Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



jueves, 29 de enero de 2015

Para Yolanda b. que supo     repararse el daño antes  de tener la herida.


JailApp  

por María 

Hace poco que me he dado cuenta de que me he metido en una cárcel voluntaria de la que no puedo salir. Los pasos que di para verme con estos pesados grilletes fueron sencillos, inocentes y seguro que os resultan familiares.

1) Hacerse con un smartphone.
2) Contratar la tarifa de datos.
3) Instalar la aplicación de WhatsApp (el guasap).

Y ahí ya tienes el lío. Los comienzos son realmente atrayentes. Si los mails te parecían un avance significativo en el mundo de la comunicación, esto del guasap y de poder relacionarte con familiares y amigos casi al instante, aunque estuvieran al otro lado del mundo, ya era increíble. Fotos, audios, videos, todo ello podía- y puede- compartirse en cuestión de segundos.  Desde luego que es una aplicación útil y maravillosa siempre que se sepa emplear con cautela. Y a las claras está que yo no he sabido hacerlo.

Tras más de dos años de uso continuo y permanente puedo afirmar que tengo dependencia de dicha aplicación telefónica. Sí, soy una yonki del guasap.  Yo, que ingenuamente me sentía libre y autónoma, acabo de comprobar, con la rotundidad del que recibe un fuerte impacto en las narices, que estoy enganchada. Y lo que es peor, que he sido yo misma la que he metido al enemigo en casa y ahora no sé cómo echarlo. De hecho ni siquiera estoy segura de querer hacerlo.

Descubrí que la adicción se estaba volviendo peligrosa cuando un día quise realizar una foto de algo más inusual de lo normal para compartirlo - nada del otro mundo en realidad- y no encontraba el móvil. Esa falta de publicidad a lo que me sucedía me generó un gran vacío, estábamos el hecho inusual y mi soledad, no había posibilidad de que nadie me comentara nada y ese desierto de opinión fue de tal calado que incluso sentí como si el hecho inusual no hubiera sucedido, o al menos fuera perdiendo su entidad si los minutos pasaban y yo no lo hacía público. Tampoco me convencía el hecho de contarlo después como se había hecho toda la vida, en persona o hablando por teléfono, no, de lo que yo tenía necesidad era de airearlo a los cuatro vientos en el preciso instante en que sucedía ¿de verdad he llegado a tal punto? ¿por qué tengo que contar ciertas cosas en el momento exacto en que me pasan y no puedo esperar? ¿por qué si me olvido el móvil en algún lugar tengo la impresión de que me falta un brazo?
Esta sensación de haber perdido las riendas ha encendido una alarma en mí y desde ese momento digamos que “me estoy quitando”.

Doy por sentado que la mayoría de las personas que me están leyendo sabrán en qué consiste esta aplicación, bien porque la tienen o bien porque han oído hablar de ella - y gracias a una capacidad visionaria de lo que la misma podría suponerles decidieron no instalarla- por eso no me extenderé en hablar de sus utilidades. El problema es que una vez que la tienes y conoces sus ventajas es muy difícil echar marcha atrás y quitarla con tal de no sufrir sus inconvenientes. Y ¿cuáles son estos?
Para empezar la cantidad de tiempo que se puede llegar a perder. Claro que esto tiene sus matices, por un lado está muy relacionado con lo sociable que uno sea, porque no es lo mismo tener diez contactos que setenta, y por otro lado tiene que ver con la forma de ser de la persona. Esto es, si uno es más pasota puede ser capaz de leer los mensajes, saber que el resto sabe que los está leyendo y aún así, pasárselo por el forro y no responder hasta cuatro horas después, o dos días después o incluso nunca. Y se quedan tan anchos. Pero si la forma de ser del portador del dispositivo móvil, en este caso yo misma, no cuenta con ese grado de pasotismo provocará que se sienta en la obligación de responder a esas conversaciones en un periodo de tiempo no demasiado extenso. Y claro, eso puede agobiar.
Si la cosa ya pintaba fea para este tipo de personas, los gestores de la aplicación han torturado a estas pobres almas con la creación del doble tic azul. Con esa nueva señal el resto sabrá si su mensaje ha sido leído o no, con lo  cual ya no les quedará la manida, aunque eficaz excusa, de que no contestan porque no lo han leído. La presión es aún más palpable.  
Por eso yo, como “me estoy quitando” y sueño con ser pasota,  he decidido eliminar las notificaciones que hacían que la pantalla de mi teléfono se iluminase cada vez que alguien quisiera decirme tal o pascual. De momento no he conseguido llegar al extremo de leer un mensaje y no responderlo o responderlo tarde como podría hacer un buen pasota de pro, pero al menos ya no sé al instante quien me escribe y no siento con ello la obligación de corresponderle ipso facto. Es un gran paso.

