Siete amigas del instituto. Veinte años después. Elegimos el
restaurante “Pecado capital”. Un sitio íntimo, acogedor. Lucía, alta, tan
delgada y jodidamente guapa como siempre pide el plato denominado “Soberbia”. Crepes
de foie con cebolla. Le encanta. Afirma que no hay en la carta otro plato
mejor. Silvia, en el instituto la llamaban la “tabla del uno” por lo fácil. Se
pide el plato “Lujuria”, el único dulce. Saborea el helado de chocolate pasando
la lengua por sus labios. La muy puta. Eva, la única inteligente que se casó
con un rico; pide el plato “Avaricia”.Solomillo a la pimienta. Al acabar la
cena divide la cuenta. Patricia, pide el plato “Ira”; el vino no está a su
gusto y vemos su famosa vena del cuello en acción. Laura, llega
tarde a la cena, la siesta se le fue de las manos. Eso sí, viene monísima. Pide
el plato “Pereza”, una extensa fondue de quesos para tomárselo con calma. Ana,
tan chistosa como siempre, se pide el plato “Gula” una degustación con un
poquito de cada uno de los otros platos. Se queda con hambre.Y yo, Elena Gómez
Puertas, pido el plato “Envidia”. No recuerdo que llevaba, solo sé que me
gustaron más los de mis compañeras.
Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.
viernes, 6 de febrero de 2015
jueves, 29 de enero de 2015
Para
Yolanda b. que supo repararse el daño
antes de tener la herida.
JailApp
por María
Hace poco que me he dado
cuenta de que me he metido en una cárcel voluntaria de la que no puedo salir.
Los pasos que di para verme con estos pesados grilletes fueron sencillos,
inocentes y seguro que os resultan familiares.
1) Hacerse con un smartphone.
2) Contratar la tarifa de
datos.
3) Instalar la aplicación
de WhatsApp (el guasap).
Y ahí ya tienes el lío.
Los comienzos son realmente atrayentes. Si los mails te parecían un avance
significativo en el mundo de la comunicación, esto del guasap y de poder
relacionarte con familiares y amigos casi al instante, aunque estuvieran al
otro lado del mundo, ya era increíble. Fotos, audios, videos, todo ello podía-
y puede- compartirse en cuestión de segundos.
Desde luego que es una aplicación útil y maravillosa siempre que se sepa
emplear con cautela. Y a las claras está que yo no he sabido hacerlo.
Tras más de dos años de
uso continuo y permanente puedo afirmar que tengo dependencia de dicha
aplicación telefónica. Sí, soy una yonki del guasap. Yo, que ingenuamente me sentía libre y
autónoma, acabo de comprobar, con la rotundidad del que recibe un fuerte
impacto en las narices, que estoy enganchada. Y lo que es peor, que he sido yo
misma la que he metido al enemigo en casa y ahora no sé cómo echarlo. De hecho
ni siquiera estoy segura de querer hacerlo.
Descubrí que la adicción
se estaba volviendo peligrosa cuando un día quise realizar una foto de algo más
inusual de lo normal para compartirlo - nada del otro mundo en realidad- y no
encontraba el móvil. Esa falta de publicidad a lo que me sucedía me generó un
gran vacío, estábamos el hecho inusual y mi soledad, no había posibilidad de
que nadie me comentara nada y ese desierto de opinión fue de tal calado que
incluso sentí como si el hecho inusual no hubiera sucedido, o al menos fuera
perdiendo su entidad si los minutos pasaban y yo no lo hacía público. Tampoco
me convencía el hecho de contarlo después como se había hecho toda la vida, en
persona o hablando por teléfono, no, de lo que yo tenía necesidad era de
airearlo a los cuatro vientos en el preciso instante en que sucedía ¿de verdad
he llegado a tal punto? ¿por qué tengo que contar ciertas cosas en el momento
exacto en que me pasan y no puedo esperar? ¿por qué si me olvido el móvil en
algún lugar tengo la impresión de que me falta un brazo?
Esta sensación de haber
perdido las riendas ha encendido una alarma en mí y desde ese momento digamos
que “me estoy quitando”.
Doy por sentado que la
mayoría de las personas que me están leyendo sabrán en qué consiste esta
aplicación, bien porque la tienen o bien porque han oído hablar de ella - y
gracias a una capacidad visionaria de lo que la misma podría suponerles
decidieron no instalarla- por eso no me extenderé en hablar de sus utilidades.
