Efectos colaterales de la frustración que puede provocar tener que conformarse con una sola vida:
- Emborracharse, drogarse y vivir la vida al límite.
- Hacer puenting, rafting,bungee jumping o cualquier otra cosa que termine en -ing.
- Dar la vuelta al mundo (esto sólo para ricos)
- Creer en la reencarnación.
- Crear un blog que permita ser protagonistas de muchas otras vidas.
Cabezas de Ajo optó hace años por esta última opción. Lo cual no tiene por qué excluir alguna de las anteriores.



martes, 11 de agosto de 2015

Lo que el fuego se llevó

Por Marta


Cuando se desató el incendio en Carencia del Valle, pueblo de cincuenta y tres habitantes censados, todo el mundo dormía. Esa noche “todo el mundo” eran ciento cuarenta y nueve almas porque en verano y con motivo de las fiestas patronales a San Roque el pueblo triplicaba su población.

Emiliana y Martín dormían abrazados cuando las llamas subieron al segundo piso en el que estaba su dormitorio. Emiliana dormía todo el año con calcetines. Martín, sin embargo, que era un hombre fuerte y vigoroso nunca pasaba frío. Ni en los inviernos más duros. A veces agarrado a Emiliana en las noches de verano como aquella, sudaba como un pollo, pero incluso dormido necesitaba permanecer asido a esa mujer menuda y vivaz que había sido el pilar de su vida. El fuego calcinó sus cuerpos dejando la instantánea de un hombre gigantesco que, como un oso, abrazaba a su presa.

En la casa de Asunción y Paco, como si se tratara de una familia humilde, se escatimaba hasta en lo más básico. Lo cierto es que no lo era en absoluto. Asunción había heredado muchas tierras que Paco cultivaba sin descanso y en el banco tenían más dinero que la suma de unas cuantas familias del pueblo. La noche del incendio, como todos los años el día antes de la fiesta, Asun había dejado preparada en la silla la ropa que tenía que ponerse Paco para la misa. A los pies los zapatos de los domingos. Sin lustre pero con las tapas renovadas hacía dos años. Ella había dejado preparadas en la mesilla las dos únicas alhajas que tenía, una pulsera y un anillo que llevó su madre en su día. Ardieron con la misma rapidez que los fajos de billetes que guardaban bajo la segunda baldosa de la derecha a la entrada de la salita de estar.

Marcelina vería su deseo cumplido la noche del incendio. Tenía noventa y tres años y llevaba los últimos meses rogando “diosmíollevamepronto”. Desde que se cayó, rompiéndose la cadera, llevaba una existencia penosa. De la cama al sofá y de éste a la cama. Había dejado de jugar a la brisca con las vecinas, había dejado de salir las noches de verano a la puerta de casa “al fresco”, había dejado de comer con ilusión el tronco de la lechuga y el currusco de la barra de pan. Se estaba dejando morir, decía su hija a los vecinos. Aún así, cuando vió las llamas entrar por la ventana en su habitación lo último que sintió fue que aún no estaba preparada.

Prudencio había hecho honor a su nombre toda su vida. Pero la noche del incendio se acostó con la convicción de que mañana todo cambiaría. Se había visto viejo frente al espejo aunque tenía solo cuarenta y dos años. Desde que Mariana había llegado a Carencia todo era diferente. Si veía el brillo de sus ojos al reír, le apetecía besarlos y al instante sentía una presión en el pecho. Si su larga melena rojiza le rozaba al servirle el plato ansiaba acariciarla. Si entraba en el bar y ella no estaba detrás de la barra sentía otra vez la misma presión en el pecho. Mañana era el día de la fiesta grande. La sacaría a bailar.


El fuego fue intencionado. Eso pondría en el informe policial posteriormente, pero la auténtica realidad es que Adolfito “El charca”, el autor de la tragedia, nunca había poseído el suficiente conocimiento como para realizar algo con intención o sin ella. Prueba de ello es que después de prender la llama que arrasaría al pueblo se metió en la cama como uno más. La muerte de Adolfito “El charca” no sería menos trágica que el resto de su vida ya que con tan sólo tres días su madre lo quiso ahogar en una charca y la Guardia Civil salvó su vida milagrosamente. Pero la verdad es que la benemérita salvó únicamente su vida física ya que la mental sufrió graves secuelas y quedó para siempre sepultada en el fondo de la charca.

miércoles, 15 de julio de 2015

¿Qué quieres ser de mayor?

por María.


Para Nuria, mi inseparable compañera en los 15100 caminos de la vida.

A un par de cuadras de la Plaza de la Liberación, antes de llegar a la Avenida Juárez, dos señoras se dedican al oficio de lustrar zapatos. No son las primeras de su generación que se consagran a dicho empleo. Cobran la boleada a 25 pesos. Yo me enteré de lo que era una boleada porque mientras me dirigía a Callao, en plena Gran Vía madrileña, vi como un hombre anunciaba su puestecito de limpiar zapatos con un cartel que rezaba “La mejor boleada de México”. Comprobé este dato por internet y vi que lo de bolear allí, al otro lado del Atlántico, parecía un oficio con algo más de futuro que en España. Aunque tampoco demasiado porque cada vez son más habituales, también allí, las zapatillas deportivas o el calzado informal que no necesita de lustre. En todo caso a mí se me hace raro que a alguien le apetezca que otro le limpie los zapatos en plena calle; por muy sucios que estuvieran los míos yo no querría ni regalada una boleada con público, y siendo sinceros, sin público tampoco me atrae en exceso. Pero supongo que si existe el oficio es porque otros no tienen tantos remilgos.

Otra ocupación que me llama la atención y que pensaba que se había extinguido es la de afilador de cuchillos. El otro día, a las 12 del mediodía en pleno barrio de Chueca, comprobé que estaba en un error: me topé con uno. Bajaba la calle con esa musiquita que cualquiera que la haya escuchado tendrá grabada en su cabeza y me transportó unos treinta años atrás, cuando era un sonido relativamente común en mis mañanas de fin de semana, como el del chatarrero o el del gitano con la cabra y el órgano. Supongo que no tengo ningún cuchillo cuyo valor merezca la pena tanto como para afilarlo, así que los afiladores de cuchillos son para mí tan prescindibles como los boleadores.