Es verdad que en estos comienzos todo tiene algo de forzado. No miro el móvil porque no quiero ser ese individuo dependiente y enganchado que he descrito, pero en el fondo estoy deseando hacerlo. Imagino que es como cuando alguien se plantea seriamente dejar de fumar, al principio no lo hace pero mataría por tener un cigarrillo en su boca. Así que con calma, tengo que darle tiempo a mi programa de desintoxicación.

Otra de las armas de doble filo del guasap son los grupos. Yo diría que es lo más peligroso de todo. Sí, ese cúmulo de contactos unidos bajo un mismo nombre que pueden tenerte realmente entretenida o que pueden llegar a desesperarte. Como digo un buen grupo de guasap puede ser divertido y enriquecedor, pero por el contrario los hay que pueden volverse agotadores y cansinos. En todo caso sean del estilo que sean hay una regla de oro que debe cumplirse con todos sin excepción: hay que silenciarlos. Si cometes el craso error de no hacerlo en dos días puedes estar completamente majara. Mis grupos del guasap son muy variados, los tengo de todos los pelajes. Por ejemplo no faltan los grupitos familiares, los de amigos, el de compis del cole, de promoción, del curro, del antiguo curro, del curro anterior al antiguo curro, el grupito que comparte alguna afición…etc y sin olvidar los subgrupitos que se pueden crear dentro de estos grupitos o los grupitos que se crean con un único fin, por ejemplo gestionar la compra del regalo para el hijo de Pepito o la quedada de tal mes o la compra de entradas para tal o cual evento. Lo típico vamos.

Estos grupos pueden comportarse de distinta manera. Por ejemplo pueden especializarse en mandar vídeos graciosos que tardan un congo en descargarse o chistes y fotos de la actualidad; si yo fuera un tío probablemente muchas de esas fotos serían de chicas pechugonas o subiditas de tono, pero por suerte me las ahorro; también existen los grupos cuyo cometido principal es felicitarse los cumpleaños (sólo pensad en lo tremendamente agotador que puede ser ver en tu pantalla como diez o más personas felicitamos a otra con frases tan originales como “Muchas felicidades” “Feliz día” “Pásalo en grande” “Disfruta de tu día”, todo acompañado de iconitos de aplausos, globos, regalitos, confeti, porciones de tarta…y las consabidas, “Gracias” “Muchísimas gracias” “Mil gracias guapa”. Desde luego es apasionante ser interrumpida por guasaps de este calibre); también puede ser un grupo que mantiene conversaciones trascendentales, interesantes o no, pero siempre tirando a larguitas y cuyo tiempo de lectura equivale casi al mismo de sentarse en el sofá y leer dos veces “El Aleph”, incluso podrías hasta entenderlo y aún no habrías terminado la ristra de cuarenta o cincuenta guasaps de una conversación en la que para colmo no has metido baza. También están los grupos más discretos, esos en los que sólo se escribe de manera puntual y que tienen miembros más activos y otros que no se han estrenado apenas (comprenderéis que yo nunca, al menos hasta ahora en que las cosas pueden cambiar, había formado parte de un grupo con un papel tan secundario como para no decir algo – estaría agobiada por supuesto- pero me surge la duda y aquí hago una pregunta al viento para quien la quiera contestar: aquellos que no intervenís nunca…leéis los mensajes? los borráis sin leer? no sabéis como salir del grupo sin parecer groseros? Me ayudaría saber cómo piensa un pasota para aprender de él).

En definitiva, hay grupos de muchos tipos y con dinámicas diferentes, pero por reducir la clasificación yo los dividiría en dos: los que molan y los que no. Es sencillo, y no es que no me importen las personas que forman parte de ese desafortunado grupo que no mola, al contrario, probablemente las tenga aprecio dado que están entre mis contactos, pero sinceramente creo que han confundido el canal de comunicación. Porque, independientemente de que mi forma de ser no haya ayudado, es obvio que el guasap es un medio bastante invasivo y que hablar de cremas para la celulitis, vestidos chic para una boda o el granito que le ha salido a tu bebé en la manita es a todas luces evidente que se trata de una información no requerida a las once de la mañana de un martes cualquiera sin siquiera haber preguntado o mostrado interés por el asunto. Por favor, para este tipo de cosas están los mails, las llamadas de teléfono o los íntimos, cálidos y comprometidos vis a vis.

De repente me he acordado de aquella viuda que ganó un juicio contra una famosa tabacalera en EEUU a la que demandó después de que su marido, fumador durante más de cuarenta años, falleciera de cáncer de pulmón. Dijo que éste se había convertido en un adicto al cigarrillo y que había realizado infructuosos tratamientos para dejar de fumar, y a mí me resulta difícil de creer pero no ha sido el único juez que ha dado la razón a un fumador (en este caso su cónyuge) por desconocer los conocidos efectos del tabaco. Y ya sé que España no es EEUU, pero ¿Y si demando a Whatsapp?