El problema es que una vez que la tienes y conoces sus ventajas es muy difícil
echar marcha atrás y quitarla con tal de no sufrir sus inconvenientes. Y
¿cuáles son estos?
Para empezar la cantidad
de tiempo que se puede llegar a perder. Claro que esto tiene sus matices, por
un lado está muy relacionado con lo sociable que uno sea, porque no es lo mismo
tener diez contactos que setenta, y por otro lado tiene que ver con la forma de
ser de la persona. Esto es, si uno es más pasota puede ser capaz de leer los
mensajes, saber que el resto sabe que los está leyendo y aún así, pasárselo por
el forro y no responder hasta cuatro horas después, o dos días después o
incluso nunca. Y se quedan tan anchos. Pero si la forma de ser del portador del
dispositivo móvil, en este caso yo misma, no cuenta con ese grado de pasotismo
provocará que se sienta en la obligación de responder a esas conversaciones en
un periodo de tiempo no demasiado extenso. Y claro, eso puede agobiar.
Si la cosa ya pintaba fea
para este tipo de personas, los gestores de la aplicación han torturado a estas
pobres almas con la creación del doble tic azul. Con esa nueva señal el resto
sabrá si su mensaje ha sido leído o no, con lo cual ya no les quedará la manida, aunque
eficaz excusa, de que no contestan porque no lo han leído. La presión es aún
más palpable.
Por eso yo, como “me estoy
quitando” y sueño con ser pasota, he
decidido eliminar las notificaciones que hacían que la pantalla de mi teléfono
se iluminase cada vez que alguien quisiera decirme tal o pascual. De momento no
he conseguido llegar al extremo de leer un mensaje y no responderlo o
responderlo tarde como podría hacer un buen pasota de pro, pero al menos ya no
sé al instante quien me escribe y no siento con ello la obligación de corresponderle
ipso facto. Es un gran paso.
Es verdad que en estos
comienzos todo tiene algo de forzado. No miro el móvil porque no quiero ser ese
individuo dependiente y enganchado que he descrito, pero en el fondo estoy
deseando hacerlo. Imagino que es como cuando alguien se plantea seriamente
dejar de fumar, al principio no lo hace pero mataría por tener un cigarrillo en
su boca. Así que con calma, tengo que darle tiempo a mi programa de
desintoxicación.
Otra de las armas de doble
filo del guasap son los grupos. Yo diría que es lo más peligroso de todo. Sí,
ese cúmulo de contactos unidos bajo un mismo nombre que pueden tenerte
realmente entretenida o que pueden llegar a desesperarte. Como digo un buen
grupo de guasap puede ser divertido y enriquecedor, pero por el contrario los
hay que pueden volverse agotadores y cansinos. En todo caso sean del estilo que
sean hay una regla de oro que debe cumplirse con todos sin excepción: hay que
silenciarlos. Si cometes el craso error de no hacerlo en dos días puedes estar
completamente majara. Mis grupos del guasap son muy variados,
los tengo de todos los pelajes. Por ejemplo no faltan los grupitos familiares,
los de amigos, el de compis del cole, de promoción, del curro, del antiguo
curro, del curro anterior al antiguo curro, el grupito que comparte alguna
afición…etc y sin olvidar los subgrupitos que se pueden crear dentro de estos
grupitos o los grupitos que se crean con un único fin, por ejemplo gestionar la
compra del regalo para el hijo de Pepito o la quedada de tal mes o la compra de
entradas para tal o cual evento. Lo típico vamos.
Estos grupos pueden
comportarse de distinta manera. Por ejemplo pueden especializarse en mandar vídeos graciosos que tardan un congo en descargarse o chistes y fotos de la
actualidad; si yo fuera un tío probablemente muchas de esas fotos serían de chicas
pechugonas o subiditas de tono, pero por suerte me las ahorro; también existen
los grupos cuyo cometido principal es felicitarse los cumpleaños (sólo pensad
en lo tremendamente agotador que puede ser ver en tu pantalla como diez o más
personas felicitamos a otra con frases tan originales como “Muchas felicidades”
“Feliz día” “Pásalo en grande” “Disfruta de tu día”, todo acompañado de
iconitos de aplausos, globos, regalitos, confeti, porciones de tarta…y las
consabidas, “Gracias” “Muchísimas gracias” “Mil gracias guapa”. Desde luego es
apasionante ser interrumpida por guasaps de este calibre); también puede ser un
grupo que mantiene conversaciones trascendentales, interesantes o no, pero
siempre tirando a larguitas y cuyo tiempo de lectura equivale casi al mismo de
sentarse en el sofá y leer dos veces “El Aleph”, incluso podrías hasta entenderlo
y aún no habrías terminado la ristra de cuarenta o cincuenta guasaps de una
conversación en la que para colmo no has metido baza. También están los grupos
más discretos, esos en los que sólo se escribe de manera puntual y que tienen
miembros más activos y otros que no se han estrenado apenas (comprenderéis que
yo nunca, al menos hasta ahora en que las cosas pueden cambiar, había formado
parte de un grupo con un papel tan secundario como para no decir algo – estaría
agobiada por supuesto- pero me surge la duda y aquí hago una pregunta al viento
para quien la quiera contestar: aquellos que no intervenís nunca…leéis los
mensajes? los borráis sin leer? no sabéis como salir del grupo sin parecer
groseros? Me ayudaría saber cómo piensa un pasota para aprender de él).