O tan prescindibles como debieron de serlo los serenos en las calles de Madrid, ya que estos sí que desaparecieron definitivamente. Empezando por el nombre siento gran atracción por la profesión de sereno. El pozo de sabiduría que es internet me explicó que estos tipos, una especie de vigilantes nocturnos de las calles que regulaban el alumbrado público y abrían las puertas de quien lo necesitara, en algunos lugares solían además anunciar la hora y las variaciones atmosféricas, y de ahí su nombre,  porque era muy habitual que el cielo estuviera despejado, sin nubes ni niebla, es decir “sereno”. ¡Las diez en punto y sereno! ¡Las doce en punto y nublado! ¡Las dos en punto y nevando!

Poco queda en el Madrid actual de ese Madrid de serenos, a los que imagino cargados de llaves y familiarizados con los vecinos de las calles que “patrullaran” y entonces creo que lo que me gusta no son sólo los serenos, o quizá ni siquiera los serenos, sino la inocencia de ese Madrid que apenas conocí.

Lo que no tiene visos de extinguirse, ya que estamos hablando de oficios y profesiones, es la eterna y fastidiosa pregunta de ¿qué quieres ser de mayor? Les sonará porque con toda seguridad la habrán recibido de pequeños y posteriormente la habrán formulado de adultos. Cuando recibes esa pregunta en la más tierna infancia el abanico de posibilidades no es demasiado amplio. ¿Cuántas profesiones sabe un niño de siete u ocho años? No sé ahora,  pero en mi infancia la cosa giraba en torno a los que querían ser bomberos, policías, soldados o pilotos de avión, es decir profesiones más de acción, los que querían ser médicos, abogados, periodistas o maestros, profesiones de menor riesgo físico y que elegían los más listos de la clase, o los que ya por pedir, pues querían ser actores famosos, cantantes, futbolistas o astronautas. Percíbase que hablo en masculino, aunque no hace falta señalar que muchas profesiones tenían su género ya asignado y si a un niño de nueve años le daba por decir que quería ser peluquero que se preparara.

Recuerdo perfectamente que en clase nos dieron una lámina blanca con un marquito color lila y teníamos que dibujar en ella qué queríamos ser de mayor. Creo que fue en cuarto de EGB, esto es unos nueve o diez años, aunque no estoy muy segura si fue antes o después de esa edad. Supongo que para muchos niños no supuso ningún problema plasmar ahí cualquier cosa, lo tuvieran o no claro; para algunos otros – no muchos- que nacen con una vocación clara tampoco supondría obstáculo alguno, pero ¿qué pasó conmigo? Pues que me quedé paralizada y tuve que pensar y pensar y repensar qué narices quería ser de mayor. Creo que debí de preguntar a mi familia por diferentes profesiones a ver si había alguna que me gustara (¿es lícito poner en esta tesitura a una niña de diez años?) y entonces decidí, sin saber demasiado bien qué era, que yo de mayor quería ser abogada. Y ahí que dibujé un estrado, con la mesa del juez, con sus banquitos de madera y con mi persona ataviada con toga y hasta birrete, obviamente influenciada y confundida por las películas y series americanas. Aquella de Perry Mason, que por cierto nunca he vuelto a ver desde entonces, me encantaba y creo que tuvo mucho que ver con el resultado final de mi dibujo.

La cosa es que años después, cuando aprobé selectividad y me llegó ese momento fatídico de elegir carrera y futuro vital (¿es lícito poner en esta tesitura a una joven de dieciocho años?)yo debía seguir con las mismas dudas que entonces. Así que pensé, pensé y repensé y ¿qué hice? Pues me matriculé en Derecho porque al fin y al cabo la única respuesta palpable que yo tenía a esa maldita pregunta era un dibujo enmarcado en un marquito lila.

Y así se forja la vida de una persona.

Y a estas alturas de la película no tengo claro si me equivoqué o no al pintar ese dibujo porque resulta que ya soy mayor y sigo sin saber qué quiero ser de mayor. Y lo pienso, lo pienso y lo repienso, pero la parálisis continúa y lo más parecido a una respuesta que se me ocurre nada tiene que ver con profesiones. De mayor quiero ser feliz, culta, eternamente joven y bella, millonaria. De mayor quiero ser pequeña otra vez, libre de responsabilidades y ajena a preocupaciones. De mayor quiero saber qué quiero ser de mayor.

Sin embargo creo que si consiguiéramos desterrar la preguntita de marras tendríamos mucho terreno ganado. No habría afiladores de cuchillos frustrados porque un día dijeron que querían ser médicos, ni habría mujeres de la limpieza que soñaron con ser actrices. Habría afiladores de cuchillos, médicos, limpiadoras y actrices felices de ser lo que fuesen.

Ojalá todo fuera tan sencillo como eliminar una pregunta,  pero obviamente esta es una cuestión mucho más compleja que pasaría por cambiar gran parte de la concepción de nuestro sistema educativo, un sistema que en mi opinión no funciona. Y no funciona porque no valora a la persona y sin ella nunca vamos a hacer un mundo mejor.

Pero si las cosas no cambian al menos podríamos incluir la  enseñanza de la canción del pirata cojo de Joaquín Sabina entre las materias obligatorias y así ampliaríamos algo  más el abanico de posibilidades para elegir. Yo al menos no me habría visto obligada a preguntar qué profesiones me podrían gustar, lo hubiera tenido claro: sin duda pintora en Montparnasse.

O bien esto o reconducir a los niños por caminos más realistas donde las respuestas a la cuestión variaran de las “yo quiero ser parado de larga duración, como mi papá”, o “fija-discontinua sin contrato, como mi tía” a “yo lo que deseo es ser funcionario gris” “contable amargado” “abogado mercenario” “tesorero corrupto de partido político” “niño de papá o hijo de torero vividor de las revistas del corazón”. No sé si sería un mundo mejor, pero desde luego que sería un mundo mucho más divertido.  