No me he interesado por buscar si entre sus condiciones de uso e información semejante hay alguna clausula que advierta del potencial peligro de dicha aplicación, seguro que lo tienen todo pensado, pero ¿y si no fuera así? ¿Hay alguien ahí que sienta vulnerado como yo su derecho a la intimidad? ¿Hay alguien que se sienta guasapdependiente y por lo tanto haya visto quebrantada su libertad? Ya estoy viendo los éxitos de una futura demanda colectiva. Juntos podríamos crear una Plataforma de afectados por el Whatsapp, acudir a manifestaciones para exigir el restablecimiento de nuestra vida anterior, escribiríamos  columnas en los periódicos para reivindicar la vuelta a los mails, a las llamadas de teléfono o a eso tan raro de tomarse un café con un amigo para charlar y sin un móvil cerca al que mirar para ver que nos está diciendo otro amigo distinto al que tenemos delante de nuestras narices y al que apenas hablamos. Sí, deberíamos unirnos todos.

Y si al final no conseguimos que nuestros caminos confluyan  y alguien decide demandarles por su cuenta gracias a haber leído esto, por favor, pido honestidad y que comparta su botín conmigo. Primero porque así no tendría mala conciencia. Y segundo para que este tocho que he escrito sirva para algo y yo no sienta que he perdido el lujoso tiempo del que me quejo que el guasap me roba.




Nota del autor: Si alguno de mis lectores se encuentra entre mis contactos telefónicos y tiene un grupo de guasap conmigo obviamente se tratará de uno de los grupos que molan. 

domingo, 18 de enero de 2015

La Mansión

por Marta




“Bajó los pies del coche y los apoyó en el frío asfalto. Llevaba zapatillas de andar por casa de modo que sus pasos, como los de un gato, no hicieron ruido alguno en mitad de la noche. La luna era un foco redondo. Era el día de Navidad y no había gente por la calle, a lo lejos se oía el rumor de las casas llenas de gente, de las copas hasta arriba de sidra y de los villancicos al son de las panderetas.

-Tenga cuidado- susurré cerca de su hombro. Cecilia se agarró con más fuerza a mi brazo mientras sus pies se arrastraban por la estrecha senda de entrada a la mansión.  Las malas hierbas habían cerrado casi el camino. En otra época la senda de piedra se mantenía lustrosa, el jardinero o yo esparcíamos una mezcla de vinagre, agua y sal como remedio natural para que no salieran las hierbas.

Llegamos a la puerta de entrada de la mansión. Noté la respiración profunda y agitada de Cecilia. Hacía frío. Debajo del chaquetón que le había puesto al recogerla,tan solo llevaba un camisón con el bordado “Residencia Fuenmayor”; nada que ver con los de lino y encaje que ella misma había confeccionado años atrás. Saqué del bolsillo la pesada llave de hierro y al girarla los goznes chillaron tal y como esperaba.

-Estamos en casa, Cecilia- pensé en alto. La anciana no cambió su cara, ni su mirada perdida. Por un momento cerré los ojos y aspiré el olor de aquella casa en la que tanto habíamos vivido. Ya no era el olor  intenso y embriagador de antes, el de una casa habitada.  Ese recibidor de la casa había olido tantas veces a caldo de puchero, tantas tardes a rosquillas de canela fritas… En aquel momento me pregunté si los recuerdos olfativos también se habrían extinguido del cerebro de Cecilia. Ahora había polvo y telarañas. Los muebles habían sido cubiertos con todos los juegos de sábanas que había en la casa, de modo que la vista era aterradora, pero yo, y juraría que Cecilia también, sentimos la calma que uno percibe cuando llega a su hogar. La luz de la luna entraba por las ventanas sin cortinas. Mis pasos no dudaron hasta acercarme a la vieja mecedora. La mecedora de Doña Cecilia. Sentí un escalofrío al retirarle la sábana y verla igual que como la recordaba. En ese viejo balancín mi señora había recibido la noticia más amarga de su vida, la muerte de su marido en el frente. Ese soldado alto y fuerte, que nos miraba a todos desde un marco de fotos en la pared del comedor. También en la mecedora Cecilia había acunado a sus hijos, luego a sus nietos y en ese lugar, aunque ella ya no lo recordase, había sido feliz.

Conseguí que Cecilia se sentara en su mecedora. Como algo instintivo, como si lo hubiera hecho ayer, la anciana comenzó a balancearse. La silla chirriaba y crujía con cada vaivén. De repente una sonrisa se dibujó en su cara y eso me bastó para saber que todo esto tenía sentido. Solté su mano que me agarraba fuerte, besé su cabeza y me fui silencioso de allí.”