En definitiva, hay grupos
de muchos tipos y con dinámicas diferentes, pero por reducir la clasificación
yo los dividiría en dos: los que molan y los que no. Es sencillo, y no es que
no me importen las personas que forman parte de ese desafortunado grupo que no
mola, al contrario, probablemente las tenga aprecio dado que están entre mis
contactos, pero sinceramente creo que han confundido el canal de comunicación. Porque,
independientemente de que mi forma de ser no haya ayudado, es obvio que el
guasap es un medio bastante invasivo y que hablar de cremas para la celulitis,
vestidos chic para una boda o el granito que le ha salido a tu bebé en la
manita es a todas luces evidente que se trata de una información no requerida a
las once de la mañana de un martes cualquiera sin siquiera haber preguntado o
mostrado interés por el asunto. Por favor, para este tipo de cosas están los
mails, las llamadas de teléfono o los íntimos, cálidos y comprometidos vis a
vis.
De repente me he acordado
de aquella viuda que ganó un juicio contra una famosa tabacalera en EEUU a la
que demandó después de que su marido, fumador durante más de cuarenta años,
falleciera de cáncer de pulmón. Dijo que éste se había convertido en un adicto
al cigarrillo y que había realizado infructuosos tratamientos para dejar de
fumar, y a mí me resulta difícil de creer pero no ha sido el único juez que ha
dado la razón a un fumador (en este caso su cónyuge) por desconocer los
conocidos efectos del tabaco. Y ya sé que España no es EEUU, pero ¿Y si demando
a Whatsapp?
No me he interesado por
buscar si entre sus condiciones de uso e información semejante hay alguna
clausula que advierta del potencial peligro de dicha aplicación, seguro que lo
tienen todo pensado, pero ¿y si no fuera así? ¿Hay alguien ahí que sienta
vulnerado como yo su derecho a la intimidad? ¿Hay alguien que se sienta
guasapdependiente y por lo tanto haya visto quebrantada su libertad? Ya estoy
viendo los éxitos de una futura demanda colectiva. Juntos podríamos crear una
Plataforma de afectados por el Whatsapp, acudir a manifestaciones para exigir
el restablecimiento de nuestra vida anterior, escribiríamos columnas en los periódicos para reivindicar
la vuelta a los mails, a las llamadas de teléfono o a eso tan raro de tomarse
un café con un amigo para charlar y sin un móvil cerca al que mirar para ver
que nos está diciendo otro amigo distinto al que tenemos delante de nuestras
narices y al que apenas hablamos. Sí, deberíamos unirnos todos.
Y si al final no
conseguimos que nuestros caminos confluyan y alguien decide demandarles por su cuenta
gracias a haber leído esto, por favor, pido honestidad y que comparta su botín conmigo.
Primero porque así no tendría mala conciencia. Y segundo para que este tocho
que he escrito sirva para algo y yo no sienta que he perdido el lujoso tiempo
del que me quejo que el guasap me roba.
Nota del autor: Si alguno
de mis lectores se encuentra entre mis contactos telefónicos y tiene un grupo
de guasap conmigo obviamente se tratará de uno de los grupos que molan.
domingo, 18 de enero de 2015
La Mansión
por Marta
“Bajó
los pies del coche y los apoyó en el frío asfalto. Llevaba zapatillas de andar
por casa de modo que sus pasos, como los de un gato, no hicieron ruido alguno en
mitad de la noche. La luna era un foco redondo. Era el día de Navidad y no
había gente por la calle, a lo lejos se oía el rumor de las casas llenas de
gente, de las copas hasta arriba de sidra y de los villancicos al son de las
panderetas.