           

miércoles, 3 de junio de 2015

Patrimonio de la humanidad

por Marta


Todos sabemos que cuando La Muerte llega se lleva por delante todo lo que encuentra. Arrasa.  Pongo La Muerte con mayúsculas, como nombre propio, porque en un libro de Lengua que usé hace muchos años al lado de un poema a modo de ilustración estaba la clásica figura de una mujer sin rostro con la guadaña a cuestas. Me dio miedo y se me quedó grabado. Muchas veces la muerte es tan injusta que necesitamos algo concreto a lo que odiar, aunque sea una silueta de un libro de EGB. Como decía, La Muerte suele llegar y llevarse por delante a la gente. Pero esta gente muchas veces no deja huérfano solo a sus hijos, a su familia, a sus seres queridos…Los muertos dejan huérfanos a los objetos.

Este fin de semana he estado en el pueblo de mi abuela, en la casa en la que veraneé muchos años. Allí, en el cajón de una pequeña mesa auxiliar al abrir me he topado con el costurero. No me ha sorprendido, la verdad. Ese costurero ha estado allí desde que yo tengo uso de razón. Ahora mismo, cierro los ojos, pienso en él y lo puedo recrear a la perfección; es una caja cuadrada de color rojo y textura aterciopelada, en la tapa hay dibujada una escena de caza con caballos y perros corriendo. Lo he abierto y he encontrado lo de siempre. Cada cosa en el sitio en el que se la había dejado. Han pasado ya unos cuantos años desde que nadie coge una aguja o un alfiler de esa almohadilla. Y me ha resultado curioso, raro. Mi abuela tenía su orden singular dentro de esa caja. Los botones pequeños en una cajita de caramelos, los grandes en una bolsa transparente. Agujas ordenadas por tamaños, corchetes, cintas elásticas. Todo tiene su lugar y sin embargo mi abuela nunca nos contó cual era ese preciso lugar para cada cosa. Cuál era la manera de colocar cada objeto de ese costurero. Parecerá una tontería pero me ha sobrecogido el pensar que mi abuela se fue sin contarnos como había que gestionar ese pequeño mundo de su costurero. Y me he sentido un poco torpe y a la vez un poco entrometida, así que he hecho lo que casi todo el mundo haría, lo he cerrado dejándolo todo igual. Este costurero, huérfano de madre, de momento se queda a la espera de que alguien tome las riendas de su vida.

A este tipo de objetos me refería antes. Incluso cosas mucho más triviales como puede ser una lata de conserva. Seguían mis pensamientos este hilo conductor después de cerrar el cajón de la mesa auxiliar cuando me he acercado a la fresquera. Para el que no sepa lo que es, se trata de estancias que había antiguamente en las casas, en las zonas más frescas, de ahí su nombre, donde guardaban los alimentos. Ahora vamos de modernos con frigoríficos de dos puertas pero antes había neveras que eran toda una habitación. En un pueblo minúsculo como en el de mi abuela, en el que no hay tiendas, como supondréis es importante tener una fresquera bien surtida. El caso es que he recordado que al principio de cada verano mi abuela y yo hacíamos un exhaustivo análisis de las latas de conserva que había en la fresquera y que habían quedado de años anteriores. El objetivo era ir mirando una por una las fechas de caducidad y dejar en primera fila las que caducarían ese año y que por lo tanto debían ser consumidas durante el verano. Berberechos, tomate frito o espárragos. Nuestro menú lo dictaban las fechas de consumo preferente.  Como os podéis imaginar la gestión de estas conservas se ha quedado paralizada en el tiempo. He encontrado latas de 2009 en primera fila esperando su turno para salir, y si las latas tuvieran voz ésta habría sido una mezcla de incredulidad y reproche, ¿qué pasa con nosotras?

Cuando volvíamos en el coche a la vuelta mi hermana y yo hemos visto desde la carretera, en mitad del campo una construcción antigua que, por lo menos por aquella zona, le llaman “paridera”.  Tenía el techo completamente derruido y las paredes de piedra empezaban a hundirse. Esa pequeña edificación que algún día fue importante para alguien, fundamental en su vida diaria para algún pastor, supongo, hoy se derrumba lentamente ante la indiferencia de los que lo rodean. Nos hemos quedado calladas.  No sé si mi hermana estaba reflexionando sobre lo mismo pero yo he pensado que algún día todos mis objetos serán patrimonio de la humanidad. Que el hombre es increíblemente frágil y por mucho que nos creamos un montón de piedras, una bobina de hilo o unas simples latas son capaces de ganarnos la batalla. Que hay que disfrutar los tres días que estamos aquí, joder.



jueves, 30 de abril de 2015

Animales, seres humanos y otros especímenes

por Marta

Hoy me apetece hablaros de un hecho que llevo observando durante toda mi existencia y que hasta ahora no había verbalizado. Se trata de la diferencia entre los seres humanos y los animales. No me refiero a lo que comúnmente conocemos como animales…los perros, los gatos…No, me refiero al subtipo de seres humanos que yo considero y catalogo como “animales”. Y, como comprenderéis, no me refiero a los que por su violencia, sus malos modos o grosería, son llamados por sus semejantes como animales o bestias.

Mi diferenciación es algo mucho más sutil, un concepto quizás difícil de entender por alguien que no lo tenga en su cabeza como es mi caso. Los animales de los que estoy hablando no lo son por su ferocidad o sus cualidades más peyorativas, nada de eso, se han ganado este nombre precisamente por unas características innatas que el resto (entre los que me incluyo) hemos perdido (o mejor dicho nunca hemos tenido). Ellos conservan características propias del reino animal como podrían ser el instinto más primigenio, la capacidad de adaptación, la robustez anatómica y fisiológica que te permite explorar con precisión tu entorno, el sentido de supervivencia más inherente a la vida… todas aquellas cualidades que, lejos de ser negativas, los  hacen  de alguna manera un poco más salvajes, en el mejor sentido de la palabra, pero, quizás también, en contraprestación, más terrenales y falibles.