Me llamo Máximo Santos. Sé que he cometido un crimen. Lo que acaban de leer no es un cuento, es una confesión. Puede que en unas horas vengan a buscarme, -otra vez el asesino es el mayordomo-, dirán algunos. O quizás nunca encuentren el cuerpo de Cecilia. Son casi las ocho del veintiséis de diciembre y está a punto de comenzar el derrumbamiento. Los hijos de Cecilia así lo han acordado. Las palas se hundirán en los muros de la mansión y los cascotes comenzarán a caer. Como lluvia.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Fuera de combate

por María

La vida es como una jodida pelea de sumo. Si te caes al suelo, si sales fuera del círculo de lucha (dohyō), o si utilizas técnicas ilegales - trampas, en definitiva- te quedas k.o. También existe una manera más humillante de perder: quedarse desnudo.

Me aficioné al sumo después de que Paola, mi mejor amiga, me echara de su piso, del dohyō que compartíamos. Cada noche, acurrucadas en el sofá, devorábamos las series de HBO, pero a mí me bastaba con aspirar el aroma de sus cabellos negroazulados. Hasta que un día dejé de hacer trampas, le confesé que la amaba desde el instituto, cuando ella perdió la virginidad con el chulito de la clase y me lo contó con pelos y señales encerradas en el baño. Me desnudé ante ella y pagué un precio demasiado alto.

Sin embargo, ella no tuvo piedad para tirarme al suelo con un golpe bajo e inesperado: salir del armario poco tiempo después.


jueves, 11 de diciembre de 2014

Próxima parada

por Marta

  Valeria sintió una náusea; apretó los labios y dejó de respirar durante unos segundos para evitar que la mezcla de olores del vagón le hicieran vomitar. Todos los días el mismo trayecto. Los viajeros que cada mañana se sentaban a su lado parecían encontrarse en lugares remotos. Miraban con sus ojos grises a la negrura angustiosa del túnel, luego se bajaban. Próxima parada: Congosto. Final del trayecto.

 Aquel día subió en el primer vagón. Las vías marcaban inevitablemente el camino del convoy; los raíles de la infelicidad que dirigían su vida le forzaban de nuevo a realizar el mismo itinerario  que de costumbre. El cuchitril de oficina al que acudía desde hacía años, las bolsas en los ojos de su jefe, cada día más grandes, la nariz de bruja de su compañera, cada día más afilada…

 Una mujer ataviada con abrigo de pelo de vicuña se sentó a su lado y sacó un periódico del bolso. Olía a aceite rancio. Abrió por las páginas centrales y, en la esquina superior izquierda de la hoja, una noticia llamó la atención de Valeria:

“…la joven de treinta años, después del incendio de su vivienda en el que perdió a su pareja, ha conseguido, gracias a sus nuevas manos biónicas, volver a tocar el piano.”

 Próxima parada: Esperanza

 Apenas fueron unas décimas de segundo. En un impulso que movilizó su mente y luego su cuerpo Valeria se bajó del vagón sin pensarlo.

 Al final del pasillo los rayos de sol atravesaban los cristales de la puerta de salida de la estación. Subió los escalones de la salida de la boca de metro de dos en dos. Salió a la calle y por su nariz penetró un intenso olor a tierra mojada. Había llegado la primavera. Comenzó a caminar mirando al frente como si llevara algún rumbo. Sus brazos se movían afinadamente al compás de las piernas, dejándose caer como si fueran de plomo. Los puños cerrados comenzaron a desentumecerse y abrirse. Sorprendida se dio cuenta de que casi toda la gente con la que se cruzaba dibujaba una sonrisa en su cara y de que sus oídos captaban la gama de sonidos más imperceptibles. Valeria no volvió al trabajo. Casi tres años y medio después, por fin, había llegado la primavera.




lunes, 17 de noviembre de 2014

Los Alcázar

por Marta

Rafael Alcázar merecía morir, él lo sabía, pero no así. Esperaba un final trágico a la altura de su fama, a la altura de sus crímenes. Algo digno de su maldad.

Juana Alcázar merecía matarlo. Lo merecía desde que nacieron. Su madre la parió una mañana fría de invierno. Una niña fea, con la cara arrugada y color azulado. Cuando su madre se recompuso y tuvo a la niña en sus brazos comenzaron de nuevo los dolores. Esta vez tan intensos que los chillidos se oían desde la calle. Venía otro niño. Un niño lozano, muy guapo. Un niño tan grande que abrió a su madre en canal dejando a Juana agazapada como un conejo  mamando del pecho sin vida de su madre.