-Tenga
cuidado- susurré cerca de su hombro. Cecilia se agarró con más fuerza a mi
brazo mientras sus pies se arrastraban por la estrecha senda de entrada a la
mansión. Las malas hierbas habían
cerrado casi el camino. En otra época la senda de piedra se mantenía lustrosa,
el jardinero o yo esparcíamos una mezcla de vinagre, agua y sal como remedio
natural para que no salieran las hierbas.
Llegamos
a la puerta de entrada de la mansión. Noté la respiración profunda y agitada de
Cecilia. Hacía frío. Debajo del chaquetón que le había puesto al recogerla,tan
solo llevaba un camisón con el bordado “Residencia Fuenmayor”; nada que ver con
los de lino y encaje que ella misma había confeccionado años atrás. Saqué del
bolsillo la pesada llave de hierro y al girarla los goznes chillaron tal y como
esperaba.
-Estamos
en casa, Cecilia- pensé en alto. La anciana no cambió su cara, ni su mirada
perdida. Por un momento cerré los ojos y aspiré el olor de aquella casa en la
que tanto habíamos vivido. Ya no era el olor
intenso y embriagador de antes, el de una casa habitada. Ese recibidor de la casa había olido tantas
veces a caldo de puchero, tantas tardes a rosquillas de canela fritas… En aquel
momento me pregunté si los recuerdos olfativos también se habrían extinguido
del cerebro de Cecilia. Ahora había polvo y telarañas. Los muebles habían sido
cubiertos con todos los juegos de sábanas que había en la casa, de modo que la
vista era aterradora, pero yo, y juraría que Cecilia también, sentimos la calma
que uno percibe cuando llega a su hogar. La luz de la luna entraba por las
ventanas sin cortinas. Mis pasos no dudaron hasta acercarme a la vieja
mecedora. La mecedora de Doña Cecilia. Sentí un escalofrío al retirarle la
sábana y verla igual que como la recordaba. En ese viejo balancín mi señora
había recibido la noticia más amarga de su vida, la muerte de su marido en el
frente. Ese soldado alto y fuerte, que nos miraba a todos desde un marco de fotos
en la pared del comedor. También en la mecedora Cecilia había acunado a sus
hijos, luego a sus nietos y en ese lugar, aunque ella ya no lo recordase, había
sido feliz.
Conseguí
que Cecilia se sentara en su mecedora. Como algo instintivo, como si lo hubiera
hecho ayer, la anciana comenzó a balancearse. La silla chirriaba y crujía con
cada vaivén. De repente una sonrisa se dibujó en su cara y eso me bastó para
saber que todo esto tenía sentido. Solté su mano que me agarraba fuerte, besé
su cabeza y me fui silencioso de allí.”
Me llamo Máximo Santos. Sé que
he cometido un crimen. Lo que acaban de leer no es un cuento, es una confesión.
Puede que en unas horas vengan a buscarme, -otra vez el asesino es el
mayordomo-, dirán algunos. O quizás nunca encuentren el cuerpo de Cecilia. Son casi
las ocho del veintiséis de diciembre y está a punto de comenzar el
derrumbamiento. Los hijos de Cecilia así lo han acordado. Las palas se hundirán en los
muros de la mansión y los cascotes comenzarán a caer. Como lluvia.
sábado, 20 de diciembre de 2014
Fuera de combate
por María
La vida es como una jodida pelea de
sumo. Si te caes al suelo, si sales fuera del círculo de lucha (dohyō), o si
utilizas técnicas ilegales - trampas, en definitiva- te quedas k.o. También
existe una manera más humillante de perder: quedarse desnudo.
Me aficioné al sumo después de que
Paola, mi mejor amiga, me echara de su piso, del dohyō que compartíamos. Cada
noche, acurrucadas en el sofá, devorábamos las series de HBO, pero a mí me
bastaba con aspirar el aroma de sus cabellos negroazulados. Hasta que un día
dejé de hacer trampas, le confesé que la amaba desde el instituto, cuando ella
perdió la virginidad con el chulito de la clase y me lo contó con pelos y
señales encerradas en el baño. Me desnudé ante ella y pagué un precio demasiado
alto.
Sin embargo, ella no tuvo piedad
para tirarme al suelo con un golpe bajo e inesperado: salir del armario poco
tiempo después.
jueves, 11 de diciembre de 2014
Próxima parada
por Marta
Valeria sintió una náusea;
apretó los labios y dejó de respirar durante unos segundos para evitar que la
mezcla de olores del vagón le hicieran vomitar. Todos los días el mismo
trayecto. Los viajeros que cada mañana se sentaban a su lado parecían
encontrarse en lugares remotos. Miraban con sus ojos grises a la negrura
angustiosa del túnel, luego se bajaban. Próxima parada: Congosto. Final del
trayecto.