Antes de nada, quería puntualizar, que según mi visión del tema, dichos seres humanos-animales no son ni mucho menos casos aislados o algo poco representativo en la sociedad. ¡Nada de eso! Me atrevería a apuntar que el porcentaje que tenemos es de un 50%-50%… o incluso nos ganan por mayoría, quien sabe. Pero dejemos atrás tanta cháchara y tanta introducción y metámonos de lleno a examinar a dichos animales.

Mi toma de conciencia sobre este tema me ha surgido esta mañana en el trabajo; una compañera, ante la eternidad de las vacaciones escolares, se planteaba la posibilidad de mandar a sus hijos a un campamento de verano. Todos hemos opinado basándonos, lógicamente, en las experiencias personales. Y yo he revivido algunas de las sensaciones que uno tiene cuando es pequeño y le mandan sus padres a un campamento de verano. Los hay de diferentes tipos, urbanos, de idiomas, de scouts y como no, también esos que llaman convivencias, que para mí siempre han sido un misterio. El caso es que he rescatado aquella idea que desde pequeña observé (año tras año, quincena tras quincena) de que había dos tipos de niños en todos los campamentos. Estaban los niños, como yo, que por una razón o por otra teníamos una sensación agridulce. Es innegable que teníamos ratos de absoluta diversión, que hacíamos amigos, que no teníamos ningún problema de sociabilización…pero, sin embargo, como dice Sabina en la canción “todos los días tenían un minuto en que cierro los ojos y disfruto echándote de menos”. La añoranza de mis padres, de mi hogar y la sensación de desprotección siempre estaban de telón de fondo. Y haciendo honor a la verdad, en mi caso, ni era un minuto, ni disfrutaba echándolos de menos. “Mamitis aguda” me podrían haber diagnosticado.

No penséis por esto que mis recuerdos hacia los campamentos de verano son malos, nada de eso…de hecho, todo lo contrario, repetía cada año así que supongo que el balance final era positivo.
Esta sensación de debilidad o desprotección, la verdad, es que yo no la detectaba en otros compañeros. El resto, salvo contadas excepciones de niños que lo mostraban abiertamente, parecían completamente felices. Con el tiempo me he dado cuenta de que quizás éramos más de uno los que llevábamos esta particular procesión por dentro.

Pero claro, este hecho en sí mismo, no tendría mucha relevancia si no fuera porque un niño como yo, un ser humano en potencia, se comparaba con un ser mucho más preparado para la ocasión, un individuo que parecía haber nacido para estar allí: el “Animal de campamento”.

Estos niños, así denominados, por supuesto no sentían quebrarse su voz cuando tocaba “hora de teléfono”, no reparaban en la necesidad de tener que  mostrarse íntegro cuando tus padres te preguntaran qué tal. Los animales de campamento llegan el primer día de colonias (sinónimo que nunca utilicé)  pertrechados de un macuto que contiene ni más ni menos que el número justo de objetos y prendas que el niño va a utilizar. Ni más ni menos. Probablemente este niño es hijo de un padre que en su día fue animal de campamento y sabe perfectamente de lo que va la vida. Mis padres, sin embargo no lo sabían, todavía recuerdo con auténtico desasosiego el día en que al aterrizar, mi hermana y yo, a un campamento en un pueblo abandonado de Soria, abrimos la mochila y descubrimos con estupefacción que mi madre… no nos había echado calcetines!!! El horror se cierne sobre nosotras y se nos plantean quince largos días en los que tenemos que mendigar calcetines a las niñas de la habitación obteniendo día sí, día también, caras de rechazo y constantes negativas. Y es que prestar cuatro calcetines, así de golpe, no es moco de pavo. Aun recordamos, mi hermana y yo- ¡cómo olvidarlo!- que solamente una niña, Ana Camacho (nunca más volvimos a saber de ella) se apiadó de nosotras dejándonos un par que no nos pidió hasta el último día de campamento. Ana, tú, que claramente no eras un animal de campamento, si por un casual estuvieras leyendo esto, no dudes en contactar con nosotras, te debemos un favor. De los grandes.

El animal de campamento lleva toda su ropa correctamente etiquetada, lleva navaja suiza multifunción (ahora supongo que ya no les dejarán), brújula (a mí, sinceramente, saber dónde estaba el norte era lo que menos me preocupaba) y a un lado de su mochila cuelga una cantimplora que no gotea y, lo que es mejor, el agua que hay en su interior no sabe a anís del mono.  Os pareceré una loca pero alguien dijo a mi padre que había que enjuagar las cantimploras con anís durante la noche previa, supongo que por aquello de que no crecieran bichos, y estuve todo el campamento lingotazo va, lingotazo viene.
El niño profesional de los campamentos es un niño muy estable, me refiero con ello al sentido más biológico de la palabra. Estos pequeños animales tienen nervios de acero y una seguridad y aplomo para hacer las cosas de los que yo nunca gocé. Por ejemplo, el animal de campamento mantiene su regularidad intestinal durante los quince días. No se menea. Nunca se verían aquejados por un estreñimiento tal que te hace pensar que te van a sacar de allí con los pies por delante, ni mucho menos sufrirían una diarrea propia de beber agua en mal estado. ¡Ah! Y muy importante, la cara desencajada que se le queda a casi todo ser humano que se tiene que enfrentar por primera vez a una letrina en ellos seguramente sea la de la emoción del que hace algo por primera vez. 

Esta estabilidad corporal yo la apreciaba mucho en el tema de la comida. El animal de campamento está preparado para comer lo que le pongan delante de sus narices desde el minuto uno que llega al campamento. Soy consciente de que, cuando estoy nerviosa, de mayor sigo igual, el estómago se me cierra. Y qué decir entonces de esos primeros días de campamento en que te despiertas con el estómago del revés y ves que el niño de al lado agarra con confianza un tazón y se sirve de un perolo gigante que tiene cola-cao caliente. Y moja sus galletas (de esas tostadas cuadradas de baja calidad), bien mojadas, bien blanditas, y toma hasta la última gota de esa leche que, por supuesto, tenía nata.

Reconozco que en este último aspecto soy un poco exagerada, a la gente normalmente le gusta la leche caliente y mojar cosas dentro pero lo siento, a mí no. ¿Tan absolutamente devastador para la logística de un campamento era dar a una niña un vaso de leche FRÍA? Debía serlo porque siempre desayunaba las fabulosas galletas a palo seco o con agua.