     La bala salió dirigida hacia el centro de su pecho. Un disparo certero para una persona que nunca había cogido un arma. Pensó que habría tenido muchas veces la oportunidad. Había por lo menos un par de revólveres, en la mesilla de noche y en el mueble de la entrada, pero ella siempre se había mantenido al margen de los negocios de la casa.  Lo cierto es que la distancia era corta y Juana contaba con la tranquilidad y el descuido del que no se espera la muerte.

Pocos segundos tardó la sangre en adueñarse del blanco de la camisa y sus ojos miraron fijamente a los de su asesina. Ahora su mirada era fija y penetrante, mostraba superioridad, ¿por qué me has matado? ¿Acaso tú, mi hermana, el ser más insignificante que ha pasado por mi vida, te crees con derecho a quitarme la vida? Juana sonrió. Una sonrisa amplia, con la boca muy abierta y los dientes exhibiendo su desorden como pocas veces lo había hecho.

El charco de sangre estaba a punto de alcanzar la gran alfombra del salón. Cuando mataron a su hijo ella misma rasgó las telas de toda la ropa del armario del chico y tejió con ellas durante semanas la gran alfombra.


La mirada de su hermano ya no le decía nada, se había esfumado la expresión de desconcierto y también la de superioridad. Sus ojos eran dos bolas blancas opacas. Muerto. Con la punta del pie apartó el pico de la alfombra para que no se tiñera de sangre. 


miércoles, 5 de noviembre de 2014

Hace varios años iniciamos este blog con la idea de colgar en él no sólo los relatos de ficción que fuéramos escribiendo, sino también alguna que otra idea o pensamiento que por el camino se nos ocurriera. Sin embargo, por distintos motivos únicamente hemos estado compartiendo con vosotros los cuentos que han brotado dentro de estas cabecitas de ajo. Hasta ahora. Hoy queremos inaugurar una nueva sección en la que verter otro tipo de escritos: Los piensa-mientos de ajo. No nos gustaría tener que englobarlos en catalogación alguna. Los piensa-mientos de ajo tampoco lo permitirían; ellos tienen su propia personalidad, independiente e inclasificable. Sean ficción o realidad esperamos que los disfrutéis. CdA.


PIENSA-MIENTO DE AJO 1. EL CAMINO DEL GUSTO                por María

                                
Para Carmen Soria, que pronto volverá a gobernar sobre su camino del gusto.

“El camino del gusto es muy corto”, esa fue la expresión que utilizó aquella monja de ojos saltones cuando nos explicó alguna lección de ciencias relacionada con la alimentación. Recuerdo perfectamente esa frase y como mientras tanto indicaba con sus dedos cuan de corto era ese camino, unos cinco o seis centímetros aproximadamente, los que iban desde la barbilla hasta el comienzo del cuello. Ella nos quería convencer de la importancia de alimentarse de forma saludable y lo hizo del siguiente modo. Desde que comienza el periplo de un alimento en nuestra boca hasta que finaliza (ya sabéis como) sólo en el pequeño trayecto que va desde la punta de la lengua hasta que lo tragamos - masticándolo y saboreándolo en toda nuestra cavidad bucal- sólo en esa zona el sentido del gusto tiene algo que decir. Después de atravesar esta zona ya dará lo mismo que se haya disfrutado de una deliciosa ración de lasaña con generosa bechamel o que se haya comido sin excesivo entusiasmo un platito de coliflor rehogada. Moraleja: No empeñes tu salud por el disfrute de un recorrido tan breve como el de los cuatro dedos de anchura que tiene el interior de tu boca. Tómate una manzana en vez de una bolsa de patatas fritas, un pescado a la plancha con ensalada en vez de una hamburguesa.
¡Ja!¡Y un jamón (nunca mejor dicho)! ¿Se pensaba de verdad que nos iba a persuadir de ese modo? Para empezar, ¡es que era una monja! A cualquiera de ellas se le presumen ciertas dosis de austeridad, prudencia, templanza...uno no se las imagina, ya de por sí, aderezándose la comida con una espléndida capa de kétchup ni chupando con fruición las patas de un centollo. Claro que nunca entré en un comedor de las susodichas como para hablar con conocimiento de causa. Pero en cualquier caso, sea como fuere, lo cierto es que el camino del gusto será todo lo corto que ella nos dijera, pero ¡menudo camino! En mi opinión estamos hablando de una de las experiencias sensoriales más completas que existen, y no sólo es cuestión del sentido del gusto. Esta experiencia comienza con la vista y el olor del alimento en cuestión, ¿no es casi tan placentera la contemplación de una paellera y el aroma que exhala como la propia paella? Quizá sea exagerar, pues el sentido estrella en esto del comer es el gusto, pero no me negarán que hay cierta complementación entre todos ellos. Por ejemplo el tacto. ¡Qué gustosa sensación la de morder el extremo de una pizza calentita con chorreante queso fundido! O, por ejemplo, la de (ahora sí) chupar con fruición las patas de un centollo o sentir como un trozo de chocolate se va derritiendo poco a poco dentro de la boca. Habrá quienes opinen que incluso entra en juego el sentido del oído (el tintineo de las cazuelas, el crepitar de un huevo friéndose en la sartén...).
Bueno, toda esta anécdota de la monja y el posterior delirio “gastrosensorial”  venía a cuento para introduciros que actualmente me debato entre las virtudes de la comida sana y los placeres que me provoca la que no lo es tanto. No significa esto que la comida sana no puede ser también un placer, por suerte hay recetas que son a la vez ricas y saludables, pero la regla general es lamentablemente la contraria. Cuanto más bueno está algo peor va a ser para nuestra salud, y para colmo, dichos manjares no sólo no suelen ser beneficiosos para nuestro organismo sino que además se alojan en nuestras cartucheras con ánimo de permanencia.
Me gustaría ser ese tipo de persona que pasa por delante de una pastelería y no percibe como la palmera de hojaldre cubierta de chocolate le está susurrando “cómeme” mientras que la bomba de nata de la balda de abajo le hace una seria competencia cuchicheando “a mí, a mí, yo estoy más buena”. Pero por desgracia no soy ese tipo de persona y tengo que luchar frecuentemente con esa fuerza interior alojada en mi estómago que devoraría con el mismo frenesí tanto en pastelerías, como en restaurantes de cualquier hecho y condición, no soy para nada racista (léase hamburgueserías, restaurantes asiáticos, árabes, de cocina tradicional, de fusión, pizzerías...etc).