Aquel día subió en el primer
vagón. Las vías marcaban inevitablemente el camino del convoy; los raíles de la
infelicidad que dirigían su vida le forzaban de nuevo a realizar el mismo
itinerario que de costumbre. El
cuchitril de oficina al que acudía desde hacía años, las bolsas en los ojos de
su jefe, cada día más grandes, la nariz de bruja de su compañera, cada día más
afilada…
Una mujer ataviada con
abrigo de pelo de vicuña se sentó a su lado y sacó un periódico del bolso. Olía
a aceite rancio. Abrió por las páginas centrales y, en la esquina superior
izquierda de la hoja, una noticia llamó la atención de Valeria:
“…la joven de treinta años,
después del incendio de su vivienda en el que perdió a su pareja, ha conseguido,
gracias a sus nuevas manos biónicas, volver a tocar el piano.”
Próxima parada: Esperanza
Apenas fueron unas décimas
de segundo. En un impulso que movilizó su mente y luego su cuerpo Valeria se
bajó del vagón sin pensarlo.
Al final del pasillo los
rayos de sol atravesaban los cristales de la puerta de salida de la estación. Subió
los escalones de la salida de la boca de metro de dos en dos. Salió a la calle
y por su nariz penetró un intenso olor a tierra mojada. Había llegado la
primavera. Comenzó a caminar mirando al frente como si llevara algún rumbo. Sus
brazos se movían afinadamente al compás de las piernas, dejándose caer como si
fueran de plomo. Los puños cerrados comenzaron a desentumecerse y abrirse. Sorprendida
se dio cuenta de que casi toda la gente con la que se cruzaba dibujaba una
sonrisa en su cara y de que sus oídos captaban la gama de sonidos más
imperceptibles. Valeria no volvió al trabajo. Casi tres años y medio después,
por fin, había llegado la primavera.
lunes, 17 de noviembre de 2014
Los Alcázar
por Marta
Rafael
Alcázar merecía morir, él lo sabía, pero no así. Esperaba un final trágico a la
altura de su fama, a la altura de sus crímenes. Algo digno de su maldad.
Juana Alcázar merecía matarlo. Lo merecía desde que
nacieron. Su madre la parió una mañana fría de invierno. Una niña fea, con la
cara arrugada y color azulado. Cuando su madre se recompuso y tuvo a la niña en
sus brazos comenzaron de nuevo los dolores. Esta vez tan intensos que los chillidos
se oían desde la calle. Venía otro niño. Un niño lozano, muy guapo. Un niño tan
grande que abrió a su madre en canal dejando a Juana agazapada como un
conejo mamando del pecho sin vida de su
madre.
La
bala salió dirigida hacia el centro de su pecho. Un disparo certero para una
persona que nunca había cogido un arma. Pensó que habría tenido muchas veces la
oportunidad. Había por lo menos un par de revólveres, en la mesilla de noche y
en el mueble de la entrada, pero ella siempre se había mantenido al margen de
los negocios de la casa. Lo cierto es
que la distancia era corta y Juana contaba con la tranquilidad y el descuido
del que no se espera la muerte.
Pocos
segundos tardó la sangre en adueñarse del blanco de la camisa y sus ojos
miraron fijamente a los de su asesina. Ahora su mirada era fija y penetrante,
mostraba superioridad, ¿por qué me has matado? ¿Acaso tú, mi hermana, el ser
más insignificante que ha pasado por mi vida, te crees con derecho a quitarme
la vida? Juana sonrió. Una sonrisa amplia, con la boca muy abierta y los
dientes exhibiendo su desorden como pocas veces lo había hecho.
El charco
de sangre estaba a punto de alcanzar la gran alfombra del salón. Cuando mataron
a su hijo ella misma rasgó las telas de toda la ropa del armario del chico y
tejió con ellas durante semanas la gran alfombra.