El niño que ha nacido para ser boy scout tiene una capacidad digna de mención relacionada con el tema del sueño. Estos niños son capaces de pasar del cómodo colchón de su hogar al saco y la esterilla sin despeinarse. Sin que eso les cause un trauma. Y la clara prueba de que está adaptado a las circunstancias es que en este ambiente hostil, a pesar de todo lo pequeño y lo niño que es, el animal de campamento ronca!!!

En cuanto a las actividades del campamento propiamente dichas , ¿qué deciros? Yo me enfrentaba con cierta reticencias a tirolinas, rocódromos o piraguas. A mi lado tenía niños que cantaban las canciones de los fuegos nocturnos a voz en grito, que no sentían la más profunda de las penas al cantar “Mi amigo José…” (sí, ese que iba a la guerra y mataba por error a su amigo del alma); niños y niñas que, por supuesto, como no podía ser de otra manera, olfateaban, seguían el rastro y hacia la mitad del campamento…incluso ligaban!!

Y, antes o después, el campamento iba llegando a su fin… y esta vez me viene una frase de Pedro Guerra que dice “y la resta de los días fue sumando vida contra la ansiedad”… La verdad que ahora que ya estaba más o menos adaptada, ahora que las galletas cuadradas con agua no me sabían tan mal, ahora tocaba despedirse de toda esa gran familia humana y animal que, mejor o peor, había sido mi familia postiza durante quince días. La calidad de drama que se vive en esos momentos es digna de mención, las lágrimas unidas a promesas que se hacen en esas últimas horas estoy segura que suceden irremediablemente en cualquier lugar del mundo. “Nos escribiremos”, “nos llamaremos”, “tenemos que hacer una vez al año una quedada en Madrid y vernos todos”, “No, mejor dos veces al año”. Con el tiempo vas entendiendo la media sonrisa con la que te reciben tus padres la tarde de regreso. Una tarde rara, por cierto. Después de haber vivido cada día del campamento como si fuera domingo por la tarde (si alguien no entiende lo que quiero decir con esto, probablemente tampoco entienda este Piensamiento) de repente llegas a tu casa y esa tarde nada te gusta, nada te cuadra… echas de menos esa rutina salvaje a la que te habías acostumbrado. Y es que, que queréis que os diga, han pasado sólo quince días, pero tú te has hecho mayor.

PD1. Llegados a este punto podéis sentiros engañados con este texto. Os dije al principio que iba a hablar de los animales y finalmente sólo he hablado de los “animales de campamento”. Ahora os daré la clave. Los animales de campamento son niños que durante el invierno hacen vida normal ¿acaso no habéis detectado nunca a los “animales de cumpleaños”? Esos niños que siempre son los primeros en romper la piñata y coger todos los caramelos del suelo…ahí los tenéis.
Un compañero me ha dicho esta mañana que incluso en la mili también estaban estos especímenes…esto se ha refinado un poco ahora que no es obligatoria; supongo que ahora solo van los “animales de mili”.
 Y… no me quiero poner cansina pero, ¿qué me decís del viejo que seguramente sea “animal de residencia”??
Dejando la imaginación volar me doy cuenta de que en todas las etapas por las que he ido  pasando me he ido topando con animales de todo tipo. Animales-buena gente, por supuesto, que han tenido la suerte de nacer con ese gran poder de adaptación y de comunicación con la madre naturaleza. Que los hace fuertes e indudablemente el futuro de nuestra especie (ellos saben a dónde van, llevan  brújula).
Y también, con mayor dificultad para detectarlos, me voy encontrando con seres humanos que, como yo, a veces se camuflan, pero antes o después salen a la luz ofreciéndome un guiño de complicidad (o unos calcetines). Ahora, eso sí, nosotros, ni puta idea a donde vamos ni de dónde venimos, bastante tenemos con estar aquí.

PD2. Si fuera una escritora medianamente decente corregiría la enorme cantidad de veces que he repetido las palabras “animal” y “campamento” durante todo el texto; pero que queréis, ya os he dicho que no me gusta la palabra “colonias”. Mis más sinceras disculpas.

sábado, 25 de abril de 2015

Estas líneas quedan como recuerdo de una tarde (más) en buena compañía celebrando en Madrid el Día del libro. Por Marta



"Si el sitio y la hora no son adecuados,
procura acudir.

Si la gente llena la plaza, a rebosar,
busca en el aire una sola carcajada.

Si a la última fila no llegan las voces,
invéntate los versos.

Invéntate los versos para que rime en consonante,
para que brindemos todas las tardes de primavera.
Para que esta música no muera de silencio.

Madrid te hiere y casi nunca te mata."

jueves, 16 de abril de 2015

Onírico

por María

Curioso mundo el de los sueños ¿Quién no se ha levantado con la necesidad de contar lo que ha soñado la noche anterior? Bien por su surrealismo, por su comicidad o por su ridiculez algunos sueños merecerían un premio a la originalidad. Fijaos en este. Ocupó buena parte de la conversación de una comida familiar y todavía me hace gracia la mezcla de personajes y situaciones que mi hermana creó en su mundo onírico para delirio del resto. El por aquel entonces presidente del gobierno estaba echando una cabezadita, con traje y corbata, en el banco de un parque. Mi hermana y una modelo, por aquel entonces muy famosa en las revistas del corazón, pasaban por allí y al ver al mismísimo presidente, ¿qué deciden? Lo más lógico: hacer un montaje. La modelo, con sumo cuidado, se coloca encima del presidente y finge unas cuantas posturas que sin duda harían las delicias de la prensa rosa del momento. Mi hermana, ataviada con una cámara fotográfica, inmortaliza el momento. Pero en un descuido, el presidente se despierta y se da cuenta de lo que está ocurriendo. La modelo y mi hermana salen corriendo y esta última, en su huida, tira astutamente la cámara en una papelera del parque. Finalmente consiguen darle esquinazo. Al día siguiente mi hermana recupera la cámara de la papelera con el objeto de vender el goloso reportaje. Y ¿a quién se lo venden? Lo más lógico. Estarán pensando en las revistas Hola!, Semana, Lecturas, Diez Minutos…nada de eso, ¿por qué perder el tiempo cuando puedes ir a la fábrica de Tosta-Rica y que el presidente y la modelo aparezcan impresos en los mismísimos dibujos de su famosa galleta? 