Sin embargo, aunque pudiera parecer lo contrario intento contenerme en mi día a día y, a media mañana, elijo tomarme una manzana en vez de un croissant a la plancha con mantequilla y mermelada como sin duda preferiría. ¿Estaré haciendo bien? Desde el punto de vista de mi salud parece una decisión acertada, pero ¿qué hay de mi felicidad?¿no sería mejor si tomara siempre lo que el cuerpo me pidiera en vez de lo que mi cabeza me dicta que debo comer?
Todas estas cuestiones me llevan a fabular junto a los que me rodean (lo cierto es que somos muchos los que sufrimos esta disyuntiva) sobre un mundo al revés en lo que a comida se refiere. En este lugar los alimentos que ahora engordan y no son especialmente beneficiosos para la salud serían los más sanos, y al contrario, los que ahora son más recomendable no lo serían tanto.  ¿Os podéis imaginar las conversaciones? Serían por ejemplo de este calibre:
 -Oye, termínate de una vez las golosinas y los gusanitos esos Luisito, el próximo día olvídate de tomarte una pera antes porque te quita el hambre. Mañana te voy a poner para comer unos macarrones carbonara y olvídate de tanta acelga ¡que estoy ya cansada de decirte que te vas a poner como una bola!!
O por ejemplo:
 -Como mañana es domingo voy a hacer un pescado hervido, que ya estaréis cansados de tomar toda la semana pizzas y rissottos y de vez en cuando hay que cometer algún pecadillo.
O:
 -Mira, deja de atiborrarte de naranjas y mandarinas y acábate de una vez la mousse de chocolate blanco con coulis de fresas, que me tienes harta. No sé qué hacer con esta chica, toda la vida enseñándole en casa las buenas costumbres, la importancia de mojar pan con el tocino y el chorizo del cocido, la necesidad de tomar dos o tres torrijas a la semana, los profiteroles con salsa de chocolate caliente a diario... y a esta no le da nada más que por tomar no sé qué crudités de apio y zanahoria que se me va poner enferma de tanta guarrería. 

La verdad es que creo que voy a dejar de escribir y pensar en estas cosas porque por un momento me he creído que eran ciertas y que mañana me podría desayunar un donuts de crema sin cargo de conciencia. Pero no, creo que será manzana otra vez.

El mundo de la comida es que da para mucha reflexión. De pequeña escuché una conversación sobre cómo sería el mundo si inventasen unas pastillas que sustituyesen para siempre a las comidas, sin que nuestra salud sufriera ningún tipo de contratiempo. Dichas pastillas se ingerirían en desayuno, comida y cena, y con los avances que hay actualmente no me extrañaría nada que alguna mente perversa las tuviera ya en fase experimental.
Imagina un mundo sin comidas. Para empezar, se acabaron las horas perdidas en la carnicería, en la frutería, en la pescadería, en la panadería (básicamente en todo lo que acaba en –ía y que suministra alimentos), ya no habría que destinar como mínimo un tiempo semanal para hacer la compra, ni meterla en bolsas, ni subirla cargados a casa, ni meterla en los armarios ni en la nevera. Básicamente porque no habría nevera ya que directamente no habría cocina. Las cocinas serían sustituidas por elegantes pastilleros que podríamos guardar en cualquier otra parte de la casa.