La mirada
de su hermano ya no le decía nada, se había esfumado la expresión de
desconcierto y también la de superioridad. Sus ojos eran dos bolas blancas
opacas. Muerto. Con la punta del pie apartó el pico de la alfombra para que no
se tiñera de sangre.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Hace varios años iniciamos este
blog con la idea de colgar en él no sólo los relatos de ficción que fuéramos
escribiendo, sino también alguna que otra idea o pensamiento que por el camino
se nos ocurriera. Sin embargo, por distintos motivos únicamente hemos estado
compartiendo con vosotros los cuentos que han brotado dentro de estas cabecitas
de ajo. Hasta ahora. Hoy queremos inaugurar una nueva sección en la que verter
otro tipo de escritos: Los piensa-mientos de ajo. No nos gustaría tener que englobarlos en catalogación
alguna. Los piensa-mientos de ajo tampoco lo permitirían; ellos tienen su
propia personalidad, independiente e inclasificable. Sean ficción o realidad
esperamos que los disfrutéis. CdA.
PIENSA-MIENTO DE AJO 1. EL
CAMINO DEL GUSTO por María
Para Carmen Soria, que pronto volverá a gobernar sobre su camino del gusto.
“El camino del gusto es muy corto”, esa
fue la expresión que utilizó aquella monja de ojos saltones cuando nos explicó
alguna lección de ciencias relacionada con la alimentación. Recuerdo
perfectamente esa frase y como mientras tanto indicaba con sus dedos cuan de
corto era ese camino, unos cinco o seis centímetros aproximadamente, los que
iban desde la barbilla hasta el comienzo del cuello. Ella nos quería convencer
de la importancia de alimentarse de forma saludable y lo hizo del siguiente
modo. Desde que comienza el periplo de un alimento en nuestra boca hasta que
finaliza (ya sabéis como) sólo en el pequeño trayecto que va desde la punta de
la lengua hasta que lo tragamos - masticándolo y saboreándolo en toda nuestra
cavidad bucal- sólo en esa zona el sentido del gusto tiene algo que decir.
Después de atravesar esta zona ya dará lo mismo que se haya disfrutado de una
deliciosa ración de lasaña con generosa bechamel o que se haya comido sin
excesivo entusiasmo un platito de coliflor rehogada. Moraleja: No empeñes tu
salud por el disfrute de un recorrido tan breve como el de los cuatro dedos de
anchura que tiene el interior de tu boca. Tómate una manzana en vez de una
bolsa de patatas fritas, un pescado a la plancha con ensalada en vez de una
hamburguesa.
¡Ja!¡Y un jamón (nunca mejor dicho)! ¿Se
pensaba de verdad que nos iba a persuadir de ese modo? Para empezar, ¡es que
era una monja! A cualquiera de ellas se le presumen ciertas dosis de
austeridad, prudencia, templanza...uno no se las imagina, ya de por sí,
aderezándose la comida con una espléndida capa de kétchup ni chupando con
fruición las patas de un centollo. Claro que nunca entré en un comedor de las
susodichas como para hablar con conocimiento de causa. Pero en cualquier caso,
sea como fuere, lo cierto es que el camino del gusto será todo lo corto que
ella nos dijera, pero ¡menudo camino! En mi opinión estamos hablando de una de
las experiencias sensoriales más completas que existen, y no sólo es cuestión
del sentido del gusto. Esta experiencia comienza con la vista y el olor
del alimento en cuestión, ¿no es casi tan placentera la contemplación de una
paellera y el aroma que exhala como la propia paella? Quizá sea exagerar, pues el
sentido estrella en esto del comer es el gusto, pero no me negarán que
hay cierta complementación entre todos ellos. Por ejemplo el tacto. ¡Qué
gustosa sensación la de morder el extremo de una pizza calentita con chorreante
queso fundido! O, por ejemplo, la de (ahora sí) chupar con fruición las patas
de un centollo o sentir como un trozo de chocolate se va derritiendo poco a
poco dentro de la boca. Habrá quienes opinen que incluso entra en juego el
sentido del oído (el tintineo de las cazuelas, el crepitar de un huevo
friéndose en la sartén...).
Bueno, toda esta anécdota de la monja y
el posterior delirio “gastrosensorial”
venía a cuento para introduciros que
actualmente me debato entre las virtudes de la comida sana y los placeres que me
provoca la que no lo es tanto. No significa esto que la comida sana no puede
ser también un placer, por suerte hay recetas que son a la vez ricas y
saludables, pero la regla general es lamentablemente la contraria. Cuanto más
bueno está algo peor va a ser para nuestra salud, y para colmo, dichos manjares
no sólo no suelen ser beneficiosos para nuestro organismo sino que además se
alojan en nuestras cartucheras con ánimo de permanencia.