Imagínense mojarles en un café con leche y comérselos justo antes de que se deshagan en la boca. Lo que no me queda claro es si esas galletas se venderían como reclamo para niños o pasarían a denominarse galletas para adultos…¿Original?¿Divertido? Y eso que no les he dicho quién era el presidente del gobierno en aquella época.  
Los sueños de mi abuela también fueron muy comentados, como aquel en que unos familiares la trasportaban por el barrio metida en su cama (pierde parte de su gracia el no conocer la combinación de familiares elegidos por mi abuela para llevar su cama a pulso). De repente una niña que iba por la calle, al ver a mi abuela en semejante medio de transporte, le pidió por favor que la dejara meterse con ella, que tenía pinta de estar muy calentita tapada con esas mantas. Y mi abuela la dio cobijo en su cama de matrimonio y juntas recorrieron las calles. Hasta que las aparcaron como si fueran un coche.  
Pero no todos los sueños son reídos y celebrados. Otras muchas veces se sufre y se pasa tan mal que cuando uno se despierta sólo puede sentir una profunda sensación de alivio. Accidentes, enfermedades y toda clase de desgracias que no imaginabas cuando te acostaste inocentemente pueden cernirse sobre tu persona; y algunas no son tan dramáticas pero no te quitan el mal trago, como por ejemplo ese sueño en el que te ves con todo el bachillerato suspendido, para comprobar con alivio a la mañana siguiente que no sólo no estás en el Instituto sino que hace tiempo que estás trabajando después de haber aprobado una carrera universitaria. Uf, ¡qué alegría cuando uno se quita ese peso de encima!  
Dicen que siempre que dormimos soñamos, aunque no siempre lo recordemos. En algún sitio leí que dependía de si nos despertábamos en determinada fase del sueño podríamos recordarlo o no, aunque creo que también influían determinadas condiciones físicas del sujeto. De todos modos este piensa-mienta no pretende hacer un estudio científico del mundo de los sueños, para eso podéis (y os recomiendo) investigar por internet acerca de dicha materia, ahí os explicarán lo de las distintas fases del sueño (además de la REM – rapid eye movement- que todo el mundo conoce por el famoso grupo musical, existen otras más). Cuando yo investigué descubrí con sorpresa que somos como lavadoras, que tenemos ciclos completos de sueño, y que si durmiéramos de forma natural, sin alarmas ni perturbaciones que nos levantasen, siempre nos despertaríamos después de ese ciclo o de un múltiplo de ese ciclo. Es decir si tu ciclo de prelavado, lavado y centrifugado onírico dura, por ejemplo, noventa minutos, te despertarías única y exclusivamente después de ese ciclo, o de dos ciclos de noventa o de tres ciclos…etc, pero nunca en medio de ellos. Sin embargo es más habitual que nos despierte un reloj miserable, un ruido inesperado o cualquier otra cosa sin haber acabado nuestro ciclo, resintiéndose con ello la calidad de nuestro descanso. Incluso se da la paradoja de que una persona puede, en cómputo global, haber dormido más horas que otra y encontrarse, por el contrario, con mucho más sueño y cansancio que la que ha dormido menos. La razón es que la primera fue despertada en medio de su ciclo y la otra lo completó. Lo que os decía, curioso. Ahora sólo me hace falta saber cuántos minutos en concreto dura mi ciclo y gestionar mis periodos de descanso con arreglo a este y sus múltiplos. Y si llego tarde al trabajo no tengo más que decirle a mi jefe la verdadera razón, es decir que no quería venir antes de que acabara mi ciclo, o es que ¿acaso prefiere que lo interrumpa para llegar puntual pero hecha unos zorros?  Supongo que la cosa no será tan fácil porque no tendría sentido no aprovecharse de este tipo de cosas que redundarían en nuestra calidad de vida, pero si no es tan complicado de averiguar yo abogo porque la duración del ciclo de sueño de una persona sea una información de obligado conocimiento, tal como la edad, la talla y peso corporal o el grupo sanguíneo. Hola, soy Juan, tengo 22 años, metro ochenta, noventa kilos de peso, cero negativo y mi ciclo de sueño es de ochenta minutos.       
Si queréis seguir investigando acerca del mundo de los sueños os recomiendo que metáis en el buscador “Sueños lúcidos”. Hasta hace unos años, en que mi cuñado me habló de ellos, yo no sabía ni siquiera de su existencia. Pero para eso está internet, para flipar al comprobar que una cosa no sólo es que exista, es que además hay webs especializadas e incluso foros sobre el particular. Básicamente los sueños lúcidos son aquellos en los que uno es plenamente consciente de que está soñando y puede actuar deliberadamente dentro de su sueño, controlando el mismo, cambiándolo de rumbo y viviendo las aventuras que quiere vivir. Sería una especie de “soñar despierto”. La gente que ha experimentado este tipo de sueños habla del enriquecimiento vital que los mismos le han supuesto así como de su tremendo potencial (determinados artistas han hecho uso de ellos a nivel creativo). La verdad es que no suena nada mal poder realizar mientras se duerme todas esas experiencias a las que uno tiene difícil o imposible acceso mientras está despierto, y además sin peligro alguno. Si bien hay gente que puede tener este tipo de sueños conscientes, incluso sin saberlo, cualquiera puede aprender las técnicas necesarias para conseguir esta habilidad. Sin embargo dirigir nuestros propios sueños aprovechando así al máximo las posibilidades que la vida nos brinda, nos es cosa de un día, requiere de práctica y de seguir determinadas pautas. Yo confieso que no tuve la paciencia necesaria y a la primera de cambio desistí, pero es un tema que, cuando encuentre el momento oportuno, retomaré.
No obstante, desde hace una temporada vengo notando un cambio en mis sueños. No sé si les interesará pero desde hace tiempo soy consciente de que estoy soñando, aunque a diferencia de lo que ocurre con los sueños lúcidos, yo no tengo ningún control en ellos, simplemente los observo como un espectador ajeno. Lo asemejo a una película que me trago cada noche, me guste o no. No pago entrada eso sí, pero soy bien consciente de estar sentada en mi butaca. Esto supone que ni lo malo es tan malo ni lo bueno tan bueno, así que  cuando ocurren desgracias las vivo desde la seguridad de mi asiento, y aunque yo misma salga en la peli llorando o sufriendo, todo tiene cierta contención y en cierto modo falsedad. Y esta falta de pasión e implicación con mi sueño supone, por otro lado, que si algo fantástico me ocurre en él tampoco lo disfrute al máximo. Podríamos decir que salgo en la película pero que no me llego a meter en el papel de protagonista, que soy mala actriz vamos.
El otro día me tuve que ver un bodrio infumable. Un guión malísimo y sin apenas acción. Parecía que había una huelga de trenes con pocos servicios y decidía meterme en uno que pasaba en dirección a Inestada (vete tú a saber si esto existe, lo cogía mucha gente que se iba a esquiar aunque esto a mí no me despeja interrogante alguno sobre el motivo de mi sueño). Sin embargo yo decidí bajarme en la primera parada que se llamaba Becerril, y allí esperar a otro tren que combinara mejor con mi destino. Y la película era básicamente mi espera en el andén a que viniera cualquier otro tren que por supuesto no llegaba. Y esperaba y esperaba y me aburría infinitamente tanto en mi papel en el sueño como sentada en mi butaca en mi papel de espectadora. Para colmo me desperté de verdad y quería salir del sueño,  pero si cerraba los ojos me encontraba otra vez muerta del asco en el andén de Becerril. El sueño me había atrapado. Si hubiera sido un sueño lúcido me hubiera largo de allí de inmediato, y volando además, pero nada. Creo que hasta me alegré de que sonara el despertador aquella mañana.  
Igual que me interesa el tema de los sueños lúcidos nunca he sentido atracción por el de la interpretación de los sueños. Si estos tienen o no su significado no es algo que verdaderamente me importe. Yo creo que muchos sí lo tienen y que mucha de nuestra experiencia vital se vuelca en ellos. También creo que otros son mezcla de datos e información sin coherencia alguna. ¿Qué significado oculto tenía que yo me pasara ni se sabe el tiempo esperando un tren que desde luego no llegó? Simbolismos puede haber muchos. Pero al iluminado que me lo quiera interpretar le diría que primera me explicase el de las galletas Tosta-Rica de mi hermana, y si no me convence, que no me venga con cuentos chinos.