Por supuesto olvidarse del tiempo perdido en cocinar, en pensar qué comer mañana o qué cenar pasado, nada de fregar los cacharros, limpiar el horno o rascar en la vitrocerámica los pegotes difíciles. Adiós a las digestiones pesadas, a los ardores de estómago o incluso a los kilos de más.
La vida social no tendría por qué resentirse porque seguiríamos quedando, en vez de a comer, a “tomarnos la pastilla”. Y los locales en vez de mesas con sillas sólo tendrían mullidos sofás en los que nos sentaríamos a charlar en vez de esperar impacientes a que los camareros nos sirviesen el entrecot al punto.


¡Qué gusto no tener que soportar los ruidos de los que engullen palomitas en el cine y no te dejan enterarte de la mitad de la película!
En Navidad tampoco habría grandes gastos en mariscos, ni atracones de cochinillo ni siquiera habría que comerse las uvas. Con un pastillazo nos quitábamos todo de golpe.
Y en los cumpleaños podríamos también soplar velas, que no estarían encima de la tarta, sino que por ejemplo las sujetarían en las manos los invitados. Que ya no se llamarían invitados porque en realidad la pastilla se la traerían cada uno de su casa.
Si pensamos en términos de tiempo y dinero que nos ahorraríamos parece una opción deseable. Es impresionante todo lo que está montado alrededor de la comida y que podría desaparecer de un plumazo si esas pastillas mágicas existieran.
Por un momento mientras pensaba en la cantidad de tiempo y quebraderos de cabeza que me iba a quitar de encima ha estado a punto de seducirme la idea. Pero ha sido un momento muy breve. Después he pensado en Lloyd.

Lloyd es ese tipo de persona del que de vez en cuando te acuerdas, te asalta su imagen de repente, al igual que la frase de la monja. Da igual que pasara fugazmente por mi vida y sin la más mínima relevancia. Me sigo acordando de él.

Lloyd era un tipo de color que conocimos en un restaurante de Londres. Era un restaurante italiano, se llamaba Strada y buscando en internet he visto que debe ser una cadena porque sólo en Londres hay unos cuantos. La comida estaba bien, sin estridencias, pero lo que más me gustó, además de la compañía, fueron las vistas. Creo recordar que tenía un par de alturas y la pared frontal era toda una cristalera que estaba justo enfrente de London Bridge. Cenar viendo el puente, el Támesis  y la City iluminada me pareció espectacular.
Nos fijamos que en la mesa de al lado estaba cenando un chico sólo. Yo he comido sola muchas veces, entre semana, pero no es lo mismo que salir a cenar un sábado por la noche. No debe ser muy habitual porque sólo lo he visto otra vez en mi vida, cenando en un restaurante africano en Madrid, y fíjate por donde que me acuerdo de ambas ocasiones. A Lloyd también le debía parecer extraño, a pesar de que nos contó que lo hacía de vez en cuando, pues cuando estábamos terminando los postres se puso a hablar con nosotros y, sin que nadie se lo pidiera, él mismo intentaba explicar el motivo por el cual estaba allí, sin nadie acompañándole. Lo cierto es que era una persona muy agradable, a la salida estuvimos quizá una media hora hablando con él, de pie, junto al río. Daba clases de baile en su casa. Nos dio incluso su teléfono móvil y nos ofreció alojarnos en su apartamento en otra ocasión. Recuerdo eso y lo del tiramisú.

Nos dijo que el tiramisú de ese local era suficiente razón como para perder la vergüenza (no creo yo que tuviera demasiada), arreglarse e ir a cenar allí (vivía cerca). Que porque no tuviera pareja no tenía por qué renunciar a salir a cenar un sábado por la noche, a disfrutar de las vistas, y de lo que definió algo así como una “explosión celestial en su paladar”. Cuando se refería al tiramisú cerraba los ojos durante varios segundos como volviendo a degustar la última cucharada de dicho postre.
Cuando tomo tiramisú suelo acordarme de él. Y si vuelvo a cenar en el Strada (doy por supuesto que volveré a Londres) obligatoriamente pediría el tiramisú. A mí también me gustaría sentir esa explosión, el sentido del tacto y el gusto fundidos en completa armonía.