Me gustaría ser ese tipo de persona que pasa
por delante de una pastelería y no percibe como la palmera de hojaldre cubierta
de chocolate le está susurrando “cómeme” mientras que la bomba de nata de la
balda de abajo le hace una seria competencia cuchicheando “a mí, a mí, yo estoy
más buena”. Pero por desgracia no soy ese tipo de persona y tengo que luchar frecuentemente
con esa fuerza interior alojada en mi estómago que devoraría con el mismo
frenesí tanto en pastelerías, como en restaurantes de cualquier hecho y
condición, no soy para nada racista (léase hamburgueserías, restaurantes
asiáticos, árabes, de cocina tradicional, de fusión, pizzerías...etc).
Sin embargo, aunque pudiera parecer lo
contrario intento contenerme en mi día a día y, a media mañana, elijo tomarme
una manzana en vez de un croissant a la plancha con mantequilla y mermelada
como sin duda preferiría. ¿Estaré haciendo bien? Desde el punto de vista de mi
salud parece una decisión acertada, pero ¿qué hay de mi felicidad?¿no sería
mejor si tomara siempre lo que el cuerpo me pidiera en vez de lo que mi cabeza me
dicta que debo comer?
Todas estas cuestiones me llevan a
fabular junto a los que me rodean (lo cierto es que somos muchos los que
sufrimos esta disyuntiva) sobre un mundo al revés en lo que a comida se
refiere. En este lugar los alimentos que ahora engordan y no son especialmente
beneficiosos para la salud serían los más sanos, y al contrario, los que ahora
son más recomendable no lo serían tanto. ¿Os podéis imaginar las conversaciones? Serían
por ejemplo de este calibre:
-Oye,
termínate de una vez las golosinas y los gusanitos esos Luisito, el próximo día
olvídate de tomarte una pera antes porque te quita el hambre. Mañana te voy a
poner para comer unos macarrones carbonara y olvídate de tanta acelga ¡que
estoy ya cansada de decirte que te vas a poner como una bola!!
O por ejemplo:
-Como
mañana es domingo voy a hacer un pescado hervido, que ya estaréis cansados de
tomar toda la semana pizzas y rissottos y de vez en cuando hay que cometer
algún pecadillo.
O:
-Mira,
deja de atiborrarte de naranjas y mandarinas y acábate de una vez la mousse de
chocolate blanco con coulis de fresas, que me tienes harta. No sé qué hacer con
esta chica, toda la vida enseñándole en casa las buenas costumbres, la
importancia de mojar pan con el tocino y el chorizo del cocido, la necesidad de
tomar dos o tres torrijas a la semana, los profiteroles con salsa de chocolate
caliente a diario... y a esta no le da nada más que por tomar no sé qué
crudités de apio y zanahoria que se me va poner enferma de tanta
guarrería.
La verdad es que creo que voy a dejar de
escribir y pensar en estas cosas porque por un momento me he creído que eran
ciertas y que mañana me podría desayunar un donuts de crema sin cargo de
conciencia. Pero no, creo que será manzana otra vez.
El mundo de la comida es que da para
mucha reflexión. De pequeña escuché una conversación sobre cómo sería el mundo
si inventasen unas pastillas que sustituyesen para siempre a las comidas, sin
que nuestra salud sufriera ningún tipo de contratiempo. Dichas pastillas se
ingerirían en desayuno, comida y cena, y con los avances que hay actualmente no
me extrañaría nada que alguna mente perversa las tuviera ya en fase
experimental.
Imagina un mundo sin comidas. Para
empezar, se acabaron las horas perdidas en la carnicería, en la frutería, en la
pescadería, en la panadería (básicamente en todo lo que acaba en –ía y que
suministra alimentos), ya no habría que destinar como mínimo un tiempo semanal
para hacer la compra, ni meterla en bolsas, ni subirla cargados a casa, ni
meterla en los armarios ni en la nevera. Básicamente porque no habría nevera ya
que directamente no habría cocina. Las cocinas serían sustituidas por elegantes
pastilleros que podríamos guardar en cualquier otra parte de la casa.
Por supuesto olvidarse del tiempo perdido
en cocinar, en pensar qué comer mañana o qué cenar pasado, nada de fregar los
cacharros, limpiar el horno o rascar en la vitrocerámica los pegotes difíciles.
Adiós a las digestiones pesadas, a los ardores de estómago o incluso a los
kilos de más.
La vida social no tendría por qué
resentirse porque seguiríamos quedando, en vez de a comer, a “tomarnos la
pastilla”. Y los locales en vez de mesas con sillas sólo tendrían mullidos
sofás en los que nos sentaríamos a charlar en vez de esperar impacientes a que
los camareros nos sirviesen el entrecot al punto.