Lectores, sigan soñando, despiertos o dormidos, pero no se olviden de sus sueños.  



domingo, 15 de marzo de 2015

En Praga, un instante.

Cuento publicado por Marta en nuestro libro "Si te digo que la burra es negra..."



Kristýna salió pitando del trabajo. Aquella abrasadora tarde de julio llevaba unas medias “verdemoco” pegadas a su piel y al subirse al tranvía un niño dijo: “Mamá, mira, un extraterrestre”. Se bajó en la parada de Malostranské náměstí pensando si el niño no tendría algo de razón. Últimamente se sentía extraña en su propia ciudad, algo había en aquella Praga; algo en el aire, en la cara de la gente…y algo en aquel calor asfixiante que no le dejaba respirar. Se fijó en los rayos de Sol que incendiaban los escaparates de las tiendas. “Si el Sol se apagara ahora mismo tardaríamos más de ocho minutos en enterarnos debido a la distancia a la que nos encontramos. Hay que joderse, ¡ocho minutos!, todo el mundo a mi alrededor tan tranquilo, pensando en su propio ombligo...¿y si ya llevamos siete?”

En la otra punta de Praga el joven Matthias enumeraba internamente a la par que la línea de teléfono daba los tonos de espera “Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno…” –No podemos atenderle, deje su mensaje después de la señal.- ¡Hola!, Mamá, soy yo, que sólo te llamaba para decirte que esta tarde voy a salir, así que no me llames a casa porque no estaré…y mucho menos lo de presentarte por la noche sin avisar…pues eso…un beso.–

Kristýna cruzó la calle y aceleró el paso aferrándose al descomunal bolso que colgaba de su hombro. Las gafas resbalaban por su nariz sudorosa queriendo alcanzar la punta. Después de quince minutos apresurados llegó a la parada. Se paró en seco y esperó que viniera el tranvía número 6 en dirección Laurova. Tenía sólo una hora y media para llegar a su casa, ducharse, arreglarse y salir en dirección a la Plaza de la Ciudad Antigua, frente al reloj astronómico, donde tendría lugar la esperada cita.

Matthias bajó de dos en dos las escaleras de su portal para coger el tranvía en la parada de Lehovec. Notó que el cuero cabelludo no le transpiraba bien a causa de la desmedida cantidad de gomina que había utilizado. Llevaba unos mocasines marrones, y unos pantalones vaqueros negros que años atrás habían estado de moda. Tenía calor. Con disimulo palpó el preservativo que llevaba en el bolsillo y pensó que ojalá pudiera utilizarlo esa misma noche. Y en ese preciso momento se sintió muy pequeño en la inmensidad del Universo.

A Kristýna no le convencían las citas a ciegas, pero reconocía que Internet era un buen modo de pasar el primer filtro. Rápido y práctico. Nada de desperdiciar las horas en sórdidas discotecas con la música a todo volumen; para ella las noches estaban hechas para contemplar la luna. No fumador, gusto por la lectura, la informática y el cine de ciencia ficción. 1,78 metros de estatura y 34 años. Aceptar. Recogió su pelo en una larga trenza y se puso el vestido negro de tirantes. Acomodó sus pechos al sujetador con relleno y se puso dos gotas de esencia de bergamota detrás de las orejas. Salió de casa y se fijó en el cuarto creciente que se asomaba en el cielo, todavía azul, del atardecer.  En unos días, una imponente luna llena coronaría el firmamento. ”¿Algún voluntario para poner nombre a los cráteres conmigo?”