Y esto es todo. Si acabásemos con esto acabaríamos con Lloyd y su tiramisú. No elegiría un mundo de pastillas por mucho tiempo o dinero que me ahorrase. Esa  comodidad no me merecería la pena si tuviera que renunciar a la que he definido como una de las experiencias sensoriales más completas. Y me da igual lo largo o corto que sea el camino del gusto, existe y quiero disfrutar de él. Probablemente el tipo de persona que elegiría esas pastillas sustitutivas coincidiría con el tipo de persona que pasa por delante de una pastelería y no percibe como la palmera de chocolate le llama desde la vitrina. Pero no soy ese tipo de persona. Lamentablemente. O no.     

jueves, 30 de octubre de 2014

Queridos Reyes Magos,


Creo que me gusta escribir. Me apunté al curso de escritura con el convencimiento de que había sido puro azar. Cuando me preguntaban por los inicios de mi vocación pensaba que ésta era la misma que podías tener para la pintura o la fotografía, es decir, ninguna. Nunca había sentido esa necesidad vital de escribir de la que hablan los grandes escritores.

Y volví a la segunda clase porque la gente parecía maja y “ya que lo he escrito tendré que leerlo”. Entonces resulta que en la tercera clase descubro que los compañeros después de clase se toman religiosamente una cerveza. Porque, claro, un escritor tiene que ser bohemio y salir días de diario. Esos momentos son los más esperados y muchas veces son mágicos porque las historias que se crean durante la clase no se extinguen y te ves tomando unas cañas con el personaje del cuento de tu amigo. Y eso que es un asesino.

Hace ya algunos años que Cabezas de Ajo salió a la luz. A partir de ese momento nos dimos cuenta de que en nuestro día a día habitaban los cuentos y de que los escritores, como una especie de recolectores, íbamos manejando una gran criba  para entresacarlos de la vida real. No aparecen como elefantes en mitad del camino, son más bien hormiguitas que sólo descubre quien pasa por el mundo con atención. Luego hay que tomar una decisión, cuando uno se topa con un cuento puede decidir escribirlo o dejarlo pasar. Un día, en mi trabajo, me asomé por la ventana y para mirar hice un hueco con los dedos entre las lamas de las venecianas. Ahí, en ese simple gesto, supe que había una historia… policiaca, de terror, quién sabe…pero la dejé escapar. No siempre es el momento y no siempre uno quiere escribir todo lo que sabe.

Sin embargo, el día que viajaba en metro y en el asiento de enfrente una chica tenía la mirada más triste que había visto jamás, supe que los ojos de Alicia desde aquel instante, formarían parte de mi mundo de ficción.

Muchas otras veces los cuentos surgen a partir de los recuerdos y hay que hacer un gran esfuerzo de memoria para rescatarlos. Y cuando estás describiendo las gafas de pasta y los temibles pasos de Sor Patrocinio te ves a ti misma aterrorizada tras el pupitre de colegio. Una sonrisa se dibuja en tu cara mientras lo escribes porque rememoras los juegos infantiles en el patio, los apellidos de tus amigos del colegio y de repente la boca te sabe a peta-zetas.

Son curiosas las ocasiones en las que un personaje de un relato habita en la vida real.  Mucha gente no se da cuenta, incluso a veces ni él mismo lo sabe, pero tu obligación moral como escritor es darle a ese individuo un cuento para vivir en él. Un mundo a su medida. Eso hice con Tiburcio Walter y desde entonces ve pasar los días feliz en su lavandería.

¿Y cuando un título se presenta delante de tus narices? Yo estaba entre sueños cuando de repente “me abandonaron las manecillas del reloj”…¡qué responsabilidad la de buscar una historia a la altura de un título huérfano!

Lo cierto es que desde los primeros cuentos ha pasado ya mucho tiempo. Hay veces que echamos la vista atrás y casi nos avergonzamos (o nos da la risa) al leer los primeros relatos. Pero la evolución es la parte más bonita del aprendizaje. Mientras tanto sigue corriendo la cerveza, los compañeros de clase hace mucho se convirtieron en amigos y el sol (en la realidad o en la ficción) sigue saliendo todos los días.

Después de la ilusión de los primeros tiempos, cuando contábamos las entradas al blog una por una como auténticos triunfos, hemos ido aguantando este tiempo más discretamente de lo que nos hubiera gustado…pero sabiendo que tenemos incondicionales (algunos incluso más fieles que nosotras mismas) que calladamente esperan noticias nuestras. Y aquí estamos, aquí seguimos.

Ahora sí, ya sé que no estamos en fechas, aunque la Navidad pronto se nos echará encima…pero pensamos que cualquier momento es bueno para ilusionarse, para desear cosas con todas las fuerzas e incluso para correr el riesgo de que nunca se cumplan. Por eso, este año, aunque no sabemos si hemos sido buenas, os pedimos que Cabezas de Ajo continúe con más fuerza que nunca, que podamos llevar a cabo las ideas que tenemos, que las cosas que escribamos conmuevan y animen a participar, a escribir, a compartir. Y sobre todo que celebremos que estamos aquí. Más vivos que nunca.

                           Cabezas de Ajo