¡Qué gusto no tener que soportar los
ruidos de los que engullen palomitas en el cine y no te dejan enterarte de la
mitad de la película!
En Navidad tampoco habría grandes gastos
en mariscos, ni atracones de cochinillo ni siquiera habría que comerse las
uvas. Con un pastillazo nos quitábamos todo de golpe.
Y en los cumpleaños podríamos también
soplar velas, que no estarían encima de la tarta, sino que por ejemplo las
sujetarían en las manos los invitados. Que ya no se llamarían invitados porque
en realidad la pastilla se la traerían cada uno de su casa.
Si pensamos en términos de tiempo y
dinero que nos ahorraríamos parece una opción deseable. Es impresionante todo lo
que está montado alrededor de la comida y que podría desaparecer de un plumazo
si esas pastillas mágicas existieran.
Por un momento mientras pensaba en la
cantidad de tiempo y quebraderos de cabeza que me iba a quitar de encima ha
estado a punto de seducirme la idea. Pero ha sido un momento muy breve. Después
he pensado en Lloyd.
Lloyd es ese tipo de persona del que de
vez en cuando te acuerdas, te asalta su imagen de repente, al igual que la
frase de la monja. Da igual que pasara fugazmente por mi vida y sin la más
mínima relevancia. Me sigo acordando de él.
Lloyd era un tipo de color que conocimos
en un restaurante de Londres. Era un restaurante italiano, se llamaba Strada y
buscando en internet he visto que debe ser una cadena porque sólo en Londres hay
unos cuantos. La comida estaba bien, sin estridencias, pero lo que más me
gustó, además de la compañía, fueron las vistas. Creo recordar que tenía un par de
alturas y la pared frontal era toda una cristalera que estaba justo enfrente de
London Bridge. Cenar viendo el puente, el Támesis y la City iluminada me pareció espectacular.
Nos fijamos que en la mesa de al lado
estaba cenando un chico sólo. Yo he comido sola muchas veces, entre semana,
pero no es lo mismo que salir a cenar un sábado por la noche. No debe ser muy
habitual porque sólo lo he visto otra vez en mi vida, cenando en un restaurante
africano en Madrid, y fíjate por donde que me acuerdo de ambas ocasiones. A
Lloyd también le debía parecer extraño, a pesar de que nos contó que lo hacía
de vez en cuando, pues cuando estábamos terminando los postres se puso a hablar
con nosotros y, sin que nadie se lo pidiera, él mismo intentaba explicar el
motivo por el cual estaba allí, sin nadie acompañándole. Lo cierto es que era
una persona muy agradable, a la salida estuvimos quizá una media hora hablando
con él, de pie, junto al río. Daba clases de baile en su casa. Nos dio incluso
su teléfono móvil y nos ofreció alojarnos en su apartamento en otra ocasión.
Recuerdo eso y lo del tiramisú.
Nos dijo que el tiramisú de ese local era
suficiente razón como para perder la vergüenza (no creo yo que tuviera
demasiada), arreglarse e ir a cenar allí (vivía cerca). Que porque no tuviera
pareja no tenía por qué renunciar a salir a cenar un sábado por la noche, a disfrutar
de las vistas, y de lo que definió algo así como una “explosión celestial en su
paladar”. Cuando se refería al tiramisú cerraba los ojos durante varios
segundos como volviendo a degustar la última cucharada de dicho postre.
Cuando tomo tiramisú suelo acordarme de
él. Y si vuelvo a cenar en el Strada (doy por supuesto que volveré a Londres)
obligatoriamente pediría el tiramisú. A mí también me gustaría sentir esa
explosión, el sentido del tacto y el gusto fundidos en completa armonía.
Y esto es todo. Si acabásemos con esto
acabaríamos con Lloyd y su tiramisú. No elegiría un mundo de pastillas por
mucho tiempo o dinero que me ahorrase. Esa comodidad no me merecería la pena si tuviera
que renunciar a la que he definido como una de las experiencias sensoriales más
completas. Y me da igual lo largo o corto que sea el
camino del gusto, existe y quiero disfrutar de él. Probablemente el tipo de
persona que elegiría esas pastillas sustitutivas coincidiría con el tipo de persona
que pasa por delante de una pastelería y no percibe como la palmera de
chocolate le llama desde la vitrina. Pero no soy ese tipo de persona.
Lamentablemente. O no.
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