Matthias se sentó en el tranvía delante de una pareja de adolescentes. No podía evitar mirar de reojo el juego de cortejo que mantenían. Ella frotaba la nariz contra sus pómulos y él respondía colando la mano por debajo de su cintura. Matthias disimulaba al mirarlos, había algo en la espesa cabellera dorada de la chica y en su tez blanquecina que le resultaba familiar. De prontó la visualizó desnuda, tapándose tímidamente el pecho y el pubis con los tirabuzones. Después miró por la ventana y se quedó pensando. “Precisamente en Venus tendría que haber nacido yo; allí no sería el raro…teniendo en cuenta que el planeta gira al revés.”

Kristýna decidió ir caminando hasta el lugar de la cita. Cruzó el puente de Jirásek y se fijó en los barcos rebosantes de turistas que surcaban el Moldava. Algunos, los más estrafalarios, le saludaban fervientemente esperando ser correspondidos del mismo modo, lo cual le hizo sentir incómoda. Miró al frente y se topó con la figura del rompedor Tančící dům, su edificio favorito. Fijarse en sus líneas sinuosas y sus ángulos poco convencionales era como ver a Fred Astaire y Ginger Rogers bailando juntos. Pero ella no era tan guapa ni tan talentosa como la actriz, ella era una chica tímida y silenciosa que soñaba con las estrellas.

Cuando Matthias llegó a la Plaza del Ayuntamiento el reloj astronómico estaba  a tan solo unos minutos de marcar la hora en punto. Pronto comenzaría el tradicional movimiento tambaleante de las figuras que flanqueaban las esferas: la Lujuria, la Avaricia, la Vanidad y la Muerte. Era de admirar la cantidad de turistas que se arremolinaban a los pies del reloj para presenciarlo; aunque no le extrañaba, a él le seguía gustando a pesar de haberlo visto cientos de veces desde que era niño. A Matthias le apasionaban los turistas, en ocasiones se sentaba en alguna cafetería de la Malá Strana a verlos pasar. Le gustaba fijarse en las diferentes formas de caras y constituciones según las nacionalidades. Se divertía imaginando las vidas en sus respectivos países de origen. “Un alto ejecutivo de Tokio…Una joven estudiante universitaria italiana, ¿o quizá española?”. Lo cierto es que Matthias nunca había salido de su país y fantaseaba con la idea de poder viajar. A pesar de que sabía que, debido al movimiento de la Tierra alrededor del Sol, recorría anualmente casi mil millones de kilómetros sin salir de su Praga natal.

-Protection, protection!- indicaba el vendedor de marionetas mientras señalaba la escoba de la bruja que tenía entre manos. Una pareja de turistas se acercó para interesarse. Kristýna los miró y enseguida se identificó con la chica de tez pálida y gesto retraído. Su novio sacó la cartera y extrajo un billete. Parecían tan enamorados…
El mercado de la fruta frente al Teatro Estatal se había convertido en los últimos tiempos en un hervidero de gentes venidas de todos los lados; turistas y habitantes de Praga que se mezclaban para comprar souvenires, coliflores o fresas. A Kristýna le encantaba presenciar este tipo de escenas. Soñaba con ser algún día esa turista agarrada a la mano de alguien que la hiciera sentirse única en cualquier ciudad del mundo. “Tal vez soy demasiado romántica…¡menuda utopía ser única en un planeta en el que hay más de siete mil millones de personas!”
El destello de un par de relámpagos y los ruidos de los truenos a lo lejos hicieron volver a Kristýna a la realidad. Miró su reloj, tan solo quedaban cinco minutos para la cita. La inquietud que le provocaban este tipo de encuentros se manifestaba siempre con sudoración en sus manos y un ligero taponamiento de oídos. Los dueños de los puestos comenzaron a cubrir con plásticos la mercancía. La tormenta de verano que la ciudad de Praga necesitaba estaba a punto de llegar. 

La explanada frente a la fachada fue despejándose de turistas después de que el reloj quedara inmóvil. Las gotas de lluvia, gordas y pesadas, también contribuyeron a que la gente comenzara a resguardarse bajo los toldos. Matthias miró de nuevo al reloj y se sintió absurdo por hacerlo otra vez. Miró al cielo y deseó con todas sus fuerzas que la tormenta no se desatara; tenía todo calculado al milímetro y un aguacero monumental le obligaría a cambiar el guión. La ciudad se iluminó con la luz de un nuevo relámpago y los truenos rugieron dejando la plaza prácticamente despoblada. “Mirándolo bien es una suerte, somos tan pocos frente al reloj que no tendremos problema en encontrarnos”.

Unos segundos después una masa de agua violenta y cálida se desplomó sobre Praga bañando por completo la ciudad.









El asteroide 424-TPC cuya composición está formada principalmente por silicatos de magnesio y hierro estuvo anoche a punto de impactar de forma violenta y totalmente inesperada con la superficie de nuestro planeta. Esta gran masa rocosa de aproximadamente 53 metros de diámetro pasó a una velocidad de 9,26 km/s la pasada noche alrededor de las 21:00h hora local. Expertos de la Unidad Astronómica Internacional han descartado cualquier tipo de peligro acarreado por la proximidad del asteroide. Fuentes cercanas a este grupo de especialistas nos detallan que en el preciso instante en el que el asteroide alcanzaba la mayor cercanía con nuestro planeta se produjo con normalidad el encuentro concertado frente al reloj entre Matthias L. y la joven Anezka D. Otra cita concertada a la misma hora y en el mismo sitio entre la señorita Kristýna K. y el joven Antonín P. se llevó a cabo con la misma normalidad. Especialistas de la NASA han destacado que en el preciso momento en el que la señorita Kristýna K. y el señor Matthias L. avanzaban en la misma dirección y sentido contrario para encontrarse con sus respectivas parejas se produjo un leve y sutil roce entre sus manos al cruzarse  que originó una calentamiento de 1,16 grados Centígrados y una fuerza electrostática de 28 Newton, unos valores técnicamente superiores a lo previsto para este tipo de situaciones.