba. Decidí no volver. Como mi melena era larga y rizada los trasquilones no se notarían mucho así que mi marido pasó a ser mi nuevo peluquero. Él tampoco tenía problema puesto que se lo cortaba yo con una maquinilla. Una vez superado el tema de la peluquería el resto resultaba más sencillo. Yo me maquillaba en casa y si bien al principio le preguntaba a Carlos si llevaba más sombra en un ojo que en otro o el colorete similar en ambos lados, luego ya no fue necesario y nunca nadie me dijo que fuera mal pintada. Nos habíamos acostumbrado a la vida sin espejos.


Recuerdo perfectamente cuando decidí contárselo a mi hermana Carmen, con la que tenía más confianza:


      Carmen, tengo que contarte algo, hace dos años que no me veo.


      ¿Cómo dices? –


Mi hermana no entendía nada pero tras mi explicación y dado que ambas somos muy parecidas no tardó en comprenderlo todo y en atar cabos de ciertas actitudes mías de los últimos tiempos, como cuando me negué a ir a casa de mis padres a ver el video de la boda de mi hermano Esteban. Le gustó tanto la idea que dijo que se la pensaba proponer a su marido. Yo me alegré de habérselo contado, siempre es bueno tener un cómplice por si fuera necesario hacer uso de él. En cuanto a nuestros hijos Rodrigo y Carmela decidimos no hacerles partícipes de nuestro juego, eran demasiado pequeños y no nos vimos en la necesidad de tener que explicarles nada. Ya elegirían con los años.


Y estos fueron pasando, volando más bien. Salvo para nuestros rostros.




Hoy tengo cincuenta y cinco años y me considero una persona feliz. Es curioso pero aunque mis piernas hayan engordado, mi tripa no tenga la tersura de antaño o mis pechos se hayan caído, yo siempre me imagino a mi misma exactamente igual que cuando tenía treinta años. Me hace gracia pensar en que todo el mundo me ve distinta a como me recuerdo yo y que precisamente yo sea la equivocada. Sin embargo es maravilloso vivir sin saber que probablemente mi rostro tenga arrugas o que si me tiño las canas es por evitar que la gente las vea, aunque yo no sé si son muchas o pocas las que tengo. A Carlos y a mí nos gusta este juego, pero ¡quién sabe! quizá esté cercano el día en que las viejas láminas de Beksinski den paso a unos amplios espejos, no me gustaría que nadie pensara que tenemos miedo a envejecer.


Quizá algún día.